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San Salvador, 27 de Mayo de 2017
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«Ataque de nostalgia»

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Anécdota del hijo menor de Roque Dalton, Jorge, sobre uno de los viajes de su padre.

Por Jorge Dalton (*)

San Salvador.- En 1971 mi padre hizo un viaje espectacular a China y Corea del Norte. Kim Il Sung, el primer ministro norcoreano había extendido una invitación para que participara en los festejos por el aniversario de la fundación de la República Democrática de Corea. Para esto, tuvo que hacer un largo recorrido en avión desde La Habana a Alemania y de ahí a Moscú. Más tarde atravesar durante más de una semana gran parte de la Unión Soviética por medio del Expreso Transiberiano.

Recuerdo que regresó muy sorprendido por diversas razones. A pesar de su admiración por la Revolución China y Coreana le pareció sumamente exagerado y absurdo la manera en que los dirigentes de estos países conducían a sus pueblos. Principalmente en Corea del Norte en que el racionamiento era de tal manera que hasta el cine estaba racionado. Los núcleos familiares tenían derecho de asistir a una sala de cine una vez por mes y ver sólo películas realizadas en los países socialistas.

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El teatro por su parte, se centraba en las historias de la lucha del pueblo coreano en contra de la invasión japonesa o durante la guerra contra Estados Unidos en que los actores que hacían de japoneses o norteamericanos eran artistas sancionados por supuesta mala conducta o que en algún momento tuvieron una «actitud burguesa». Hacer de «malo» o de «enemigo» en una obra teatral o en el cine, era una deshonra y un castigo. La literatura sólo reflejaba los temas de la construcción del socialismo, la historia de los grandes dirigentes comunistas y extensos manuales de filosofía marxista.

No había periódico, libro o revista en que apareciera el Primer Ministro Norcoreano al que se nombraba en el pie de foto como: «Sabio y glorioso Camarada Kim Il Sung, Líder Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista, Fundador de la República Democrática de Corea y Líder indiscutible de los 40 millones de coreanos, estrecha la mano de una anciana a la entrada de una fábrica», idem «inaugura hospital», idem «saluda a los trabajadores».

 

Nunca olvidaré una de las tantas películas coreanas que vi en Cuba y que mi padre me llevó a ver al Cine Riviera y creo que se llamaba: Mar de fuego. En una escena en que él ejército norteamericano (por supuesto, los actores eran coreanos) habían masacrado una aldea de campesinos. Los principales oficiales tomaban whisky y casi toda la tropa aparecía borracha, otros en primeros planos mascaban chicle y fumaban cigarros Malboro en actitud prepotente y triunfalista. Mientras uno de ellos miraba a través de unos prismáticos. Un corte y del otro lado, las tropas de Kim Il Sung, entonando himnos, avanzaban a todo dar con banderas rojas, bayonetas caladas y fusiles AK-47. El oficial norteamericano lleno de pavor tiró los prismáticos y comenzó a gritar a los demás gringos: «¡Huyamos como ratas! ahí vienen las hordas del invencible ejército rojo, al mando del mariscal Kim Il Sung, ‘Sabio y Glorioso Camarada, Líder Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista y líder de los 40 millones de coreanos’.¡¡¡Sálvense quien pueda!!!»

La capital de Corea del Norte, Pyongyang, se diseñó, de forma tal que, una vez construida la estatua del máximo líder sus proporciones eran descomunales, se podía divisar desde cualquier sitio de la ciudad. Si uno encontraba un lugar en el que no se lograra ver el monumento, ponía en duda el trabajo realizado por los arquitectos y escultores.

A mi padre se le ocurrió contar a varios miembros de la delegación latinoamericana que había descubierto una calle en que no se veía la estatua de Kim Il Sung. Esto llegó a oídos del oficial coreano responsable de la atención a los delegados e inmediatamente se lo llevaron para tratar de localizar el lugar. Dieron vueltas de un lado para otro durante más de tres horas, mi padre, cagado de la risa, daba pistas falsas y repitíaconstantemente que no recordaba con exactitud, a una comitiva de más de 20 coreanos idénticos que terminó por extenuar.

El culto a la personalidad fue lo que más le impactó. Nos contaba de cómo todas las delegaciones invitadas a los festejos caminaron 11 kilómetros para ver una piedra donde Kim Il Sung jugaba «de barco» cuando el «Sabio y Glorioso Camarada», tenía 6 años de edad.

Mi padre regresó al «socialismo caribeño» −bastante distante del asiático y el europeo− cargado de regalos en su mayoría libros y posters gigantescos, en los que un soldado, un marino, un obrero y un maestro portaban un fusil AKM, una clásica estética del llamado «realismo socialista». Pegó uno de los poster en la terraza de nuestra casa, diciendo a todo el mundo que el marino se parecía a Régis Debray y el campesino a Roberto Fernández Retamar.

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Pero el regalo más preciado fue una réplica del uniforme que «El Comandante de Acero» utilizó en sus campañas militares en contra de los norteamericanos, obsequiado a los participantes. Muchas veces algunos amigos visitaban nuestra casa y mi padre los recibía disfrazado de Kim Il Sung.

Una tarde regresé de mi escuela que casualmente se llamaba «Nguyen Van Troi», el héroe vietnamita fusilado por el ejército norteamericano a principios de los años 60. Toqué el timbre de la puerta y me abrió mi papá parado firmemente con aquel traje, ordenándome con un saludo militar: «¡Camarada Jorge! El pueblo de la República Popular de Corea por medio de su máximo dirigente, el indiscutible líder de los 40 millones de coreanos, el glorioso Camarada Kim Il Sung, le asignan una misión especial por la cual será condecorado con la orden máxima de Héroe de la República Popular de Corea».

Entré sin hacerle mucho caso pues en la sala se notaban las huellas de que algunos de sus amigos habían pasado con dos botellas de ron Matusalén. Pero con tal de que no me jodiera como siempre hacía, decidí cumplir la misión encomendada por el «Sabio y Glorioso Camarada Kim Il Sung, Líder Paternal, Sol de la Nación y Comandante de Acero».

 

La misión consistía en desarmar una puerta y luego utilizarla de puente desde una ventana de nuestro apartamento hasta un techo vecino con el objetivo de llegar hasta un frondoso árbol en el que hacía poco, habían comenzado a brotar los mangos tiernos. Ya del otro lado −y que de milagro no se fue de cabeza tres pisos para abajo− me ordenaba en voz baja, susurrando: «¡Compañero Jorge! Quédese vigilando, que el máximo líder regresará cargado de mangos verdes para comer con sal, limón y chile, el pueblo de Corea y su partido, le estarán agradecidos por haber cumplido esta difícil tarea».

Yo sin embargo, estaba loco por que todo terminara. A mis 10 años confieso que yo era un niño con cierto malhumor y por eso mi padre vivía jodiéndome cada vez que podía para ver si yo cambiaba. A esa hora sólo pensaba en que los amigos del barrio me esperaban para jugar «a los pistoleros». Por fin la misión se cumplió y mi padre se sentó a pelar aquellos mangos verdes cual si se tratase de una comida tan apetitosa como una langosta o un faisán.

 

Ya me dirigía hacia donde mis amigos cuando de pronto tocaron a la puerta. Era nada más y nada menos que la Policía Nacional Revolucionaria que acudía al lugar después de que varios vecinos habían denunciado que un individuo saltó de techo en techo vestido de un raro uniforme militar. Automáticamente pensaron que se trataba de un ladrón o un «infiltrado imperialista». Y yo me dije: «Ahora si se jodió la cosa, mira que yo paso trabajo para jugar, carajo, seguro ahora hay que ir para la estación».

Aún vestido de Kim Il Sug y mordiendo un mango con sal y limón, mi padre se disculpó con el oficial de policía, un negro alto, buena gente, que no dejaba de tragar en seco, con el rostro encogido y sin salir del asombro viendo como el poeta devoraba aquella fruta verde que los cubanos acostumbran a comerla solo cuando está madura.

Mi padre le decía: «Mire compañero, lo que pasa es que yo soy salvadoreño y en El Salvador se comen los mangos verdes así. Hoy tuve un ‘ataque de nostalgia’ pero le juro que esto no volverá a ocurrir». El oficial moviendo la cabeza le dijo: «¡Oye chico pero qué locura más grande! Te voy a decir una cosa, muchacho, si tú sigues comiendo mango así, vas a coger tremenda tifus y te puedes morir, ¡coño!”. Y mi padre le contestó: «¡Nooo, hombre, ya se hubieran muerto de tifus los cinco millones de salvadoreños!».

La cosa no terminó ahí, luego de que se fue el policía, mi padre sacó su cámara de fotografía soviética y me dijo: «Camarada Jorge, la última misión: ¿podrías hacerle una foto al camarada Kim?» Y con tremendo encabronamiento, esta fue la foto que tomé ese agitado día de «grandes misiones revolucionarias», en el balcón de nuestra casa en la calle J No 162 en el Vedado, La Habana, Cuba.

(*) Cineasta salvadoreño, colaborador de contrACultura.

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