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San Salvador, 27 de Mayo de 2017
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José Rutilio Quezada: «Nosotros no pasamos de ser más que los que mandamos pisto»

Por Javier Kafie*

Mañana viernes a partir de las 4 p.m. José Rutilio Quezada se encontrará en la tienda Sanborns de Multiplaza para firmar ejemplares de su última obra, Mientras viva esta orquídea, publicada en Clásicos Roxsil.  En esta entrevista nos habla de sus proyectos literarios, de su nostalgia por su pueblo natal y de la falta de visión que tiene el gobierno y la población en general para con sus hermanos lejanos –un capital humano que corre el peligro de alejarse cada vez más de sus raíces.

José Rutilio Quezada, a pesar de los ochenta años que lleva encima, es un vivaz educador de pura cepa y un quezalteco de corazón. Biólogo entomólogo con especialización de la prestigiosa universidad de Berkeley, Quezada fue uno de los muchos que huyó del país a causa del conflicto armado. Pero también es novelista y muchos lo recordarán por su más famosa novela La última guinda.

 

El año pasado usted viajó desde California para presentar su última novela Mientras viva esta Orquídea en San Salvador. ¿Cómo ha percibido usted la recepción del libro hasta ahora?

Bueno, parece que… en nuestro país la gente no lee. Un libro se puede lanzar y se puede quedar en las bodegas; es poco el público que busca el libro nacional e incluso el libro internacional. O sea que hemos visto una recepción un poco lenta, aunque la percepción de la mayoría de las personas que la han leído es favorable. Algunos se han sorprendido de que yo aparezca narrando ya de otro modo, porque estamos acostumbrados a una narración más local, más bucólica si se quiere, y ahora resulta una narrativa un poco más experimental.

 

Es cierto, en su última novela usted ya ni nombra el país donde sucede la historia, aunque este país tenga alguna similaridad con El Salvador, ¿de dónde salió la necesidad de experimentar con cosas nuevas?

Quizás es parte del proceso creativo, incluso cierta madurez de quien escribe. Yo he escrito un puño de libros, y algunos no son muy conocidos pues son ediciones que yo hice en los Estados Unidos, ediciones muy pequeñas, no comerciales. Pero siempre hay ciertas tendencias de buscar otras maneras de narrar. No es una necesidad sino que… de repente yo me propuse hacer una novela con un universo distinto, salirnos un poco del país –aunque no nos salimos del todo porque ahí hay un país arquetipo que puede reflejar al nuestro. Incluso yo le contaba a mi hermano que hay un personaje que se me metió, el personaje de Rafaela, que se me desarrolló y dejé que creciera, quizás supliendo la necesidad de la misma narrativa. Se trata de una mujer que llegan a meter a una celda yacente a la de Rubí, la protagonista, y que conversan con toquecitos en la pared. Algunos me han preguntado que si esa persona era realidad o si era una imaginación de la personaje principal. Y lo mismo con la existencia de otros personajes, que también se queda al final en un misterio. Y es bonito, pues uno compromete al lector a que se convierta en cómplice.

 

Tengo entendido que usted acaba de finalizar otra novela.

Sí, por cierto, ya la puse en manos de mis editores. Son dos. Una la considero ya pulida  y la otra es un borrador que considero ya casi definitivo. No garantizamos que sean éxitos o que se publiquen tampoco porque los editores tienen sus propios problemas, tienen otras ediciones y obras que están adelante, sus propias producciones y una cantidad de cosas.

 

¿Y se puede preguntar de qué se tratan?

Mire, de la primera le puedo decir que volvemos a El Salvador. No sé si usted recuerda cuando fue asesinado aquel asesor de Estados Unidos en la UCA; fue una de las azañotas de la guerrilla, algo bien audaz. Eso fue como en el año 82… no recuerdo, pero yo ya estaba ausente. Me impresionó ese asunto y yo empecé a tomarlo como el centro de una historia; lo investigué, y sucede que en la misma área donde yo vivo hay una base militar, la base de Leemore, en la que había estado él. Era un individuo de las fuerzas especiales, de los Navy seals, o sea tipos que pelean y se mueren tirando la última granada, una máquina de matar. Esta persona era el responsable de la seguridad de los 53 asesores que habían aquí y el descuidó su propia seguridad y fue asesinado. Bueno, en mi novela viene un asesor de origen cubano pero que vive en Miami y entra con pasaporte Uruguayo, ese tipo de cosas que hacen, y le han dado la misión de asesinar a «Anastacio», un guerrillero escurridizo. Total, este asesor viene con la misión de matar al guerrillero y en el centro de contrainsurgencia se encuentra con su amigo George Schumacher, que era más o menos el nombre del asesor asesinado. Y bueno, por ahí va la cosa. Al final éste llega a comprender que el tal Anastasio es un diablo que no agarran, y termina en concluir que aquí hay miles de Anastasios, que no por aniquilar a un tipo van a terminar con un movimiento.

Luego la número dos tiene que ver con el terremoto de Haití y después el de Chile, con el Tsunami. Pero por supuesto también se cita y se elabora la cuestión del golpe de estado a Allende y su muerte, y eso lleva hasta Constitución, donde llega el Tsunami, y por ahí comienza. Esta tiene mucho simbolismo, mucho surrealismo, trata el amor eterno… como una parejita de la universidad que son fusilados porque son parte de la alianza popular, como toda la muchachada que fue masacrada en Chile, y esa parejita se abrazó ahí y les echaron gasolina y les dieron fuego. Son hechos reales… Pero a ver qué pasa por ahí, porque lo que pasa es que lo que uno escribe lo mira como los hijos de uno, bien chulos.

 

Usted vive en los Estados Unidos desde hace décadas y viaja más o menos una vez al año aquí a El Salvador. ¿Cómo describe su relación con nuestro país?

Me aparezco después de los vientos de octubre. Pero a ver qué tal hoy, porque cada vez siento que los viajes cansan más. Allá yo vivo en una ciudad muy pequeña donde yo manejo tranquilo, y con la locura de aquí yo no aguantaría. Ahora, el amor al pequeño terruño lo tiene siempre uno y para adónde, ¿no? Hay que aceptarlo, aunque lo veamos cada vez más fregado. De todas maneras, la patria llama, y la patria son la familia, el territorio, los amigos. Yo voy a mi pueblo, a Quezaltepeque, y es otro mundo, es el mundo de uno. Mire, el pueblo tiene, y lo digo sin pretensiones, tres íconos: Alfonso Quijadurías, Jorge Kattán Zablah, y yo, que somos los orgullos del pueblo. Aparte de Quijadurías que es poeta y huraño, nosotros nos dejamos querer porque somos populacheros, y ahí lo quieren a uno mucho. Los nombres de muchos en las novelas son nombres de campesinos, nombres de gente con la que alternábamos.

 

Para terminar, usted había estado trabajando en una idea que, si bien recuerdo, le llamaba «repatriación del capital humano». Cuéntenos un poco de qué se trata esto.

Bueno, la verdad que es parte de lo que yo llamo «la diáspora por la patria», y le puedo decir que no ha progresado. La diáspora allá tenemos más de 30 años de habernos ido, y ha emigrado gente valiosa. Entonces sucede que en todo este tiempo esta comunidad salvadoreña ha acumulado experiencias, han progresado mucho, y está floreciendo una gran cantidad de jóvenes científicos, humanistas, historiadores… de todo lo que me diga, hay: Científicos en la NASA, representantes estatales en un estado como Maryland. Y ahí es donde yo veo el potencial de que la diáspora se organice, con la idea de que las personas puedan agruparse y a prestar servicios al país,  como por ejemplo un grupo de académicos que vengan a presentar un seminario, un taller, capacitaciones, etc. Incluso abrir oportunidades de becas en las instituciones donde ellos están. O sea, un intercambio favorable para el país, algo más que una remesa. Y es que yo encuentro que la percepción que se da a nivel oficial o general es que nosotros no pasamos de ser más que los que mandamos pisto, y no se ve de que una idea como esa exista. Imagínese que al Embajador de Israel lo entrevistaron hace poco y él dio la receta, dijo que El Salvador debiera aprovechar su diáspora, como lo hizo Israel, y ese concepto no lo veo que se esté levantando. Ya hay un Viceministerio para salvadoreños en el exterior, pero esa visión que yo le digo no la veo. Y ese es un recurso humano que no se aprovecha.

 

* Comunicador, especialista en estudios intermediales.

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