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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 27 de Julio de 2017

El espantajo de Salarrué en honor al general Martínez

"El reformismo militar sería la condición necesaria y suficiente para que Salarrué se atreva a la denuncia..."

Historia y tachón por Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

Desde Comala siempre…

Gracias al tesón investigativo de Carlos Cañas Dinarte, se hace pública una “fotografía en blanco y negro, editada en la Revista del Ministerio de Instrucción Pública (San Salvador, Volumen I, Nos. 3-4, julio-diciembre de 1942, página 84)” (véase ilustración).  Se trata de un mural que realiza Salarrué en la Escuela Municipal “Eduardo Martínez Monteagudo” (hasta febrero de 1946) de la Colonia América.  El nombre mismo de la escuela resulta bastante revelador del enlace —ahora suprimido y reprimido— entre el artista teósofo y su colega de la Logia Téotl, el general Maximiliano Hernández Martínez.

Según Cañas Dinarte la escuela se inaugura el 15 de septiembre de 1939 en un terreno donado por el propio presidente.  El nombre de la escuela honra la memoria de su hijo quien fallece en octubre de 1938.  El mural lo pinta Salarrué en agosto de 1942.  En las palabras del autor —citadas por el propio Cañas Dinarte— el fresco exhibe “el antiguo sistema docente de tormento y espanto [¿el pre-martinista?].  El niño moderno (vestido de pájaro) ataca y destruye al espantapájaros, cuya alma se ve espantada allí en el espacio.  Los papeles, pues, se han trocado.  El niño lleva un palo aguzado y la niña una antorcha. Arriba, ramas de ‘guarumo’ y pájaros pardos”.

Esta interpretación resulta tajante ya que desmiente las expectativas que cualquier espectador actual intuiría de la imagen.  Entrevería la figuración anticipada de “El espantajo”, cuento que sin cese se re-cita como prueba de la denuncia que realiza Salarrué de la Matanza de 1932 excluyendo, siempre, la viñeta sosegada de árboles y ranchos que realiza José Mejía Vides para la edición príncipe.  Al igual, se borran todas las reseñas de sus primeros lectores, para ocultar los honores que los martinistas le rinden a Salarrué tal cual Salvador Cañas, Julio César Escobar, Director de la Biblioteca Nacional, etc.

Además, para que ese “espantajo” tardío sea testimonio de los sucesos del año clave, hay que acallar otros dos asuntos espinosos.  El primero consiste en hacer creer que el tiempo en el relato (1932) es idéntico al tiempo del relato y del relator (1956).  Casi ningún comentario anota la diferencia de veinte y cuatro años entre la fecha de publicación definitiva de “El espantajo” y los eventos descritos en el cuento.

El segundo consiste en acallar la relación de amistad y de compromiso político que une a Salarrué con los coroneles Óscar Osorio (1950-1956) y José María Lemus (1956-1960), tal cual el artista la hace pública el 10 de diciembre de 1955 en La Prensa Gráfica.  Se tacha la fecha precisa del cuentista (1956) para, ilusoriamente, colocar fecha de lo contado en su lugar, 1932.

De revelar esa doble cuestión punzante, el reformismo militar sería la condición necesaria y suficiente para que Salarrué se atreva a la denuncia.  Otra prueba patente del enlace militar del arte es la pintura “La Conquista” que se exhibe en el Museo Militar de San Salvador, la cual Salarrué le obsequia a su amigo, el coronel Lemus, en aprecio a su labor y amistad.  Este mismo aprecio lo anticipa el óleo “La muñeca rota” que el artista le regala al general Martínez, obra que también se mantiene bajo la censura del silencio.

Para quienes buscan en Salarrué un testimonio de la Matanza de 1932 —en su defecto, una fantasía sin contacto real o en desafío a la modernidad— esta somera documentación resulta una manifestación de los compromisos políticos ignorados del autor.  Esos compromisos se ocultan ahora adrede, para que los pre-juicios actuales se perciban como los hechos del pasado.

Lo más grave del asunto no es tanto que un “espantajo” —en honor a la reforma educativa del martinato— el siglo XXI lo conciba en denuncia testimonial del 32; o bien, que la confusión de tiempos imagine la denuncia desde el reformismo militar como denuncia desde el martinato.

Ya se sabe que alucinar espejismos es sinónimo de crear simulacros y de inventar la historia para beneficio personal y político del tiempo presente.  Hay que vivir en la apariencia.  En la historia francesa, a este síntoma del artificio se le llama “el síndrome de Vichy”.  Si al fin de la ocupación nazi de Francia (1940-1944), nadie se asume colaborador del régimen, igualmente al terminar el martinato (1931-1944), en El Salvador hay pocos responsables de la cultura indigenista del régimen.

Pero lo grave del asunto es que tales versiones —la de un Salarrué anti-Martínez durante el martinato— se reclamen de la izquierda.  Incluso se reclaman de una izquierda radical, cuando lo que realizan es una copia empobrecida de la derecha.  En el 2012, las obras que un día honran al general Martínez —las que luego se publican durante los gobiernos del reformismo militar— se exhiben como prueba de un testimonio que denuncia sus propias acciones militares. 

Esta cuestión resulta más aguda para quienes defienden el legado de Farabundo Martí, pero elogian la herencia cultural de quien lo condena a muerte.  La “política de la cultura” del general Martínez —término que acuñan Escobar y Salarrué en el Boletín de la Biblioteca Nacional en 1933— señala el derrotero letrado de ciertos farabundistas actuales (“El Gobierno del país, integrado ahora por elementos de una clase social intermedia, por esta ventaja y por la obligación que adquirió, está llamado a desempeñar el papel de Paternidad para sosegar [¿la revuelta?] y luego de Maternidad para curar las resultantes de la refriega.  Al mal inmediato, urgente remedio: aunque de naturaleza cáustica” (“Los que no entendemos.  Sentido común”.  Sin fecha/¿1932?: Sin editorial.  Cortesía de Ricardo Aguilar).  En metáfora familiar, acaso Salarrué traduce la política de la cultura como una acción materna que equilibre la represión paterna militar

En los imitadores actuales se refrenda una antigua paradoja que reúne a los opuestos.  La contradicción articula visiones paralelas en su punto de reunión absurdo.  El legado del héroe y el del traidor se encontrarían mezclados en un solo espacio cultural.  El modelo artístico popular de la izquierda letrada calca el proyecto cultural de los militares.

Realmente, la historia salvadoreña se presta a una triste ironía.  Subrepticiamente, la izquierda letrada interioriza el esquema cultural de su enemigo y lo hace suyo.  Oculta la documentación primaria, al exhibir el indigenismo y la fantasía teosófica del martinato como algo propio.  O, en su defecto, lo expone como una esfera fantástica y apolítica en oposición al estado modernizante que sustenta.

 

Resumen: Los rubros que la memoria histórica salvadoreña olvida adrede para santificar a Salarrué y satanizar al general Martínez en acción maniquea:

 

  1. Hay que olvidar que el general Martínez es un reconocido intelectual salvadoreño, anti-imperialista, que denuncia la invasión estadounidense a Nicaragua en 1927, como miembro del Ateneo de El Salvador.
  2. Hay que olvidar que su bosquejo de “hombre ilustre” aparece al lado de la biografía de Arturo Ambrogi, Alberto Guerra Trigueros, Alberto Masferrer, Salarrué, etc. (José Gómez Campos, Semblanzas salvadoreñas, 1930).
  3. Hay que olvidar que el general Martínez dirige el “perfeccionamiento cultural” de los cuarteles y participa en la “convención de candidatos” para las elecciones democráticas de 1931 (Jacinto Paredes, Vida y obras del doctor Pío Romero Bosques, 1930).
  4. Hay que olvidar que muchos intelectuales del Repertorio Americano en Costa Rica, Cypactly en El Salvador, los círculos anti-imperialistas en México, testimonio del costarricense Vicente Sáenz, apoyan el ascenso del general Martínez a la presidencia en diciembre de 1931.  Su respaldo se lo conceden a un gobierno que les inspira la autonomía latinoamericana.  Y su gobierno los intelectuales salvadoreños lo perciben como unidad nacional contra el imperialismo hacia enero de 1933 (Sáenz, Rompiendo cadenas, 1933).
  5. Hay que olvidar las reseñas inmediatas de la obra de Salarrué en las revistas oficiales del martinato y en los periódicos de 1931-1944, al igual que las del reformismo militar, 1948-1960.  El tiempo presente es el primer lector.
  6. Hay que olvidar las ilustraciones originales de los libros de Salarrué ya que no visualizan la ilusión del siglo XXI.  El tiempo presente es el primer espectador.
  7. Hay que olvidar la relación de Salarrué con los grupos teosóficos como la Logia Téotl a la cual pertenece el general Martínez y otros miembros de la censura oficial como Hugo Rinker.
  8. Hay que olvidar la fecha de publicación de sus cuentos y se prohíbe buscar las publicaciones originales.  La historia del tiempo presente es adversa a la historiografía.
  9. Hay que olvidar que los teósofos tienen cuerpo por lo cual se prohíbe todo enfoque de género.

10)   Hay que olvidar para que la memoria del siglo XXI invente el pasado a su imagen y semejanza en una re-volución sinódica o en un eterno retorno de lo mismo.  Según la ley salarrueriana de un Hamlet nacional, “la sombra del caudillo tomó cuerpo [y le] pidió [al vivo que] renunciara [para regir él] como [Espectro real y Patriarca muerto la herencia cultural salvadoreña hasta el siglo XXI]”.  El verdadero Patriarca es el Patriarca muerto que todos sus descendientes —hostiles y allegados a su herencia— interiorizan y hacen suyo al actuar.

Nota final: Agradezco todas los comentarios a la publicación de este espantajo martinista los cuales se expresan en FB, en particular los de Carlos Cañas Dinarte y Miguel Huezo Mixco, a la espera de recibir la revista completa para continuar el artículo…

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