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San Salvador, 18 de nov. de 2017
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La casa de Bernarda Alba y el miscast

Martes 7 de diciembre de 2010

Por Héctor Ismael Sermeño*

El teatro salvadoreño tiene un problema serio  que dura hasta el día de hoy: el miscast.  Indudablemente que no es específico de nuestro país. Este fenómeno se da en todo el mundo, en todo lo que tiene que ver con la actuación, incluyendo el cine.

Miscast significa darle un papel a alguien que no le va. El actor o la actriz resultan inapropiados para el papel que el productor y, o el director, quienes en ocasiones también hacen miscast, decidieron otorgarles. En casi todos los montajes salvadoreños se presenta esta situación. Unas veces más marcadas que en otras,  algunos no lo resienten por el conjunto, pero allí están.

El asunto se agudiza en El Salvador por la exigua cantidad de actores, porque muchos de ellos quieren hacer lo que les gusta y no lo que deben,  ya que se autoproducen  y autodirigen y porque con una obra de más de cinco personajes ya se les vuelve complicado; sobre todo si  hay una media docena de montajes o una «muestra», como la que acaba de fenecer y que sirve, precisamente de muestra de lo que les apunto. Es otro fenómeno a superar en nuestras artes escénicas, inclusive en la danza y en la ópera.

La directora teatral salvadoreña Tatiana de la Ossa es proclive a los montajes grandilocuentes y con muchos actores en el escenario, recuerden «La Virgen de Guadalupe», «Historia salvadoreña», para el colegio Maya, etc. Se arriesga y pone en escena un clásico mundial que, incluso en nuestro país ha sido representada bastante dignamente por directores como Roberto Salomón y Santiago  Nogales. Las primeras actrices Gilda Levín e Isabel Dada, como la Bernarda;  con las no menos primeras figuras: Mema Dueñas y Mercy Flores  como la Poncia, en sus respectivos montajes, han pasado a la historia reciente del mejor teatro salvadoreño.

De la Ossa utiliza bien el espacio y la apropiada escenografía, le pone música para televisión y dignifica el vestuario, excepción hecha de Bernarda que usa encaje y bordados rojos sobre el negro del luto riguroso que durará ocho años, en un miscast de vestuario. Sin embargo el miscast se extiende a casi todo el elenco y hace que la dirección de actrices tambalee a cada rato. En medio de todo,  la bella y talentosa Alejandra Nolasco crea una Adela estupenda y la excelente Dinora Alfaro, consigue que la secundaria Magdalena, sobresalga tanto que se vuelve primaria. Las demás actrices tratan de cumplir, pero evidencian distintas escuelas de actuación; lo cual no es malo si se maneja con dirección adecuada;  algunas, inexperiencia y otras, desconocimiento histórico de la conducta, sociología y antropología de los personajes que les asignaron. Esto propicia que su  conducta escénica  no siempre  encaje con la tipificación de sus personajes. Todo esto en  función del elemento cotidiano de la vida,  permanentemente pautado por Federico García Lorca  durante toda la obra y, que por muy universal que sea,   denotan y connotan lo necesario y más para entender la claustrofobia, el encarcelamiento sicológico y  la autodestrucción sexual de los personajes; aumentada por la represión dictatorial de Bernarda en un micro universo familiar- político- social-cultural, intentado subvertir únicamente por Adela.

Para quienes no conocen el texto original, debo mencionar que Adela se suicida ahorcándose, no la matan sus hermanas  o, en todo caso, no la ayudan a morir. Sin embargo es una escena muy buena cuando muere ahogada  y sus hermanas sienten alivio, pero también asumen que murieron sus esperanzas y ellas, también un poco. De lo más rescatable del montaje.

A la función que asistí, parece ser que la última de la temporada en el increíble Teatro Nacional, llegamos únicamente 64 personas, me informaron que a la anterior habían asistido  solo 14: ¿signos de los tiempos?  Sin embargo me sentí bastante bien, ya que la  platea contaba con la presencia de la inmensa Isabel Dada, la gran actriz Mercy Flores y la muy talentosa Dinora Cañénguez. Suficiente.

 

* El autor es escritor, historiador y crítico de arte.

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