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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 20 de oct. de 2017

El Salvador, USA y nosotros

voces

Fragmento del libro de José Vladimir Monge.


Del libro Voces y huellas del escritor José Vladimir Monge, residente en Washington DC, publicado el 2012 y distribuido en Estados Unidos. Su obra está vigente, tiene la fuerza y frescura de la honestidad, tan cara en tierra Cuscatleca. Sea esta muestra y con respeto a la intelectualidad nacional.  


 

El Salvador, USA y nosotros


I.  Bajo la noche callada de Cuscatlán

La cena de honor ofrecida a los Obama, anoche, en la Casa Presidencial salvadoreña se caracterizó por productos típicos cuscatlecos preparados al estilo gourmet.

De acuerdo con los organizadores, se ofrecieron 10 platillos, desde entradas, platos principales y postres. «Un risotto cremoso con gallina, las tradicionales pupusas, tamales y queso aderezado con loroco, fueron algunos de los manjares típicos salvadoreños que degustó el presidente Barack Obama».

La gallina, que forma parte de la gastronomía típica salvadoreña y suele ser el platillo principal durante las festividades.

Como entradas destacaron un «risotto cremoso con gallina india y sus chicharrones en martini y salsa de chipilín» o «sopa de arroz aguado al consomé y chicharrón de gallina india».

Como platos fuertes en el menú aparecían «medallones de lomito de res, marmoleado de frijoles blancos y rojos, queso saborizado al loroco, flan de vegetales y espárragos» o «pechuga de gallina india rellena de mango y chipilín, y flan de calabaza».

Antes de la cena se celebró un cóctel en los jardines de Casa Presidencial y se brindó a los cerca de 200 invitados entremeses como pequeñas pupusas de queso o de frijol, y algunas de las variantes de queso con loroco o con chipilín. También se ofrecieron pequeños tamales de queso con mermelada de albaricoque y marañón tostado, se dijo.


      Fuente: Diario El Mundo, El Salvador, 3/23/11.


Se nos salieron las lágrimas al observar a nuestro gallardo Presidente deshacerse en atenciones al distinguido visitante en nombre de todos nosotros.


Él, tan pulcro, tan educado y elegante; él, tan fino caballero y tan diferente a los demás salvadoreños, que si bien no viene al caso, son tan propensos a las malas costumbres.

Nunca en nuestra historia patria un Presidente brilló más alto. Él, tan propio de sí, tan correcto, con esa sonrisa tan humilde que irradia autoridad y balance, como Mahatma Gandhi, dirán después los historiadores, estuvo en todo momento al mismo nivel y altura del hombre más poderoso del mundo. Ellos dos, gobernantes democráticos, tan queridos por sus pueblos.


Nunca olvidaremos la velita ofrecida al Obispo Mártir, ni el gesto humilde y a la vez altivo, ¡tan de él!, de nuestro Presidente, prueba irrefutable de su vocación al servicio de los demás, que por segundos pareció no poder abrir el paquete con la obra de arte sobre Monseñor Romero que le ofreció al visitante, como recuerdo sublime, para ser colgado en los más finos salones de la Casa Blanca, de aquella única e inolvidable ocasión bajo la noche callada de Cuscatlán en que tan altos líderes mundiales se encontraron en nuestra Catedral, símbolo de luchas y refugio de los afligidos, que -hay que admitirlo- ayer lucía limpia y radiante, tanto que hacía una sutil armonía con las calles recién pintadas que tuvimos que limpiar de basura, vagabundos y vendedores, que dicho sea de  paso, son tan molestos y afean la ciudad.


Afortunadamente, fue una sabia decisión -tan de él- cerrar las calles para garantizar la meditación y el silencio en tan sagrado recinto; y los honores, que como líderes de pueblos tan hermanos, se merecen nuestros Presidentes, algo que, en honor a la verdad, fue difícil de lograr, dada la cercanía de ese fastidioso mercado en el centro de la ciudad.


Dios guarde a nuestro Presidente: atento y servicial, como lo fue con este distinguido visitante, para que recuerden las futuras generaciones que un día, gracias a él, y bajo su liderazgo -tan de él- estuvimos al mismo nivel del hombre más poderoso del mundo.


II – La noche iluminada de Washington D.C.

 

Digan que somos lo que somos:

un pueblo doloroso,

un pueblo analfabeto,

desnutrido y sin embargo fuerte

porque otro pueblo ya se habría muerto.


                    Oswaldo Escobar Velado


Hay que llegar exactamente a la hora en que empieza el turno. No hay período de gracia: 3 veces tarde y estás botado. Hay que preparar las bolsas, los químicos, los trapeadores, el papel higiénico, el jabón y las toallas sanitarias. Hay que ubicarlas en la carreta de tal manera que quepan y alcancen para los 18 pisos del edificio, porque no hay tiempo de regresar por más. Hay que trabajar rápido, si queremos salir a tiempo de tomar el bus o el metro.


Dicen en la compañía que una persona en edad de trabajar, con buen estado de salud y dentadura buena, tiene que cubrir cinco mil pies cuadrados por hora; es decir, veinte mil pies cuadrados en un turno de cuatro horas y cuarenta mil en un turno de ocho horas.


Yo no entiendo muy bien eso, lo que sé es que termino con los pies hinchados de tanto correr por los pasillos. Los químicos destruyen  las manos y los pulmones, las aspiradoras dañan la espalda y los supervisores nos tratan como a bestias haciéndonos la vida imposible. ¡No hay derecho a tomar agua o a usar el teléfono! Mi tiempo le pertenece a la compañía. Parar por un minuto es considerado robo de tiempo y, por lo tanto,  es base legal  para despido. El turno se siente largo y despiadado. Hay que sacar la basura de miles de oficinas en cada edificio, sacar el reciclaje, desempolvar estantes y escritorios, trapear, encerar pisos, lavar los baños, destrabar la mierda, limpiar, limpiar, limpiar…y luego salir cansado, listo para comenzar el segundo trabajo del día.

El Sábado, ya se tendrá tiempo de hablar con los hijos y la pareja, revisar las cuentas, pagar la renta, comprar la comida, hacer la limpieza, lavar la ropa e ir al banco a enviar la remesa.

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