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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 21 de oct. de 2017

La antología que era una leyenda

"Me pareció interesante el misterio que circundaba a ese libro"

Por Vladimir Amaya

La primera vez que escuché el nombre de ese libro estudiaba aún el bachillerato.  En esa ocasión
me encontraba en la biblioteca “Belisario Chaco”, arrastrado inevitablemente por una tarea de matemáticas (algo sobre ecuaciones cuadráticas si mal no rememoro). Estaba allí, sumido en mis asuntos cuando de pronto, algo me dio por apartar la vista de mi cuaderno de apuntes, fue cuando la vi: una muchacha, no más de 23 años. Me llamó la atención su bonita figura y un aire intelectual poderoso que trasmitía el sólo verla. No era despampanante su belleza, más bien mesurada sin estridencias inútiles. En pocas palabras tenía lo necesario para atrapar mi curiosidad de adolescente solitario. La chica se acercó a hablarle al vigilante, quien usualmente se quedaba todo el día recibiendo y despidiendo a los visitantes junto a la puerta. El vigilante, corto de carnes y con el mostacho descuidado señaló a las señoras bibliotecarias, quienes estaban justo detrás de mi mesa. Así que la señorita caminó hasta donde ellas, debiendo pasar frente a mí, porque debo decirlo, en mis usuales visitas a la biblioteca, me quedaba cerca del mostrador para no caminar mucho y aligerar mis búsquedas con doña Sofía y doña Carmen, las bibliotecarias.  Fue entonces cuando escuché a la muchacha decir el nombre del libro que buscaba:
25 poetas jóvenes de El Salvador. Como siempre pasaba, las señoras se miraron entre sí y se dijeron: “¿Ese no está, verdad?”, “no lo tenemos, parece”, “buscalo en el sistema, Chofi”… “No, no aparece”. Las dos señoras siempre hacían la pregunta clásica cuando la búsqueda por título fallaba: “¿Quién es el autor, disculpe?”. Cuando se la formularon, la chica dijo sin titubear: José Luis Valle. Volvieron a buscar el libro en el sistema y el resultado fue negativo. La muchacha profirió un “gracias” y se marchó decepcionada. Al pasar frente a mi mesa me vio sumido en mi desorden de libros y apuntes. Le sonreí, pero la señorita no se tomó la molestia en corresponder a mi cortesía.  Humillado regresé a los números.

 

Tiempo después volví a escuchar el nombre, ahora de boca de un poeta reconocido. Fue en un evento literario donde salió a relucir el tema de las antologías salvadoreñas. Este poeta la mencionó vagamente. Luego de la actividad, me acerqué a preguntarle más con respecto a la antología. Él fue franco.

–Voy a sincerarme contigo, nunca la he visto. Me contaron sobre el esfuerzo de Valle, nada más.

Aquello abrió mi curiosidad y me pareció interesante el misterio que circundaba a ese libro. Pasaron los años y para marzo de 2007 fui yo quien empezó la búsqueda de dicha antología. Todo debido a que por aquellos días habían decidido realizar la empresa de producir la próxima antología de poesía joven salvadoreña. Para eso me dediqué a buscar a mis predecesores y sus obras. Si bien tenía la mayoría de esos compilatorios, como pasa en estos casos me hacían falta las más antiguas, entre ellas la de José Luis Valle, si es que en realidad se había editado.

Pasé largas noches recopilando la información necesaria, trazando la cronología de estos libros.

Cualquier dato, por muy pequeña la referencia que fuera, me llevaba a un nombre y a otro. Era llenar el círculo: Poetas jóvenes de El Salvador, Poesía salvadoreña 1963-1973, La margarita emocionante,  Piedras en el huracán, Alba de otro milenio. Luego de revisar revistas, libros y periódicos, me di cuenta que algo no cuadraba. Había autores que citaban el nombre de 25 poetas jóvenes de El Salvador, pero otras fuentes lo negaban. Estas contradicciones me hicieron dudar si tal volumen existía, más aún cuando los libros donde se citaba la obra no hondaban más allá de apuntar a su autor y el título. Por lo que me vi obligado a  emprender una búsqueda específicamente para ese libro. Visité por meses bibliotecas públicas, privadas, sin ninguna señal del ejemplar.  Tres años después había concluido el trabajo de mi propia antología, con el vacío de no haber podido encontrar la de Valle que más parecía una leyenda, un cuento inventado por alguien. Caí en una profunda depresión.

 

Meses después, publiqué en el periódico una breve reseña de las antologías de poesía joven a manera de cometario y con más espíritu divulgativo que otra cosa. Días después de esto me volvió a entrar la fiebre por esa antología. Todo empezó porque, luego de la publicación de mi reseña, fue a buscarme un poeta ampliamente reconocido a mi oficina. Me sorprendió su visita, le ofrecí un poco de agua, la cual aceptó gustosamente. Después de tres tragos fue directo al grano.

–Leí tu artículo sobre las antologías.

–Y, ¿qué le pareció?

–Más o menos. Pero la iniciativa se aplaude. Pero… mirá.

–Ajá, ¿qué pasó?

–Te faltó 25 poetas jóvenes de El Salvador, de José Luis Valle.

–Y entonces existe, porque yo la busqué y por ningún lado está. Por eso no la mencioné. ¿La tiene? ¿Puede prestármela? ¿Qué autores vienen en el libro?

–No fíjate, me la robaron hace tiempo. y sobre los autores no recuerdo muy bien, creo que viene ahí José María Peralta Lagos, pero no estoy muy seguro.

El poeta siguió aconsejándome para mis próximos artículos y así como había llegado de precipitado se fue.

El resto de la tarde no pude concentrarme en mis labores. Sus respuestas no me habían satisfecho: “Me la robaron” y lo de Peralta Lagos era totalmente anacrónico. Un absurdo.

Además, el poeta no quiso responder cuando le pregunté sobre fecha de publicación. Eso me dejaba grandes sospechas. Telefoneé a Manuel para decirle lo que ocurría. Nos vimos en el restaurante chino de la octava avenida, lugar donde solemos almorzar.

 

Al encontrarnos, le conté sobre la visita del poeta a mi trabajo y de sus respuestas.

Ramos no se anduvo con delicadezas.

–Mirá esa antología no existe, sácatela de la cabeza, viejo, te vas a enfermar.

–Vos me conocés, sabés que me empilo. Algo me huele mal en todo esto.

–Viejo ni los que hicieron antologías antes que vos la mencionan, y eso que en sus prólogos hacen sus famosos recuentos del antecedente. Ni Castellanos Moya, Alas, Lindo… nadie, viejo, olvidalo. Es más, ni siquiera Fajardo en su artículo del Tres Mil, para cuando lo de los Lunáticos y su librito mencionó en algún momento la antología de Valle. Ya no jodás. Esa compilación no la escribieron. Vos como ningún otro debés saberlo bien.

–Pero la información se contradice, te lo conté. Si hay contradicción es porque se ha adulterado el discurso original. Conocés esa teoría.

–Sí la conozco, pero si el discurso es la mentira de que la antología se editó; entonces tu principio base no lo es, porque sencillamente no existe.

–Pero creo que no he agotado todas las instancias y puede…

–Fui con vos a los puestos de libros usados, Vladimir; a las librerías, bibliotecas. Desesperamos a más de un bibliotecario con insistirle que buscara el libro. Mirá, fuimos a bibliotecas del interior del país. A la mera Santa Ana, donde supuestamente nos dijeron que vivía el autor. No hay nada, nunca hubo nada. Calmate, además, si en dado caso lo escribieron, debió de ser un tiraje menor, hecho a mano. Has hecho lo posible, has hecho hasta más de lo que se esperaban. A muchos le gustó tu artículo y el Lic. Sigüenza está orgulloso de vos, y sabés que ese viejo es difícil. Calmate, te vas a enfermar. Dejame comer en paz mi pan con gordillo.

 

Las palabras de mi amigo sólo atizaron mis ganas de reanudar la búsqueda. Comencé con los libros. Referencias nuevas, aunque arrojaban iguales resultados. Visitas infructuosas a bibliotecas, a puestos de libros usados por todo el centro de la capital y más allá de sus límites. Hasta intenté buscarla en los sistemas en líneas de las distintas bibliotecas con nombres distorsionados. En esta tierra todo cae de la memoria de los hombres y a veces es una sombra de lo que realmente fue por eso: 25 jóvenes poetas salvadoreños, Los 25 nuevos poetas de El Salvador, El Salvador y sus 25 poetas jóvenes. Todo era válido para encontrar una luz siquiera. O era simplemente desesperación. No importaba.

 

Pasaron ocho meses, así de sencillo. Regresé a mis otras actividades. Comencé a seguir los consejos de Manuel. Olvidé. Me dediqué a mi vida. Pero un día, al salir de mi trabajo y tomar el autobús de regreso a casa. Al pagar los 20 centavos. En el primer asiento de la fila de la derecha, con vestido negro largo, holgado y botas azules, encontré de nuevo a la chica de la biblioteca “Belisario Chaco”. A pesar de todo el tiempo que había pasado no dudé en  reconocerla, había engordado un poco de la cara, clara marca del paso de estos 8 años, pero el aire intelectual lo mantenía fresco.  Quedé sorprendido, el destino la había puesto frente a mí para acabar con toda esta locura y obsesión. Y tenía sentido todo aquello. Si había alguien en el mundo que podría decirme sobre la antología que andaba buscando era precisamente alguien que anduvo antes por el mismo camino. Me senté atrás de ella. Mi extremada timidez me complicaba el poder entablar conversación y preguntarle si había encontrado el libro después de esa tarde en la biblioteca. Respiré profundo y lo primero que hice fue sentarme a su lado.

–Hola, ¿se acuerda de mí? –comencé como si la frase gastada no fuera tan evidente.

–No  –respondió en seco.

-Soy yo. Hace tiempo, en la biblioteca “Belisario Chaco” usted llegó buscando un libro, una antología de poesía, 25 jóvenes poetas de El Salvador. Yo estaba ahí y escuché cuando las señoras bibliotecarias le dijeron que no lo tenían.

–Ahhh  –Eso era buena señal, ella empezaba a recordar o solo a seguirme la corriente, en tal caso proseguí:

–Oiga, me urge saber si dio con el paradero del libro o si es sólo una leyenda.

La mujer se sonrió y añadió:

–Yo pensé eso mismo cuando creí que no la encontraría nunca. Que me habían engañado pero…

–Entonces la encontró, el libro existe. –interrumpí ansioso

–Sí, existe, está editado.

Esas palabras agitaron lo profundo de mi alma, le estaban devolviendo el sentido a varios meses de mi vida. Estaba feliz, las palabras de aquella mujer me confirmaba que no había sido una pérdida de tiempo todo aquello.

–¿Dónde la encontró? –le interrogué.

–En Santa Ana.

–¡Cómo!, pero yo fui y no estaba en la biblioteca y me dijeron que el autor estaba fuera del país.

–No, no fue en la biblioteca ni en la casa del autor. Cuando yo fui a preguntar por la antología a la biblioteca de Santa Ana, me dijeron que no la tenían, pero una anciana escuchó y a la salida me abordó, me dijo que a ella le parecía tener ese libro. Así que la acompañé a su casa, buscó en su librera y en unas cajas que tenía junto a ésta. Luego de unos minutos, sacó la antología de José Luis Valle.

–¿Usted tiene el libro? –interrogué

–No, entero no, solo unas copias de los poemas de David Escobar Galindo. Hice un trabajo sobre su poesía y parte del trabajo era rastrear las antologías donde él figuraba.

–ah… Entiendo. ¿Estudió Letras?

–Sí.

–¿En la UES?

–No, en la UCA.

–Ah, mire qué bien, pues.

Y de ella salió la propuesta:

–Oiga, si quiere le puedo dar la dirección y el nombre de la señora.

–Sí, me serviría mucho, le estaría eternamente agradecido.

–Deme su correo electrónico, se lo pasaré por ahí porque sería mentirle, los datos no me los puedo de memoria como para facilitárselos en este momento.

Me dio adonde anotarle la dirección. A todo esto el bus se había llenado de pasajeros y el calor era sofocante.

–En la próxima parada me bajo –me dijo.

Así fue. Se despidió, se levantó y se marchó no sin antes volver a asegurar que me enviaría los datos.

 

No cabía en mi emoción, no podía creerlo. El libro existía. ¡Incluía a David Escobar Galindo! Esa noche, al llegar a casa, no pude dormir bien. “Si incluye a David Escobar Galindo, entonces debe ser una antología publicada antes o después de Poesía salvadoreña 1963-1973, debe incluir poetas que iniciaron actividad en la década de los años sesenta y….” cosas así pensaba. Mentalmente veía las casillas llenas, todos los libros en mis manos. No podía creerlo. El círculo estaba a punto de completarse. ¡Y de qué manera! esa muchacha, la misma que había empezado tal círculo, había venido no sé qué niebla para ayudarme a ponerle fin.

 

Los días que pasaron fueron una tortura. La paciencia nunca ha sido una de mis más destacadas virtudes. Una semana después apareció el correo de la mujer en mi bandeja de entrada, con un pequeño mensaje que decía: “Disculpe que hasta ahora se lo mando, había estado un poco ocupada, adjunto los datos. Cuídese y suerte.” Al correo lo cerraba el nombre y la dirección de la señora: Blanca de Aguirre. Barrio El Calvario, calle San José, #228, Santa Ana. Anoté la dirección y hablé con Dinora, mi secretaria, para decirle que el día siguiente no llegaría a trabajar por duelo. Que un tío había muerto repentinamente y tendría que ausentarme. No recordaba la última vez que estuve tan emocionado como aquella noche.

 

Al día siguiente, me dirigí a Santa Ana. Era jueves y el día amaneció gris. Nunca he sido de viajes y cosas así, pero en esa ocasión era diferente. Llegué a la terminal y abordé el autobús antes que dieran las 9 de la mañana. Durante el camino, me reía de las desgracias que había pasado y de tantos problemas que atravesé para estar a pocas horas frente a frente a la antología; Lo tan cerca estuve la primera vez que veníamos a Santa Ana con Manuel, pero al mismo tiempo tan lejos.

Era verdad, el libro siempre existió. Muchas dudas me saltaban a la cara al preguntarme por qué ese libro corrió con tal suerte. Ser olvidado a tal grado de no aparecer en la historia de las antologías del país. Pensaba también que cuando lo terminara de leer, bien pudiera escribir un artículo decente sobre ese volumen.

Así, con esas cosas en la cabeza, llegué a Santa Ana. Me bajé en el casco de la ciudad y me dirigí a preguntar dónde quedaba exactamente la casa de la señora de Aguirre.

 

Seguí las instrucciones que me dio un policía, a quien encontré patrullando el parque central a la hora de mi arribo. Llegué hasta la calle San José del barrio El Calvario, en menos de 15 minutos. Antes de llegar a la casa #228 me percaté que afuera de ella había mucha gente vestida de negro, al acercarme vi que la casa estaba repleta de personas. Me quedé afuera totalmente perturbado por todo lo que veía. Había un muchacho entre los adultos que sollozaban. Me acerqué a él y le dije:

–Mirá, está la señora Blanca de Aguirre. El muchacho se me quedó viendo molesto.  Tardó unos cuantos segundos en responderme.

–Murió ayer. Ahora la enterraremos.

En ese momento, se me vino todo el mundo encima, o yo caí sobre el mundo hecho pedazos. No lo sé. Me empezó a doler el estómago terriblemente, como si tuviera hormigas rabiosas dentro y marcharan hacia mi cerebro en aletazos de vértigo.

–¿El qué? –alcancé a decir luego de reponerme del la impresión.

–Ayer se nos murió la viejita –me detalló chico.

Ya no tenía nada que hacer en ese lugar. Al final, sí había asistido a unas exequias.

Le di las gracias al joven y me di la vuelta rumbo a San Salvador.

En ese momento se me acercó una muchacha y me dijo:

–¿Y usted qué era de mi abuela?

Me detuve para contestarle a la atractiva morena de ojos verdes.

–Buscaba un libro que ella tenía. Me dieron la referencia y vine desde la capital a buscarla para ver si me lo prestaba para fotocopiarlo, de verdad lo necesito.

–Mi abuela tenía muchos libros. Si quiere pasa adelante y lo busca en la librera. Por mí no hay problema, muchos venían a buscarla para lo mismo y ella nunca se negó.

Con pena, pero con más agradecimiento le sonreí a la muchacha y acepté. De inmediato pasé a la casa. Ella me acompañó explicándome:

–Hemos movido todo de la sala para que hubiera espacio para poner a mi abuela y todas estas sillas que ve, los libros están al fondo del pasillo.

–Muchas gracias  –le expresé de nuevo.

La amable joven me dejó ahí buscando la antología entre un verdadero alud de libros.


218801706_471a390df2Empecé a ver cada una de las obras, a desempolvar unas más que otras. A maravillarme con los ejemplares tan extraños que poseía aquella anciana a la que nunca conocí. En la otra habitación, se escuchaban los gemidos, las alabanzas y los rezos. No dejaba de inquietarme toda aquella atmósfera, sin embargo había perdido ya todo trato, sensatez y vergüenza, como aquellos hombres, piltrafas humanas, que por sobrevivir tienen que buscar entre cantidades de basura el sustento diario, así mis manos ya no podían hacer nada más que escarbar y escarbar. Encontrar ese libro.

Treinta minutos después de remover tanto y prácticamente darle vuelta a la librera y a las cajas, encontré la antología junto a unos ejemplares de la obra de Roque Dalton. Era un libro alargado con pintoresca portada: 25 poetas jóvenes de El Salvador se leía al frente. Lo ojeé un momento. Y salí a buscar a la muchacha. Pedí permiso para salir a reproducirlo. Muy cortésmente la muchacha accedió y así pude quedarme con una copia. Regresé a la casa para devolver el libro y despedirme de la nieta de doña Blanca. Le di mis condolencias y pedí que me disculpara por haber llegado en tal momento.

–No hay pena. Que tenga un buen viaje–- me dijo.

Me regaló dos tamales para el camino. Antes de las 2 de la tarde estaba abordando el bus de regreso a la capital. En San Salvador había llovido fuerte.

 

Al día siguiente, en la mañana le hablé a Manuel para vernos en la hora del almuerzo en el lugar de siempre.  Acordamos y sólo fue cuestión de tiempo para mostrarle el hallazgo.

Al llegar la hora de la comida nos encontramos. Nos saludamos, nos actualizamos de lo que había pasado en nuestros respectivos trabajos. Luego, le dije:

–Tengo que enseñarte algo- y le pasé una página en la que yo había escrito

– ¿Un nuevo poema? –me interrogó.

– Leé, a ver qué te parece.

La hoja que le di decía:

25 poetas jóvenes de El Salvador, compilada por José Luis Valle y publicada bajo el sello del Ministerio de Educación, en 1971. Pese a que lleva en su nombre de “25 poetas” en realidad contiene a 31 autores. Por una cronología básica, es la segunda antología de poesía joven en El Salvador. Su tiraje fue de 500 ejemplares de 78 páginas cada uno.

Su prólogo dice lo siguiente:

 Este libro es la respuesta espiritual más elocuente al proceso de automatización y materialización que tanto nos alarma y espanta: 31 (y no 25) poetas jóvenes, en este país tan contradictorio y nada generoso para el cultivo de todo lo que no sea moneda. Es tan vigoroso y significativo el movimiento literario actual en El Salvador, que dudamos nos pueda superar otro país con iguales recursos y trayectoria creativa. Hacer una selección de poetas es tarea temerosa y arriesgada. Pensar en no equivocarse es algo utópico. Querer justificar errores resulta ingenuo. Muchos críticos profanos desconocerán y tratarán de vapulear nuestra labor. Pero eso no nos preocupa, porque ya sabemos lo fácil que es criticar y destruir. Libres de intrigas, personalismos y apasionamientos, ofrecemos esta amalgama de sueños y ritos. Lo que me faltó decir lo dirá cada uno de los poemas siguientes.

José Luis Valle

En 25 jóvenes poetas jóvenes de El Salvador figuran los siguientes autores:

 

Julio Iraheta Santos, Salvador Juárez, José María Cuellar, Ricardo Castro Rivas, Uriel Valencia, Mauricio Marquina, David Escobar Galindo, Roberto Monterrosa h., Rafael Mendoza, Hermann Méndez, Ricardo Lindo, David Hernández, Manuel Sorto, Alonso Montoya y Barra

Ulises Masí, Alfonso Quijada Urías, Juan Pablo Armando Martínez, José Luis Valle, Jorge Campos, Eduardo Sancho, Jaime Suarez, Rigoberto Góngora, Ricardo Humano, Alejandro Masís, Luis Felipe Minero, Salomón Rivera, Emiliano Androski Flamenco, Ovidio Villafuerte

Rolando Costa, Reyes Gilberto Arévalo y Salvador Silis.

25 jóvenes poetas de El Salvador carece de información bibliográfica y de procedencia de los textos.

 

Al terminar de leer, Manuel me miró totalmente extrañado.

–¿Y esto? –preguntó.

–¿De dónde lo sacaste?

–De por ahí. – le dije al mismo tiempo que sacaba de mi maletín el ejemplar fotocopiado y se lo entregaba.

–Es que vos Vlady, –me dijo sonriendo.

–Sí sos un loco-antología.

Nos carcajeamos. Inmediatamente le respondí:

–No, a lo mejor sea un loco “de antología”. Manuel se echó a reír y siguió masticando gustoso el pan con gordillo. El satisfecho era yo.


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Comentarios   

 
0 #2 Roxana Gonzalez 27-02-2013 18:31
Wow! Pues yo mas de 12 anos despues de haber sido alumna de Jose Luis Valle y me dio curiosidad y lo busque por nombre encontrando nomas que 3 o 4 fotos de el y junto a los resultados de busqueda esta historia que lei hasta al fin. Nosotros que lo tuvimos tan cerca para ser sincera no apreciamos el duro trabajo que tenia el Lic Valle o Don Coyote como le apodaban. Gran maestro y catedratico.
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0 #1 Carlos V elis 07-07-2012 03:22
Excelente historia. 1971, gran año para el arte juvenil de la época. 69, 70 y 71, se celebraron los festivales estudiantiles de arte, donde surgió toda una generación de creadores. Lo único bueno que hizo el PCN, hasta que se dieron cuenta que estábamos aprendiendo a pensar y aquello terminó.
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