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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 27 de Junio de 2017
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Didácticas Generacionales

 Por Álvaro Rivera Larios

 

Foto: Roque Dalton y la Generación Comprometida.

 

En su artículo “La nueva escritura salvadoreña” (publicado en la revista digital “Contracultura” el 4 de Abril del 2014), Evelyn Galindo se hizo/nos hizo la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos conceptualizar la relación entre generaciones literarias a partir de la firma de los acuerdos de paz en 1992? Su interrogante, dado que posee varias capas, es semejante a una cebolla y, por lo tanto, obliga a buscar una respuesta que esté a su altura, es decir, a varios niveles.

Para empezar, estamos ante una pregunta que posee varias implicaciones. La histórica y la metodológica, por ejemplo, serían dos de ellas. La primera nos lleva a investigar los cambios formales y temáticos que ocurrieron en nuestra literatura en el horizonte temporal de los años 90 del siglo pasado y presupone, como hipótesis, que dichos cambios fueron el resultado de una “negociación” que involucró por lo menos a dos generaciones de literatos. La segunda implicación nos conduce a encararnos con “las teorías” que utilizamos para “explicar” este “proceso histórico literario”.

Ateniéndose a la imagen de la cebolla, el problema se complica porque la interrogación se lanza como flecha en pos de un objetivo: explicar la “nueva” escritura que emergió en el horizonte literario salvadoreño del fin de siglo. Siguiendo a Elsa Drucaroff, Evelyn nos previene contra el peligro de fetichizar “lo nuevo”, dado que lo nuevo sería una reformulación de “lo anterior”. Juicio con el cual estoy de acuerdo, pero al que haría esta precisión: “lo nuevo” no es una categoría transparente y su formulación vanguardista ha sido cuestionada por las teorías posmodernas del arte. Estaríamos, pues, ante un interrogante que también posee implicaciones de índole filosófica que, como un paso previo, también deberían abordarse en el camino hacia una respuesta.

Tenemos una pregunta– ¿Cómo podemos conceptualizar la relación entre generaciones literarias a partir de la firma de los acuerdos de paz en 1992?– que, tras su aparente sencillez, esconde aristas teóricas, históricas y filosóficas que se hayan íntimamente relacionadas. No podemos señalar una serie de circunstancias y acciones asociadas con la nueva escritura sin plantearnos una disquisición filosofica sobre la naturaleza y los límites de lo nuevo en el ámbito histórico de la posmodernidad y esta última disquisición tampoco dejaría indemne a la teoría que elijamos para explorar las transformaciones temáticas y estilísticas que han tenido lugar en las letras de la posguerra.

El interrogante asediado– ¿Cómo podemos conceptualizar la relación entre generaciones literarias a partir de la firma de los acuerdos de paz en 1992?– además de situarnos en un ámbito histórico nos introduce en el campo de una teoría del cambio cultural, la que sugiere que la irrupción de lo nuevo es el producto del conflicto o la negociación entre generaciones. Con mucha brevedad, Evelyn Galindo señala ciertas limitaciones y virtudes del clásico enfoque generacional de Ortega y Gasset. Si se va a utilizar una herramienta teórica lo mejor es sondear sus carencias. Pero junto al balance de las virtudes y defectos de la teoría orteguiana, también sería necesario investigar la forma en que los críticos y los escritores han utilizado esa teoría en nuestro medio. No dudo que algunos estudiosos hayan podido hacer un empleo sutil de sus planteamientos, pero también se constata que en manos de ciertos literatos la teoría de Ortega ha sido un arma ideológica. Roque Dalton y sus colegas, por ejemplo, al inicio de sus carreras y con el fin de promocionarlas, practicaron un orteguismo de izquierda y terminaron fabricándose una historia a su medida en la que ellos aparecían en el escenario como los príncipes fundadores de una nueva época.

Todas las generaciones de literatos jóvenes que han venido después han intentado imitar el gesto de Dalton y compañía, presentándose sucesivamente como los emisarios de lo nuevo frente a los valores caducos gestionados y defendidos por las generaciones precedentes. Estaría, pues, el orteguismo generacional como teoría y estaría el orteguismo como ideología por medio de la cual un grupo emergente de escritores se confecciona una visión interesada del campo literario y de sus discordias y rupturas estéticas.

Evidentemente han existido cambios y conflictos en nuestras letras, pero historiarlos de forma lúcida es una cosa y otra distinta es hacerse de ellos una representación distorsionada. Una imagen distorsionada es aquella que desfigura la verdadera contribución de “los mayores”, aquella que para acentuar las rupturas ignora las continuidades, aquella que diagnostica mal los puntos de inflexión para negar el aporte de ciertos autores con el de fin de otorgarles el patrimonio del cambio a otros. Este proceso de distorsión afecta al modo en que se conciben o construyen teóricamente las generaciones y a la maniquea forma en que se describen sus tratos.

No tengo más remedio que repetir lo dicho en otros artículos: una generación no es un bloque de granito, es un conjunto de individuos con edades afines que se hayan vinculados por una experiencia de vida y una red de valores y problemas que los sitúan en las mismas encrucijadas. La encrucijada es ese punto en el cual bullen varios caminos y posibilidades, ese punto en el que los individuos, a partir de sus coordenadas generacionales, crean respuestas que de forma compleja pueden acercarlos o no. Los sujetos ubicados en el mismo cruce son figuras que viajan, son figuras en proceso y por eso no procede confinarlos a priori en un retrato de piedra.

A pesar del rechazo a ciertas tradiciones y de compartir el deseo de tantear nuevos temas y lenguajes, los individuos que pertenecen a una determinada generación no siempre se distancian del pasado de la misma manera ni se lanzan al futuro por los mismos caminos. De ahí que, a lo largo de sus trayectorias artísticas, su relación con las otras generaciones pueda pasar de la discordia a ciertos pactos y viceversa. Los rebeldes Dalton y Cea mostraron públicamente su admiración por el viejo Salarrué. Claudia Lars, cuando pilotó la revista Cultura, acogió en sus páginas a Roberto Armijo, José Roberto Cea, Alfonso Kijadurías, Rafael Mendoza y a Castrorrivas. En la actualidad, poetas influyentes como Silvia Elena Regalado, Miguel Huezo Mixco y Alfonso Kijadurías le dan un respaldo activo a la lírica joven. Estos pactos puntuales entre individuos de distintas generaciones obligan a pensar que los cambios literarios no siempre transitan por el esquema de la colisión ciega entre los representantes del ayer y el mañana. No solo existe la maniquea guerra entre “los viejos” y los “jóvenes”, también existen las políticas intergeneracionales en las que un escritor viejo busca el apoyo de los jóvenes para convertirse en un clásico y en las que un joven rebelde busca el apoyo de ciertos mayores para apuntalar su ascenso al estrellato.

Aquí es donde adquiere un nuevo sentido la observación de Evelyn Galindo acerca de que las generaciones también negocian entre sí, en determinados momentos y por variados motivos. A veces la imagen de las discordias, enarbolada por la propaganda literaria, subraya los desacuerdos entre mayores y jóvenes a costa de ocultar las zonas de sus intercambios. Estas áreas de encuentro tienen más posibilidades de prosperar en una época tan ecléctica como la posmoderna.

Algunos jóvenes de la última década del siglo pasado y de la primera de este siglo, valiéndose de un orteguismo maniqueo, pusieron en circulación la idea de que ellos, gracias a su edad, habían sido los primeros en dar el paso que alejó a nuestra lírica del presunto gran dominio de Roque Dalton. Para que esta operación de imagen triunfase era necesario convertir a los otrora jóvenes escritores de los años 80 en mediocres figuras de piedra. Para que esta operación de marketing literario funcionase era imprescindible ignorar el gran cambio epocal que se vivió en las postrimerías del siglo XX. Algunos jóvenes escritores de los 80 empezaron su carrera sintiendo un profundo respeto hacía la conducta y la palabra de Dalton, pero doce años de trayectoria azarosa por el lodo de la historia salvadoreña y por las grandes conmociones de la historia mundial modificaron sus puntos de vista iniciales y los condujeron a una escritura distinta y a una valoración diferente de la figura de Roque. En ese quiebre convergieron sus experiencias ochenteras y una forma de representársela que ya estaba impregnada por el escepticismo de una nueva época. Este balance crítico –esta ácida revisión de las visiones políticas y literarias de su juventud– que realizaron escritores como Horacio Castellanos Moya y Rafael Menjívar Ochoa y críticos como Rafael Lara Martínez y Ricardo Roque Baldovinos fue decisivo en el cambio de rumbo de nuestras letras a finales del siglo XX.

La madurez desencantada e irónica a la que llegaron los otrora jóvenes ochenteros no era un cúmulo de virtudes personales o colectivas que hayan surgido al margen de los golpes que les dio la historia de nuestro país o al margen del impacto de las grandes conmociones históricas que se vivieron en el último tramo de la pasada centuria. Somatizaron en sus obras, creativamente, el tránsito de un período histórico a otro. Sería un error considerar dicho transito como el patrimonio de un grupo de intelectuales y escritores o como un efecto mecánico de los relevos generacionales. Sin restarle autonomía a los otrora jóvenes ochenteros, su visión crítica de su pasado inmediato está profundamente vinculada con las fracturas históricas con las que se fue despidiendo el siglo XX. Lo que digo trasciende el marco del esquema simple de las dialécticas generacionales de aquella época y nos sitúa en el plano de la caída de los socialismos reales y de la emergencia de una nueva etapa del desarrollo capitalista y de su correspondiente cultura globalizada y posmoderna.

Sin la evolución interna de la generación del 80 –resultante de una dialéctica local y de la ligazón de esta con cambios en el orden global– no pueden explicarse las encrucijadas que se abrieron en nuestra literatura en la última década del siglo pasado. Pero esta dialéctica interna que vivieron de distinta forma Huezo Mixco, Castellanos Moya, Menjívar Ochoa, Rodas, Escudos, Santos, etcétera desaparece ahí donde se les hace un retrato de piedra con el fin de realzar “los aportes” de las nuevas generaciones de literatos aparecidas en la posguerra.
De esa manera, el orteguismo maniqueo termina convertido en un mecanismo ideológico que oculta lo que realmente sucedió.

La distancia con Roque Dalton se gestó a lo largo de los años 80 y cuando fue verbalizada, en los 90, se hizo con el lenguaje de la agenda desacralizadora posmoderna. La implantación global de dicha agenda no es reductible al mecanismo de las dialécticas generacionales. No cabe utilizar estas dialécticas como una llave que explica todos los cambios culturales.

Cuando un poeta ignora la contribución de otros escritores con el objetivo de agenciarse “las rupturas”, lo que hace es construir/se una representación falsa de un proceso literario. Esto ha sucedido con el uso ideológico que algunos literatos salvadoreños le han dado a la perspectiva generacional. Enfoque útil hasta cierto punto, pero que deberíamos preguntarnos hasta qué punto conserva su vigencia en la posmodernidad. A ver si me explico: hace poco vi cómo un escritor maduro salía en defensa de los jóvenes enarbolando la bandera de “que escriban como quieran”. Esta bandera que teóricamente es la de la libertad creativa es también la insignia de la tolerancia posmoderna en la cual todos los estilos coexisten y un poeta maduro puede darse el lujo de hacer “collagitos” dadaístas y un poeta joven darse el lujo de escribir sonetos al estilo de Garcilaso. A ninguno de ellos lo reñirá nadie. Esta convivencia y su intercambio de máscaras desactiva las banderas estilísticas como motivo de enfrentamiento generacional, cosa que no significa que las disputas por la influencia no continúen existiendo y utilizando la contienda entre lo nuevo y lo viejo como pretexto ideológico o como una consigna del marketing literario.

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