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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 27 de Marzo de 2017
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Héctor Ismael Sermeño: «Soy polémico porque digo cosas que a la gente no le gusta que se digan»

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Entrevista al escritor, crítico de artes e historiador Héctor Ismael Sermeño, a propósito del lanzamiento de su más reciente libro «El Salvador siglo XXI: las identidades nacionales».


Por Carlos Clará (*)


Fotografías: Francisco Hidalgo.

 

San Salvador.- Polémico, ácido y apasionado en sus críticas; amado u odiado, nunca ignorado, respetado; poseedor de un conocimiento enciclopédico sobre San Salvador, su currículo es una larga lista de títulos y actividades culturales.

 

Héctor Ismael Sermeño —quien estuvo en el exilio por más de dieciséis años en México— es el referente obligado si del centro histórico capitalino se trata. Ha sido entrevistado como historiador sobre la ciudad casi doscientas veces en televisión; solo el 2015 tuvo treinta y siete apariciones. Es especialista también en la crítica de las artes, en la que es muy leído y comentado. Este año aparecerá en los libros para bachillerato (cinco millones de ejemplares), en Chile, con su crítica sobre el montaje que dirigió Roberto Salomón, en el Teatro Luis Poma, de Tartufo (Molière), que fue publicada en contrACultura. En cine es también una autoridad.

 

Hace apenas unos días lanzó su cuarto libro de historia, El Salvador siglo XXI: las identidades nacionales (Alkimia Libros), que le llevó un año escribir. Con el propósito de conocer sus apreciaciones acerca de este y otros temas, lo entrevistamos de forma exclusiva para contrACultura. Y aunque él insiste en separar lo académico de su labor de crítico, en esta ocasión quisimos conversar con ambos, con el crítico y con el historiador. 

 

 

Sus artículos, sus críticas siempre se han caracterizado por ser polémicas.

 

Es una locura. Me han insultado. Feliz yo, porque si no lo hacen siento que no llegué… Insultar es un decir, o sea, descalificar, como acostumbran. Hay un grupito que dice que eso es teatro antiguo, que ya no se hace [en referencia a su más reciente artículo sobre —según él— las obras teatrales que le gustaría que montaran en el país]. ¡Por Dios! Hay que leer la cartelera de México, de Buenos Aires o la de Londres; y hay seis obras de Shakespeare, seis obras griegas, seis obras del Siglo de Oro español… en fin.

 

Precisamente ese artículo me llamó la atención. Ya no solo se trata de evaluar el buen o mal desempeño de los actores y las actrices, también los propone para ciertos papeles según su buen trabajo…

 

A un actor le puse en una columna que actuara, porque es un gran actor, pero que no dirija. Los comentarios buenos tampoco faltan. El reconocimiento para Omar Renderos, para Mercy Flores —que es extraordinaria—, Alicia Chong... Tanta gente marginada por estos productores, porque quieren que hagan solo esas babosadas que están poniendo todo el tiempo que nadie va a ver. Los no reconocidos [en el artículo] obviamente siempre protestan. Lo que yo quiero es que me lean, no que se aburran.

 

¿Qué deficiencias hay, si existen, cuando un actor se mete a dirigir?

 

Es que, mirá, los actores en El Salvador se han metido a ser directores y productores porque no les alcanzan los presupuestos. En eso yo estoy de acuerdo, pero algunas veces es por egolatría. Si te vas a meter a director tenés que ser Kurosawa; si no, no te metás.

 

Hay actores que son buenos dirigidos por otros. Algunos están disgustados conmigo porque no llego a sus salas. A la persona que me comentó sobre eso le dije: «Decíle que a mí se me mandan los boletos. Hasta me preguntan [en otras salas] si está bien la fecha». Son veinte años de carrera. Me he ganado el respeto de la comunidad artística. Al crítico se le respeta, aunque no les guste lo que uno escriba. En el momento en que critico, no tengo amigos.

 

¿Qué significa ser crítico en El Salvador y cómo los que se dedican al quehacer artístico perciben la crítica?

 

Al principio la consideraban violenta y que yo no valoraba lo nacional, en el caso del teatro. La crítica de las artes —yo muy feliz de haberla estudiado— siempre la hice a través de la semiótica y el estructuralismo. Barthes decía que los criticados siempre van a decir que somos ignorantes; que van a decir que no sabemos del tema que estamos tratando. Siempre van a decir que despreciamos lo local. Exactamente eso me pasó. Al principio, al medio en donde publicaba enviaban cartas: que era una grosería, que no valoraba nada. Me agrada grandemente ver la actitud de algunas personas que al principio les desagradó mi trabajo y que ahora no solo me saludan con amistad, sino que reconocen que han aprendido mucho gracias a mis críticas.

 

¿Hay alguna crítica de la cual se arrepiente?

 

Quizás una que le hice a Dorita de Ayala cuando hizo La malquerida. La gente dice que yo hago las cosas con saña, con el hígado, pero no. Esa vez, aunque no había nada qué valorar, tampoco tuve que haber criticado tan duramente el trabajo. Es lo que hago ahora. El ignorado sabe que no escribo de él, de su trabajo. Ya es suficiente con que no lo mencione.

 

Cuéntenos ahora sobre El Salvador siglo XXI: las identidades nacionales, su nuevo libro.

 

Me sorprendió mucho que un amigo historiador, con el que tomamos un café, me dijera que el libro le parecía muy bien, pero que le pareció que lo pude hacer más extenso. Y yo dije que si lo hago más grande nadie lo lee; mejor una segunda parte o reedición.


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¿El libro es un aporte a la deficiencia de información, más allá de los círculos académicos, que existe en el país sobre las identidades?

 

Sí, y en la medida en que les pueda servir a los estudiantes. En El Salvador hay una gran cantidad de información que no manejan los estudiantes de universidades y en el nivel medio. A veces no la manejan ni colegas que tienen años de ser historiadores. Cuando dije «las identidades», me dicen: «y por qué las identidades». Las identidades nacionales son grupales y, en la medida que puedan crecer, pueden llegar a ser nacionales. Sin embargo, el conjunto de las identidades pequeñas forman una identidad nacional. El fútbol, por ejemplo, es un una expresión de identidad nacional a partir del uso de símbolos patrios y por la cantidad de personas que se identifican; porque identidad cultural es identificación con algo que te rodea. Por eso pongo en el libro la identidad geográfica, que es la primera vez que se toca. A nadie se le ocurre que su pueblo es indentidad.

 

Hay condiciones geográficas…

 

Primero conceptuales, filosóficas y sociológicas, una visión de mundo que se te va creando desde la casa. Por eso la Iglesia católica tiene mucho peso, porque, aunque seás judío o protestante, te vas de vacaciones en Semana Santa y en Navidad celebrás, y son dos fiestas totalmente católicas. Jacques Le Goff lo maneja muy bien experto del medioevo [una de las referencias de su libro]—. Al estudiarlo me pregunté qué es lo que está pasando acá. Fue cuando tomé la legislación, la Constitución. Y te das cuenta de que se basa en las festividades católicas. Uno, a la identidad, la va creando conforme va creciendo; primero, en el lugar donde nace, la identidad puede ser local, regional, departamental o nacional.

 

Por ejemplo, yo nací en Chalchuapa; y mi identidad chalchuapaneca no la pierdo. Pero vengo a San Salvador y adquiero la identidad nacional. Y me voy a México; y es dos veces mi identidad nacional, que nunca perdí, aunque pueda asumir valores de la otra. El ciudadano ejerce la identidad sin darse cuenta.


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Somos muchos y uno al mismo tiempo…

 

Exactamente. Incluso hay identidades grupales, como por ejemplo los docentes, tienen identidad de docente. Estas pequeñas identidades no son parte de tu ser interior, pero lo son de tu vida cotidiana. Somos un mosaico.

 

¿Cómo se retrata la identidad salvadoreña en ese mosaico?

 

Lo planteo a partir de la religión en todo el país. Por ejemplo, en Semana Santa y en las fiestas patronales. La gente detiene sus actividades en las fiestas patronales; y las personas que son evangélicas no dejan de ser cristianas, se ponen a vender pupusas o pasteles en la calle aunque no asistan a la procesión ni a la misa. Esa participación de la cotidianidad de las fiestas patronales te vuelve, igual, miembro del grupo local de donde te estás desenvolviendo. La cotidianidad se sobrepone a tu manera de pensar, muchas veces.

 

¿Cuál es el aporte de este libro para que nos acerquemos a la cultura popular?

 

En términos generales, en el libro seleccioné más la cultura popular, fuera de la parte académica, sociológica, antropológica y filosófica, porque es la que nos generaliza. La alta cultura o bellas artes nos separan. Hay un grupo de élite que va al teatro, que va a la ópera, pero no toda la gente puede ir a estos lugares. En cambio, toda la gente va al mercado.

 

En el libro, usted critica a las clases media, media alta…

 

Puedes pertenecer a una clase alta, económicamente hablando, y a una clase alta, intelectualmente hablando, pero no dejás de comer pupusas por eso; no dejás de ver las procesiones en la televisión, aunque no vayás a la bajada; usar la camisa de la selección en camionetas de sesenta mil dólares. La cultura popular la llevamos todos porque es la base fundamental de las identidades nacionales. Lo que espero con el libro es una reacción de ese sector, que sepan que todos participamos en la cultura popular y también es un reconocimiento a quienes llevan a cabo la cultura popular, la mantienen viva y a la vez nos ponen inmersos en ese devenir diario.

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 Iglesia de Santiago Apóstol, Chalchuapa.


¿La migración rompe nuestra identidad o nuestras identidades?

 

En términos generales, no. Las migraciones han existido siempre, al igual que las globalizaciones. Cuando llegaron los españoles a América —que ya venían globalizados de los romanos, árabes— y encuentran una zona globalizada en este sector del centro y en Suramérica, los incas ya habían globalizado desde Colombia hasta Argentina; los aztecas lo habían hecho ya en México y América Central. Y antes de los incas y los aztecas hubo otras culturas. Las culturas se van sincretizando, va quedando parte de la anterior y se asumen las nuevas. Los resabios culturales quedan a partir de que los ciudadanos los admiten.

 

Pasando a otro tema pero relacionado, ¿qué sucede con las pandillas?

 

De hecho, algunos antropólogos opinan que las pandillas tienen su propia identidad cultural, pero no puede considerarse nacional cuando es criminal; y eso es negativo. La sociedad lo que hace, moral y éticamente, es castigarla; no permitir su desarrollo, no la aprueba. Sin embargo, el grupo como tal puede llegar a tener su propia identidad; es un grupo rechazado porque hace daño. En la reedición de mi libro podría abordar este tema.

 

Los símbolos, ¿son importantes para la identidad nacional?

 

Son la primera base de la identidad nacional simbólica, representada. Los más usuales son los que se decretan a partir de la constitución de un Estado que debe tener el marco jurídico, que es la Constitución; y dentro de ella se encuentra lo que se considera la representatividad del Estado: un escudo nacional, una bandera y un himno. Bandera y escudo han sido esenciales en todas las culturas, desde Grecia y Roma.

 

¿Y qué papel juegan los monumentos?

 

Reflejan la historia de la nación. El Salvador del Mundo, por ejemplo —una plaza de dieciséis mil metros cuadrados incluyendo las calles de cuatro carriles que la rodean— es la más grande de América Central. Contiene, además, el símbolo de la nación y al mismo tiempo uno religioso. Los monumentos se vuelven parte de la vida de la ciudad, pero también parte del cerebro de los ciudadanos, que es lo más importante. Donde esté la figura del Salvador del Mundo, donde la veamos, sabemos que es nuestro país… probablemente sea el máximo símbolo monumental de nuestra identidad nacional.


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Plaza Salvador del Mundo o Plaza de las Américas.


Hablemos de literatura. Usted cita en su libro a Horario Castellanos Moya.

 

Eso marcó a mucha gente de clase media en El Salvador. El noventa por ciento lo odió; el diez por ciento lo aprobó. De hecho, hice una pequeña encuesta, y me decían: «¡Ah! Ese vende patria» y no sé qué más cosas. Sin embargo, la intención de Horacio —de una manera burda, porque el libro El asco es tan elemental, tan básico [el tema de la identidad] lo hizo cuasi ofensiva—, yo lo hago de una manera más sistematizada, científica, reflexiva, dando razones. Las identidades pasan porque nos sintamos locales, de donde somos. Yo me siento salvadoreño y he vivido en otras partes del mundo y conozco medio planeta. Sin embargo, me siento extremadamente salvadoreño. En el caso de El asco, a Horacio, en el momento en que lo escribió, el país le daba asco, a él le daba asco; pero naciste aquí y no es tu obligación quererlo, pero sí es obligación, a lo largo de tu vida, ver qué es lo que hiciste por tu país. Tengo mucho reconocimiento y respeto, pero, igual, sé que soy polémico porque digo cosas que a la gente no le gusta que se digan; pero en el libro he tratado de ser lo más historiador posible. No soy el crítico, no soy el profesor.

 

¿Las bellas artes salvadoreñas han logrado impactar al país?

 

No como yo quisiera. Es extremadamente minoritaria y no se siente que haya una identidad al respecto. Estaba con unos amigos y yo comenté que no hay nadie como Salarrué; y uno, que es ingeniero, coincidió conmigo y dijo: «En el colegio estudiamos los poemas de los Cuentos de barro de Salarrué», y todos nos echamos a reír a carcajadas y le explicamos por qué. Sabemos que existe Pancho Lara, pero ¿cuándo lo escuchamos? Solo cuando vamos a algún acto a la escuela, luego de eso ya no forma parte de nuestra vida cotidiana.

 

¿Cuál sería el salvadoreño del futuro, es decir, de aquí a diez o veinte años?

 

Seguiremos siendo, con todo y la tecnología, lo mismo que ahora, porque la identidad de todos los lugares que he visitado y conozco, evidentemente, son las fiestas patronales. Estas comunidades tienen más de una fiesta patronal, porque los cantones o municipios llegan a tenerlas también. No cambiaremos mucho, seguiremos creyendo en la Selección Nacional [de fútbol]. Por lo menos la mitad de los salvadoreños está pendiente de la Selección y la quieren, aunque pierda.

 

¿Qué viene de nuevo en cuanto a libros?

 

Me gustaría una reedición ampliada de este libro. Tengo un libro de cuentos, aunque tengo una investigación pendiente. Digo pendiente porque ya tengo unos mil folios sobre el teatro salvadoreño, que a muchos les gustaría porque saldrían allí mencionados. Estoy hablando desde la época de la Colonia. Está reseñado, tengo las fuentes. Un historiador que no pone fuentes está loco. Lo cito por página y todo, como debe ser.

 

¿Quién es Héctor?

 

Un loco al que le fascina la historia y la historia nacional, que ama mucho a El Salvador, que lo demuestra —como decía Roque Dalton— odiándolo.



NOTA: El libro se puede adquirir en Los Tacos de Paco, Maya Café, La Casita y la UCA. El precio por ejemplar es de $5.

 

 

(*) Poeta y editor del periódico digital contrACultura.

 

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