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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 21 de oct. de 2017

Jorge Boccanera: diálogos con Juan Gelman

 

El poeta Jorge Boccanera recuerda a su amigo y reinventor de la lírica, fallecido a los 83 años en México, donde se instaló en 1988 tras el exilio al que lo obligó la dictadura militar que le costó la desaparición de su hijo Marcelo y su nuera María Claudia, y la apropiación de su nieta recuperada, Macarena.

«Ahora Juan está en un patio. El mismo patio que se abría cuando entrecerraba los ojos, y se atusaba el bigote; le había quedado grabado desde su niñez; patios en el barrio de Villa Crespo con casorios, mesas de empanadas, mucho baile y el mismo bandoneonista de siempre: un empleado de comercio; cuando describía el momento apuntaba un dato afirmando el compromiso: la gente no faltaba.

Tampoco Juan faltó a las muchas citas alrededor de los manteles tendidos por una existencia a fondo: la creación poética, la militancia política, la solidaridad, la amistad, el periodismo, la búsqueda de sus seres queridos víctimas de la dictadura.

Lo conocí en 1975, cuando accedió a conversar con los poetas que formábamos un grupo literario en una pieza que alquilábamos en la calle Suipacha; hacía rato que su voz sobresalía en el panorama local y muchos éramos los que nos sabíamos de memoria poemas de «Gotán» y «Cólera Buey».

Tampoco faltó a esa cita, aunque la Triple A causaba estragos en la militancia y vivía a los saltos: recuerdo una ronda de mate de más de cuatro horas y nuestra ansiedad por darle forma de charla a lo que en realidad se transformó en una tumultuosa entrevista sobre el hecho poético y la coyuntura política.

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«La conversación con Juan estaba llena de anécdotas, vidas entrelazadas; y en cada juntada en un café volvía a ser el que "hacía esquina" con los amigos en las calles de Villa Crespo»

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Al fondo de esa noche cruzada por sirenas policiales, Juan respondía con paciencia nuestras preguntas; algunas en torno a su último libro publicado, «Relaciones», que alborotaba el avispero con textos que -y ésta sería una de las marcas de su escritura- inauguraban calles originales y propias.

Nos deslumbraban poemas como el de las seis enfermeras locas de Pickapoon, la persistencia del poeta que pese a todo los reveses «se sienta a la mesa y escribe» y los ojos de la Pulpera de Santa Lucía ahogados en la sangre de los fusilados de Trelew, pero también el modo natural de unir lo que por esos años se discutía en términos de dilema: el agua del experimento formal y el aceite de la crítica social.

El libro llevaba un epígrafe de quien, aún no lo sabíamos, se sumaba a la cadena de sus heterónimos, José Galván: «Hay que hundir las palabras en la realidad hasta hacerlas delirar como ella», línea que sin duda resumía su poética.

Juan daba un aire de juego a un asunto que trataba con seriedad: sus poetas inventados; sonrió la vez que ingenuamente le pregunté por un poeta chino citado en uno de sus libros; ya conocíamos a John Wendell, Dom Pero y Yamanokuchi Ando, pronto llegarían Galván y Julio Grecco; pero había más.

Por teléfono, cuando llegaba a Buenos Aires, cambiaba la voz y se hacía pasar por un tal «un tal Izpizirri» y en un café me contó la historia: un jockey de La Plata al que no vio correr, había leído el nombre en un diario y le atrajo el sonido con muchas 'íes': «Le imagino una voz finita; al hipódromo fui una sola vez y me aburrí; yo soy un heterónimo de Izpizirri», contó Gelman.

La conversación con Juan estaba llena de anécdotas, vidas entrelazadas; y en cada juntada en un café volvía a ser el que «hacía esquina» con los amigos en las calles de Villa Crespo; ese espacio sobrevolado por un aire de cachada, sarcasmo, ironía fina donde relampaguea el doble sentido, las locuciones populares, la jerga callejera y el tono confidencial, todo subrayado con guiños y muecas.

La trama dialogante de mucha de su poesía sale de ese barrio: un abanico de gestos porteños que guarda una perplejidad posible de rastrear desde sus versos primeros: «¡Qué cuestión!», «¡qué asunto raro!», «quién me manda», «¡Cómo decir las cosas más simples de la vida!», «¡Qué cosa seria!»; ese asombro que tras el atisbo del desconcierto, se vuelve reclamo, interpelación.

En Juan esa perplejidad es una toma de conciencia que es vislumbre y corazonada; su modo de interrogar -su poesía tiene la música de las preguntas- es una manera de cuestionar y, en sintonía con las luchas políticas de los años 60/70, una urgencia por resolver los asuntos candentes de la realidad.

Así nos acompañaba Juan a los más jóvenes, sentado en el mismo cordón de la vereda, interesado por nuestra escritura y por la vida de todos los días; con el aliento de un maestro que eludía ese lugar, pero que para nosotros, los del barrio de la poesía, era un «uno más», con algo más, o sea: un fuera de serie.

Y ahora Juan está en un patio, pensando en los amigos de la barra de Villa Crespo -«con un par nos conocemos hace setenta años»-. Subrayaba que había sido milonguero y que tuvo la certeza de que Borges nunca había bailado: «Dijo que era 'una manera de caminar'; pero es una manera de conversar: cuerpo a cuerpo».

En materia de cantantes sus preferencias iban por el lado de Goyeneche, Rivero y Ángel Vargas -«me levantaba a las ocho de la mañana para escucharlo en la radio»- y en materia de orquesta nombraba a Fresedo y Pugliese: «Don Osvaldo no era una orquesta, era un movimiento de masas; la mitad de gente que estaba en la pista no bailaba, iba a escucharlo. Ojo, que me gustaba también Darienzo, tengo que confesarlo, por ese ritmo particular que tenía».

Nos vimos por última vez en agosto pasado en Buenos Aires en la presentación de su libro «Hoy» y consciente del fracaso de resumir una poesía tan densa signada por una frondosa inventiva y una conciencia lúcida, antepuse una línea que el poeta Luis Cardoza y Aragón deslizó cuando se le pidió su opinión sobre la obra de Picasso; eludiendo el análisis crítico, dijo: «me lo imagino».

La frase bien vale para la escritura de Juan por la variedad de registros que propone y su portentosa capacidad de interrogarse, y además le cabe a una existencia inmersa en la lucha política, su entrega, su tenacidad. Todo eso que estuvo presente hasta en sus últimos días, mientras escribía un poema titulado «Verdad/es» y nos decía, se decía: «aguantate el universo desnudo».

Hablo de un poeta grande que nos daba retazos de vida en pulidas joyas diminutas que ahondaban en el amor, el exilio, la revolución, la memoria, la espesura del vacío; hablo de un hombre que miraba la vida de frente, hablo del compinche con quien anudamos la amistad con abrazos que dicen «hasta luego».


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