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San Salvador, 28 de Mayo de 2017
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El jardín de Los Inocentes. Viaje a El Mozote

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El 10 de diciembre es el Día Internacional de los Derechos Humanos, también, este 2014 se cumplen 33 años de la masacre de El Mozote en El Salvador. En 2013 Inés Ramírez fue guía de turismo de un grupo de personas que visitó el lugar de los hechos y, con base a esa experiencia y documentación, nos relata lo ocurrido en diciembre de 1981. 

 

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Por Inés Ramírez (*)

@InesRamirez_SV


Fotografía: Camilo Méndez

 

Cuando uno está en el jardín de aquella iglesia la respiración se corta. Son tantas las emociones que se sienten al saber que el suelo que pisas—que aún está manchado de sangre— un día fue el escenario de una de las masacres más grandes de Latinoamérica.

 

El Mozote, Morazán. Es un viaje largo. Para llegar a las 10 de la mañana hay que salir, al menos, cuatro horas antes de San Salvador. Nos esperan muchos sitios que visitar, todos relacionados con la guerra civil ocurrida en El Salvador. Diez personas ansiosas por conocer esos lugares históricos me acompañan; soy su guía de turismo.


Cada uno de los presentes tiene expectativas de lo que encontrará; alguien saca un mapa y se da cuenta de que nos falta mucho por recorrer. Es entonces cuando comienza mi relato, extraído de libros, crónicas y, lo más importante, del testimonio de la gente que de alguna manera estuvo involucrada con lo sucedido. Es importante que cada uno conozca lo que pasó en aquel lejano lugar ahora olvidado; menos de la memoria histórica salvadoreña.

 

Rosas en rojo vivo

 

El Mozote siempre fue un caserío apartado. Cuentan que la mayoría de personas que allí vivían eran muy religiosas, gente que se mantenía de las bondades del campo y del ganado; pero la guerrilla controlaba todo ese territorio, lo cual era una evidente amenaza y muestra de flaqueza del gobierno de turno, que utilizó una táctica de guerra para «arrasar» con todos aquellos que colaboraran con los insurgentes.

 

José Domingo Monterrosa Barrios, un hombre de no mucha estatura, pero de carácter firme, logró entrar al Ejército en 1960; y en base a su desempeño poco a poco fue escalando puestos hasta llegar a ser teniente coronel en 1980. Recibió entrenamiento en el extranjero, lo que lo hizo uno de los elementos más fuertes dentro de la institución castrense.

 

Monterrosa llegó a estar a cargo, en marzo de 1981, de uno de los batallones de infantería de reacción inmediata (Biri), específicamente del Batallón Atlacatl; estos están formados por soldados entrenados especialmente para el combate contrainsurgente; y a quienes, cuentan, que el teniente coronel llamaba Angelitos de la muerte.

 

El Batallón Atlacatl era parte de la élite del Ejército. Pocos podían ser miembros de él; y para demostrar que merecían serlo debían hacer los méritos de rigor. Una de las pruebas se llamaba «Formación de carácter», y consistía en pasar hambre por varios días y luego tener que tomar sopa de animales como perros y zopilotes.

 

Poco a poco estos soldados, en su mayoría jóvenes, muy jóvenes, iban perdiendo el temor a enfrentarse con la muerte; era lo que sus dirigentes requerían. Para poder afrontar lo que venía debían tener hielo en la sangre. En las formaciones militares los oficiales les inculcaban mensajes de odio hacia los guerrilleros. «Nos decían que eran perros, que mataban por placer de matar; y que si ganaban la guerra nos iban a matar a todos los soldados y a nuestros familiares», cuenta un soldado que perteneció al batallón.

 

Mientras la guerra se agudizaba, la guerrilla ganaba más protagonismo a inicios de los años ochenta; y ante la vista internacional esto era grave para el gobierno, por eso no podía dar muestras de debilidad. Es entonces que se implementa la estrategia de «Tierra arrasada», la cual consistía en «quitar el agua al pez», es decir, terminar con toda población rural que apoyara a los guerrilleros. Para diciembre de 1981 todo estaba listo para que el Atlacatl comenzara la «Operación Rescate».

 

Mientras tanto, en El Mozote la gente ignoraba estas medidas, tenía la firme convicción que no era vista como una amenaza, pues ellos —según confirman— no apoyaban a ningún bando. Un infiltrado en el Ejército se enteró de la operación y la dio a conocer a la guerrilla, que inmediatamente mandó a avisar a la gente que huyera con ellos hacia tierras seguras, pero la gente de El Mozote no hizo caso a la alarma y decidieron quedarse a esperar... A esperar la muerte.

 

En nuestro viaje, a esta hora, me doy cuenta que hemos avanzado bastante. Ya se comienza a ver las verdes praderas, el ganado pastando, unas cuantas gaviotas a lo lejos. Comienza el calor y la nostalgia. Todos me piden que continúe con la historia, pero les digo que lo que sigue ya no me corresponde narrarlo; serán los mismos habitantes del lugar quienes terminaran el relato de los trágicos hechos.

 

De pronto la calle se vuelve polvosa, con rocas y baches por todas partes. Llegamos a Arambala, un pueblo muy bonito, pero del que siempre he tenido la impresión de que ha sido abandonado. Al pasar por sus calles raras veces he visto a personas caminando. Una ancianita siempre se mantiene en su silla mecedora; me imagino que cada una de sus canas es una historia que se podría contar.

 

En la entrada a El Mozote la calle está pavimentada. Según una fuente, esto se hizo por la llegada del expresidente Mauricio Funes, en el 2012, a dar aquel sentido discurso en el que presentó, a nombre del gobierno, disculpas por la masacre. Todos los turistas están ansiosos por bajarse del bus. Han sido horas de viaje, y aún nos quedan varios lugares por conocer.

 

La gente del lugar advierte nuestra presencia, toma sus puestos en las tiendas; los niños corren por todos lados, y uno, dos, tres se acercan para ofrecernos pulseras con frases como: «El Mozote nunca más», «Recuerdo de El Salvador». Una mujer, con unos 40 años de edad, se acerca también. Ella nos relatará la historia de lo que allí sucedió en diciembre de 1981.

 

Todos ven con atención los detalles del lugar, la plaza se conserva como si fuera en aquellos tiempos; al costado izquierdo de la iglesia hay un monumento con una placa que tiene grabado en letras mayúsculas: ELLOS NO HAN MUERTO, ESTÁN CON NOSOTROS, CON USTEDES Y CON LA HUMANIDAD ENTERA. Unas siluetas de un hombre, una mujer y dos niños tomados de las manos parecen mirar la dolorosa lista de nombres escritos en tablas de madera en una pared detrás del monumento.


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«Yo no vivía aquí, pero Rufina Amaya, que fue una de los sobrevivientes, nos contó. Dice que vinieron los soldados del Batallón Atlacatl; les dijeron que iban a dar consultas médicas a la gente; que todos salieran de las casas. Pero cuando lo hicieron comenzaron a hacerles preguntas: que si conocían a los guerrilleros; que si los tenían escondidos; que si les ayudaban. Y todos dijeron que no, porque de verdad que nadie era guerrillero en este caserío.

 

»Como nadie dijo nada los mandaron a las casas y les dijeron que se encerraran, que si alguien salía en la noche lo iban a matar (así lo describe también el Informe de la Comisión de la Verdad). Al día siguiente los sacaron de las casas y los separaron; a los hombres, niños y mujeres… Comenzaron a matarlos… Estaban locos, como poseídos, no respetaron entre ancianos, mujeres y niños, aún recién nacidos y mujeres en cinta, así pasó».

 

«¿Y Rufina cómo logró escapar?» —alguien pregunta—. «Ella aprovechó que se descuidaron. En lo que estaba haciendo fila para que la mataran se escondió detrás de un palo y luego detrás de unas vacas. Ella dice que escuchaba como sus hijos gritaban: “¡Mamá! ¡Mamá!”, pero no los podía ayudar; casi se volvió loca. Hasta que la encontraron los de la guerrilla.»

 

Según cuentan, a Rufina la encontraron los guerrilleros una noche en un río; se asustaron porque pensaron que era la Siguanaba, pero era ella quien se escondía entre las rocas y salía en la noche a buscar alimento. Ella fue la primera persona que contó lo sucedido en El Mozote en Radio Venceremos la Navidad de 1981.

 

El relato de Amaya también ayudó para que los periodistas Raymond Bonner del New York Times y Alma Guillermoprieto del Washington Post dieran a conocer al mundo lo sucedido en enero de 1982. No obstante, el gobierno salvadoreño negó rotundamente los hechos, lo que le permitió que un mes después Estados Unidos le aumentara la ayuda económica para combatir a los disidentes.

 

Rufina descansa, desde 2007, junto al monumento donde se enterró a las personas masacradas aquellos fatídicos días; algunas flores artificiales adornan la sencilla tumba. Esta mujer pudo escapar de la muerte, pero nunca descansó de los recuerdos, de aquellos gritos que aclamaban su nombre. Ahora, por fin, está junto a ellos, sus hijos.

 

Según documentos del Informe de la Comisión de la Verdad, en El Mozote había una veintena de casas. Sin embargo, debido a los constantes enfrentamientos, personas de caseríos aledaños se encontraban residiendo también en el lugar. Se detalla, además, que en los cantones Cerro Pando, La Joya y en los caseríos La Ranchería, Los Toriles, El Pinalito, el Cerro Ortiz y Jocote Amarillo también fueron masacradas personas.

 

Observo los rostros de todos los presentes. Sin duda, la historia los ha conmovido. Después de escuchar el relato nos dirigimos al patio de la iglesia, donde antes era un convento; ahora se ha convertido en un hermoso jardín llamado Los Inocentes. Se respira vida en medio de donde un día hubo tanta muerte.

 

Hay una pared con figuras de niños, saltan felices, persiguen mariposas, viajan a través del arcoíris, pero la realidad fue totalmente distinta, debajo de esa imaginaria escena, un interminable listado con nombres de niños asesinados comienza, algunos no tienen nombre, solo «Hija de Justo Martínez, 9 años», otros ni siquiera habían nacido cuando fueron masacrados.


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Cuando uno está en el jardín de aquella iglesia, la respiración se corta. Entre las rosas que crecen con su color rojo vivo, entre sus raíces, en lo que queda del antiguo convento, aún se puede ver una mancha negra, pero no tan negra como el alma de los que hicieron esto; la sangre aún ronda el jardín, nos recuerda que entre tanta belleza aún hay cuentas pendientes que saldar con la justicia.

 

Se manejan diversas cifras de muertos. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fueron 765 fallecidos; el Informe de la Comisión de la Verdad habla de más de 200 víctimas, sin tomar en cuenta las que no se pudieron identificar; Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador mencionaba 765 personas ejecutadas; la Dirección General de Estadísticas y Censos (Digestyc), dependencia del Ministerio de Economía, ha incluido en un registro sobre la masacre de El Mozote a 950 personas, de los cuales 511 son hombres y 439 mujeres; mientras que un equipo argentino de antropología forense determinó que en El Mozote, y cantones aledaños, fueron asesinadas 809 personas, más de 400 de ellas niños y niñas menores de 12 años.

 

Jardines entre montañas

 

Continuamos nuestro viaje, aún nos falta por visitar tres lugares. Cuando estábamos subiendo al microbús se acercó un joven; dijo que nos podía acompañar al siguiente lugar y contarnos más de lo que allí sucedió hace años. Aceptamos el ofrecimiento, y desde que subió al vehículo nos comenzó a contar la historia como que si él hubiese estado allí, a pesar de su corta edad.

 

Manejaba datos importantes, como el hecho de que, después del interrogatorio a los pobladores, los soldados descubrieron que allí no habían guerrilleros como se les había dicho; habían hombres de todas las edades, una señal de que los insurgentes no habían reclutado a nadie en el lugar.

 

Un soldado —que al parecer estaba al mando— realizó una llamada a «alguien importante», quien suponen era Monterrosa. Le comentó que en aquel lugar no había guerrilleros, que era gente común, trabajadores del campo; que no encontraron indicios de colaboración con los rebeldes. Sin embargo, la orden fue tajante: «Mátenlos a todos». «Pero, aquí hay muchas mujeres… niños» —dijo el receptor—. «¡Acaso no tienen los… suficientes! Si regresan sin cumplir la orden, los muertos serán ustedes.» Cuentan que algunos soldados se drogaron o embriagaron para actuar y soportar la culpa.

 

«Se llevaban las mujeres a los cerros y allí las violaban», cuenta Pedro, nuestro acompañante, mientras señalaba hacia lo lejos. Hemos llegado a nuestro siguiente destino, uno de los memoriales más grandes construido en El Salvador. De repente, uno se siente como en otro mundo; se respira paz en un lugar que un día estuvo lleno de guerra, y es por eso que, justo en la entrada, en lo alto del cielo, hay una estatua de Cristo con las manos extendidas y las palabras: «Mi paz les dejo, mi paz les doy».

 

Cuatro estatuas rodean al Cristo de la Paz: la madre Teresa de Calcula, Juan Pablo II, Martin Luther King y Mahatma Gandhi. Pero el monumento no es solo eso. Al lado tiene otra estatua, la de Francisco de Asís con un niño. Estas esculturas son de tamaño natural, hechas de fibra de vidrio. La policía permanece en el sitio para protegerlas. Según Pedro, el lugar se llama Monumento a la Paz y la Reconciliación.


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Los jardines se extienden a los lados del monumento, donde hay otra figura: la Virgen María con Jesús recién bajado de la cruz. Pero la efigie más representativa está ubicada en una montaña al frente, que parece invitarnos a subir; nos espera con los brazos abiertos. Emocionados, todos, subimos a lo alto de la montaña y encontramos en la cima a monseñor Romero, solo a él y el amplio paisaje; extiende sus manos al horizonte, con la vista hacía el monumento a los caídos.

 

El viaje sigue. Nadie ha comido nada, pero eso no importa; la experiencia para todos es inolvidable. Agradecemos a Pedro por su compañía y los relatos.

 

Llegamos al río Sapo. Se dice que este es el más limpio del país porque no recibe aguas negras; es un río caudaloso, o al menos parece que en una época lo fue, así como también fue testigo de los asesinatos y del dolor que lavaban las viudas, madres e hijas de los muertos en sus aguas.

 

Es imposible resistir bañarse en el Sapo. Aunque el agua es fría, su cristalinidad invita a sumergirse. Algunos lo hacen y disfrutan el momento, otros deciden preparar comida. Luego nos despedimos del generoso río, que más bien parece, de lejos, una verde y serpenteante culebra entre las montañas. 

 

Puesta de sol

 

Son las tres de la tarde. Nos queda una hora para poder visitar el Museo de la Revolución en Perquín, Morazán. Felipe —uno de los guías del museo— siempre me recibe amablemente. Aunque lo he escuchado otras veces, su relato siempre tiene datos nuevos e interesantes.

 

El recorrido comienza por una sala donde Felipe nos explica los motivos por los cuales inició el conflicto armado. En la pared, una niña de unos 12 años sostiene a su hermano pequeño entre sus brazos; ¡su carita es tan inocente y melancólica! Ambos son una muestra de la pobreza en la que muchos vivían, situación que en la actualidad tampoco ha cambiado; peor aún, ha crecido.

 

Luego nos muestra las armas y las técnicas que usaban para la guerra. Todo el registro histórico está apoyado con fotografías y artefactos: bombas, granadas, fusiles, y ropa. Cada una de las salas es una historia, desde el inicio, desarrollo y fin del conflicto.

 

Llegó el momento que nos encontremos con un viejo conocido: el teniente coronel Domingo Monterrosa. Felipe nos cuenta cómo la guerrilla puso fin a su legado. «Monterrosa tenía una obsesión: el transmisor de Radio Venceremos. A través del tiempo, los guerrilleros habían logrado esconderlo de diferentes maneras. Había veces que esta pasaba a la par de él y no lo encontraban (se ríe). Monterrosa se sentía burlado y también molesto, porque fue la radio la que por primera vez denunció la masacre en El Mozote; y esto dejaba mal parado al gobierno ante los organismos de derechos humanos.

 

»Entonces se ideó un plan. Si Monterrosa quiere el transmisor, el transmisor le vamos a dar. Se filtró información en el Ejército que por fin se había encontrado el aparato. Los guerrilleros fingieron haberlo abandonado. Inmediatamente se le comunicó la buena noticia al coronel, quien armó hasta una comitiva para hacer el reconocimiento del aparato.

 

»Y así sucedió. Monterrosa llegó con un aire triunfante, y confirmó que sí, que era el tan anhelado transmisor de la Radio Venceremos. Lo subió al helicóptero en el que se irían él y su estado mayor. Despegaron, y a unos metros de altura… ¡Booom!... El helicóptero y sus tripulantes volaron en mil pedazos. El transmisor llevaba dentro una bomba.

 

»Esta fue la “Operación Caballo de Troya”. En realidad, nunca se le entregó el verdadero transmisor. A los pocos minutos de sucedido el atentado, la Venceremos anunció la muerte de Monterrosa. Quien a hierro mata, a hierro muere» —concluye Felipe.

 

La evidencia de la historia es clara. Ante nuestros ojos está el helicóptero destruido donde murió Monterrosa el 31 de octubre de 1984. Si bien es cierto soldados bajo su mando lo tildan de «cosa seria» a la hora de matar, también reconocen que fue un líder nato. Muchos, hasta en estos días, lo ven y defienden como un héroe nacional. Hay un cuartel del Ejército que lleva su nombre.


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El recorrido termina justamente en uno de los lugares que fuera locación para transmisión de Radio Venceremos. Allí se encuentra el famoso aparato, el original. En las paredes hay muestras de disparos y mensajes ocultos en el piso. Al fondo, en la puerta de salida, está la misma niña que encontramos al inicio del recorrido. Esta vez ya no tiene en brazos a su hermano, tiene a su hijo, aunque su carita, y quizá su edad, continúe siendo la de una niña.

 

El sol se está poniendo, es hora de partir. Todos —me incluyo— estamos agotados, pero aún nos espera un arduo camino de regreso.

 

Ver los celajes de despedida del sol en esos parajes es hermoso. Pero mi mente sigue en el jardín de las decenas de niños y niñas inocentes que fueron masacrados, quizás alguno de ellos hubiese sido una persona importante en la historia del país… No, todos ya son importantes; representan un pasado que nunca, nunca más, debemos repetir.

 

Aclaraciones al lector

 

Esta nota no pretende ser una investigación, y menos sentar un debate ideológico sobre quiénes fueron los buenos y quiénes los malos en el conflicto armado. Se escribió con el objetivo de relatar, en una breve parte, la historia de personas que murieron en una guerra de intereses, una guerra donde los más dañados fueron los niños; almas totalmente inocentes. Esa guerra que provocó el resquebrajamiento de nuestra sociedad.

 

La historia está ahí, y se ha revivido en estas líneas por la necesidad de recordarnos que tenemos una deuda pendiente con estas y tantas otras personas que murieron por causas injustas. Es cierto que muchos de los que ahora viven en el lugar ya no son parte de las familias afectadas en aquel momento, porque estas se fueron de El Mozote buscando la paz y, seguramente, el olvido.

 

La Comisión de la Verdad registró, en tan solo tres meses, más de 22 000 denuncias de graves hechos de violencia ocurridos entre 1980 y 1991, de los cuales casi el 60 % correspondió a los ejecutados por efectivos de la Fuerza Armada. Sin embargo, el gobierno de entonces —y el de turno— poco o nada han hecho, por esta masacre nadie ha sido juzgado.

 

Este es un relato de muchos relatos, de abuelos, padres, hijos. Nunca sabremos con exactitud cómo fueron aquellos aciagos días de diciembre de 1981. Pero sí debemos estar conscientes de que nunca debemos olvidar que ellos, los mártires, no han muerto, están con nosotros y la humanidad entera.

 

(*) Periodista, colaboradora de contrACultura.



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