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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 27 de Junio de 2017
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La cultura antes y después del 1992

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 Es urgente desmontar el sistema de insensibilidad,  intransigencia y   sectarismo que prevalece en El Salvador  

 

Por Carlos Velis

LOS ANGELES - Cuando se habla de cultura, es como navegar en el ancho mar. Cultura se asocia con arte y no deja de tener su relación. Aunque la cultura en mucho más que eso. Hablar de cultura es hablar de costumbres, tradiciones, creencias, valores individuales y sociales. Es el eje transversal que involucra y, en alguna medida, determina todas las actividades humanas. La cultura, haciendo un intento de definición, es el cúmulo de los valores intangibles que conforman el alma de un pueblo. Estudiar la cultura de un pueblo, nos da la medida de su desarrollo y sus fortalezas, así como el diagnóstico más exacto de sus debilidades y dolencias sociales.

 

Comenzaré diciendo premisas que todo el mundo conoce. En El Salvador hubo una guerra civil. Está en discusión el término, porque a los salvadoreños nos gusta usar eufemismos, pero mi posición es que de 1979 a 1992, hubo una guerra civil. Y la segunda, es que en 1992, el 16 de enero, se firmó la paz, con base en términos que se llaman, desde entonces, los Acuerdos de Paz. Pero ¿quiénes somos esos que hicimos la guerra? El porqué se ha discutido mucho. Por parte de las organizaciones sociales, las causas son el hambre, la miseria, la opresión; por parte de la derecha, la inherencia extranjera, la agresión comunista.

 

Entonces, sin entrar en ese viejo berenjenal de razones, similar al consabido cuento del huevo o la gallina, me voy a centrar en mi pregunta inicial. Quiénes somos. Al definir el perfil de El Salvador como pueblo, sin lugar a dudas llegaremos a comprender las razones de nuestra conducta durante una década. De hecho, esta guerra se gestó por largos y dolorosos años y tenemos, en la actualidad, una larga y dolorosa postguerra. Mi tesis es que los salvadoreños seguimos siendo los mismos que hicimos la guerra. Llegamos a una paz, por razones sociológicas y geopolíticas, muy complicadas que se salen del marco de este humilde trabajo, pero no cambiamos internamente para construir la paz. Eso no quiere decir que no creo en esa paz; soy de los optimistas que creo en el actual proceso y que los logros de los Acuerdos de Paz son medulares y que esa fecha es tan importante como el 15 de septiembre, día de la Declaración de Independencia de Centro América, pero también creo que culturalmente, seguimos siendo los mismos que hicimos la guerra. Los que, tomando las palabras de Roque Dalton, nacimos medio muertos en 1932.

 

Ahora bien, lo esencial es si podemos ser diferentes. ¿Podemos transformarnos de un pueblo violento, que reporta centenares de asesinatos por mes, a ser un pueblo de paz, en donde, a pesar de nuestras diferencias, seamos capaces de vivir con tolerancia y, eventualmente, en armonía?

Allí es donde entra la misión de la cultura. Sólo por medio de la cultura seremos capaces de derrotar esa estructura fatídica que nos está condenando a vivir en un círculo vicioso, volviendo sobre nuestros errores.

 

La guerra nos obligó a romper el tabú de arrebatar una vida. Nos hizo capaces de matar o, en última instancia, de aceptar la muerte como algo connatural a lo que estábamos viviendo. Es muy feo decirlo, pero hubo una “educación” para la guerra. Los primeros años de gestación de las organizaciones guerrilleras, fueron para implantar la cultura de la muerte. El 16 de enero de 1992 firmamos la paz. Las ánimas de los fusiles se enfriaron, los guerreros de ambas partes regresaron a sus casas a encontrarse con la realidad y ahora, están unidos, hombro con hombro para reclamar sus derechos, que al fin de cuentas, eran los mismos. Entonces, ¿por qué no estamos en paz? Aventuremos una conclusión preliminar. Esta guerra no es la misma guerra.

 

Permítanme disgregar el tema y abrir un paréntesis político necesario. En aquellos primeros años de los Acuerdos de Paz, el poeta David Escobar Galindo, miembro de la Comisión Gubernamental del Diálogo y Negociación, dijo en muchas intervenciones, que los protagonistas de la guerra debían dar el relevo a los protagonistas de la paz. Y eso no se dio. Al contrario, según mi observación desde la llanura, los bandos antes en guerra, cerraron filas en torno a posiciones todavía guerreristas pero sin armas, e impusieron liderazgos y, por qué no decirlo, personalismos en el nuevo proceso. Esta fue una trampa mutua, en la que la derecha llevaba las de ganar, al disponer de todo el aparataje, tanto oficial, como de la extrema derecha acuartelada en sus monopolios mediáticos. Hasta que se firmó la paz, la izquierda tuvo un importante número de publicaciones, libros, revistas, periódicos, hojas volantes, etc., varias producciones de audiovisuales, dos radios clandestinas, artistas nacionales y extranjeros haciendo solidaridad por el mundo, etc. Todo eso, en poco tiempo, desapareció. Fuimos capaces de doblarle la mano a la derecha mundial, que apostó a nuestra derrota en las armas, con todo lo que pudo; atar de manos y pies a los pavorosos escuadrones de la muerte, darle el tiro de gracia al autoritarismo más recalcitrante, representado en los partidos de derecha, que habían proscrito conciencias e ideologías, cuando en la Constitución de 1989, tuvieron que aceptar la legalidad de partidos como el comunista. Y, desde 1994, compartir el Poder Legislativo con los ex guerrilleros ahora convertidos en diputados, electos por las reglas del juego democrático, pero nos falló la estrategia para propiciar una verdadera reconciliación nacional; no pudimos aprovechar la apertura que nosotros mismos habíamos logrado con mucho esfuerzo, para transformar nuestra sociedad.

 

Pero como estamos en un paréntesis político, debo decir que en ese campo, los logros fueron fundamentales. Durante los últimos quince años, desde que el FMLN participó en elecciones y ganó el 25% de diputaciones, su crecimiento ha sido constante. En las últimas elecciones llegó a detentar el 35%. Sin mencionar los poderes locales. Tomando en cuenta que ha sido una pelea nada limpia, donde las trampas y fraudes a los que la derecha es muy ducha –votan los muertos, otros tienen doble identidad y hasta muchos centroamericanos han adquirido la ciudadanía salvadoreña automática–, el avance político de la izquierda se presenta muy sólido. Tanto, que logra arrebatar el Ejecutivo a una verdadera mafia política. Así, podemos inferir que en El Salvador ha habido un avance en la conciencia política entre la población. No tanto como quisiéramos, pero es una realidad, según estos datos.

 

Cerramos este paréntesis político y aterrizamos en lo nuestro. La transformación de los pueblos, la construcción de nuevas estructuras mentales y sistemas sociales más justos, que nos permitan subir peldaños de progreso, sólo se consigue con una labor cultural consciente y planificada. Llegar a estos momentos en que la izquierda detenta el poder político, ha costado, como dice el nombre del grupo de rock, sangre, sudor y lágrimas. Ahora es el momento en que podemos y debemos profundizar la transformación de nuestra sociedad, pero para eso tenemos que llegar a la médula, la cultura.

 

No será una tarea fácil. Veinte años de neoliberalismo han dejado huellas profundas en la doctrina social del pueblo. En el aspecto religioso, los valores de caridad cristiana, solidaridad, amor al prójimo, fueron sustituidos por falsos principios religiosos, que predican el sectarismo, el egoísmo y la ambición materialista. En lo social, los dirigentes del partido gobernante durante esos veinte años, marcaron un estilo de conducta prepotente y discriminatoria. Como consecuencia de esa siembra, se está cosechando violencia sin sentido en todos los órdenes de la vida nacional. Por parte de las poblaciones desprotegidas, que viven en los barrancos, nace una antisociedad que impone el terror de los marginados como supervivencia; mientras, en las capas más privilegiadas, se ha generado la creencia de que pueden hacer lo que quieran, porque con dinero lo resolverán todo. Así, se han dado algunos casos de muchachos jóvenes que matan a golpes a otros. Ese es reflejo de una terrible opresión al interior de dichas familias. No hace falta ser un gran psicólogo para ver, en los últimos acontecimientos, de un hombre que mata a otro por disputarse un parqueo, de un vigilante que acribilla a un cliente en un ataque de paranoia, para darnos cuenta de que estamos ante una sociedad enferma. El síndrome de estrés postraumático de la guerra no se trató. Casualmente, mientras preparaba este escrito, el otrora poderoso ministro del Interior y líder del partido derechista –secretario de ideología, nada menos–, fue denunciado por la esposa, de malos tratos morales y físicos. Los comentarios caen por sí mismos.

 

Pero en donde el país sufrió la peor depredación, fue en la ecología, la educación y la cultura. O sea, las tres áreas que no pueden encasillarse en el ciclo capitalista de inversión y ganancia. En lo ecológico, la insensibilidad total ha dejado desprotegidos todos los recursos naturales, han contaminado ríos, han destruido flora y fauna, etc. En el área educativa, durante esos años fatídicos, cerraron centros de estudio en distritos superpoblados y permitieron la proliferación de la delincuencia dentro de los centros oficiales de enseñanza. El grueso de la población está sumido en la más profunda ignorancia. El consumismo, el sub-arte, las campañas doctrinarias de la derecha, transmitidas por los monopolios mediáticos, han producido un ciudadano sordo y ciego a su realidad. La historia patria es desconocida en casi su totalidad, a no ser por los mismos tópicos de siempre, la Independencia, Anastasio Aquino, 1932, son algunos de los más comunes, pero tamizados más por leyendas que por hechos. No tenemos un estudio serio del periodo del dictador Martínez; los ideales centroamericanistas se han prácticamente erosionado al punto que ahora, los países de la región somos más islas que antes. De la gloriosa Campaña Nacional contra el filibustero, ya no queda ni el recuerdo y el antiimperialismo en El Salvador, no pasa de ser un slogan político. El American way of life se impone en todos los ámbitos. Todo el mundo adopta las costumbres de fuera y olvida las propias. Las navidades se celebran con Santa Claus y ya nos olvidamos de los Reyes Magos. Es lamentablemente cierto que cuando un diputado argentino de visita a la Universidad Matías Delgado preguntó quién era el cura Delgado, le respondieron que el rector.

 

En lo cultural, los dueños del monopolio mediático, desde el mismo momento en que se firmó la paz, comenzaron un permanente boicot a cualquier intento de reconciliación nacional, tolerancia social y de apertura a ideas de avanzada, mientras que a la izquierda le falló el aspecto comunicológico. En la postguerra han fracasado sistemáticamente todos los proyectos comunicacionales, periódicos, revistas, radios, de la izquierda, individuales o colectivos. Por su parte, el diario de la ultraderecha, que sabe el valor que tiene una imagen, procura publicar las fotos en que los dirigentes de la izquierda se ven peor. Darían un millón por una foto de Shaffik sacándose un moco.

 

A estas alturas, la derecha ha invisibilizado, por todos los medios, la historia del periodo de la guerra. Volvió a desempolvar sus slogans de la guerra fría y permanecen hablando de “la agresión comunista” y “la destrucción que sufrió el país a manos de los terroristas”. En este tema, la izquierda ha desarrollado algunos esfuerzos por preservar la memoria. Es importante mencionar los museos temáticos que hay en varios lugares, como el Museo de la Palabra y la Imagen, el museo del penal de Santa Tecla, los museos de Cinquera y Morazán, por mencionar algunos. Pero todavía falta mucho por hacer. Hay que destacar la Labor de los internacionalistas, artistas, maestros, curas, monjas, en fin, plantar una huella donde cada persona pueda identificarse. Hay que depurar la lista de desaparecidos, con un perfil personal. Hay mucho por hacer. ¿Qué esperamos? Si hubo dinero para la guerra, ¿por qué no puede haberlo para la paz?

Por su parte, el andamiaje legal y administrativo del Estado tiene tantos obstáculos para la cultura, que se convierte en un acto de heroísmo publicar un libro, producir una obra de teatro o un disco. Aun, de Concultura se puede decir que tuvo presidentes con muy buenas intenciones, que hicieron el esfuerzo por apoyar el arte y la cultura, pero toda la estructura social conspira contra una política cultural efectiva.

 

Sin embargo, la labor de intelectuales y artistas, no se detuvo en ningún momento, a pesar de las dificultades y la insensibilidad e indiferencia que nos rodea. Durante la guerra, aparte de los y las artistas que militaron en las filas guerrilleras y muchos llegaron a sacrificar hasta su vida, como Carlos Aragón, Tamba, músico; Jehová Márquez, actor; Lilliam del Carmen Letona, artista plástica; y sigue una larga lista, los que continuaron con su obra artística, hicieron una obra urgente, que hablaba de las circunstancias que nos rodeaban. Cada uno en su estilo, de acuerdo a sus principios ideológicos, pero difícilmente se puede encontrar una obra inocua, un arte por el arte. Después de los Acuerdos de Paz, los creadores encontramos temas más universales, que hablan de un país en post guerra. Con orgullo puedo decir que la producción, tanto de arte, como de pensamiento, ha crecido enormemente en este periodo. Año con año se publica una respetable cantidad de libros, muchos de ellos por esfuerzo propio; estamos produciendo videos, corto y medio metraje, tanto de ficción, como documentales. Desde 1993, año en que se inaugura el Festival Internacional de Teatro “Creatividad sin Fronteras”, han proliferado más festivales artísticos, como el FITI, de teatro infantil, dos de poesía, el Carromato, muestra nacional de teatro; festivales de danza. En artes plásticas, se realiza el Salón Anual de Dibujo, entre otros eventos. En música, se celebra el Festival de Música Contemporánea, por mencionar algunos que me vienen a la memoria. Existen asociaciones gremiales de artistas que durante los años de gobiernos derechistas, esperaron en vano su legalización por parte del Ministerio del Interior, después de Gobernación. Es en esta nueva etapa que se ha agilizado el trámite legal.

 

También ya existen grupos de teatro y danza que tienen su local de oficinas y ensayos, mantenidos por su labor permanente, como el Taller Inestable de Experimentación Teatral y Los del Quinto Piso. Y pagan sus impuestos. Han surgido nuevos solistas de música popular. En lo intelectual, vale destacar la labor de los historiadores, que en estos años de post guerra, han producido varios libros, con una visión más científica de la historia, como Carlos Cañas Dinarte y Pedro Escalante. Lingüistas como Matías Romero, que ha elaborado una obra de largo aliento, el “Diccionario de salvadoreñismos”; novelistas, un género que se cultivó muy poco en el país, tiene dignos componentes, como Horacio Castellanos Moya, Jacinta Escudos y Berne Ayala, de proyección internacional. En San Salvador, existen en funcionamiento, cerca de diez museos.

 

Pero la actividad cultural se ha descentralizado, abarcando las ciudades del interior. Santa Tecla, Santa Ana, San Miguel, Cinquera, Perquín, Chalatenango, San José Las Flores, Suchitoto, Santo Domingo, San Esteban Catarina, Sensuntepeque, Zacatecoluca, Jucuapa, Panchimalco, entre otros, donde funcionan centros culturales de iniciativa privada, donde se imparten clases de arte y se preserva la memoria local con pequeños museos.

 

Ha plantado bandera una industria propia, ropa de telas teñidas con añil, vinos y jaleas con productos agrícolas de los lugares. Incluso, a través del internet me he enterado que se está produciendo legalmente el licor artesanal, conocido como chaparro; o sea que nuestro delicioso licor enmontañado sale de la clandestinidad.

 

Los artistas musicales cierran filas en la asociación Salvadoreños, Autores, Compositores e Intérpretes Musicales Sacim, para defender sus derechos. Fue una ardua lucha, desde su fundación en 1980, hasta su legalización en 2004, y aun después, con los intentos de los dueños de los medios de difusión por echar para atrás dicha legalización. Y no es para menos. Durante un siglo de existencia, la radiodifusión salvadoreña no ha pagado ni un cinco a los verdaderos dueños de las obras que transmiten. Verdaderas fortunas se han amasado y han llegado a detentar tanto poder, que hasta un presidente han tenido, pero a los artistas no les han reconocido sus derechos, hasta ahora que Sacim ha logrado un respaldo mundial, después de más de veinte años de lucha.

 

Al mismo tiempo, los pueblos indígenas resurgen de la sombra donde fueron sometidos por quinientos años y recuperan su voz, lo que equivale a recuperar su orgullo, por encima de su sufrimiento de opresión, miseria y masacres. Las lenguas nativas están reviviendo. El náhuatl está siendo impartido en escuelas del departamento de Sonsonate. El cacahuira, de la zona oriental, se le ha salvado de la extinción. Así también, renacen ancestrales ritos y cosmogonías. Los caracoles vuelven a sonar.

 

Lo que nos hace falta es aglutinar estos esfuerzos. Dibujar un perfil de nuestra salvadoreñidad, con sus fortalezas y debilidades, darnos una oportunidad de sentir orgullo de lo que somos. Aprender a tolerarnos en nuestras diferencias, a ver las cosas que nos acercan, antes de las que nos alejan. De parte del Estado, es necesario que trace una política cultural que le dé rumbo a sus instituciones oficiales, hasta ahora, signadas por la improvisación y el voluntarismo, más que por una línea congruente. Es urgente desmontar todo el sistema de insensibilidad social, intransigencia y sectarismo que nos hace tan proclives a la violencia. Ya no podemos seguir manteniendo un andamiaje que nos perjudica a todos, para satisfacción de unos pocos. Es urgente, repito, es urgente. Como pueblo merecemos darnos otra oportunidad.

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