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San Salvador, 18 de nov. de 2017
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El día que La Pirraya apareció en el mapa

12 de noviembre de 2010

Por Camila Navarro*

La Pirraya era, hasta hace un par de años, otro sitio agreste de los tantos perdidos y olvidados a lo largo y ancho de los 20 mil kilómetros cuadrados del territorio salvadoreño.

Y es que allí no hay discotecas, ni bares, ni lujo alguno. Lo que sí existe son barcas dispersas y hombres de manos fuertes y de piel tostada por el sol tras días enteros dedicados a la pesca en la Bahía de Jiquilisco.

También hay hileras de casas construidas con bahareque y lámina, y unas pocas –las más modernas– edificadas con ladrillo y cemento.

En La Pirraya además reina el calor, el verde intenso del mangle, el canto de las aves marinas y, en el horizonte, el plateado serpenteante de la ensenada.

Llegar allí es otra travesía, puesto que en lugar de desplazarse en el gris del asfalto propio de una carretera hay que hacerlo en pequeñas y despintadas lanchas que parten desde Puerto Parada o Puerto El Triunfo, en un recorrido que puede extenderse por más de una hora.

Esa es La Pirraya, una isla convertida en cantón en la imponente Bahía de Jiquilisco, en el departamento de Usulután.

Sin embargo, hace más de dos años, un acontecimiento hizo que los salvadoreños y los extranjeros posaran sus ojos en ella: la participación, por primera vez en su historia, de la selección de fútbol playa en un mundial.

La causa: de los 12 seleccionados, ocho eran de las islas de la bahía, cuatro de ellos con el ombligo enterrado en La Pirraya.

«Todos estábamos contentos porque comenzarían a conocer otros lugares», recuerda emocionado don Jorge Rivas, padre del volante ofensivo Tomás Antonio Hernández.

No era para menos, ya que la Copa del Mundo se realizaría en Marsella, Francia. No obstante, los hijos de La Pirraya ya llevaban a cuestas un par de experiencias de viaje más allá de las fronteras patrias.

Una de ellas fue en la eliminatoria del 2007, disputada en Acapulco, México. Esa vez, su primera vez en una competencia de alto nivel, quedaron en último lugar. A su regreso los esperaban sus familiares y una nota en un periódico con el titular: «La ilusión terminó en pesadilla».

Sin importar lo doloroso de la experiencia, todos siguieron como siempre, en el completo anonimato, combinando el fútbol con su oficio, el de la pesca artesanal.

«Todos son pescadores, porque aquí no hay más que hacer», recalca don Jorge. Este sexagenario de cabello entrecano y piel curtida por el sol, lleva tres cuartas partes de su vida en el mar y conoce, como ningún otro, lo que significa ser un pescador.

“Se puede trabajar de dos formas. O se hacen turnos de 12 a 15 horas, o de 24 horas. Los que salen por 12 horas trabajan todos los días, y los que van las 24 horas salen dos veces a la semana”, explica.

Los seleccionados de fútbol playa tuvieron que adoptar el primer horario y, de vez en cuando, faltar a sus labores para poder entrenarse. Esa había sido su rutina hasta aquel fatídico 2007, cuando «la ilusión se convirtió en pesadilla».

Pero para estos hombres acostumbrados a librar mil batallas en su vida diaria, ese fracaso sólo sirvió para impulsarlos a otro nivel. Y tras meses de pesca y toques de balón, les llegó el momento de alcanzar la gloria y, de paso, ubicar a La Pirraya en el mapa.

Aquel 20 de abril de 2008, mientras ganaban su pase al mundial en las playas de Puerto Vallarta, México, La Pirraya celebraba y el mundo se preguntaba de dónde habían salido esos hombres.

No era para menos, El Salvador llegó a México con apenas tres años de experiencia en el fútbol de playa. Esa era su segunda participación en una eliminatoria mundialista, dejando en el camino a la selección de Estados Unidos, que no había faltado nunca al mundial de la especialidad.

La FIFA los nombró la sensación del torneo, cuatro de sus miembros figuraron en el equipo ideal, Luis Rodas fue elegido el mejor arquero y Agustín Ruíz, originario de La Pirraya, fue el máximo goleador del torneo. ¿Casualidad? «Puro coraje y humildad», resumieron muchos en todo el mundo.

 

Carnaval en la isla

«En cada partido era una gran emoción. Todos nos reuníamos para verlos, y cuando hacían un gol tirábamos cohetes. Una vez vinieron unos periodistas y me decían: “Púchica, no me imaginaba cómo se ponía el ambiente aquí”», comenta don Jorge.

La fiesta no podía tener un mejor motivo, los pescadores, sus hijos, sus sobrinos, sus primos, sus vecinos y amigos estaban en el mundial, en Francia.

En Marsella no ganaron ningún partido. “Ellos nunca habían visto un país tan desarrollado. Dicen que eso les afectó, que se sintieron presionados; «porque llegar de un cantón tan metido como en el que vivimos nosotros es un gran cambio», dice don Jorge.

A pesar de la eliminación, La Pirraya armó una fiesta para agasajar a sus héroes. «Desde Puerto Parada salió la caravana de lanchas hasta la isla. Todos decíamos que aunque no ganaran nada, habían hecho más que otros», menciona don Jorge.

Y hacer más y más se convirtió en el lema del equipo, porque al año siguiente –en el 2009–  además de clasificarse al mundial conquistaron el título de campeón de la Confederación de Fútbol de Norte, Centroamérica y el Caribe (Concacaf), en tierras mexicanas.

Esa vez dejaron fuera a Estados Unidos y México, el equipo anfitrión, el que tan sólo dos años antes había alcanzado el subcampeonato en la Copa del Mundo. En el horizonte  de los cuscatlecos sólo figuraba Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos.

«En la isla todos estábamos contentos cuando quedaron campeones», relata don Jorge. «Para mí, ver a mi hijo también era un gran orgullo», agrega.

Y es que «Toño», como él lo llama de cariño, se inició en el fútbol gracias a sus consejos. «Pero él jugaba fútbol 11», enfatiza el orgulloso padre.

Fue hasta el 2005, cuando el proyecto de fútbol playa llegó a La Pirraya, que Toño y el resto de jóvenes comenzaron a jugar en la arena.

«A él lo que le valió es que siempre jugaba sin zapatos, por eso ya tenía práctica», comenta. Lo mismo les sucedió a los demás integrantes del equipo, acostumbrados a permanecer con los pies desnudos mientras laboran entre las aguas.

Pero en Dubái no se encontraron con nada parecido. Llegar a esta región de poco más 4 mil kilómetros cuadrados, con más de dos millones de habitantes, con una economía basada en el petróleo y los negocios inmobiliarios, y con 10 horas de diferencia con El Salvador los desconcertó de golpe.

«Mi hijo me cuenta que les molestó el cambio de horario y hasta se enfermaron por la comida», señala don Jorge.

Al final el saldo fue el mismo de Marsella: tres derrotas en tres partidos, y la eliminación en la primera ronda.

Algunos dicen que es muy pronto para ganarle a potencias del fútbol playa como Brasil, Portugal o Italia; otros, como don Jorge y los vecinos de La Pirraya, aseguran que todo es cuestión de tiempo.

De momento, a fuerza de goles, entrega y sacrificio, los futbolistas han puesto a La Pirraya en el mapa del mundo del fútbol y del turismo. Porque al compás de sus gambetas y remates, los turistas llegan a montón a este sector de la bahía.

 

«La gente viene y quiere conocerlos, y tomarse fotos con ellos», comenta Claudia, una joven que trabaja en un restaurante flotante de La Pirraya.

Este local es el principal atractivo ofertado por el Comité Turístico Isla La Pirraya, surgido en el 2005.

También hay un hostal, paseos a las islas vecinas, los manglares y la playa, además de la posibilidad de compartir un momento con los futbolistas.

Todo ese éxito, en gran medida, se debe a los hijos de La Pirraya, a los que dividen sus días entre la pesca y el fútbol, a los que han ido a dos mundiales consecutivos y ahora se preparan para poder asistir al tercero, a los que un buen día pusieron el nombre de su isla natal en el mapa de los amantes del fútbol y de historias de lucha.

 

*periodista y fiel fanática del fútbol.

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