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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 27 de Julio de 2017
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Horror vacui: la nación dibujada

dagobertonolasco

(Dagoberto Nolasco, imagen crédito Luis Tobar)

Por Amparo Marroquín (*)

El arte es el lugar de la inminencia. Su atractivo procede, en parte, de que anuncia algo que puede suceder, promete el sentido o lo modifica con insinuaciones. No se compromete fatalmente con hechos duros. Deja lo que dice en suspenso.

                                                                     Néstor García Canclini      

**Este texto fue gestionado por la Sala Nacional de Exposiciones Salarrué en el marco de la muestra “Horror Vacui. Arte de la posguerra”.  Será próximamente publicado en el catálogo digital que acompaña la muestra.  

Cuentan las historias que hubo un momento, en este país, en que amaneció un año distinto. En este país de locuras y rabias hubo un instante en que nos permitimos la esperanza. Fue 1992, dicen. Un parteaguas en la historia, un momentito de júbilo. Eran los tiempos de George Bush, padre, y el reinado en Colombia de Pablo Escobar Gaviria; el año de la independencia de una nueva nación que se llamó Bosnia-Herzegovina; de la expo de Sevilla; de la venta de la consola súper Nintendo; de las Olimpíadas en Barcelona. Y en esos tiempos, este país firmó una promesa de hacer paz. En la espalda cargábamos muertos, silencios, desaparecidos y vergüenzas.

Y aunque se nos dijo que eso ya no iba más, la historia se escribió distinta. Sin darnos cuenta, durante largos años, hemos caminado minuciosamente los senderos de la desesperanza hasta volver a preguntarnos cómo nombrar lo que vivimos ahora. Parece que nos quedan pocas palabras para contarnos, y de repente, asombrados, nos enfrentamos a un silencio habitado por nuevos muertos y nuevos dolores.

En ese silencio aparece de pronto una invitación a recorrer otro sendero. Otra visión de estos 24 años de camino desde aquel parteaguas. La invitación se llama Horror vacui (el miedo al vacío) y nos devuelve los trazos de una nación que se ha quedado sin palabras. A pesar de ello, todavía tiene trazos, luminosidades, tachaduras y señales. Cuando la nación no encuentra palabras para narrarse, se dibuja.

La propuesta, con la curaduría de Mayra Barraza, los textos de Astrid Bahamond y la museografía de Carlos Díaz, tiene cuatro momentos, cuatro puntos cardinales, cuatro guías temáticas para recorrer la obra de siete grandes artistas salvadoreños que ha sido elaborada después de 1992, después de la guerra.

De sangre y zozobra inaugura la exposición y enfatiza la afirmación que encabeza mis reflexiones: el arte es el lugar de la inminencia, de lo que aún no era, pero quizás ya es. Mientras los periódicos decían que en El Salvador habíamos tenido unos acuerdos inéditos, que la paz estaba aquí, que éramos ejemplo para el mundo; estos siete artistas, desde sus estudios, desde sus tribunas-lienzo no hicieron concesiones y nos anunciaron el país que somos: violento, militarizado de occidente a oriente, país-sembrado-de-cuerpos, país de niños abandonados, de urbanizaciones aceleradas, de rostros que son máscaras, que son, como se nos muestra en la exposición, un corazón abierto y asombrado. De sangre y zozobra nos muestra ese país no evidente, donde ritos ancestrales perviven entre los escombros de una nación que se creyó moderna. Un país que aún respira miedo y dibuja sus fronteras, desde esa herencia de los otros ismos que no provienen de la vanguardia, un país inventado a imagen y semejanza de sus propios machismos, de sus colonialismos, racismos, arrogancias, despotismos, suficiencias, fobias.

El segundo espacio, la hibridez. Para el antropólogo Néstor García Canclini, que lanzó a la fama esta categoría, las identidades híbridas constituyen la cartografía que permite entrar y salir del proyecto moderno en América Latina. O quizá más bien, transitar por las modernidades tan distintas de las que estamos hechos. Seguimos siendo hasta hoy ese lugar en el que conviven al mismo tiempo las hondas creencias medievales con los sueños letrados de los enciclopedistas; la sabiduría honda de los indígenas, con la terca búsqueda de la ciencia. ¿Será necesario ensayar novedades, inventar la república, refundar todo de nuevo? Todavía seguimos buscando cuál es nuestra manera. En este eje, los siete artistas nos presentan propuestas donde se encuentran lo culto, lo popular, lo masivo y lo tradicional. Es el mundo agrícola en la ciudad, lo indígena en lo urbano, el migrante que cruza fronteras, que se inventa un país. Es el país bifronte, como Jano, con la civilización y la superstición como dos rostros contrapuestos, el país de los muchos inicios y los muchos finales. Ese país donde no todo cabe, donde muchos marginados, invisibilizados, silenciados, salen por la puerta de atrás.

La tercera propuesta recupera uno de los elementos centrales de la cultura popular: la creencia. Amparo religioso nos recuerda que la religiosidad salvadoreña no es pura, está hecha de retazos de culturas ancestrales, de reminiscencias cristianas, rituales, crucificados, sacrificios, resucitados, culpas, castigos y pecados recogidos en cada uno de los trazos, los colores, los rasgos que estos siete artistas nos dibujan. Pero también esta religiosidad está en otros lugares, menos visibles pero insinuados en este recorrido: las fiestas patronales, los exvotos, la africana herencia de la santería, el omnipresente San Simón y todos los santos apócrifos de un santoral encabezado por Óscar Romero.

Finalmente, y a pesar de la desesperanza, Horror Vacui cierra su propuesta con nuevos horizontes. Espacios abiertos, puertas para empezar otros caminos, espejos, luminosidades, mínimos señoríos para un país-mosaico, alas, ríos y bosques. Si es cierto lo que dicen y la esperanza viene por los desesperanzados, el recorrido por esta nación que se dibuja tendría que lanzarnos a algo nuevo.

El barroco es miedo al vacío nos han dicho, es abundancia, exceso, extravagancia, trazos superlativos. El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría dijo que el barroco ha sido tres veces olvidado por muchos: por colonial, por latinoamericano, por católico. Y sin embargo, señaló, el barroco rememora una etapa histórica de los vencidos. Las masas silenciadas están ahí, con sus estéticas excesivas, con ese ethos que no deja un espacio blanco en el lienzo o que lanza a la vertiginosidad de las imágenes. Es ahí, en la sangre, la hibridez, la creencia y la nueva esperanza que podemos encontrarnos con la realidad circundante de la vida cotidiana.

¿Por qué darse cita en un espacio cuyo único objetivo es la invitación a mirar? Del arte esperamos que esté, que permanezca, que dé testimonio, que sea un tatuaje en la memoria, una prolongación de la mirada. Para eso debe servirnos ese lugar de la inminencia, de las revelaciones que se producen en estos tiempos globales. En el tiempo de los excesos, las muchas narrativas se nos vuelven silencios. Si no hay un único relato cohesionador, ¿hay entonces un arte que sea disidencia? García Canclini señala que sí. Y yo, cuando vuelvo a encontrarme con un arte que interroga y que dibuja trazos de una nación silenciada, también lo creo. Eso es lo que nos regalan Óscar Soles, Luis Lazo, Dagoberto Nolasco, Negra Álvarez, Romeo Galdámez, Mauricio Mejía y Antonio Bonilla.

Quizá más de alguno de los lectores coincida conmigo que este arte-barroco, de la postguerra de un país en guerra, ha pasado de pronto a la disidencia, a la pervivencia terca desde la memoria de quien se enfrenta a una imagen que nos mira. Y parece anotar algo que García Canclini nos señala: tantas veces se ha anunciado la muerte del arte y este sigue vivo, sigue aquí. 

(*) Amparo Marroquín (El Salvador, 1973), estudió comunicación y periodismo en la UCA de El Salvador y en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente en Guadalajara, México. Doctora en filosofía iberoamericana de la UCA, ejerce como profesora e investigadora especializada en áreas de comunicación y cultura, migración, identidades y audiencias; temáticas que ha desarrollado a fondo en publicaciones, en espacios académicos y de divulgación.

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