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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Marzo de 2017
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Katya Romero: «Mi casa la llevo conmigo»

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Se define a sí misma como artista visual. Recorre la vida, recorre América con piedras, palos y semillas. Katya Romero nació y creció en Ecuador, pero ha vivido en muchos lugares, El Salvador es uno de ellos y en esta entrevista de semblanza, que concedió a contrACultura, comparte un poco de sus vivencias, nos habla de su obra, viajes y despedidas. 

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Por Inés Ramírez (*)

@InesRamirez_SV

Fotografía: Camilo Méndez

 

San Salvador.- Estando adentro de la casa nadie sentiría que está en una ciudad congestionada. Al entrar, inmediatamente el ruido de la capital se extingue; lo primero que observo es la cantidad de obras de arte en la sala de espera, más que una casa parece una galería. Cada rincón tiene un poco del trabajo de Katya, en cada rincón se respira arte.

Caricina

«Fui una niña curiosa, fui una niña juguetona», Katya Romero nació en 1962, viene de una familia de cinco hermanos y según recuerda, siempre estaba jugando con sus hermanos varones, era una «caricina», (niña que juega solo con niños) como le llaman en su natal Ecuador. Su madre tenía una fábrica de juguetes, por lo que estos nunca faltaron en la casa, su padre, un militar retirado, luego se dedicó a los negocios en la empresa de su esposa.

«Mis padres me proveyeron de mucho amor y de muchos beneficios», manifiesta la artista. Su  padre era estricto, pero nunca dejó de ser cariñoso, «Mi padre me enseñó el amor a las letras, al arte y sobre todo a ser solidaria con la gente». Recuerda también que en vacaciones su madre la contrataba para trabajar en la fábrica de juguetes, desde muy pequeña aprendió a hacer muñecas de felpa, era muy hábil para hacer manualidades.

La anécdota más hermosa que recuerda de niña, es cuando conoció el mar, «Soy de la sierra, por lo que para llegar al mar debíamos viajar más de seis horas. Nunca olvido la sensación cuando sentí por primera vez el agua en mis pies y aquella imagen azul del cielo y el mar en la lejanía». No sería la última vez que el mar le haría sentir algo especial, años después conocería a alguien muy importante en su vida en una playa.

El abuelo de Katya fue dramaturgo y un gran amante de las letras, como su padre, tenía un estudio, pero solo podían ver a través de una ventana los libros, porque no había acceso para las mujeres y los niños, por tal razón siempre hubo una intriga al respecto. Años después sabría que el motivo de la prohibición era que aquel estudio contenía libros de poesía erótica, entre otros.

«Mi padre siempre nos decía que teníamos que leer mucho, siempre nos llevaba al teatro», según Katya, él siempre la apoyó en lo que ella quiso ser. Hizo danza, teatro, periodismo y carpintería desde muy joven. «Debo admitir que mi padre me enseñó a fumar, comencé a hacerlo desde que tenía 15 años y lo abandoné a los 38», confiesa entre risas de complicidad. Considera a su padre como su gran amigo, le enseñó a no tener miedo a la calle y los riesgos.

«Aprendí a bailar desde muy niña, me encanta bailar», expresa Katya. También su hermano mayor fue importante en su formación, recuerda que ella junto a sus demás hermanos recibían clases con él, «Hasta ahora que tengo 52 años y mi hermano tiene 58, sigue siendo mi maestro y me regaña», destaca la artista. Cuenta que su madre, sus tías y hermanas son muy hábiles para trabajar manualidades, una de sus tías dirigió por más de treinta años un centro de formación de artesanas.

Recuerda que sus padres viajaban mucho, por lo que en esos periodos, ella y sus hermanos quedaban a cargo de la fábrica de juguetes, experiencia que le ayudó para conseguir su primer empleo como secretaria, «La parte administrativa y gerencial la aprendí desde muy joven», apunta.

Ya en ese tiempo su vida tomó un rumbo diferente, se casó a los 18 años y luego vinieron sus primeros dos hijos, que tuvo a los 19 y 22 años de edad. Comenzó a trabajar como secretaria en un banco, sin embargo corría por sus venas las habilidades manuales, abonado a eso manifiesta que siempre ha sido hábil para hacer «cosas que se vendan», por lo que aparte de su trabajo también hacía manualidades por encargo, cosa que nunca vio como arte, dice.

Cuando tenía 25 años, una gerente del banco donde trabajaba le preguntó si ella estaba dispuesta a hacer carrera en la institución, pues a esa edad aún no había estudiado una carrera universitaria, ella inmediatamente le contestó que no, que ella quería ser artista. No obstante, esta persona la animó a estudiar una carrera en lo que ella quería ser, al principio Katya lo vio difícil, pues tenía dos hijos pequeños y debía ayudar económicamente a su esposo.

Finalmente se decidió a estudiar, fue así que llegó a estudiar a la Facultad de Artes Plásticas en la Universidad Central de Quito, «Recorrí la Facultad de Artes y dije: ¡Wow! Esto es lo que siempre he estado buscando». Desde siempre supo que tenía que dedicarse al arte, solo le hacía falta un poco de ánimo para hacerlo y como ella concluye: «Fui a la Facultad de Artes y como todo lo que hago en la vida, lo hice bien, desde ese día nunca he dejado el arte».

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Después  se convirtió en ceramista y abrió con una de sus hermanas una galería de talleres llamada Caykatama, donde hacían cerámica decorativa y utilitaria, daban talleres de escultura, pintura y expresión corporal.

No logró culminar la universidad, salió embarazada de su tercer y último hijo, por lo que detuvo todas sus actividades para dedicarse por completo a él. Sin embargo, este tiempo no duraría mucho, se encontró un día con un amigo que la invitó a trabajar con él en un buffet de abogados, «Conocí todas las cárceles de Quito y todos los juzgados», comenta.

En mí surge la inquietud de preguntar cómo se adaptó a tantos cambios en tan poco tiempo y cómo pudo incursionar en trabajos tan distintos, a lo que contestó: «Para mí nunca ha sido difícil pasar de una etapa a otra, porque son solo eso, etapas». Y en efecto, esta etapa pasaría pronto, pues de nueva cuenta, un amigo la invitó a trabajar con él en la Policía Metropolitana y así se convirtió en Subcomandante, la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de Ecuador.

Con mucha emoción cuenta cómo conoció a su esposo. La hermana mayor contrajo matrimonio y la invitó a celebrar con ella la luna de miel en el mar, nuevamente entra en escena el lugar que le trae buenos recuerdos a Katya. «Yo tengo un cuento escrito de esto, porque si no se hubiera roto un plato, yo nunca hubiera conocido a mi marido», explica.

Resulta que ese plato se rompió en la cabeza de uno de sus cuñados, en la boda de la hermana mayor, la fiesta terminó mal y uno de los invitados discutió con el cuñado de Katya y le dio un golpe en la cabeza. Fue por esta razón que la hermana las invitó a ella y la otra hermana, a la luna de miel en la playa, «En el camino a la playa pasamos por un pueblo llamado Santo Domingo de Los Colorados, para que le quitaran los puntos a mi cuñado, unos médicos estaban haciendo ahí su servicio social, el médico que atendió a mi cuñado en aquel lugar es mi esposo, José».

Katya no tuvo contacto con él en el hospital donde atendieron a su cuñado, pero su hermana le comentó que le habían parecido jóvenes muy amables. Tanto así que los invitaron a compartir con ellos en la playa, pero José no tenía planes para acompañarlos en la tertulia, hacía motocross y aprovechaba su tiempo libre para dedicarse a eso, sin embargo, ese día precisamente la motocicleta se le arruinó, por lo que decidió al fin acompañar a sus compañeros del hospital.

«Eso fue el 17 de abril de 1981, me casé con él tres meses después», no pude evitar mi sorpresa y le pregunté, ¿por qué tan pronto? A lo que ella respondió: «Fue amor a primera vista, él entró en el restaurante, lo miré, me miró, nos enamoramos» y sonrió como quien recuerda gratos momentos, «Desde ese día hasta hoy, nunca nos hemos separado», afirma.

Pasaron días maravillosos en la playa, pero era hora que regresaran a la ciudad, era hora que Katya contara a sus padres que se había enamorado, lo que sus hermanas no compartían, pues pensaban que solo era un amor fugaz. José llegó a la casa de los padres de Katya, y para bien de ambos, éste tenía familiares que el padre de Katya conocía, por lo que fue bien recibido.

José volvió a la ciudad luego de hacer parte del servicio social en Santo Domingo de Los Colorados, pero en tres meses debía ser trasladado a otro lugar, el cual, dependiendo del orden: Mujeres embarazadas, mujeres, hombres y mujeres casados y solteros, podría implicar ser enviado a un lugar lejano, por lo que para evitar que esto sucediera, decidieron contraer matrimonio.

Los padres de Katya se sorprendieron por la decisión de casarse, ella aún no había terminado el bachillerato, «Nos casamos sin pensar en nada, sin un cinco, sin nada y en todos estos años hemos crecido juntos, hemos logrado nuestras metas, sin duda quien más me ha apoyado en la vida es él. Creo que la vida me ha dado mucho, he sido privilegiada», asegura.

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En la provincia de Manabí, Ecuador, fue el lugar donde  asignaron a José para hacer el servicio social, por lo tanto, Katya se fue con él. No le fue difícil adaptarse, la casa en la que vivían estaba frente al parque, la iglesia, la alcaldía y la cárcel, lugar donde hizo servicio social, al grado de hacerse amiga de los presos. «José era un médico famoso en el pueblo, él tiene una gran personalidad y a todos les simpatizaba, yo quería quedarme a vivir ahí, aprendí mucho de mí y de la gente», comenta.

A pesar de tener hijos y estar casada, Katya nunca dejó de hacer arte, en las tareas de los niños, ella y José trabajaban juntos, pues manifiesta que él es un gran dibujante. Una de las tradiciones que también despertaban la creatividad, era que cada 31 de diciembre en Quito se acostumbra usar disfraces, «En mi casa nos disfrazábamos todos y salíamos a visitar a los amigos, nos hemos disfrazado de todo», sonríe.

El teatro también ha sido fundamental en la vida de la artista, cuenta que con una de sus primas, Mónica, siempre jugaban de niñas al «teatrito», donde ella interpretaba al personaje principal, «Yo era el Pajarito Tutú, un príncipe que ha muerto, era el personaje principal, pero pasaba en toda la obra muerto», cuenta y estalla en sonrisas.

Luego de 31 años regresó a la playa donde se conocieron con José, el restaurante ya no existía, pero el dueño seguía viviendo en el pueblo, lo fueron a visitar y le contaron que seguían juntos, aquel amor no había sido fugaz.

José se había vuelto un consultor internacional, por lo tanto viajaba constantemente. Nunca pensaron en que fuera necesario salir de Quito, tenían una vida descomplicada, hasta que en 1997 a él lo contrataron como consultor del Banco Mundial en Panamá. Ella fue a visitarlo después de haberse ido de Quito, y él sugirió que ya no regresara, «Yo le dije: ¿qué voy a hacer aquí? Y él respondió: Vivir, trabajar, como lo has hecho siempre», y en efecto, se quedó a vivir en Panamá.

Katya confiesa que fue en esta etapa de su vida que realmente se sintió desprotegida, José seguía viajando, sus padres, hermanos y amigos estaban lejos. Pero esta experiencia le ayudaría a «romper el cordón umbilical», eso le hizo madurar en muchos aspectos y cuando no encontró qué hacer, caminó por la ciudad, encontró una academia de arte, tocó la puerta, dijo que era artista y comenzó una trayectoria que no pararía más.

«En Panamá me descubrí, daba clases, ganaba diez veces más de lo que ganaba en Quito, no quería volver», y es que después de no conocer a nadie, en unos meses ya conocía a mucha gente, tanto así que tres meses de haber llegado participó en una exposición colectiva con 33 artistas latinoamericanos y seis meses después montó su primera exposición individual.

En Panamá fue donde comenzó a trabajar la escultura de madera. Precisamente en una exposición donde se conmemoraban los 100 años de haber cedido a Estados Unidos en comodato el Canal de Panamá, le pidieron una pieza en homenaje al evento y ella comenta que decidió hacer un «deshomenaje», hizo una pieza de barro partida del vientre, con los brazos atados y la frase: «Encadenado en vientre de la Madre Tierra quedó derramada la sangre de los hombres que quisieron poseer el universo», fue polémica, pero le gusto a la gente, comparte.

Dialectikatya

«Conocí a Gilberto Arriaza (artista plástico salvadoreño) en una exposición y me dijo: Si alguna vez vas a El Salvador, búscame», Katya nunca pensó que viajaría al país, estaba ya establecida en Panamá y no quería irse. Sin embargo, en marzo de 1998 se encontró con la sorpresa que debía viajar a El Salvador, por lo tanto al llegar lo primero que hizo fue contactar a Gilberto, quien le presentó a los artistas del país, «Al primero que conocí fue a Roberto Galicia, luego a Astrid Bahamond, quien me invitó a realizar mi primera exposición en El Salvador, llamada Dialectikatya».

Katya cuenta que encontró en el país una prolífica generación de artistas, cosa que no pasaba en Ecuador, «En mi país estaba muy fragmentado el gremio artístico y llegué a El Salvador y encontré un gremio de artistas pujante, en mi casa hacíamos tertulias literarias, mi casa estaba abierta para todos», declara.

El proceso de adaptación no duró mucho, comenzó a trabajar en muchos proyectos con artistas visuales, el embajador de Ecuador en El Salvador la nombró agregada cultural, experiencia que le ayudó a promover a artistas ecuatorianos en el país y viceversa. También trabajó en el rescate del centro de Santa Tecla, lo que ahora es Paseo El Carmen y muchos proyectos más.

Katya quería quedarse en El Salvador, nuevamente había echado raíces, pero después de vivir casi cinco años en el país, ahora debían viajar a Colombia. Recuerda que la última persona que la entrevistó, en esa ocasión, fue Amílcar Durán, quien el mismo día de nuestra entrevista la había entrevistado para un programa de televisión, tal vez por última vez en esta etapa.

Días antes de partir, Milton Doño la invitó a realizar una exposición en pro de los niños con VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana), la que sería auspiciada por la Embajada de Ecuador, sin embargo el día de la inauguración no pudo estar el embajador porque había fallecido, precisamente el día de la despedida de Katya de El Salvador, el día del cumpleaños y jubilación de él, eso fue impactante para la artista, eran muy amigos.  

Antes de su muerte, el embajador había recibido una carta de Ecuador donde condecoraban a Katya con la Orden de Caballero, situación que propició que se tomaran una fotografía, para ella memorable, donde aparece él entregándole la condecoración y con la mano en el pecho, dos días después él murió de un infarto.

«Me despedí de El Salvador con mucho dolor, nos habían tratado muy bien, el salvadoreño es así, atento, trabajador y una de las cosas que nunca dejo de mencionar en mis entrevistas, es que hemos conocido gente muy trabajadora y muy fiel», una de estas personas es a quien cariñosamente llaman Lito, su asistente, un salvadoreño que tiene 15 años de vivir con la familia.

El embajador había prometido a Katya ayudarle en su transición a Colombia, pero esto no se dio debido a su fallecimiento, pero por azares del destino, cuando trasladaban el cuerpo de él hacia Ecuador, el avión hizo escala en Colombia y la viuda del embajador aprovechó para recomendar a Katya en aquel país, tal y como su esposo lo había prometido, «Me marcó la vida, son cosas que ya he superado, pero que te mueven totalmente todo», exterioriza visiblemente afectada.

Otra de las cosas que marcó a la artista fue su encuentro con el budismo en El Salvador, «Siempre he sido una buscadora espiritual, había estado en el hinduismo, en el taoísmo, en el chamanismo, pero cuando llegué a El Salvador me involucré en el budismo tibetano», expresa. Esto le ayudó a su llegada a Colombia, en un paseo por la ciudad encontró una casa antigua que era una fundación llamada Sagrado Corazón, donde inmediatamente se ofreció para trabajar como voluntaria.

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Otra de las sorpresas en la vida de Katya, fue que el director de la fundación se llamaba Enrique Garcés y por casualidad o destino, el embajador de Ecuador, su amigo recién fallecido se llamaba igual, era un homónimo, esto la alentó mucho, pues vio que era una señal de algo bueno. Y así fue, su paso por Colombia le permitió hacer muchos proyectos sociales, trabajó mucho con mujeres y es debido a eso que surgió su obra Féminas.

Coordinó talleres de poesía con la escritora Martha Sepúlveda, «Fue mi musa, falleció en 2010… Mis amigos se mueren…», lo dice con la vista cabizbaja, mientras hojea una revista, no puede disimular el dolor de los recuerdos. «Bogotá fue espectacular, cuando nos dijeron que nos íbamos lloré y lloré, como cuando salí de El Salvador», nuevamente debía viajar, hoy hacia el norte.

«Cuando llegamos a Washington le dije a mi marido: ¿Y ahora qué voy a hacer? Y él me respondió: Lo mismo de siempre, trabajar y hacer tu obra». Katya comenta que siempre antes de viajar se informa del país al que va, lee y se entera de lo que está pasando ahí, en este caso, antes de ir a Washington llamó a Quito a uno de sus compañeros para preguntar si alguno de sus excompañeros estaba en Estados Unidos, y se encontró con la sorpresa que habían 16 de ellos allí.

«Llegué en junio de 2006 a Washington y en septiembre ya estaba montando mi primera exposición individual en ese país, la serie Féminas, que fue muy polémica, con esa exposición me despedí de Colombia, la he presentado muchas veces», comenta. En este nuevo país estudió Curaduría y Museografía, le gusta estar constantemente actualizada, es una cualidad en ella.

Trabajó como asistente de la escultora americana Constance Bergfors, experiencia que fue altamente gratificante para ella, pues cuenta que a los 80 años que esta artista tenía, cortaba la madera con motosierra, Katya se encargaba de pulir la obra, pero no era lo suyo, ella quería estar en el área de gestión, «Un día me caí y me quebré el brazo, le llamé a Constance para decirle que no podría trabajar en el taller, a lo que ella respondió que sí lo seguiría haciendo, pero en el área donde siempre había querido», recuerda feliz.

Aunque el trabajo de la artista en el país americano fue intenso y lleno de logros, confiesa que se le hizo difícil vivir en una ciudad fría, tanto de clima, como de gente, de ahí surgieron obras como Invierno y Manglares. Pero, como hemos leído, la vida de Katya no es estacionaria. Un buen día recibió la noticia que tenían la opción de regresar a El Salvador, «Dije: ¡Wow! Voy a respirar de nuevo en español, porque todo lo que te estoy contando es difícil contarlo en inglés, no lo pensé dos veces», dice emocionada.

«Cuando regresé a El Salvador yo sabía dónde quería vivir, quería vivir en esta calle, al principio me dijeron que no alquilaban casas, pero al final logramos encontrar», Katya se refiere a la colonia Maquilishuat, donde convirtió su casa en una galería privada. «La gente cree que lo hago por riqueza o por ego, pero no entienden que en esta casa tengo obra de otros artistas, a quienes he promovido internacionalmente, no puedo pagar una galería, necesito vivir en una casa donde pueda promocionar a los artistas, aunque me…», no terminó la frase.

La artista expone, además, que en esta segunda ocasión que vino a vivir al país, ya no encontró la misma sintonía entre los artistas salvadoreños, «Los encontré más desarticulados, habían muchos grupos, más de los que habían antes, ya no habían muchas galerías, tenían ciertos celos», opina, pero también considera que tienen mucho porvenir, que hay mucho talento por explorar.

Su nuevo paso por el país fue muy prolífero, hizo tantos proyectos que dice que algunos se le hace difícil recordarlos, hay temas sensibles de los que no habla, y es su paso por la Secretaría de Cultura de la Presidencia, cosa que desde un inicio le hice saber que respetaría.

Sus tres hijos ya no viven con ella, José Augusto, su hijo mayor vive en Madrid, España, trabaja en arte y espectáculos, su segunda hija, Ana Margarita, es médico, vive en Cádiz, España, Katya la describe como «Una mujer espectacular», y su último hijo, Javier, a su corta edad ya estudió dos carreras, Ciencias Políticas y Psicología, pero también le gusta el arte y la medicina y, aunque estudió en Estados Unidos, ha decidido vivir en Ecuador «Ya no quiere ser extranjero», dice.

 «Con mi padre me comunico con cartas, mi padre me escribe largas cartas a mano», Katya no ha perdido la comunicación con sus padres, que aún viven, trata de visitarlos en el tiempo menor posible. José Ruales, su esposo, trabaja en la Organización Mundial de la Salud (OMS), por esa razón han debido trasladarse constantemente, «Es un tipazo, es mi pareja ideal», sonroja.

Sobre su obra, y específicamente sobre el arte abstracto, Katya dice que no es necesario hacer entender la obra al espectador, simplemente le gusta o no le gusta, «El gusto es el peor enemigo del arte, en mi caso el arte abstracto ha sido un cúmulo de emociones», expresa. Es fiel creyente de que el artista es libre de hacer su obra como le parezca, siempre y cuando tenga calidad.

La poesía, aunque en menor medida, también ha sido parte de su vida, «En algún momento escribí poesía erótica, hasta que me di cuenta que no es poesía, es arriesgado decir que escribo poesía, son textos, no sé si algún día publique», declara, aunque manifiesta que sí le gustaría escribir sus memorias y quizás allí publique sus poemas y cuentos. «Admiro la poesía salvadoreña, hay muchos poetas y muy buenos», enfatiza.

«Recorro la vida, recorro América con piedras, palos y semillas», sonríe, expresa que es una amante de las piedras, le encantan, de todos los países donde ha estado se ha llevado una piedra, es colectora de semillas, tiene más de 120 tipos de ellas, los palos, porque los que tiene como escultura han sido rescatados de playas, cafetales, fincas, lugares donde han sido abandonados. Fueron casi cinco años en el país, pero, como siempre, sus maletas debían tomar otro rumbo.

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Botellas y Cuencos, es el nombre de la exposición que presentó en el Museo de Arte de El Salvador (Marte) en abril de 2014. «Esta obra fue un proceso para mí, de cómo llego a involucrarme en una sociedad que está cerrada, de cómo tengo que meterme en ella, las botellas no son solamente la forma lo que estoy presentando, es lo que contienen, contienen la interacción con la gente, recuerdos que tengo de mi infancia, como la botella de leche, la de champán rosa de los 15 años, quiero ocupar un recipiente para guardar mis sentimientos», señala.

«Con esta obra yo quise presentar al espectador lo que significa el continente y el contenido, el continente es la piedra y el contenido es lo que está dentro de las botellas», expresa. Jorge Palomo fue el curador de la obra, comenta que lo escogió porque es la tercera vez que trabajó con él y porque podía traducir al pueblo salvadoreño lo que ella quería transmitir, también colaboraron en la exposición, René Chacón, Cecilia Morales, René Figueroa, entre otros.

Cuando parte, nunca sabe si regresará al país, pero si sus amigos la invitan, no duda que lo hará, dice, «El Salvador me ha enseñado a ser yo misma, me ha posibilitado entender mis capacidades y mis limitaciones, es un país apasionado, la gente es apasionada, demasiado apasionado… pero es un país maravilloso, ojalá encuentre la paz», opina.

Katya confiesa que no puede decir que ha tenido una vida dura, «Todo para mí ha sido aprendizaje, si no hubiera trabajado en todo lo que trabajé, no estaría haciendo lo que hoy hago, no solo como artista, si no como gestora cultural», explica, y antes de terminar la entrevista no me puedo quedar sin preguntar qué opina de los artistas salvadoreños y qué extrañaría de El Salvador.

«El artista salvadoreño es espectacular, son fabulosos», expresa y a la vez manifiesta que tiene y ha tenido muchos amigos en el país, «Uno de ellos murió», me dice con una sonrisa irónica, se refiere a Rodolfo Molina, a quien califica  como un gran amigo. Revela que cuando se vaya no extrañará nada de El Salvador, porque no se puede «dar el lujo» de extrañar. «Cuando uno se va ya nadie se acuerda, uno no deja nada, ya está hecho todo. Me llevo más de lo que dejo», concluye.

Madalena

Todo estaba listo para el viaje. Todas las pertenencias de la familia fueron llevadas a una bodega, «se levantó la casa», en palabras de Katya, esta fue entregada a los dueños, debían partir hacia un nuevo país, pero… sorpresa: el viaje fue cancelado. Los recientes casos en alza de chikungunya obligaron a José Ruales a quedarse en El Salvador a petición del Ministerio de Salud.

Ya no podían regresar a la casa, esta había sido entregada, se hospedaron en un hotel, lo cual sería por unos días, mientras la situación causada por el virus mejoraba. Luego vino el ébola y nuevamente José tuvo que quedarse en el país, esos pocos días se convirtieron en ocho largos meses de hospedaje en un hotel, no podían buscar una casa para hospedarse porque en cualquier momento debían partir. «El sueño de muchos es hospedarse en un hotel, pero vivir ocho meses es otra historia», comenta.

Ese tiempo le sirvió a Katya para desarrollar otra habilidad: escribir, cuenta que con la ayuda de Jacinta Escudos logró darle forma a sus textos, los cuales iban surgiendo de las vivencias en el hotel. Este es un fragmento de uno: «A partir de las seis de la mañana, se escucha el revoloteo de las señoras de servicio. El sonido de la música popular de radios transistores se cuela por debajo de la puerta. Las conversaciones de estas guerreras se escuchan en acústica».

En el ámbito artístico Katya continuó con la producción de su obra e investigando nuevos elementos que, según cuenta, han aportado significativamente a su proceso creativo. También trabajó en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en la Oficina de Asuntos Culturales, apoyando la gestión de Romeo Galdámez. «Organizamos exposiciones de arte, conversatorios, lanzamientos de libros y trabajo con las oficinas de cancillería en el exterior», comparte.

El 10 de abril de 2015 a las 8:35 p.m. Katya se convirtió por primera vez en abuela. Madalena llegó a la vida para convertirse en su todo. «Madalena es mi sol, la luna y las estrellas. Ella es mi universo», expresa emocionada la artista. José Augusto, su hijo mayor es el padre, la pequeña  nació en Madrid, España y ya lleva al mundo en sus venas, pues José es ecuatoriano, su madre, Angélica, es brasileña, ella nació en España y sus abuelos son ciudadanos del mundo.

«Nuestra vida cambió. En el sentido que ahora todo gira alrededor de nuestra nieta, la música, los colores de mi obra variaron, porque he hecho cuadros para ella. Dicen que se parece a mí», expresa entre carcajadas. «Estamos llenos de amor y entusiasmados de conocer a la pequeña y, a pesar de la distancia, mis hijos nos han mantenido muy conectados a lo que ocurre con Madalena», cuenta con emoción.

Katya partirá en este mes hacia España, espera con ansias el momento de conocer a Madalena, luego regresará a El Salvador por unos días y después hacia donde la lleve el destino, «eso sí, ya quiero mi casa, en cualquier lugar del mundo donde nos manden», sostiene.

«Habrá un momento en nuestras vidas que tengamos que vivir en un solo lugar, pero no estoy segura que eso ocurra. Mis hijos han hecho sus vidas en otros países que no son los de nacimiento, por lo tanto, sé que, así nos jubilemos en unos años, seguiremos recorriendo el mundo para conocer a los nuevos nietos. Nuestra casa en el país de origen es nuestro asidero, donde volvemos siempre, mientras tanto mi casa la llevo conmigo, mi hogar está dentro de mí. Quizás algún día volvamos a hablar y me preguntes cómo estoy y estaré en mi casa cosechando frutos que yo misma he sembrado». 


(*) Periodista salvadoreña, forma parte del equipo de contrACultura.

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