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San Salvador, 23 de Mayo de 2017
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Del racismo y el sexismo en Alberto Masferrer

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El Salvador celebra un racismo encubierto para que la simiente del patriarca siga viva.

Por: Rafael Lara-Martínez

NUEVO MÉXICO

“Todos los indios son blancos”

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Todas las mujeres, “señoras de la belleza en la casa”

"Creo en las influencias del clima, de la raza […] en un pueblo [que], como un individuo, como una planta, es un organismo [biológico]…"  Alberto Masferrer.

Resumen: La historia cultura salvadoreña confunde la crítica cultural con el logos epitaphios.  Se halla a la búsqueda freudiana-rulfeana de una figura paterna difunta con quien identificarse.  Erige su efigie inmaculada escondiendo toda documentación primaria que denuncie un pensamiento caduco.  Luego de referir los orígenes míticos de una historia tal, el ensayo descubre la obra En Costa Rica (1913) de Alberto Masferrer.  En este escrito tachado adrede, Masferrer declara tres pilares de su doctrina liberadora: el determinismo geográfico, el racismo anti-indigenista y la incapacidad de la mujer en los asuntos públicos.  El ideal contemporáneo justifica un proyecto innovador de nación al eximir al padre fundador de toda culpa.  La historia trabaja bajo la tachadura temerosa de revelar un ideario agotado que recicla en el silencio.

I.

Si el olvido precede la memoria, la escena primitiva de la historia queda oculta.  Tal escena resulta de una modernidad extraña.  Resulta tan actual que el siglo XXI se escandaliza al reconocerla.  

Se trata —dicen— del modelo de las hijas de Lot, quienes le roban el esperma a su padre para crear una descendencia (Génesis XIX: 30-38).  La historia contemporánea reclama el legado de un antecesor muerto para imaginar un futuro.  

Pero temerosa de declarar el robo, disimula la desnudez de la figura paterna difunta.  Encubre el origen al tapar el impudor necesario del progenitor en la reproducción.  

Ese tapujo se llama tachón.  La historia —la ciencia del borrón— siempre esconde la documentación que le resulta incómoda.  Suprime la evidencia molesta para esculpir la imagen mítica de un patriarca.  

A nosotros, los hijos de Noé, nos corresponde recubrir su desnudez ebria para prolongar la simiente en el futuro (Génesis IX: 23).  El error primordial del patriarca lo purga una manera actual de escribir la historia.  

II.

La sucesión generacional la arraiga una doble búsqueda.  Hay una búsqueda freudiana-rulfeana del ancestro difunto, quien funda y disemina la casta de una nación.  

Hay otra búsqueda por recubrir sus ideas fallidas.  A diferencia de la tecnología, la doctrina del patriarca no cambia.  Sus proyectos de utopía y renovación  social son eternos, como lo es toda revelación mito-poética.  

Al confundir la crítica  literaria con el logos epitaphios, la poética se vuelve un canto de lamentación.  Su súplica convoca a los seres vivos, en el presente, para que  se identifiquen con una figura ausente, difunta.  Hay que obrar según el proyecto que intuye el patriarca.

A menudo, el réquiem anuncia un evento trágico en el pasado: el 32 por ejemplo.  Tal evento se anuncia para asumir la denuncia que el pasado no se adjudica.   

Por un anhelo de enmendar la historia, se descubren atrocidades que los antecesores pasan bajo el silencio.  Bajo el silencio queda su colaboración y su reserva.  El tiempo presente se responsabiliza de los hechos que el pretérito deja en suspenso.  

Se adeuda el saldo histórico de una desidia.  La quiebra ética de un grave descuido causa “los monstruos de la razón” actual.  “Yo purgo el pecado de facto u omisión de mi padre”.

El pavor actual por la escena primitiva guía la escritura de la historia.  Obliga a encubrir la deshonrosa desnudez del progenitor mítico de la casta nacional.  A quien la actualidad le hurta la simiente para reproducir la utopía.  

El siglo XXI repone la falta original del padre muerto.  El pasado se realiza en el presente.  Lo cumple el luto quejumbroso que sepulta una aflicción.  “Torne en mi voz la métrica” de los muertos…

III.

Sea Salarrué quien acusa a “los comunistas” de hacer “justicia” al “degollar”, en un “levantamiento de venganza”.  Sea Miguel Ángel Espino en defensa anti-imperialista del general Maximiliano Martínez en 1932.  Ambos figuran hoy por su apoyo de los derechos indigenistas y acaso revolucionarios.   

Sea la santa misa en el atrio de la Catedral Metropolitana para bendecir al ejército y a las Guardias Civiles.  Sean los espectros de todos los patriarcas muertos que siguen en vida…  

El padre fundador es tan irreprochable que toda crítica califica de ofensa.  Tal cual el sacrilegio que cometo al revelar las ideas anti-revolucionarias de los patriarcas fundadores de la literatura salvadoreña.  Al quitarles el velo y poner su pensamiento retrógrado al desnudo.

Asimismo sucede con Alberto Masferrer (1868-1932).  Su legado se considera válido por la propuesta de ofrecerle las necesidades básicas a toda la población: el mínimum vital.  Todos los habitantes de un país tienen derechos a colmar sus necesidades básicas.

Pero la utopía sólo se actualiza al ocultar los fundamentos racistas y el determinismo geográfico de su doctrina.  Sin cumplir esas dos condiciones necesarias —biológica y topográfica— no hay justicia social en Masferrer.  

Léase En Costa Rica (1913) de Alberto Masferrer (http://historia.ucr.ac.cr/cmelendez/handle/123456789/1132,  gracias a Chester Urbina por el enlace).  Su ideal racial de nación —el blanquimiento de los “indio[s] degenerados”— sirve de título a este escrito.  

Igual suerte le destina a la mujer, “adorno” del hogar.  Renuncia a la “política” y a la “literatura”, a toda esfera pública, cuyo uso exclusivo es “para el hombre”.  

IV.

La primera condición del desarrollo económico y social es la raza; la segunda, el clima.  Según Masferrer, “a la diferencia de raza hay que añadir la del suelo”, si se quiere entender el carácter “unitario” de un pueblo hecho nación.

Por su pureza racial y bonanza geográfica, en Costa Rica hay “pueblecillos blancos, limpios, risueños; y en los semblantes, en las voces, en la fisonomía de las cosas, en todo, hasta la quietud, la paz, germinada por el temperamento […] buscada por la convicción”.

“Entre ellos [los costarricenses] y nosotros [los salvadoreños] hay la diferencia sustancial de la raza […] las modalidades características de un pueblo pacífico […] un pueblo que ni por el clima, ni por la raza ni por tendencias es nuestro”.

Masferrer no expresa ninguna novedad.  Simplemente repite el imaginario antropológico de la época.  Su ideario se encuentra en David J. Guzmán y en los teósofos hasta mediados del siglo XX.  El exterminio o la disolución racial del indígena americano resulta la condición del desarrollo.  

En remedo a Europa, en Costa Rica, “todos los indios son blancos […] a penas hay indios, fuera de los degenerados talamancas; salvajes”.   Tal ausencia —“no hay, pues, indios”— se anuncia como ideal del proceso civilizatorio.  

A lo sumo, Masferrer admite la existencia de “la negra sangre de África”.   Pero su presencia le resulta marginal al reseñar los estratos políticos e intelectuales de prestigio.  

La gran mayoría se compone de “pura raza española, de Galicia” —agregaría — “sin mezcla de alguna raza mal sonante” (Don Quijote, XXVIII).  El presupuesto masferreriano excluye a sefardíes, gitanos, árabes, vascos, andaluces, etc. de la península ibérica.  También los relega de su derecho de poblar un país ejemplar de Centro América.  

La “diferencia sustancial de raza” lo distingue del resto del istmo.  El fundamento de la prosperidad costarricense lo establece una exigencia de orden biológico.  “Un pueblo que ni […] por la raza, ni por [el temperamento] es nuestro”.

De la condición racial derivan “la quietud, la paz” que caracterizan su cultura.  En vez de afanarse en “revoluciones” inútiles y en “guerras” odiosas, se concentra en el trabajo.

Masferrer posee una “idea de patria” que “surje en todos los cerebros”, esto es, del cuerpo mismo de sus ciudadanos.  La naturaleza orgánica dicta el sentido de nación.   Por tal motivo racial, “Costa Rica no es centroamericana sino como hecho geográfico”.  Es una cultura europea trasplantada.  

Como hecho cultural, “va por senda diversa”.  “Ni guerreros ni revolucionarios”, los costarricenses “estudian las costumbres, la vida social” de Europa para “copiarla[s] en San José.  “Vive Costa Rica olvidada de América, fija la vista en Europa”.

Aun si el país se halla a “muchos siglos antes de ser Suiza o Inglaterra” —el modelo de toda civilización— por el ideal del “trabajo” se dispone a realizarlo.  Antepone la labor de “los agricultores” a la inutilidad de los “literatos”.  

Los “brazos” producen “café” y “bananas” que se exportan —ante la “incipiente industria”— para crear una riqueza nacional en vez de generar las “revoluciones” sangrientas que se suceden en El Salvador.  Su intrascendencia social resulta tan pueril como “los periódicos y la gente que hace versos y artículos”, los sediciosos, que conducen a todo país a la ruina.

Antes que la “crisis” afectara Costa Rica, el “campesino tico y propietario eran sinónimos […] yo alcancé a verlos […] con sus anchos y blancos pies descalzos”.  El respeto al trabajo y a la propiedad, distinguen a ese país de El Salvador, hundido en la violencia y en la miseria.  En Costa Rica, el ideal de la democracia lo fundan “la garantía de vida” y “la garantía de la propiedad”.

V.

Además, por una estricta división de género, a las mujeres “miradlas en la casa”.  La mirada masculina del autor sabe que la literatura exige “rasguear un lindo torso de mujer”.  No hay poesía que no ejerza la sacrosanta autoridad del hombre, esto es, la sumisión de la mujer, en su vocación de objeto doméstico.

La mujer costarricense se encuentra en el sitio que la civilización superior le destina: el hogar.  En los pueblos sediciosos —acaso primitivos— la mujer “lucha por la vida” en el trabajo y en la política.  En “la Tiquicia”, en cambio, ella crea “la gracia del hogar”.  

“No habla de política” ni trabaja fuera de casa.  “Eso, para el hombre”.  A ella le corresponde ser “una flor o un pájaro”.  Adorna la casa.

Y si “los académicos” costarricense liberan el trabajo de toda retórica literaria, inútil, también se satisfacen de las dotes domésticas de sus mujeres.  “Señoras de la belleza […] adorables” hacen “de cada habitación un relicario” para su marido profesional y hombre público.  

Todo agricultor e intelectual costarricense descansa, “en una limpia pieza” de hechizo mujeril.  Luego de “sus faenas” y duro trabajo, su esposa fiel le tiende la aureola de “sus pájaros y sus flores” seductores (véase: Guzmán, es inútil que la mujer ocupe “las funciones sociales más honoríficas” si “se descuidan los quehaceres domésticos”.  Ella debe cumplir “los sagrados deberes” de “hija, esposa y madre”).

VI.

Si se cree que Masferrer ofrece una visión subjetiva —masculina y racista— de su estadía en Costa Rica, la retórica del testimonio se halla a la obra.  Sin pretensiones poéticas —“no es trabajo literario”— su escrito anhela transcribir una experiencia directa.  El reformador salvadoreño transcribe lo que vive.  

“No hablo sino de lo que he visto, de lo que sé por observación personal.  Así se explicarán las muchas lagunas del libro”, al igual que su valor de testimonio irrefutable.  “No hago sino consignar un hecho, sin alabanza ni censura”.  Masferrer consigna la veracidad de lo vivido.  

En Costa Rica le ofrece al lector “la vida de un país que no conoce”.  Pero que el escritor ha vivido en carne propia.  En toda su sinceridad, Masferrer escribe aquello que “nota cuando […] llega a Costa Rica”.  Narra su visión del mundo y de los hechos sociales.  

No miente ni engaña.  Por lo contrario, dilucida los cimientos raciales y los fundamentos de género para su “leer y escribir” (1914) y para su “mínimum vital” (1929).  Masferrer apela a la vivencia para justificar la veracidad de sus palabras.  

Es posible que exista una “ruptura epistemológica” de su escrito costarricense a su madurez de socialista utópico.  Empero, pervive la duda de la abjuración masferreriana.

El blanqueamiento de la población indígena y la domesticación de la mujer persisten como premisas acalladas de su reformismo social.  Sin el tachón de sus ideas costarricenses, la historia salvadoreña no colma su utopía de cambio.  La historia la inicia el olvido.

VII.

Hasta el presente no existe un solo trabajo exhaustivo que indague la visión que los autores salvadoreños clásicos ofrecen de la cuestión étnica, racial y de género.  Ni siquiera la profesionalización de la antropología avanza en una temática que le sería propia a su esfera de estudio: la diferencia de raza recortando la de clase.  Hay un temor a revelar los orígenes, al igual que la diversidad étnica de una nación compleja.  Tampoco la antropología indaga la repartición sexual del trabajo: el sino fatídico de la biología sobre la cultura.  

Existe el miedo.  El miedo invade la democracia salvadoreña incapaz de denunciar los comienzos.  Se trata del único país del mundo que celebra su legado antropológico —Museo Nacional de Antropología “David J. Guzmán”— en honor al racismo: al blanqueamiento de la población como signo de desarrollo (“la inmigración de activos e industriosos colonos” europeos de raza blanca (Guzmán, Apuntamientos, 1883: 417)).  El Salvador celebra un racismo encubierto para que la simiente del patriarca siga viva.  En su discriminación oculta, el patriarca reproduce la nación del cambio.  

Quedo a la espera que el siglo XXII inaugure una exposición sobre los cimientos racistas —sexistas— de la literatura salvadoreña.  Los valores que hoy se celebran por forjar una identidad nacional…  

Mientras tanto, la quema sistemática de las fuentes primarias guiará la agenda del siglo XXI.  Como las hijas de Lot, el siglo XXI se reproduce de la desnudez encubierta de los patriarcas muertos.  De los patriarcas cuya simiente utópica nutre su proyecto de nación.

Desde Comala siempre...

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