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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 27 de Febrero de 2017
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El último aliento de las botellas

Carratala

Él es un sobreviviente de la cárcel, la dictadura de Francisco Franco y la desmemoria en una España que rechaza hablar de justicia y perdón en casa. Su vida es sinónimo de supervivencia y su testimonio rescata la voz de aquellos que no sobrevivieron la prisión y el odio, pero dejaron junto a sus huesos la identidad escondida bajo la tierra en una botella. Una crónica de Eric Lombardo Lemus en contrACultura.

Por Eric Lombardo Lemus (*)

El hombre viste una camisa blanca impoluta y se acerca a una de sus últimas pinturas al óleo que todavía reposa sobre un caballete y que está tensada sobre un bastidor de madera.

«Me gustan los colores. Me encanta pintar con toda la paleta del trópico porque me hace olvidar los días grises. Barcelona a ratos es gris», confiesa Ernesto, don Ernesto, como se me antoja llamarle. «Pero se lleva esto del clima», dice Ernesto. Y calla.

El silencio arranca unos rayos de luz que entran sigilosos a través de la ventana. Es una luz mortecina, a ratos con destellos, que proviene del Barrio Gótico, de donde escuchas voces nuevas de turistas italianos, de vendedores marroquíes de hachís, de ingleses en busca de una cerveza más, de paquistaníes que no les falta nada para ofrecer en sus tiendas de abastos, de los cientos de extranjeros que pisan esas calles centenarias y empedradas. Ecos.

El hombre de camisa blanca impoluta observa erguido por la ventana hacia esa calle de la que suben decenas de sonidos y murmullos ajenos, desconocidos.

Ernesto Carratalá, un anciano altivo, con más de 90 inviernos y primaveras aciagas, cansino y con una profusa barba blanca que baja más allá de su mentón, pertenece a otra época. Nació en Madrid en 1918 y estudió en el «Instituto Escuela». Es probablemente uno de los pocos de la última generación que cursó el bachillerato durante el gobierno de la República española y que vivió para relatarlo.

El aro curvo de sus anteojos refuerza su aspecto de catedrático medioeval. Y la boina que cubre su coronilla calva, agudiza el aire de un sabio perdido en el centro de Barcelona, que vive justamente a la vuelta del palacio de Sant Jaume, en uno de los pisos discretos sobre la calle Cervantes.

Debido a que el timbre de su apartamento no funcionaba, el mayor sobreviviente de las cárceles franquistas quedó al pie del edificio donde reside a la espera de un encuentro conmigo. Y Carratalá es puntual. Baja por el ascensor y sale a la fachada de aquel edificio a la hora exacta en que hemos acordado. Tras mi saludo, observa y asiente y echa a andar. «Debo comprar una barra de pan», anuncia, y me lleva del brazo por esas calzadas centenarias hasta alcanzar el punto cercano: una pequeña tienda del vecindario.

Alrededor hay turistas extraviados que pululan los recovecos del Barrio Gótico, mientras un par de inmigrantes africanos trabaja con una constructora que remodela una buhardilla. Senegaleses, malíes, mauritanos sacan escombros de a pocos hacia un contenedor que está en la calle.

Carratalá, adusto, sonríe y sigue volviendo sobre sus pasos en parsimonioso silencio.

De regreso al edificio donde yace escondido el apartamento que habita, este anciano enorme no vacila en saludar a una jovencita francesa que sale grácil del edificio arrastrando un bolso de viaje. Bon voyage, mom cheri y la joven lanza un beso al viento y él sonríe. Cuando salimos al ascensor, encuentra a una inglesa ofuscada frente a una puerta. Any problems with the keys? Y la joven encoge los hombros y él toma sus llaves y da un golpecito sobre la madera y hace el milagro: se abre. Y vuelve a sonreír.

«Es la compañera de piso de la primera. Es que la mayoría de pisos de estos edificios los alquilan a los güiris, los turistas europeos de los que vivimos los españoles. Ah, pobre país, no se da cuenta que no vamos a ninguna parte», dice.

Al entrar a su apartamento, lo primero que destaca es el cuadro colorido al óleo que todavía requiere de unos trazos. En el salón, el barullo de la Plaza de Sant Jaume empieza a diluirse en un pequeño hilo, en un ronroneo, que no interrumpe la tranquilidad que predomina adentro.

Una vez reposado en su silla de madera, donde pueda descansar los antebrazos, escucha mis razones para buscarlo desde el otro lado del mundo y acomoda el torso antes de empezar a pincelar unos trozos de su historia al tiempo que acicala su barba cana. La luz que entra por la ventana dibuja una diagonal silenciosa que parece calentar un poco los huesos de este hombre que estuvo confinado en el fondo de varias mazmorras…

***

Ernesto recuerda sin ambages aquella época que lo llevó entre 1936 y 1943 por las cárceles de Burgos, la isla de San Simón, Astorga, Barcelona y el fuerte de San Cristóbal, ubicado en las afueras de Pamplona.

«Dentro de las cinco prisiones que yo pasé, San Cristóbal fue lo peor… Había muchas maneras de sufrir; pero, lo peor, además de estar sin libertad, sin libros, sin visitas, era el hecho que nos hacían pasar hambre hasta la muerte», recuerda, quien se autodenomina un derrotado de aquella época que suena lejana y que está a un palmo de narices.

«Estuve confinado ahí abajo, en los subterráneos, a pan y agua –cuando había– y entretenido matando piojos, antes que los bichos acabaran por matar lo poco que quedaba de mí», musita. Y calla. En medio de aquel nuevo silencio rememora, incómodo, aquel período de su vida.

Su padre, Ernesto Carratalá Cernuda, teniente coronel, socialista y leal a la República, fue el primer oficial asesinado por los golpistas en Madrid el 19 de julio de 1936, cuando repartía instrucciones para el reparto de fusiles. Así que huérfano, lozano e idealista se alistó para la guerra y allá empezó su calvario.

Partió al frente y al cabo de una semana, el 25 de julio de 1936, una ráfaga alcanzó sus piernas y cayó prisionero en Somosierra.

Sin contratiempos fue condenado a muerte en medio de los apuros de la guerra. Pero quiso la fortuna que el general Miguel Cabanellas, masón como su padre y presidente de la Junta de Defensa Nacional, interviniera en su caso y declaró que sería indultado por ser menor de edad. Ernesto tenía 17 años.

La condena acabó siendo conmutada por 20 años de encierro. Así sus huesos fueron a parar a la primera de sus siete prisiones: al gélido Ezkaba, uno de los grandiosos montes que enmarcan Pamplona.

«Cada día se moría de hambre ahí una persona y la teníamos que enterrar, meterlo en la nieve durante el invierno, hasta que venían a buscarlos. Y a esos los llevaban a ese cementerio», dice, cuando pasea las yemas de los dedos por el borde de un libro de tapa negra que bajó del estante hace unos minutos.

«Aquello fue un sufrimiento tremendo cada minuto, cada hora era la tortura de saber que uno no tenía escapatoria de aquel confinamiento», describe.

«La gente represaliada se tuvo que aguantar. Una de las cosas típicas del franquismo fue la humillación a la que fuimos sometidos… Ese era el principio en las cárceles. La estancia miserable estaba hecha para descuartizar la dignidad de los detenidos y eso deja una huella terrible en la integridad que debe superar ese reflejo de agachar la cabeza», dice y echa un vistazo hacia el haz de luz que juguetea con la cortina.

***

Doctor en Filosofía y Letras, este excatedrático jubilado experto en Pedagogía Comparada fue profesor interino de la Universidad de Barcelona, viajó a la República Democrática del Congo donde colaboró con la Unesco y acabó dando clases en la Universidad de Nueva York. Pero el aliento de los represaliados encerrado en una botella sigue persiguiéndolo en forma de recuerdos.

«El peor invierno de mi vida fue el pasado allá. Eran una mazmorra fría, húmeda, con chinches y piojos en derredor», describe Carratalá, que sobrellevó su juventud aciaga cada día de esos años de prisión como si fuera el último de su vida.

El fuerte, que fue diseñado como una sucesión de fosos, tiene salones y bóvedas intercomunicados por túneles que avanzan a lo largo y ancho del edificio, donde los muros tienen hasta tres metros de grosor.

Los prisioneros eran alojados en galeras frías y húmedas donde muchos contrajeron tuberculosis.

«Cuando vimos que la gente moría lo primero que pensamos es que tarde o temprano todo esto se sabría, así que empezaron a escribir las señas generales del próximo fallecido: el nombre, la ciudad de origen, la fecha de la muerte, en fin, cualquier dato que recogiera la memoria de ese preso que quedaba en un papel encerrado en una botella…Y así nació el cementerio de las botellas», recrea.

Los cadáveres de las víctimas de aquel encierro inclemente eran sepultados por los mismos reos. Fue el capellán de la prisión, José María Pascual, quien, al parecer, inició la práctica en aras de salvaguardar el alma de aquellos 131 presos que fueron enterrados en esa ladera. De los pocos sobrevivientes, sostienen que los reos idearon lo de la botella vacía entre las rodillas de los caídos con la esperanza que esos papeles sobrevivieran hasta que alguien escarbara y descubriera la verdad. Pero eso sucedería muchas décadas más tarde cuando vinieran las exhumaciones.

De hecho los archivos del Juzgado de Ansoain en Pamplona precisan que, entre el 1 de noviembre de 1936 y el 6 de agosto de 1945, los reos morían por anoxemia, tuberculosis pulmonar o colapso cardíaco. Pero no daba cuenta de un camposanto donde yacían los restos de 131 almas.

«Los calabozos eran subterráneos y debido a que casi siempre llovía, pues casi siempre dormíamos sobre el agua. Aquello era el tratamiento perfecto para adquirir tuberculosis. Solo los más jóvenes podíamos resistir, pero los mayores estaban en un campo de exterminio», dice Carratalá.

***

El monte Ezkaba es una elevación modesta que alcanza los 895 metros sobre el nivel del mar. Al pie está la comarca verde de Pamplona salpicada por los últimos vecindarios que empezaron a pulular en la parte norte de la ciudad. Berriozar, Ansoian, Burlada y el vecindario más reciente, Artica, por donde pasan decenas de senderistas los fines de semana.

Ezkaba, conocido como el monte San Cristóbal, en tributo a una ermita edificada en la cima hacia el siglo xiii, es uno de los destinos favoritos de los pamploneses amantes de la naturaleza y que buscan lugares viables para caminar y estirar las piernas en medio de robles y encinas.

A Ezkaba los parroquianos van a hinchar los pulmones las tardes o los fines de semana aprovechando que la caminata solamente ocupa un par de horas.

Cuando asciendes a la sombra de los robles, encinas, pastos y malezas, el camino serpentea hasta llegar a las alturas donde la brisa sopla e inflama los carrillos. A medida cae la tarde, la sensación térmica empieza a disminuir hasta hacer castañear los dientes. Y durante el invierno, gracias al aire polar que baja de los Pirineos, cualquier montañista habituado a estas lides acaba estremecido por la ventisca. En una frase: La montaña es fría que te cagas, como dicen los oriundos de la vieja Iruña, el nombre toponímico de Pamplona.

La tarde que subí, escogí los senderos sinuosos que atajan el camino de asfalto que serpentea hacia la cima. El sendero está indicado con carteles que marcan los metros de distancia y te llevan a pequeños claros donde las familias pueden improvisar un picnic de domingo aprovechando unas mesas de madera. Los carteles guían a cualquier extraviado por esos bosques. Pero en ninguna parte hay una señal que indique que arriba está una de las antiguas prisiones del franquismo. Ningún cartel.

Los caminantes que encuentras en la ruta tampoco te dicen una frase. Nada. ¿Una cárcel? «Ni idea, tío», responde un peregrino que marcha sobre esos declives.

Luego sigue el camino que a ratos es pedregoso y accidentado a medida sube la ladera en dirección hacia las alturas. En bajada, la ruta puede tener innumerables tropiezos. Por esos caminos escarpados bajaron en desbandada cientos de reos en busca de libertad cuando organizaron la fuga más grande de la historia de las prisiones franquistas.

***

La noche del 22 de mayo de 1938 una decena de reos neutralizó a los celadores para huir de la prisión.

La historia es tan simple como inverosímil. Pero lo cierto es que liderados por el comunista bilbaíno Leopoldo Picó los presos fueron inutilizando de a pocos, de pareja en pareja, y desde adentro de los fosos hasta la superficie, a todos los 92 guardias que resguardaban el recinto. Bueno, en realidad, 92 menos uno y ahí vino el fallo.

Uno de los vigías alcanzó a saltar al foso y corrió montaña abajo con la voz de alarma. Los hombres de Picó no pudieron darle alcance y comprendieron que debían huir inmediatamente antes que vinieran los refuerzos. Entonces empezó la movilización de 795 fugados. Setecientos noventa y cinco.

Desorientados, desnutridos, harapientos, los reos corrieron en desbandada por las laderas de la montaña sin una noción exacta hacia donde estaba la frontera con Francia, a 35 kilómetros de distancia. De modo que una hora más tarde observaron la llegada de unos pequeños puntitos de luz que titilaban en medio de la noche oscura. Poco a poco los puntitos empezaron a ser más reales y cercanos y venían acompañados con el ruido de los pelotones que acordonaron la montaña.

«¡Estábamos perdidos! Lo primero que pensé es que no tendría oportunidad de sobrevivir y enjugue mis lágrimas, hinché los pulmones con una bocanada de aquella libertad efímera y regresé al foso que era mi celda… Regresé a la prisión como prefirieron muchos más. ¿Cobarde? No lo sé, pero el hecho es que sobreviví y puedo denunciar la vileza de los franquistas», reflexiona don Ernesto, al tiempo que coloca el libro de tapa negra sobre una mesa cercana. El título es elocuente: Memorias de un piojo republicano.

Carratalá está orgulloso de sus memorias porque son el sustento de las denuncias contra los abusos de los hombres al servicio de Franco, en una España que todavía hace la vista gorda hacia su pasado.

De los 795 fugados, 585 fueron recapturados en los poblados aledaños y 207 tiroteados en la montaña. 14 fusilados como cabecillas. Picó, el líder, fue fusilado sin piedad.

Solo tres de los evadidos lograron cruzar los Pirineos y llegar a Francia. Solo tres.

***

Llegué a Carratalá a través del cineasta Iñaki Alforja, un pamplonés activista pro memoria histórica de la Guerra Civil en el norte de España y autor del célebre documental Ezkaba, la gran fuga de las cárceles franquistas (2006). Allí donde los abuelos y los nietos de las víctimas del franquismo callan, es donde este director escarba hasta encontrar el testimonio del sobreviviente. Y en medio de toda aquella historia de represaliados, que organizaron una fuga con todo en su contra, está este hombre de ojos agudos, acuosos y tristes.

Recuerda que saber de la existencia de Carratalá fue una maravilla de pocos. Ernesto era la prueba viviente del horror del Fuerte San Cristóbal, pero también era la voz cantante de algo mucho más intenso: el cementerio hasta entonces desconocido.

Hacia 2010 y gracias a esa información, las asociaciones Txinparta, Ciencias Aranzadi y de Familiares Fusilados en Navarra empezaron la exhumación de aquellos enterrados en el flanco norte de la prisión.

Así fue como el cineasta empezó el proyecto de El cementerio de las botellas que llevó la exhibición del documental a lo largo y ancho de la comarca de Navarra a bordo del «Autobús de la memoria» en busca de más testimonios.

De todas las exhumaciones que las tres organizaciones promovieron, solamente una treintena de familias acudió a pedir información sobre los suyos. La gente todavía tiene miedo.

«No tienen derecho a cerrar el círculo con sus ausentes porque el duelo –en la práctica– eso sigue estando proscrito», argumenta Alforja.

El realizador, de hecho, no hace semejante afirmación de forma gratuita.

«Con mi documental puedo acercar la realidad de muchas familias que, tras tantos años de dolor, incertidumbre y silencio, pueden cerrar el ciclo del duelo», reflexiona.

«Aunque para mí lo fundamental es luchar contra mi propia amnesia social en esta búsqueda por saber la historia desconocida», agrega.

***

En el fuerte San Cristóbal no hay cruces ni lápidas como es usual en un camposanto. Sólo una espesa vegetación cubre toda la ladera del cerro y lo único que destaca es la sombra del viejo fuerte donde hubo 2.500 prisioneros encarcelados tras la derrota de la República por el régimen de Francisco Franco.

A partir de los textos escritos por el historiador José María Jimeno Jurío en los años 70, un colectivo de activistas que trabaja por rescatar la memoria histórica en la provincia de Navarra, al norte de España, empezó la exhumación de una fosa aledaña a la cárcel franquista donde enterraron a 131 reos.

Entre las rodillas de cada uno de los restos óseos hay una botella de cristal donde yace el último aliento de los presos.

Adentro, estaba el nombre y algunas señas generales del fallecido, así como las causas de su muerte. Allí encontraron el hálito de presos como Ramón Lirón, Juan Rubio o el marinero vasco Andrés Gangoiti, de quien –el texto en su botella– reza que murió por un «paro cardiaco» víctima de la «tuberculosis» el «5 de agosto de 1944»

Más de 70 años después, aquella práctica de la época sirve para identificar a las últimas víctimas de la cárcel más dura del franquismo.

Originalmente el lugar fue edificado como una fortaleza militar bajo el reinado de Alfonso xi hacia fines del siglo xix, pero la llegada del nuevo siglo y sus circunstancias hizo que la construcción jamás fuera inaugurada para proteger a Pamplona, la ciudad a la que debía resguardar desde la cima del monte Ezkaba. Pero luego vino la República, el alzamiento de los nacionales y en 1936 pasó a ser la cárcel perfecta contra socialistas, republicanos, anarquistas y opositores de Franco hasta que fue clausurada en 1945.

En la cima sobrevive una estación meteorológica antes de alcanzar el trecho final hasta topar con el portón principal que está cerrado con cadena y un enorme candado.

Entrar solo es posible a hurtadillas por un recoveco abierto por los vándalos en uno de los costados de la montaña. Adentro aquello puede ser un laberinto peligroso sin una ruta de escape. En una de las paredes del foso reza un mensaje inquietantemente sarcástico:

«Si se visitasen los establecimientos penales de los distintos países y se comparasen sus sistemas y los nuestros, puedo aseguraros sin temor a equivocarme que no se encontraría régimen tan justo, católico y humano como el establecido desde nuestro movimiento». La cita es firmada por Francisco Franco.

***

En el apartamento cálido de Barcelona el hombre que ha sido profesor emérito de la Unesco en el Congo, catedrático en las universidades de Illinois, California, Nueva York, autor de textos de estudio sobre gramática, léxica y morfosintaxis del castellano está frente a mí y rumea las ideas.

Ahora no sube ningún sonido desde la calle. Es como si todos hubieran corrido hacia sus casas o hubiesen desaparecido a un chasquido de dedos. Solamente escucho la inhalación del anciano que hojea sus memorias.

Quizás echa un vistazo a su vida y reconoce que ha dejado un legado: durante más de medio siglo fue el profesor de lengua castellana, la leyenda viviente del encierro del franquismo, el conferencista mítico que sorprende a quien le escucha, el padre de dos hijos, el abuelo de cinco nietos, el bisabuelo de dos biznietos, el comunista utópico, el ateo y clerófobo, el derrotado, un piojo republicano vencido por el desenlace de los acontecimientos.

El nonagenario vuelve sus ojos profundos, azules, cansinos, sobre sus hombros y cierra la ventana. Afuera España se va al garete. Miles marchan por las calles en contra de los recortes del gobierno en turno. No hay esperanza a la vista. Los indignados son un grupo de desalojados a macanas de la policía.

«Debido a que voy perdiendo facultades a mis noventa y tantos años, no acabo de recordar las circunstancias de nuestro conocimiento. Pero si usted sabe empatizar conmigo podemos seguir conversando», recita, con una voz cansada, tan parsimoniosa como las migas que vuelan a contraluz cuando remueve el asiento.

Entonces me atrevo a preguntarle: Ernesto, ¿hubo reconciliación?

El nuevo silencio que sigue es más implacable…

«¿Reconciliación? Aquí nunca hubo ni habrá reconciliación. Nosotros somos unos derrotados», responde.

 

(*) Periodista, escritor freelance y editor literario.


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Comentarios   

 
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En El Salvador, la negación del terrorismo de estado, elevar a la categoría de héroes a los principales perpetradores de crímenes, la imposición por decreto de "perdón y olvido", el ataque a personas y/o instituciones que atienden a las víctimas (Tutela Legal del Arzobispado, Probusqueda); y en el caso español, el proceso que concluyó con la destitución del juez Baltazar Garzón. Todo ese tipo de acciones que buscan propiciar en la sociedad un perverso silencio y olvido son el obstáculo principal para que exista una verdadera reconciliación.
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