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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 20 de oct. de 2017

Cuento Océano Escondido II

Cuento de Ricardo Lindo

CARTAS EN LAS BOTELLAS DE LOS MARES
CARTA  A UN CARDENAL

Eminencia Reverendísima:
Cómo yaces con serena gravedad, Cardenal de mármol como moldeado en cera, tendido con tu mitra y tus ropajes de Príncipe de la Iglesia sobre aparentemente blando lecho, tu cabeza hundiendo la almohada que pertenece al mismo bloque sobre el cual ha sido esculpida tu vera efigie. Grande fuiste y poderoso, Cardenal, y arrancaste a Colón el poder que los Reyes le dieron para devolvérselo a los Reyes, impidiendo que fuese Visorrey de las tierras que avizoró su mirada de navegante, y en el centro del mundo que es el centro de América, en la estrecha cintura de América que dos inmensos océanos ciñen, entre tres países, El Salvador, Honduras y Nicaragua, un golfo que da al Océano Pacífico, un luminoso golfo azul poblado de un verde archipiélago de islas pequeñas donde otrora anclaban los piratas lleva tu nombre, y su nombre es Golfo de Fonseca, y quienes lo mencionan rara vez saben que fue nombrado así en honor tuyo, poderoso Cardenal de un tiempo remoto, Cardenal de piedra echado para siempre en tu lujoso lecho de piedra, tus manos enguantadas en guantes con tu escudo bordado sosteniendo tu báculo, tu cabeza ornada por tu mitra de piedra sobre tu almohada de piedra, tu grave rostro escuchando aun las confesiones de la piadosa Isabel de Castilla, quizás aparentando escuchar más que escuchando, pues sabes que de todos modos la absolverás sin mucha reconvención, mientras tienes la mente en la embajada que S. M. el Rey Don Fernando de Aragón te ha encomendado en Flandes, o en la Casa de Contratación de Sevilla, creación tuya que hará la riqueza de la ciudad  portuaria y la convertirá en puerta de las Américas.

Y quien esto recuerda y ahora te recuerda, Cardenal, piensa que has de estar incómodo para la eternidad con tan lujosos atuendos, mientras los pescadores pescan  peces con escamas plateadas como la luna en las aguas de un golfo que jamás conociste pero lleva tu nombre, Cardenal, aunque ya nadie o casi nadie te recuerde, tu nombre rodeado de nombres lencas o nicaraos que mira hacia el oriente, hacia las lejanas Islas de las Especierías que en vano buscara don Cristóbal, aquel a quien procuraste hacer olvidar sin lograrlo, mientras te fueron relegando al olvido los poderosos que siguieron en tanto aun vivías y tus eclesiales consejos y tus poderes inmensos se iban en un barquito de papel. Sic transit gloria mundi, así pasa la gloria del mundo. Pero, a la hora de tu muerte te recordaron los grandes del mundo y te honraron, y un escultor de mérito labró tu vera efigie que permanece incorruptible sobre aquella materia que fue tu cuerpo y ya ha de ser menos que ceniza, la ceniza de un cigarrillo en un envoltorio de mármol. Y para mentir su reverencia pusieron en tu sarcófago de mármol una lápida de mármol que porta esta leyenda:

AQUÍ YACE EL REVERENDÍSIMO Y MUY ILYUSTRE CARDENAL DON JUAN RODRÍGUEZ DE FONSECA, ARZOBISPO QUE FUE DE DE ROSANO Y OBISPO DE BURGOS. FALLECIÓ A III DE NOVIEMBRE AÑO DE MDXXIIII.

Pero gozaste, Cardenal, de la gloria del mundo que a pocos es dada aunque muchos deseemos pues reconforta el ego y da la buena vida o tal creemos, y tuviste por sepultura un bello sarcófago de esos que no se harán ya jamás, y un bello golfo oceánico lleva tu nombre, un golfo donde no te recuerdan los pescadores, los peces, las aves, las olas, ni las estrellas.


 

 

CARTAS EN LAS BOTELLAS DE LOS MARES
CARTA  A UN CARDENAL
Eminencia Reverendísima:
Cómo yaces con serena gravedad, Cardenal de mármol como moldeado en cera, tendido con tu mitra y tus ropajes de Príncipe de la Iglesia sobre aparentemente blando lecho, tu cabeza hundiendo la almohada que pertenece al mismo bloque sobre el cual ha sido esculpida tu vera efigie. Grande fuiste y poderoso, Cardenal, y arrancaste a Colón el poder que los Reyes le dieron para devolvérselo a los Reyes, impidiendo que fuese Visorrey de las tierras que avizoró su mirada de navegante, y en el centro del mundo que es el centro de América, en la estrecha cintura de América que dos inmensos océanos ciñen, entre tres países, El Salvador, Honduras y Nicaragua, un golfo que da al Océano Pacífico, un luminoso golfo azul poblado de un verde archipiélago de islas pequeñas donde otrora anclaban los piratas lleva tu nombre, y su nombre es Golfo de Fonseca, y quienes lo mencionan rara vez saben que fue nombrado así en honor tuyo, poderoso Cardenal de un tiempo remoto, Cardenal de piedra echado para siempre en tu lujoso lecho de piedra, tus manos enguantadas en guantes con tu escudo bordado sosteniendo tu báculo, tu cabeza ornada por tu mitra de piedra sobre tu almohada de piedra, tu grave rostro escuchando aun las confesiones de la piadosa Isabel de Castilla, quizás aparentando escuchar más que escuchando, pues sabes que de todos modos la absolverás sin mucha reconvención, mientras tienes la mente en la embajada que S. M. el Rey Don Fernando de Aragón te ha encomendado en Flandes, o en la Casa de Contratación de Sevilla, creación tuya que hará la riqueza de la ciudad  portuaria y la convertirá en puerta de las Américas.
Y quien esto recuerda y ahora te recuerda, Cardenal, piensa que has de estar incómodo para la eternidad con tan lujosos atuendos, mientras los pescadores pescan  peces con escamas plateadas como la luna en las aguas de un golfo que jamás conociste pero lleva tu nombre, Cardenal, aunque ya nadie o casi nadie te recuerde, tu nombre rodeado de nombres lencas o nicaraos que mira hacia el oriente, hacia las lejanas Islas de las Especierías que en vano buscara don Cristóbal, aquel a quien procuraste hacer olvidar sin lograrlo, mientras te fueron relegando al olvido los poderosos que siguieron en tanto aun vivías y tus eclesiales consejos y tus poderes inmensos se iban en un barquito de papel. Sic transit gloria mundi, así pasa la gloria del mundo. Pero, a la hora de tu muerte te recordaron los grandes del mundo y te honraron, y un escultor de mérito labró tu vera efigie que permanece incorruptible sobre aquella materia que fue tu cuerpo y ya ha de ser menos que ceniza, la ceniza de un cigarrillo en un envoltorio de mármol. Y para mentir su reverencia pusieron en tu sarcófago de mármol una lápida de mármol que porta esta leyenda:
AQUÍ YACE EL REVERENDÍSIMO Y MUY ILYUSTRE CARDENAL DON JUAN RODRÍGUEZ DE FONSECA, ARZOBISPO QUE FUE DE DE ROSANO Y OBISPO DE BURGOS. FALLECIÓ A III DE NOVIEMBRE AÑO DE MDXXIIII.
Pero gozaste, Cardenal, de la gloria del mundo que a pocos es dada aunque muchos deseemos pues reconforta el ego y da la buena vida o tal creemos, y tuviste por sepultura un bello sarcófago de esos que no se harán ya jamás, y un bello golfo oceánico lleva tu nombre, un golfo donde no te recuerdan los pescadores, los peces, las aves, las olas, ni las estrellas.
Ricardo Lindo

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