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San Salvador, 27 de Marzo de 2017

El poeta meritísimo que dormía en las cunetas

1 de diciembre de 2010


Por Mario Chávez*

Antes de él, no existía una figura emblemática de la poesía en nuestro país. Ahora, a pocos años de su muerte, extranjeros nos visitan solamente para conocer ese viejo barrio en el que recitó sus poemas el borracho y ciego Miranda.


Los literatos del país no saben qué responder cuando los intelectuales del resto del mundo les preguntan por qué ninguno de ellos le hizo el menor caso a los poemas que recitaba el vagabundo en el centro de la ciudad.

Los «puetas» locales, simplemente, se tiran las piedras entre sí: No, dicen unos, si yo sabía que esos poemas eran buenos, lo que pasa es que nadie me escuchó… Otro dicen: Yo realmente nunca les presté la debida atención.

Al que sí le han caído críticas por montón es al exministro de cultura, quien al ser consultado años atrás sobre Miranda y sus poemas, dijo públicamente que «los versos de ese loco pertenecen a la basura de la historia». Pero bueno, dejando de lado los pleitos de «altura» de nuestros poetas, prosigamos con la narración: Internacionalmente existe una sola certeza: los poemas alucinantes de Miranda recorren al mundo. Importantes editoriales internacionales están reproduciendo, de forma asombrosa, los hermosos versos que recitaba el ciego borracho.

Tal vez si el periodista francés Lagadec no hubiera andado reportando los desastres naturales que aquí ocurren, los versos de nuestro recientemente
nombrado «Poeta Meritísimo de la República» estarían enterrados para siempre en las nebulosas memorias de nuestros paisanos más desgraciados.
A continuación agrego, de manera textual, las palabras que Lagadec pronunció recientemente frente a los directivos de la Unión de Escritores y Artistas de Hispanoamérica: «Conocí a Miranda cuando unos amigos periodistas locales me llevaron a escuchar sus locuras en medio de una noche de tragos. Ellos se burlaban de él y se reían en su cara, pero yo quedé impresionado de las metáforas y la música que salían de la garganta de ese viejo, que estaba medio tendido en una acera, tomando licor de hospital. Sus palabras eran como espíritus libres. Lo comencé a seguir y cuando lograba encontrarlo, le pedía que me recitara sus poemas y él me decía: Sí, pero si me da un peso para un trago».

Los poemas de Miranda, grabados en varias sesiones por el periodista francés, eran creados bajo los estados más profundos de embriagues. La gente pobre y analfabeta era la única que lo escuchaba sin burlarse de él y le daban monedas para que siguiera tomando y «hablando lindo», como decían, hasta que se derrumbaba sobre las cunetas sucias.

El mejor poeta de mi país murió sin conocer la fama en un hospital público de la ciudad a raíz de una muy avanzada cirrosis hepática. Lagadec ahora ya no tiene que seguir escribiendo sobre las desgracias del Tercer Mundo. Vive tranquilo en París.

*Periodista y escritor residente en Canadá

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