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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Julio de 2017
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La casa de León Trotsky

Por Jorge Castellón


Pasé de largo la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, con un sentimiento ambiguo  de acometer un acto iconoclasta y la  convicción de saberme disculpado. Allí estaba esa casa pintada de un vivo azul celeste, a cuya puerta  y paredes se arrimaba una larga fila de medio centenar de personas, y que parecía decirme: “Y tú pa´ dónde vas, no ves que estoy aquí”. Mientras yo creía responderle:”Te veo horita, voy a ver a tu antiguo huésped”… sabiendo que quizás no volvería.


Caminé entonces las cinco cuadras que separan  aquella casa azul del lugar que era mi  destino, cruzando la calle Londres, luego la Berlín, para encontrarme, como un preludio inesperado,  con un sitio que también buscaba, -motivado por el titulo de una de las obras de Sergio Pitol: El mago de Viena-. Es que allí, en esa misma calle Viena a la que había llegado, allí donde ella se junta con la calle Morelos, encontré esa otra casa de muros ya envejecidos de un color  verde pálido, y que  delata, por su desgaste de mil lluvias, que otrora quizá fue blanca y luminosa, cuando estuvo en medio de un bosque ya perdido donde abundaban los coyotes, y que ahora es la bella Coyoacán. Sobre el muro de aquella esquina pude ver una placa circular, bien conservada y adornada en su circunferencia por motivos azules, como un plato de fina talavera poblana, que rezaba: Casa León Trotsky.  


Se entra a la casa, no por donde solían hacerlo sus antiguos residentes a finales de la década de los años treinta, sino por el lado que da a la Avenida Rio Churubusco, que en esa época era un río. A esta casa, con el correr de aquellos años, se le fueron añadiendo muros para tapar ventanas; paredes, para cubrir cercas, y a sus esquinas, pequeñas atalayas, que le fueron dando la apariencia de un viejo castillo medieval.


La primera impresión que causa una vez se está adentro es el de una amena serenidad.  Sus muros parecen partir el exterior y el interior de manera rotunda, y uno tiene la sensación que ha quedado encerrado en un mundo aparte, lleno de silencio y detenido en no sé qué tiempo.  Se accede a ella por el área de los antiguos gallineros y jaulas de conejos, animales a los que el antiguo residente de la casa cuidaba con afán. Allí están esas jaulas verdes, vacías de vida, como un recuerdo hueco; más allá, los cuartos de los guardias, separados físicamente de la residencia principal; y luego, el gran jardín, que se ubica al centro, con breves callecitas que comunican hacia los diferentes partes de toda la vivienda. Predomina por doquier el verde profuso de la grama, los helechos y las hiedras sobre las paredes. ¡Qué linda ha de ser la lluvia cuando cae en esta casa!


Adentro aun los objetos más sencillos han quedado congelados, detenidos en su rutina doméstica en un día ya  olvidado, que vuelve momentáneamente a la vida al contacto de la mirada: tasas, platos, manteles, camas hechas, una tina de metal, ollas, plumas, antiguas máquinas de escribir, radios, teléfonos, vasijas…


La sala de trabajo o el estudio -muy bien equipado- alberga  tres escritorios donde  uno se imagina a asiduos secretarios que sobre ruidosas teclas acaban cartas, editan artículos, escriben notas o reseñas  y toman dictados. En una esquina de ese estudio hay un radio, modernísimo para su época, donde el revolucionario ruso escuchaba las noticias del mundo, y más acá, enfrente de la puerta que ve al jardín, un estante de libros escritos en francés, ruso e inglés, tres de los seis idiomas que León Trotsky dominaba.

En el interior de la casa, destaca por sobre todo lo demás una habitación que da al comedor, donde se halla el escritorio de trabajo del famoso camarada de Lenin. La mesa es amplia, ordenada y limpia con un mapa de México empotrado a espaldas y bañada de luz por una ventana lateral, que no da a la calle, sino a un sector del jardín.  Frente al escritorio, a unos cuantos pasos,  hay una sencilla cama, y uno cree escuchar los tres pasos de un hombre sexagenario que en la madrugada, después de arrojar sus lentes sobre la superficie de la mesa, se deja caer vencido por el sueño.


Los libros en esta habitación se mantienen pulcros y ordenados en una larga librera, protegidos del tiempo con un cristal, y llama mi curiosidad la existencia, entre otras, de las obras de Jean Paul Sartre, que me crea una confusión de fechas. Al indagar su procedencia me informan que la casa continuó siendo habitada por el nieto de Trotsky hasta la década de los años setenta, lo que explica que haya habido en el cuarto del gran refugiado ucraniano, obras posteriores a su muerte.

Afuera, en medio del jardín, descubrí de súbito el intensísimo color rojo de una bandera atada a su asta, pero que se ha dejado caer ella misma sobre el lado derecho de un mausoleo; una bandera yacente sobre un nombre propio y ese antiguo escudo, labrado en el concreto de este rectángulo erguido: una hoz y un martillo, impresos en la piedra gris, marcando un vacio, como si un día hubiesen sido arrancadas de sus moldes sendas piezas, para luego desaparecer por el mundo como fantasmas… quizás, sin dejar rastro.  

Nota: El diario El País de España, en el suplemento El país semanal recientemente ha publicado un más que interesante reportaje, con la última persona que vio vivo a León Trotsky, su nieto Esteban Volkov.

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