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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 19 de nov. de 2017

«El tigre y el venado». Cuento de Carlos Velis

devinart

Cuento de Carlos Velis.

A Lil

–¿Dónde está mi hermana? ¿Qué hiciste con ella? Por lo menos decime dónde quedó antes de que te mate.

El viejo se volvió despacio, morosamente, como que moviera una carga gigantesca. Muchos años pesan demasiado. Por fin quedó mirando de frente al hombre que lo increpaba con actitud desafiante. Con sus ojos tintos en sangre, como flotando en una cara, o lo que quedaba de una cara, vio la mano que, de un bolso derrengado, sacaba una pistola. Los labios fofos remedaron una risa, mostrando un hoyo con la mitad de los dientes. –Andate a la mierda. –Andate vos. La pistola, un trueno, humo, el viejo cayendo.

Julián parpadeó varias veces. Respiró hondo, como saliendo de una pesadilla. Ya consciente, vio hacia la mesa del fondo, donde estaba el viejo, empinándose una cerveza. Metió la mano en el bolso y sintió el hierro frío de la pistola. Sus manos sudaban. Esa sería la noche. Más de treinta años le había seguido la pista, como se dice, por medio mundo. Toda una vida.

–Urania, hermanita, ya vas a descansar en paz.

 

Desde aquel día lejano, impresa en la bruma del tiempo, la risa de la hermana, había quedado como una instantánea prendida a las paredes de la conciencia. A los diecisiete años, la memoria es, a veces, mejor que a los cincuenta o sesenta. La vida es tan fresca, que lo que se estampa en ella, queda para siempre, con sus colores vivos, sus sonidos brillantes, olores y texturas, todo con el asombro de la primera vez. Todo en la vida de Julián, a sus diecisiete años, era una primera vez. Urania era mucho mayor. Compartían muchas cosas, sin embargo. Aunque ella no siempre estaba allí. Su dormitorio, en los últimos años, permanecía cerrado por muchas noches. Las preguntas a sus padres, quedaban sin respuesta, aunque podía percibir un semblante de preocupación. Hablaban muy bajo, como cuando hay un enfermo de gravedad. Le dijeron que su hermana salía de viaje. Tres años antes, anduvo muy alborotada la casa. Algo pasaba. Llegaban unos señores por la noche, dormían en la sala y luego salían para no volver. Escuchaba conversaciones de sus padres con esos señores, como sombras en sus recuerdos; sombras que luego, a lo largo de los años, comprendió. Eran funcionarios y docentes de la Universidad Nacional, que iban escapando del régimen militar. Era el año nefasto de 1972. Después de eso, Urania comenzó a faltar por las noches. A veces, llegaba. Estaba muy delgada. Platicaba con su madre. «A saber si no comés»… Hasta que sus padres recibieron una visita muy misteriosa. De nuevo, en el comedor fue el encuentro. Después de eso, papá y mamá se abrazaron muy apretados y lloraron. Urania había sido capturada. Julián se había hecho adulto de un solo golpe. Ayer se reunía con sus amigos y amigas para ver películas de acción, hoy entró al dormitorio de la hermana a sacar libros, fotografías y papeles. Buscaron trampas en las paredes, doble fondos en valijas y cajas. Pero Urania había sido muy cuidadosa. Después de quemar los libros –Julián retuvo los títulos en la memoria para buscarlos después–, sus padres arreglaron su salida del país. En tres días estaba en Costa Rica, con una tía, que no paraba de llorar día y noche.

 

La vida de Urania había dado un vuelco en menos de cinco minutos. Un auto que se detuvo rechinando las llantas, manos de hombre que la tomaron por los brazos, intento de gritar, pescozada, la primera de muchas que vendrían en la oscuridad y un hoyo negro. En la cárcel clandestina, entre cuatro paredes, la oscuridad es permanente. La noche se sucede a otra noche, no al día. Se añora la luz del sol, las calles, los ruidos de la ciudad. Los primeros días, se trata de llevar la cuenta. Se hacen palitos, muescas en la pared, como en las películas. Después, se va perdiendo el interés. Ya no importa. Desde niña, Urania tenía inquietudes poéticas; escribía de escondidas, hasta que comenzó a publicar en un periódico de la organización, con pseudónimo. Poemas que hablaban de injusticias y luchas, de sueños de futuro. La guerrilla era la esperanza. Cuando todos los caminos estaban cerrados, cuando los militares reaccionaban desmesuradamente ante cualquier muestra de descontento, el camino lo marcaban los movimientos armados de la época. El Ché en Bolivia, los Tupamaros en Uruguay, las FAR en Guatemala, los Sandinistas en Nicaragua, eran el paradigma. Cada uno de aquellos jóvenes que ingresaba al movimiento, sabía que era un viaje sin retorno. Vencer o morir, era más que una consigna. Era una realidad. La vida civil estaba rota para siempre. Perdían nombre, parentela, etc. Cualquier error, podía ser fatal para la gente amada. Inventaban leyendas de viajes, becas, trabajos lejanos, con los que creaban una fachada ante los amigos. Aquella mujer, joven, muy joven, pequeña, delgada y con la fuerza de una personalidad que rebasaba su tamaño corporal, se dedicó en cuerpo y alma a organizar y a conspirar. Se le vio por todos los rincones del país, Hablando con los campesinos, lo mismo que con los empresarios que veían erosionar su patrimonio por las condiciones políticas del país. Igual se reunía con los curas, los militares, estudiantes, con todo el mundo. Sin descanso. Hasta que un día, el contacto se atrasó –o nunca llegó–. En su lugar, llegaron en un automóvil  Plymouth, grande como lancha. Cuatro hombres contra una mujer. No tuvo tiempo de sacar la pistola. Lo que más temía, estaba ocurriendo. La atrapaban con vida.

 

Otra víctima propiciatoria que entraba en el templo de la decadencia y la involución, para ser sacrificada en el altar del tormento. Otra sangre que se iba a derramar por la perpetuación de un sistema social injusto. Sería mutilada de sus uñas, lo que significaba arrancar de cuajo su alma salvaje, dejándola imposibilitada de cualquier defensa. Sería penetrada violentamente, desgarrando todos los orificios, de la misma forma que serían profanados todos los sueños de sublime rebeldía. Sería estrangulada hasta casi morir, igual que quedaría sin aliento toda la sociedad que tomaba conciencia de lo que ocurría en aquella mole negra, un hoyo sin fondo. Le harían quemaduras con tabaco, unas llagas redondas, réplica de la perfección del círculo de fuego que consume todos los deseos. Finalmente, cuerpo sin alma, ni voluntad, se entregaría sin reservas a la muerte como única vía de liberación y sería enterrada secretamente en el suelo de ese lugar irónicamente llamado El Salvador.

 

–Creo que esta es la última noche. Ya no tienen nada que hacer conmigo. Un año es demasiado tiempo para tenerme desaparecida. Ya la compañera de otra celda cercana fue liberada, por un canje. Parece que secuestraron a alguien. Ya no tengo uñas, ni pelo, ni mis orificios pueden soportar más las embestidas de tanta bestia. Lo que querían saber, ya me lo sacaron bajo torturas. Ya casi ni me puedo mover. Sólo veo sombras. Mis ojos no me responden. Demasiados meses de tormento. Lo único que me queda para resistir es mi conciencia. No les voy a dar el gusto de pedir clemencia. No me arrepiento de nada. Esta es la noche. Y no tengo miedo. Supongo que ya es medianoche, porque no se oyen pasos ni ruidos de ninguna especie. Trato de dormir, pero es imposible. A veces, salgo en mi imaginación, evoco las calles a esta hora, las transito, llego a mi casa y hablo con cada uno de los míos. Con mi hermanito Julián, es con el que más platico. Le doy consejos de hermana mayor. Él me habla, cosa curiosa, me habla con mucha madurez, como si fuera un viejo sabio. Le oigo frases como que fueran de un filósofo alemán, un Goethe, un Holderling. Pero ahora, no puedo concentrarme. Después de que la compañera salió, llegaron hechos unos perros rabiosos y nos torturaron hasta que se cansaron. Desde entonces, ya no nos han vuelto a molestar. Como que nos hubieran olvidado. Pero cada día, se siente más vacío este lugar. Creo que se están deshaciendo de nosotros, poco a poco. Ahora sueño con Julián, mi hermanito. Lo veo sentado en un lugar muy oscuro. ¿Cuántos años tendrá? Ya cumplió los dieciocho, pero lo veo de doce. Lo veo…

 

En la penumbra, el viejo bebe a pausas su cerveza. No porque la disfrute, sino calculando el momento en que aquél de la última mesa va a venir por él. Es una cacería, como la del tigre y el venado, de San Juan. Desde la mañana, los danzarines se colocan sus trajes y máscaras, el tigre, el venado y el cazador. Los músicos acompañan con un pito y un atabal. La persecución da comienzo y continúa durante todo el día; danzan en diferentes partes del pueblo, hasta que matan al venado y se reparten las partes.

 

Julián, en Costa Rica, se conectó con los insurgentes salvadoreños y nicaragüenses establecidos allá. Comenzó con tareas sencillas y terminó enrolándose en una brigada internacional que penetró el territorio nicaragüense durante la guerra de liberación.  A la toma del poder en Nicaragua, Julián ingresó a la Policía Sandinista. Así tuvo acceso a los archivos de la antigua Guardia somocista. No perdió tiempo. Fue directo a los expedientes relativos a El Salvador. Así se dio cuenta de que su hermana estaba requerida con foto, nombre y apellido por toda el área. También supo de un antiguo guardia somocista que fue contacto de los sandinistas y que, el año en que desapareció su hermana, había estado en El Salvador, colaborando en labores de inteligencia. Habló con él y le desveló el misterio. Había un infiltrado. –Un universitario que manipuló los conflictos de la organización de tu hermana, después de la muerte del poeta, para penetrar hasta los mandos superiores. Ella fue la única que cayó, pero la intención era de capturarlos a todos.  Después de eso, fue relativamente fácil, para Julián, encontrar al soplón.

 

–Allí está otra vez. Ese cabrón me ha venido siguiendo. Yo lo sé. Lo conozco. Muchas veces lo he visto. Alguna cuenta viene a cobrar. Antes me escondía, saltaba a otro lado, pero ahora ya no. Si quiere matarme, que me mate. Un favor me va a hacer. Ya va siendo hora de irme. Demasiados años que no duermo. No sé cómo he vivido tanto. Mierda de vida.

–¿Dónde está mi hermana? ¿Qué hiciste con ella? Por lo menos decime dónde quedó antes de que te mate. –Andate a la mierda. Un golpe con la cacha de la pistola. El pómulo del viejo revienta. La sangre le mancha la cara a Julián. Se sobresalta. Se mira. Todo sigue igual. El viejo no se ha movido, ni él tampoco. «Cada vez son más reales mis deseos», pensó. De nuevo, su mano acarició la pistola dentro de su bolso. Muchas veces había empuñado armas como esa. Nunca le había temblado la mano, hasta ahora. En una época, fue el sicario de la organización. Eliminaciones personales, disparos a quemarropa a través de la ventanilla de un auto, bombas de tiempo, cuerpos cayendo hacia atrás, mientras él escapaba en una moto, seguro de que nadie iba a dar su descripción y que la policía no iba a investigar con deseos de encontrarlo. Pero ese momento era diferente. Muchos años de espera, imaginando el segundo final. Sus manos sudaban copiosamente.

 

–Es mi última noche, yo lo sé. Este silencio es sepulcral. Ni los grillos cantan. Quiero pensar en mi madre, mi padre, el poeta que me enseñó a algo más que escribir poesía. Pero en mi mente sólo aparece mi hermano, más joven que ahora. De doce años. Era tan lindo. Todavía no pegaba el estirón. Salíamos juntos cada vez que podíamos. Lo llevaba al cine. Comíamos hamburguesas. Después, ya casi no lo vi. La clandestinidad exige alejarse de los que amamos. Pero cuando llegaba a la casa, encontraba mis libros movidos de como yo los había dejado. Sé que él los había estado hojeando. Yo dejaba los más elementales encima. Cuando creció, se hizo un adolescente muy guapo. Cómo me hubiera gustado preguntarle por sus novias, aconsejarlo. Pero sólo podía verlo de lejos, desde mis obligaciones. La última vez que lo vi, fue de madrugada. Yo llegué a la casa, unos días antes de mi captura. Iba sucia, llena de lodo. Habíamos estado abriendo un sótano en una casa de seguridad. Cárcel del pueblo, para captar fondos para el movimiento. A él lo despertó el ruido. Estuvimos platicando, él sentado en el sillón de mi cuarto y yo, en la cama, hasta que nos quedamos dormidos. Ahora lo veo. Su carita de niño, serio. Entonces era un niño serio, como si siempre estuviera resolviendo operaciones matemáticas. Así lo veo. Quisiera que fuera cierto. Que con solo alargar la mano, le tocara su carita. ¿Qué tiene en sus manos?

 

En la danza del tigre y el venado, los bailarines reproducen, lo más realista posible, la persecución de la presa. De allí viene la palabra «venadear». Es una danza dilatada, pausada. El tigre vigila al venado, el cazador vigila al tigre. Debajo de las máscaras y los trajes, aquellos sudan sin límites bajo el sol de mayo tropical. Pero la cacería se representa tal como era en tiempos inmemoriales.

Julián tenía un contacto político, que trabajaba como técnico en un laboratorio fotográfico. Casualmente, o por obra del demonio, a ese laboratorio, el soplón llegaba, de tiempo en tiempo, a tomarse una fotografía para cambiar identidad. El dueño del lugar se preciaba de ser gran amigo de los militares y había conseguido la confianza suficiente para que pusieran en sus manos la elaboración de la documentación falsa de sus agentes. Así, Julián nunca perdió de vista al que entregó a su hermana. Varias veces hizo el intento de eliminarlo, pero aquél siempre tenía los hados de su parte.

La primera vez, fue en un cruce de carreteras, por donde pasaba para el trabajo. Se la olió el desgraciado y la noche anterior se mudó. La segunda vez, fue en un cine. Seguramente lo vio, que se escabulló en la oscuridad. La tercera y la cuarta vez, tardaron algún tiempo en producirse, pero también se le fue a última hora. Así supo que el soplón vivía fuera del país. Buscó a su contacto el fotógrafo. Éste le dijo que la última vez que llegó fue a tomarse fotografías para pasaporte. Pero que esa documentación estaba fuera de sus manos. Los pasaportes falsos se hacían en otro lugar.

Así llegó la fecha de los Acuerdos de Paz. La paz que él no encontraba todavía. Vio morir a sus padres, de la pura pena. Consumidos en noches y días de tristeza. Aun en los momentos de alegría, la sombra del desconsuelo rondaba por el lugar. El padre sufrió un derrame que lo paralizó de todo el lado izquierdo y al año, después de vivir casi como un vegetal, murió de un segundo derrame. La madre, demostrando más decisión, se dedicó a activar las protestas contra las desapariciones. Con su vestido negro y pañuelo blanco en la cabeza, marchaba exigiendo la devolución de su hija. Estaba al tanto de todas las noticias de las Madres de la Plaza de Mayo. Soñaba con ir un día a visitarlas, pero murió antes de poder ir. Años después, la firma de la paz, no significaba mayor cosa para él. Su existencia, se podía decir que transcurría en aquella celda clandestina donde había muerto su hermana.

Quién le iba a decir que acabaría viviendo en Los Ángeles. En medio de aquellas montañas de cemento, hierro y ruidos de motores, esa ciudad no deja de tener su encanto. La decisión vino el día que se encontró con su antiguo contacto, el fotógrafo. –A que no sabés quién llegó hoy  a visitar a mi jefe. –Creí que había muerto. –Claro que sí. Pero el cabrón no sabía. Entonces le contó que el soplón se había ido a Los Ángeles desde hacía muchos años. Que estaba retirado y que no hacía más que andar de bar en bar. –Me ofrecí a tomarle una foto de estudio, por los viejos tiempos, a lo que accedió. –¿La tenés allí?

Así, urdió el plan más loco que pudo imaginar. Una insensatez. A su edad, sin que alguna vez se hubiera interesado por el arte, pagó clases de guitarra y canto, a la vez que de inglés. En un año estuvo listo para emigrar. Llevaba su guitarra en la espalda y la fotografía del soplón en una bolsa del pantalón.

 

Cuando uno es joven, el desvelo no es una casualidad. No dormir es imperioso, hay demasiadas cosas por vivir. Es corriente que la madrugada nos encuentre estudiando, charlando, tomando una cerveza… Cuando se tienen las responsabilidades de cambiar el mundo, el desvelo se convierte en obligación. Demasiadas cosas por decidir. Hay dormiré lo suficiente cuando esté muerto. Luego, vienen las preocupaciones propias de la paz. Dormir es una reivindicación personal. Cuando se puede, se hace. Para Urania, el sueño vino demasiado pronto. Meses, casi un año, de golpes, gritos, torturas de toda índole. Después, el bien ganado sueño. Para Julián, la mente puesta en la hermana, en la venganza, un alto en la ruta. Mojarse la cabeza para espantar el sueño. Insistir en la guitarra. Ejercitar los dedos endurecidos, con la torpeza que deja el paso del tiempo, hasta arrancar sonidos pasables al oído. La garganta, castigada por el tabaco, el licor barato, el picante, y otras cosas, como caballo encabritado, pacientemente domada con los ejercicios de respiración y vocalización. Descubrió, con agrado, que sus capacidades auditivas no estaban mal. Cantaba afinado. Aprendió una canción al día. José Feliciano, Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, como algunas de José Alfredo Jiménez y Vicente Fernández. Cuando consideró que estuvo listo, emprendió el viaje al norte. Ya era músico callejero. Cuando llegó a Los Ángeles, buscó a una hermana por parte de padre, a la que había visto pocas veces. Ésta le abrió las puertas de su casa. Vivía en un distrito típicamente salvadoreño, Pico-Union. Desde allí, noche con noche, salía a rondar por la ciudad, como músico nocturno, abriendo bien los ojos. Sabía que, como la mosca, tarde o temprano cae en la red de la araña, la fatalidad lo juntaría con el soplón. El dato que era un alcohólico, por lo que dijo y por el aspecto que tenía en la foto, y que peregrinaba por todos los bares de mala muerte de los peores lugares de Los Ángeles, lo hizo tomar la decisión de dedicarse al oficio de músico callejero. Por días enteros, se perdía en los laberintos de barrios donde vivían, o más bien, mal morían los junkies y homeless, entre grafitis gigantescos, basura y carritos de supermercado rellenos de ropa vieja. Llegaba donde la hermana, sólo a bañarse, cambiarse, dormir un poco. Procuraba llegar cuando calculaba que los de la casa no estaban. Alguna vez se encontró con ella. Platicaron un poco, pero nada más. Su vida no tenía otro propósito.

 

Una noche, a los destellos de las luces intermitentes del Metro Blue Line, en la estación Compton, lo vio. Se bajaba de otro vagón y caminaba hacia la salida. De un brinco, alcanzó a detener las puertas que se cerraban con el pitido característico y salió. Lo siguió por varios lugares, calles oscuras, como el destino de aquellas sombras humanas. Entró en un bar. Pidió una cerveza. Estaba solo, con la vista clavada en  el vacío. Era la imagen de la derrota, del hombre que no tiene nada, que no le importa nada.

Era el momento propicio. Metió la mano en el bolso que siempre llevaba, un bolso que una vez tuvo color. Cargaba una escuadra 9mm, comprada en las calles por unos pocos pesos. La dotación de parque no era más que la necesaria para poner punto final a la cacería. Después, no importaba lo que ocurriría. De seguro, los policías acabarían con él; como en Tarde de perros. Empuñó el arma. En ese momento, de una mesa cercana, se levantó un borracho. –¡Hey cuate! Tú eres el güey que canta canciones de José Feliciano… –Ahora no. –¿Qué te pasa, cabrón? ¿No es buena mi plata? –Estoy engripado. Lo siento. Casi a empujones, salió del lugar. De reojo, vio a la presa, que no se había movido del asiento. La vista seguía clavada en el mismo sitio. Aparentemente, no se había dado cuenta de nada.

Calculó que fue un error llevar la guitarra. Llegó esa noche donde su hermana. Dejó el instrumento y salió de nuevo. Había juntado algunos dólares para callejear un par de días. De nuevo, a recorrer toda la Blue Line, desde la 7th. Street hasta Long Beach y regresar. Tender otra vez la telaraña. Esa mosca caería tarde o temprano.

 

–Hoy es mi última noche en esta tierra y no me puedo dormir. Ahora no. Debo mantener alerta mi conciencia hasta el último momento. Cerrar los ojos, sí. No quiero que esta inmundicia sea lo último que me lleve a la eternidad. Ya abren la celda. Me sacan. Uno de ellos me ayuda a caminar. No abro los ojos; para qué, si no puedo ver más que sombras. Entro a un vehículo. En mi mente, voy a pensar que voy de regreso a mi casa. Veo la colonia. Las casas con jardín. Recuerdo las caras de mis vecinos. Sus perros. El amate centenario del parque. Me sacan del carro. El aire fresco me revive un poco. Estamos en un descampado. Mis pies caminan sobre piedra. Llueve. Mi cuerpo agradece el agua. Abro los ojos. Veo a mi hermanito. No. No es él. Es… Cómo se llama… No llegaste a reconectar. También te capturaron… Un momento… Vos me entregaste. Ahora lo veo todo claro. Eras un infiltrado.

 

Medianoche en Los Ángeles. Las calles solitarias. Las luces del tránsito, neciamente siguen marcando el paso a automóviles y peatones invisibles. Rojo, verde, amarillo, rojo, verde, amarillo; hombrecito blanco caminando, mano roja, hombrecito blanco caminando, mano roja, hombrecito, mano, hombrecito, mano, hombrecito… hasta el infinito. En algún punto de la ciudad, pasan las patrullas del sheriff con las sirenas. Un helicóptero, tal vez algún muerto. Nunca se sabe. Siempre es en la lejanía. Un hombre joven, alto, mugroso, muestra un vaso desechable con un rótulo. «Soy indigente. Dame una moneda». No habla. Sólo entrecierra los ojos y mira fijamente hacia adelante del vagón. La gente viene cansada, se recuesta en el vidrio y dormita. Una muchacha muy guapa y elegante, se quita los tacones altos, los guarda en su bolso y se pone unas chanclas. Un anciano ciego llega y dice «¿Alguien podría prestarme veinticinco pesos?, con gusto les pagaré el martes». Cuando los pasajeros se ríen, él dice que se conforma con alguna moneda. Julián, como un caracol, se esconde en la capucha de su chaqueta y espera, con los ojos bien abiertos.

 

Todos los plazos se cumplen y todas las deudas se pagan. ¿Qué ideas pasaban por aquella cabeza, la noche en que Julián lo reencontró? Caía una de las lluvias angelinas, garúa casi tormenta. Lo vio caminar despacio, algo encorvado, la cara rasurada. La expresión de viejo perro callejero. ¿Qué soliloquio llevaría consigo como compañía? Podríamos aproximar una idea. Tal vez decía: –No me siento orgulloso de lo que hice. Mucha gente murió pero ya es tarde para arrepentimientos. Sólo soportar este perro negro de miradas de fuego que va conmigo a todas partes es suficiente castigo. Yo sé que es el diablo. Me está cuidando, esperando el día en que caiga muerto. No sea que me lleven los ángeles. Hace muchos años que ya me olvidé lo que es dormir. Pero muy extrañamente, mi cabeza es caprichosa; me da en pensar en una chava que conocí. Era mi jefa en la célula guerrillera de la universidad. La entregué a la policía. Ni siquiera supe su nombre. Sólo sé que era bonita. Tal vez no tanto. Pero muy fina. Cuando logro dormir sin ponerme borracho del todo, sueño con ella. La torturaron y al final, la desaparecieron. Yo vi a la mamá reclamando su cuerpo. Ni modo que se lo devolvieran. Meses después de entregarla, le pedí a mi capitán de la policía, que me llevara a verla adonde la tenían. «Estás loco», me dijo. Tanto le insistí, que me dijo que esa noche la iban a sacar a matarla. Que me fuera con los matadores. Así fue que la vi por última vez. Estaba destrozada. Quién la manda a meterse en babosadas.

 

Julián lo siguió, con calma, tomando el ritmo decrépito del viejo. Sesenta o sesenta y cinco años, pero aparentaba ochenta o más. Pero era el mismo. La lluvia arreciaba. Llegó a un bar de mala muerte. Se sentó en un rincón y pidió una cerveza. Julián se sentó en el otro extremo, pidió una cerveza también y esperó.

–Si supiera este infeliz todo el daño que nos hizo. Cómo destrozó nuestras vidas para siempre. La desolación de no saber de un ser querido desaparecido, pensando que está en las garras de la muerte más atroz, no tiene comparación con ningún sufrimiento. Desmorona piedra por piedra el puente de la vida y sólo nos deja el río que lleva a la muerte. Ahora lo tengo enfrente. No sé por qué lo pienso tanto. En la guerra nunca me tembló la mano. No es miedo a que me capturen y que termine en una cárcel gringa. Si eso ya está decidido. Es parte del juego. Oírlo de sus labios, eso quisiera. ¿Para qué? ¿Cuál es la duda, Julián? Si mi hermana estuviera aquí. Si supiera que el soplón va a pagar con su vida.

 

El soplón no necesitaba volver a ver, para saber que había caído en la red. –Allí está otra vez. ¿Cuál de todas las deudas me vas a hacer pagar, güey? Dale ya, cabrón. En ese momento, recuerda claramente, a Urania a la orilla de una zanja hecha en un lecho de piedra volcánica. De pronto, cuando los policías montaron las balas en las recámaras, al ruido seco de las escuadras, ella gritó con toda su alma. Fue un grito claro y fuerte. ¡NOOOOO! Entonces, le dispararon. Los policías se reían. –¿Viste? Al final, todos se ahuevan. Pero él sabía que ese no era un grito por su vida.

 

–Llegó la hora. Allá está mi hermanito. En sus manos lleva un arma. Apunta a alguien. Al soplón. ¡NOOOOO!

 

Julián se acercó al viejo. Éste lo miró y esperó. Julián no se movió. El viejo, envalentonado ante la duda, le gritó desafiante ¿Qué? En ese momento, Julián empuñó el arma, decidido a disparar. Entonces escuchó claramente el grito de Urania ¡NOOOOO!, que rompiendo tiempo y espacio, llegó hasta su destinatario, en el preciso momento.

Éste se echó un paso atrás. El viejo se levantó. Hizo una mueca de asco, escupió sonoramente en el suelo y salió a la calle. Julián lo siguió con la mirada, y lo vio perderse en la noche angelina. La lluvia había terminado. La silueta del viejo se reflejaba en las calles mojadas y entre los necios resplandores del tráfico. A lo lejos, se escuchaban las sirenas. 

(*) Imagen de Devianart.

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