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San Salvador, 21 de Agosto de 2017
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«Dos viejos pánicos»: el humor negro y la liviandad

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Crítica de Héctor Ismael Sermeño al montaje de «Dos viejos pánicos»

Por Héctor Ismael Sermeño (*)

Fotografía: René Figueroa

 

No, no creo que todo el mundo tenga miedo porque entonces no habría miedosos.

Tiene que haber gente que meta miedo.

V. Piñera

 

San Salvador.- La obra maestra del cubano Virgilio Piñera, quien padeció el miedo antes y después de la revolución, pero que igual lo confrontó con valentía, manifiesta ese miedo en una de las mayores obras del llamado humor negro, cuyos temas fundamentales son el miedo a/y la muerte; es presentada en un montaje dirigido por el irregular director Fernando Umaña, quien también le aporta irregularidades al estupendo texto original.

Una pareja de esposos ya en la tercera edad, juegan macabramente con palabras y acciones sobre el miedo, su pasado y su presente cercano al final de la vida. Ironizan groseramente sobre ellos en un intimismo personal que se vuelve universal y es en los diálogos que el autor puede manifestar ese miedo y esos miedos, porque pareciera que no, pero el miedo se pluraliza.

La fluidez de los diálogos no le quita profundidad, Piñera era un extraordinario dramaturgo, culto y cosmopolita; su obra aporta una intensa cosmovisión, pocas veces vista en la dramaturgia latinoamericana. El gobierno de su país le dio un importante premio por esta obra, pero nunca, mientras vivió, la pudo ver representada. Era tan serio en el humor que me parece que no le habría gustado lo que hicieron con su obra aquí.

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La obra original no contiene la «participación del público», en algunas escenas. Es totalmente innecesario y una falta de respeto al autor y al público. Me dirán que las personas que llegan en su mayoría no lo saben; pues resulta que por eso es otra falta de respeto.

La obra no necesita aumentarle eventos dizque graciosos (quitarle los zapatos a los invitados al escenario o darle almohadazos a la primera fila y a los laterales) para que los asistentes rían como en una película de Viruta y Capulina.

Esta puesta en escena de Dos viejos pánicos nos resulta con una carga actoral magnífica y magnificada y nos aporta el no menos magnífico trabajo de dos actores salvadoreños: Frank Borja y Omar Renderos, quienes deberían ser premiados, si existieran premios serios en este país, por la excelencia de sus actuaciones. Junto con el texto grandioso de Piñera, ellos son lo mejor de este montaje. Sabemos de su calidad, pero en esta ocasión, al entender bien la obra, se integraron y lograron dos de las mejores actuaciones de sus carreras y quizás del año.

La escenografía, apenas utilitaria, podría haber sido mejor conceptualizada, el brillo del banner molesta y no le dice al público que son recortes que hace uno de los personajes y los pega en canceles y paredes. Las luces están bastante bien.

En un punto y aparte, dos cosas deseo compartir que son desagradables:

El director pidió que el público entre a la sala cinco minutos antes de la hora de inicio y luego tiene al público sentado unos quince minutos después de que casi se atropellan para entrar. El teatro Luis Poma es uno de las más profesionales y da entrada de sala media hora antes, como en todo el mundo civilizado.

La otra es el uso de los celulares: Una pareja al lado mío no sólo no lo apagó sino que en medio de la obra contestaron el bendito aparato. En la fila de adelante, dos personas de la tercera edad lo pusieron en vibrador, pero cada vez que los llamaban o les mandaban mensajes lo prendían para verlo y son de esos que dan tanta luz que desconcentraban. El mundo retrocede y la clase media está perdiendo la buena educación por causa de un aparato que los vuelve adictos.

 

(*) Escritor, historiador y crítico de artes. Colaborador de contrACultura

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