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San Salvador, 21 de Agosto de 2017
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El infierno y la gloria del fútbol

Lunes 20 de diciembre de 2010

Por Camila Navarro*

Con la vista clavada en el balón, ese que había sido su cómplice durante todo el torneo y que le regalara el título de máximo goleador con nueve tantos, Rodolfo “Fito” Zelaya se dirige a paso lento hasta el manchón de penalti.

Acomoda la bola y piensa un instante mientras clava la mirada en la meta. A escasos 11 metros está el guardameta Fidel Mondragón y la línea de gol, esa que parece existir para dividir la gloria del infierno.

Allí, frente a frente, con cerca de 30 mil aficionados conteniendo el aliento a causa de los nervios, atacante y defensor viven la más cruel de las soledades. En medio de la multitud, solo son ellos, la bola y el deseo abrasador de hundirla en las redes o detenerla antes de que entre al marco.

Fito da un par de pasos hacia atrás, coge impulso y patea la pelota con todas sus fuerzas. La esférica, su fiel compañera, su aliada en tardes de fiesta en el césped y algunas que otras para el olvido, viaja a media altura hacia el centro de la portería.

Mondragón se lanza a su izquierda, pero con la bendita fortuna de dejar el brazo derecho extendido y desviar la trayectoria del balón. La número 5 roza el travesaño y da un bote afuera de la línea de gol.

El ídolo albo falló, como lo hacen casi siempre todos los ídolos del fútbol (erró Martín Palermo tres penaltis en un partido de la selección  de Argentina contra Colombia en la Copa América de 1999, Roberto Baggio voló el balón en la final del Mundial de Estados Unidos 1994 frente a Brasil, David Beckham falló su tiro ante Portugal en la Eurocopa del 2004).

El infierno y la gloria aparecen en el mismo lugar, el primero espera por Fito y el segundo por Mondragón. Fito se lleva las manos al rostro, sus ojos se cristalizan y las lágrimas recorren sus mejillas.

En las gradas, los aficionados del Alianza repiten el gesto con sus manos, la incredulidad se apodera de ellos, ven al horizonte como viendo al vacío, murmuran, buscan explicaciones.

Mondragón celebra, los seguidores del Metapán gritan, están a un tiro de conquistar otro título en la Liga Mayor. Llega Umaña y con su tanto también se abre el paraíso para los “caleros”. Marcador final: Metapán 4- Alianza 3. El Metapán es el absoluto vencedor del Torneo Apertura 2009, gracias a la ruleta rusa de los penaltis.

No hay más. La alegría de unos representa el dolor, la rabia y la frustración de los otros. Dice Juan Villoro en su libro Dios es redondo que: “Elegir un equipo es una forma de elegir cómo transcurren los domingos”. No hay nada más cierto para los amantes del fútbol.

Pero nadie quiere que sus domingos terminen en una pesadilla, y todos acuden al estadio con la firme convicción de ganar. Nadie piensa en un posible fracaso, porque eso sería dudar del equipo, peor aún, eso equivaldría a la peor de las traiciones. Así, el hincha selecciona a su equipo y espera celebrar siempre.

Solo la idea de la victoria es capaz de convertir en un auténtico placer la espera desde las ocho de la mañana en las afueras del estadio, hacer largas filas bajo el intenso sol de verano y desgarrarse la garganta con los cánticos de aliento para su equipo (y para humillar al conjunto contrario, a esos enemigos que se interponen en su felicidad absoluta).

El aficionado encuentra bienaventuranza en las tribunas al abrazar al desconocido mientras celebra un gol, o cuando él y los suyos unen sus voces para reclamar al árbitro por sus “malas decisiones”.

En resumidas cuentas, el fanático en el estadio es, como dice Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra, “el hincha en el manicomio”.

Y es que en ese mundo de locuras los fanáticos desatan sus pasiones, sus amores, lloran de felicidad, ríen de impotencia, gritan por el simple hecho de hacer algo, experimentan al máximo la felicidad y la desilusión.

En 90 minutos viven, mueren, y vuelven a vivir. En ese espacio de manías erigen héroes, los despedazan, los reconstruyen o los lanzan al peor escenario para el futbolista: el total olvido.

En ese mundo habitado por futbolistas y aficionados, ahora Fito vive su infierno y Mondragón su paraíso. ¿Cuánto durará? Quizá hasta que comience el próximo campeonato, porque entre otras cosas, el fútbol tiene memoria a corto plazo.

 

*Periodista y fiel fanática del fútbol.

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