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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Abril de 2017

Diablos en el tejado

Duran

Relato de Giovanni Durán.

En la madrugada, la urgencia de ir al baño lo despertó. Sentado en la orilla de su cama-cuna, perdido en el espacio y el tiempo, se sobó la pancita y bostezó sin misericordia.

 

Zigzagueó por el pasillo en dirección al inodoro que, a su corta edad, consideraba gigantesco. Orinó largo y tendido con un ojo entreabierto mientras se rascaba la nalguita.

 

Al volver en sus pasos, espió la habitación de su madre, quien se hallaba en estado de hibernación. Sus ronquidos estridentes le sonaron a canción de cuna. La mujer apenas soportaba un par de horas despierta después de las ocho. Cuidar un niño, cocinar, limpiar y atender una tienda todos los días le consumía la energía.

 

El chico adormitado retornó con premura a reposar sobre la almohada. Al pasar frente a una ventana, observó movimientos afuera de la casa, en la distancia. Restregó sus ojos y quedó cautivo con el deambular de sombras sobre los tejados.

 

Abrió la ventana para ver mejor, y notó que sobre las casas bailaban pequeñas criaturas al son de instrumentos musicales. Las había gorditas y flaquitas, cada una ejecutando su instrumento: flautas, tambores y arpas. Gambeteaban y saltaban de un lugar a otro, prisioneras de carcajadas y en complicidad con la luna.

 

El niño arrugó el ceño y ladeó la cabeza. Nunca había visto algo así. Contempló a los diablitos por un rato, y sonrió contagiado por las risotadas vivarachas de aquellos personajes con cuerpos rojizos y puntiagudos cuernos en sus cabezas. Advirtió el gracioso movimiento rítmico de sus manos, como escribiendo mensajes en el aire, y el serpenteo súbito de sus colas.

 

De pronto, mientras contemplaba el avistamiento, escuchó extraños golpes secos dentro de la casa. Permaneció inmóvil pero alerta, y examinó la oscuridad del corredor sin amedrentarse. Lo atrapó un bostezo y le cosquillearon los ojos de cansancio. Siguió atento durante unos instantes hasta reposar de nuevo la mirada sobre la entretenida manifestación en los tejados.

 

Luego de un rato, otra vez, el sonido de fuertes golpes lo desconcertó. Volvió a examinar la oscuridad, pero esta vez se aventuró a investigar por curiosidad. No existía razón para temer.

 

Con sigilo, avanzó por el pasillo hasta doblar en dirección al pequeño comedor. A través de las cortinas, la luz de la luna proyectaba sombras macabras sobre las paredes, la cuales el chiquillo prefirió ignorar. Apresuró el trote para encender la bombilla de luz de la cocina, que hasta ese momento se hallaba sumida en el silencio. Allí, escuchó pasos sobre el tejado.

 

Enfiló hacia la escalera que conducía a la terraza donde su madre secaba la ropa al sol. Se sujetó de la barandilla de hierro hasta llegar a una puerta con barrotes descascarados y oxidados. Espió afuera, y le sorprendió ver a tres diablitos delgaditos bailando sobre su tejado y bebiendo un nauseabundo líquido verde en relucientes copas de oro. Se carcajeaban y emitían sonidos en una lengua desconocida: sat kara mionapa sutalap otipa jomsitavi.

 

El niño, por la impresión, se agazapó de prisa en la oscuridad para evadir a los intrusos, pero uno de los diablitos lo detectó por el rabillo del ojo. El chico permaneció callado con el corazoncito acelerado. Aun dudando, se atrevió a sacar la cabeza, y al hacerlo, a tan solo centímetros de su rostro, un diablito le exhibió sus colmillos filosos y hediondos.

 

—¿Qué haces despierto, niño? —preguntó el diablito con voz carrasposa, mientras se remojaba los labios con su lengua serpentina.

—Fui a hacer pipí —respondió el inocente, amedrentado por el ente.

—¿Cómo te llamas?

—Raúl, ¿y usted? 

—No preguntes por mi nombre, niño bobo, no te importa —replicó el monstruo, para luego hacer una pausa. Miró al chico de pies a cabeza con desprecio, y entonces prosiguió:

—¿Quieres bailar con nosotros?

 

El niño guardó silencio, receloso por la extraña fisionomía de la criatura. Recordó que su madre le insistía en no conversar con extraños.

 

A lo lejos, escuchó la diversión de los otros diablitos. Los observó reírse extasiados y consintió en bailar un rato. El monstruo extendió su uña mugrienta y tocó el candado de la puerta que se abrió y cayó al suelo ante el asombro del pequeñín.

 

—Ven, niño, no tengas miedo.

 

La engendro sujetó la mano del chico y lo trajo ante sus compañeros, quienes aún entre carcajadas balbuceaban sonidos extraños en su idioma no humano.

 

Uno de ellos se le acercó y después de olfatearlo comenzó a hacerle cosquillas. El niño se alejó temeroso, pero pronto también explotó en carcajadas. Los seres infernales reiniciaron sus bailes, y a su lado el pequeño imitaba sus movimientos frenéticos. Aunque al niño le incomodaban el hedor del líquido verdoso y el palabrerío incomprensible, se sintió feliz. 

 

Luego, del cielo cayeron extrañas luces de fuego que arrancaron ovaciones de los diablos, quienes se regocijaban como niños ante la llegada de su padre.

 

La ciudad tomó el aspecto candente y humeante del infierno, como arrasada por un violento incendio. Raúl miraba impresionado aquellos fenómenos de fuego. Su madre decía que el fuego era peligroso y nunca divertido.

 

—¿Por qué bailan tanto? —preguntó el niño.

—Estamos felices.

—¿Por qué?

—¡Por la maldad de los hombres! —aseguró el engendro con viva actitud.

 

El chico no comprendió nada, y a pesar del calor que comenzaba a sentir, decidió seguir bailando, seducido por el ambiente festivo de los seres inmortales.

 

A la distancia, a través de las ventanas de las casas, más diablos correteando en las habitaciones de sus vecinos mientras dormían. Pirueteaban divertidos sobre las camas y hacían muecas en los espejos. Entonces, el ente lo interrumpió con maldad voluptuosa.

 

—¡Niño! ¿Quieres saber un secreto?

—Sí —respondió el inocente con interés.

 

El demonio acercó su boca hedionda a los oídos del pequeño.

 

—Cuando naciste, nadie te quería, niño inútil. Solo trajiste dolor al mundo y a tu madre. Ni tu papá quiso reconocerte porque eres un bastardo, maldito ser humano. Pero no te preocupes, te puedo conceder un nombre distinguido, fama e incontables riquezas… Y, por supuesto, muchos juguetes. ¿Quieres?

 

Raúl se atemorizó y no quiso responder. No entendía de qué hablaba el monstruo, pero percibió su maldad, pues nadie le hablaba así.

 

—Habrá muchos juguetes —recalcó el monstruo.

El niño asintió indeciso.

—Muy bien, pero hay una condición.

—¿Cuál?

—¡Que te postres y me adores! —vociferó la criatura, olisqueando el aire entre sonrisas macabras.

 

El niño guardó silencio nuevamente mientras observaba temeroso la lluvia de fuego en el firmamento. El calor le apretaba el cuerpecito, y sudaba sin cesar.

 

De pronto, los fenómenos bailarines lo rodearon, tamborileando al aire con las uñas atiborradas de costra y sus ojos ardiendo como llamas de fuego. Sintió rasguños en sus bracitos, en el cuello y en la carita. El ardor le recorrió el cuerpo. Salió despavorido hacia la puerta de barrotes, para ponerse a salvo. Afianzó la fuerza con el candado que yacía en el piso y se precipitó escaleras abajo donde se golpeó contra las piernas de su madre, quien lo sujetó del brazo.

 

—¿Qué haces despierto, Raúl?

—¡Vámonos, mamá! —lloriqueó el niño.

—¿Qué hacías arriba? ¿Quién te dio la llave para abrir la puerta? —preguntó la mujer al avanzar por las escaleras.

—¡No vayas allí, mamá! —chilló el infante mientras forcejeaba para impedirle avanzar.

 

El chiquitín pataleó y lloró para obstaculizarla, pero ella se libró de los brazos de su hijo y asomó la cabeza por entre los barrotes.

 

La luna y las estrellas adornaban el cielo y la suave brisa de la madrugada le dio la bienvenida. No había rastros de demonios o de luces incendiarias cayendo del cielo. Sin embargo, la sobrecogió una sensación tenebrosa y sintió un estremecimiento. Es la brisa, pensó.

 

—No subas allí, mira que es peligroso —sentenció la madre, frotándole el cabello. Luego lo alzó en brazos, le sacudió el sudor y lo llevó a la habitación donde lo acobijó después de darle un baño. Notó los rasguños y le untó crema.

 

—¿En dónde has andado, hijo? ¿Quién te hizo esto? ¿Un gato?

—Sí, un gato malo.

—Ya pasó amor. Con esta cremita te sentirás mejor, pero no subas allá.

 

Lo arrulló con una canción, y se despidió dándole un beso en la frente.

 

En la soledad, el niño se cubrió el rostro, incapaz de olvidar aquellos ojos llameantes que lo atemorizaron. Desde entonces, tiene dificultades para conciliar el sueño y se acuesta con una lamparita encendida por temor a la oscuridad.

 

En ocasiones, los demonios macabros se materializan frente a su ventana; tocan el vidrio y la temperatura interior baja de inmediato. El niño reza como le han enseñado y se resiste a mirarlos, pues los monstruos gozan de verlo temblar de terror.

 

Por desgracia, su madre parece no ayudar. Cuando lee la Biblia, los diablos la rodean sin que los note. Y aunque intuye que algo anda mal, por la sensación tenebrosa que la sobrecoge al entrar a la habitación de su hijo, no logra determinar el origen del asunto.

 

A medida que el chico crece, este evita confesar su habilidad de escuchar el susurro de las voces demoniacas que festejan en el tejado por las noches. Permanece inmóvil, luchando por no ceder ante la tentación de salir con ellos. Prefiere callar; si no, el mundo pensará que está loco. 


(*) Narrador, catedrático y traductor de libros. El cuento se tomó del libro «Historias de medianoche». 

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