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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 22 de Abril de 2017

La escalera caracol

Cuento de Gabriela Mayer, escritora y periodista argentina, con dos libros publicados

Por Gabriela Mayer

¿Serán las dos, las tres? Tal vez recién sea la una, la una y cuarto, y apenas dormí media hora. Ya hace tiempo que estoy despierto, por lo menos eso supongo. Seguramente dormí con la cabeza colgando hacia el costado, o apoyada en la ventanilla, porque tengo un calambre desde el cuello hasta el hombro derecho.

Tuve un sueño extraño y asfixiante. Poco me alivia despertarme en esta oscuridad que no sé cuánto tiempo más tardará en irse. ¿Y si fueran ya las cuatro, las cinco, y en un rato empezara a clarear en el horizonte? Pero no, imposible. José duerme con una respiración rítmica, pausada, de noche que comienza.

Cierro los ojos y me veo nuevamente en esa escalera caracol. En aquel hueco recubierto de hielo blanquiceleste, por donde mi cuerpo se desliza apretadamente y con desesperación. Rozando los congelados bordes, con ansia de que una vez superado un piso no vuelva a repetirse otro, y otro, y otro, de llegar arriba, abajo, no importa adónde, a algún lugar donde mi cuerpo no tenga que reptar ya por la estrechez que de un instante a otro amenaza dejarme sin aire. Y ahora estoy acá, despierto en esta noche cerrada, sin poder saber qué hora es.
José hace una pausa y cambia su ritmo de respiración. Nuevamente siento el ruido de las gotas que impactan sobre los vidrios. Gotitas, gotas, gotones. Gotones, gotas, gotitas.

De a momentos, creo que el agua me llega a las zapatillas, pero antes de dormirme las toqué y estaban secas. Tranquilo, tranquilo, me repito en una orden mental que cuantas más veces retumba en mi cabeza más nervioso me pone. Hay que esperar sólo a que salga el sol, nada más que eso, y pronto vamos a poder seguir.

Cómo me gustaría poder dormirme o por lo menos ver la hora. Así sabría cuánto tiempo tengo que aguantar hasta que se haga de día. Pero acá adentro no hay una mísera luz, y afuera menos.

A las ocho lo pasé a buscar al pibe, como quedé con la Patri. Ahí estaba, con todas sus cosas en un bolso azul y rojo. Y la vieja  insoportable que se le colgaba del cuello y no paraba de llorar. Ya te voy a llamar cuando llegue, repetía él intentando zafar.

Yo me volví a esperarlo al camión, me sentía incómodo ahí, en medio de tanto abrazo y tanta lágrima de cocodrilo. Si viajar es lo más común del mundo. Cuando acababa de subirme y cerrar la puerta, vi que la vieja por fin lo largó y le alcanzó una bolsa de plástico blanca. La pesada le gritaba: “Es para el viaje, es para el viaje, y llamáme, nene. No te olvides, por favor no te olvides, que yo voy a estar acá esperando”.

Me dormí de nuevo, pero habrán sido a lo sumo quince, veinte minutos. No se repitió el sueño de la escalera, pero empezó a llover otra vez, quizá hasta granizó.

Sigo sin poder ver la hora, y estoy casi seguro de que tengo los pies húmedos, aunque no me animo a tocarlos. Paso mi mano por el asiento, y compruebo que está seco. En la oscuridad, mis dedos resbalan por la superficie de la ventanilla, del parabrisas, del techo. Mido a qué distancia están de mi cuerpo, como si quisiera convencerme de que dispongo de mayor espacio que en ese sueño agobiante.

¿Cuánto faltará para que se haga de día? José duerme como si nada, ahora incluso está roncando de nuevo. Antes de dormirse todavía se hizo el canchero: ya salí de peores, pibe... Y sus manos toscas golpearon dos veces el volante, que apenas si movió. Después se tiró para atrás en el asiento y a los cinco minutos empezó a roncar.

Tengo que intentar distraerme, olvidarme del camión, de José, de Patri, del agua, de la ruta, del pueblo. Por ejemplo, pensar por qué voy a Buenos Aires. Pero no puedo.


Tenía razón la Patri con eso de que el pibe era tímido. Cuando trepó al camión se puso con cuidado el bolso entre los pies y la bolsa plástica esa arriba. Me parece que nunca se subió a un camión, porque después me dijo que le impresionaba ver todo desde tan alto.

A las ocho y cuarto ya estábamos en la ruta. Los girasoles todavía no levantaban cabeza, recién les llegaban los primeros rayos de sol. No habló casi nada.

A eso de la una paramos en una estación de servicio que tiene unos bancos y mesitas a la sombra, lo mejor para una buena siesta. El pibe sacó de la bolsa unos sándwiches de milanesa y yo compré un par de birras que no estaban del todo frías.

Ahí empezó a ablandar la lengua, y de golpe ya quería saber todo: cuánto se tardaba en llegar de un lugar a otro, cómo eran mis viajes, qué lugares conocía. Le conté que la Patagonia me gusta, pero es bravo cruzarla, andar horas y horas sin ver ni un miserable arbolito, te da un sueño de aquellos. Y la cordillera es impresionante, con la nieve, esos arroyitos, y también el cruce por Mendoza, el túnel internacional. Que en una época cuando trabajaba para la curtiembre iba tres veces por mes hasta Chile.

Ahora no, como mucho hago un viaje hasta Misiones una vez cada dos meses. Ahí sí que sabés lo que es el calor en medio de esa tierra colorada, pibe, parece que el sol te quisiera quemar vivo. El resto me la paso por acá por la provincia, que ya me la conozco como la palma de mi mano. Tres semanas viajando, y una en casa.

Hace un año le puse un motor Mercedes al compañero y no sabés cómo tira. Aunque ahora hacen esos camiones nuevos, como los que vienen de Brasil, a mí éste me encanta. No lo cambio por nada al compañero. Por nada.

Vamos al baño, pibe, le dije después de pedir agua caliente para el termo. No vamos a volver a parar hasta la noche así no nos atrasamos, que me esperan mañana. Y si hay algo que quiere el trompa en este laburo es que le cumpla bien con los horarios.

Querés que compre algo para llevar, me preguntó en el camino de vuelta del baño. Algo fresco mejor, voy arrancando al compañero.

Será que en la ciudad no está ese ambiente sofocante de todo el pueblo, que a última hora de la tarde sale a caminar por la peatonal. No está mi vieja, no está Patri, no está mi cuñado, que también siempre se mete en todo. No está el supermercado "Los Andes", donde pasé tantas tardes acomodando productos en las góndolas, atendiendo proveedores y llevando pedidos. No está Andrea, que decidió  dejarme, y desde entonces me mira con esos ojos de "te quiero pero no podemos estar juntos".

Ya pasaron tres meses desde que nos separamos, y casi no hubo semana en que no nos encontráramos por la calle, en algún negocio o en la casa de un amigo. Y que cada par de cuadras alguien se acercara para sacar el tema y dar un estúpido consejo.

A la vieja le dije que voy a estudiar Derecho, pero en realidad no sé si tengo ganas. Quiero conocer mujeres, muchas mujeres, pero que no vivan a la vuelta de tu casa, que no te encuentres en cada esquina justo cuando menos pensabas en verlas. También tengo ganas de conocer telos, muchos telos.

Oscar, el encargado del “Los Andes”, que viaja seguido a Buenos Aires, me contó que tienen espejos en los techos, hidromasajes, colchones de agua, y no sé cuántas cosas más. Cuando nos despedimos en el supermercado me prometió pasar por casa para darme algunas últimas recomendaciones, pero al final no vino. Tal vez sepa que la vieja no lo puede ver, o andaría ocupado con alguna de sus chicas y no tuvo tiempo.

En La Corinda hay un único hotel, que está en la ruta de entrada al pueblo. Oscar dice que las habitaciones son un desastre, que siempre hay que reclamar porque no cierra bien la puerta, o no baja bien la persiana, y las camas están a punto de romperse.

De todas maneras, son unos cuantos kilómetros, y sin auto ni moto es casi imposible llegar a la ruta. Por eso no me quedó otra que arreglarme con lo que hay: cuando la vieja se iba a tomar mate a lo de alguna prima, una tarde en el garaje de la casa de Andrea, otra noche en el depósito del supermercado.

Aunque sea solamente por conocer los telos vale la pena ir a Buenos Aires, me insistía Oscar en el café. Y ahora, una vez que me decidí a ir, sigo encerrado en este maldito camión.

Cuando ya hacía rato que habíamos pasado Coronel Dorrego se largó esa tormenta que todos decían venía de la costa. Era algo impresionante, una cortina de agua, y eso que si habré visto llover en la ruta. Los autos, los camiones, todos se mandaban a la banquina y prendían las balizas. No quedó un alma andando.

Tomamos la gaseosa que había comprado el pibe, que ya estaba medio caliente, y después agarré el mate. Mucho por hacer no había. ¿Dulce o amargo? Es igual, me dijo. ¿Sabés jugar a las cartas, al truco? Sí, respondió, y me pasó el mate. No resultó ser tan flojo y hasta casi pierdo el bueno. Aunque creo que tenía bastante suerte, eso que con cartas jugamos todos, es una gran verdad. Al final no tuvo con qué darme y me dijo que en la próxima parada la birra la compraba él.

Cuando ya anochecía, empezamos a andar de nuevo y el pibe se durmió un rato. Dormido parecía tener menos, unos diecisiete o dieciocho años. Creo que en realidad cumplió veinte o un poco más, dijo la flaca.

La oscuridad me jugó una mala o fue la lluvia, que en ese momento todavía era fuerte. No vi el cartel, juro y rejuro que no lo vi para nada. Y además justo la semana pasada había andado por acá y estaba todo joya.

Cuando el camión empezó a recorrer el puente, las maderas crujieron como siempre. Pero cuando estábamos llegando a la mitad, se escuchó un ruido áspero y seco que no quería terminar. Parecían haberse quebrado todas las maderas de la tierra.

Sentí putear a José. También grité durante esos metros que tardó el camión en caer, que parecieron horas interminables aunque no pueden haber sido más de un par de segundos. Creo que intenté agarrar su mano, pero él estaba aferrado al volante, casi no pude verlo, y quedé prendido a la palanca de cambios.

Recé, imploré que no nos hubiéramos desbarrancado, porque en ese momento todavía no sabía qué mierda había pasado. Pensé en mis ganas de no morir y llegar a Buenos Aires, en las charlas de café con Oscar y los ahorros que tenía guardados en el bolsillo del pantalón.
Cuando el camión finalmente tocó el agua, golpeamos las cabezas contra el techo, y después rebotamos sobre los asientos. José puteaba y puteaba, se agarraba la cabeza y creo que también lloró.

Imposible que me haya pasado a mí, pero pasó, carajo. Ahí estaba en medio del agua con el pobre compañero (y el pibe que seguramente estaría más cagado que yo). Intenté arrancarlo, pero no hubo caso. No llegaba a hacer explosión.

Voy a bajarme para ver cuánta agua hay, le avisé. José, no bajes, y si es profundo, me dijo con una voz que apenas si se escuchaba. No le faltaba razón al hermano de la Patri, se nota que el pibe tiene una buena cabeza.

No estaba seguro dónde habíamos caído. Podría ser el arroyo 5, pero tal vez no, y estábamos en un río. Saqué la soga de abajo del asiento, me la até alrededor de la cintura, hice el nudo, y en la oscuridad le entregué lo que sobraba al pibe. No la sueltes por nada, le dije. No, contestó, ahora hablando un poco más fuerte.

Después de pegarle varias patadas a la puerta se abrió. Fui bajando de a poco el pie, pero no había agua. Hasta que finalmente me decidí a dar el salto agarrándome de la manija de la puerta. El agua fría en medio de la noche me hizo temblar. Me alcanzaba las rodillas, así que calculé que si me soltaba me llegaría hasta la cintura. Y entonces la mitad de la rueda, o más, estaba en el agua.

En ese momento pensé: estoy totalmente liquidado si encima de todo se abrió la puerta de carga. Pero no, si le puse el candado grande, acá está la llave en la guantera. Menos mal.

Sigo sin poder dormir, ya sé que es imposible que el agua se lleve al camión y a nosotros adentro, ya me dijo lo del tonelaje y no sé qué historias, pero me parece que el agua está subiendo. Tal vez me mojé los pies en el momento de la caída, ahí entró agua.

Cuando se desmoronó el puente serían las nueve de la noche. Ahora no sé qué hora es, pero José dice que cuando sea de día vamos a avisar a La Corinda y buscar a alguien que nos ayude a remolcar el camión y sacarlo, que con esta oscuridad no se puede hacer nada.
Lloré de bronca, de impotencia. A eso de las diez de la noche le lancé la pregunta, sólo para tratar de distraerme un poco. José, por qué razón quisieras no morirte, y ahí me dijo: por la Patri. Yo pensaba que él me diría “por el compañero”, “porque soy joven”, o cualquier otra estúpida razón, pero sus palabras fueron “por la Patri”. Cómo por Patri, pregunté yo, que la conocés porque es empleada del depósito nomás. Se hizo un silencio.

Jurame que no vas a decir nada, jurámelo. Tu... tu hermana y yo nos queremos, estamos juntos. Es una mina bárbara, lo que pasa es que no se puede separar, le da no sé qué por el marido, por la... por tu mamá.

Y hace cuánto, preguntó bastante más tranquilo de lo que esperaba. Dos años, o un poco más. Y cuándo se ven, me preguntó después, ya medio de metido. ¿Viste que ella a veces se va los sábados y domingos? Ahí nos encontramos y la pasamos juntos el fin de semana franco que a mí me toca no viajar.

Se van en el camión, quiso saber. Sí, le dije, casi siempre. Pero no te creas que es algo así como así, de calentura nomás, va en serio. Y ella te quiere mucho, pibe, se alegró muchísimo por vos cuando le dijiste que te ibas a Buenos Aires. Le pareció que está bien, porque aunque a La Corinda la llevamos en el corazón, es verdad que ahí un gran futuro no vas a tener.

Yo directamente no veo ninguno, me respondió ahora sí bastante enojado. Bueno, tanto como nada, nada, nada, le dije contento de haber cambiado el tema y preguntándome cómo se me ocurrió abrir la boca justamente con el hermano de la Patri. La flaca me va a querer matar, va a decir que estoy totalmente loco.

José y la Patri y el camión y el agua y la puta que los parió. Hija de puta, pensé. Casi me olvidé que esa conversación increíble estaba sucediendo en medio del agua, en el mismo lugar donde seguramente él y ella habrían cogido innumerables veces. Y esa turra todavía me decía que era mi culpa que Andrea me dejara, que yo no era suficiente para ella, y me daba lecciones de moral.

Cómo me gustaría ver la cara de la vieja mientras le cuento... vieja, sabés que tu hija, la mayor, la inmaculada, tiene un amante, y es un camionero... sí, como escuchás.

De golpe me dijo: ahora decime por qué no quisieras palmar vos. No sé. Como casi nunca tengo nada para contar, y ese pueblo me enferma con sus siestas y sus constantes encuentros con gente que no vale la pena, decidí irme a Buenos Aires, y por lo menos quiero llegar, respondí para dar por cerrado el tema.

Sentía el ruido del agua, leve y perverso, que golpeaba contra la chapa o las ruedas del camión. Se hizo un silencio largo, hasta que dijo, antes de golpear el volante: ya salí de peores, pibe... voy a tratar de dormir un rato. Y cumplió. Entre tanto tocar las zapatillas, escuchar ese maldito murmullo del agua, soñar estupideces, la noche se convertía en un mal pegajoso, interminable.

A eso de las cinco y media me despertaron los rayos sobre el vidrio, el calor. Miré hacia afuera y el panorama no era tan malo, estábamos en un arroyo relativamente chico. Probé arrancar, y nada, así que bajé. El hermano de la Patri dormía como desmayado, con la cabeza apoyada sobre la ventanilla. No se despertó tampoco cuando cerré la puerta.

Salté, y el agua que ya no estaba tan fría me mojó hasta la cintura. Salí lo más rápido que pude y desde la orilla vi que la parte de atrás estaba apenas metida en el agua, pero las ruedas delanteras quedaban encajadas en la parte más profunda. Y adelante, la carrocería se veía abollada, sobre todo la trompa, que lo parió. Tantos años, pobre compañero, me hacía mal mirarlo.

A lo lejos había un caserío, tal vez desde ahí podía avisar en la empresa y también a la Patri y preguntarles si existía algún remolque en la zona, si es que no me mandaban los del seguro.

Me desperté, todavía con el dolor de cuello, y José no estaba. Se fue y me dejó acá como un gil, pensé primero. Pero no, cómo iba a dejar su camión, su “compañero”. Habría salido, estaría por ahí, habría ido a hablar por teléfono o a buscar un remolque.

Abrí con un empujoncito la puerta y calculé que el agua no me podía llegar hasta más de la rodilla. Comprobé mi equivocación al mojarme hasta la cintura. Caminé por el arroyo, rodeando el camión, lo miré detenidamente y después salí. Me senté en la orilla, y desde ahí vi el cartel que decía: DESVÍO. NO CRUZAR. PELIGRO DE DERRUMBE.

Ay, José, José, ¿cuándo voy a llegar de una puta vez a Buenos Aires? Esto me pasa por confiar en la atorranta esa de su amante.

Algunos pajaritos se habían posado sobre el techo del camión, debían ser zorzales. Cantaban y cantaban.

El sol está cada vez más alto, pronto va a hacer calor de verdad. Las piedritas sueltas al costado de la ruta hacen ruido al patearlas. Qué raro es caminar, parece todo tanto más largo. Y lo peor que en un rato tengo que ir a llamar otra vez, ninguno de esos pelotudos supo decirme nada. Va a tener que hablar con el jefe, José, llegará a eso de las ocho y media. Y la secretaria: yo le aviso en cuanto llegue, quédese tranquilo, señor.

Seguro que me quedo sin laburo. Qué se va a hacer. No importa, arreglo el compañero y ya aparecerá algo en otro lado. Se van todos al carajo, y listo, en diez años que estoy con ellos nunca tuve un accidente. Yo igual pago los arreglos, y la mercadería está bien. No va a ser fácil hablar con el tipo ese, explicarle lo que pasó. Desde que me contrató, nunca más crucé una palabra.
Me parece que no me conviene volver, entre ir y venir me va a llevar una hora. Mejor me quedo piola esperando, debajo de los árboles. Entremedio puedo llamar a la flaca y volver a la estación de servicio a preguntarle al playero del otro turno si sabe a qué hora puede llegar a pasar el hombre que tiene la chata.

Total, el pibe no se va a ir, se dará cuenta. Tal vez le tenía que haber dejado una nota. Pero no, si no soy el padre. Que espere, que se la banque. A veces viajar de arriba sale mal.

Incluso abajo del árbol hace calor. Miro a lo lejos y no registro ningún movimiento hasta el horizonte. Desde anoche me pregunto si estaré más cerca de La Corinda o de Buenos Aires. Según algunos cálculos que estuve haciendo, Buenos Aires queda a unos 300 kilómetros.
Mi vista recorre los campos, la ruta. Compruebo su total soledad. Los pájaros ya no cantan más. Es el momento, sí, es ahora.

Vuelvo al camión, tomo la llave de la guantera, salto al agua y después de treparme al paragolpes llego al candado. Cede con facilidad ante la llave que gira; las puertas se liberan con un crujido leve.

Descubro en primer lugar los cajones de manzanas de Río Negro, con los cartelitos “Red deliciosa primera calidad”. Entre las tablitas de madera se asoman tímidamente las frutas rojas.
Comienzo a tomar los cajones de más arriba, y con esfuerzo los arrojo hacia afuera. Una vez liberadas las manzanas deliciosas, me dedico a las verdes, que están guardadas debajo. Los cajones pesan igual, pero hay menos cantidad.

Doy un vistazo hacia el arroyo. Las manzanas rojas se rompen en seguida, en cambio las verdes quedan enteritas, nadan con dignidad.

Después de las manzanas aparecen las peras Williams en el medio del compartimiento. Estas sí que no resisten: apenas tocan el agua, se deshacen en pedazos.

Finalmente se presentan las verduras: numerosos cajones de lechuga (qué livianos, estos sí son fáciles de arrojar desde el fondo), algunos de morrón y un par de sacos de cebolla.

Y, casi junto a la cabina, aparecen las uvas, unas uvas redondas y negras a las que no puedo resistirme. Separo un generoso racimo.

Caen, entonces, las últimas representantes de la abultada carga. Me siento apenas un instante en el borde del compartimiento, los pies apoyados en el paragolpes, a descansar del trabajo y observar mi obra.

El arroyo toma un increíble aspecto multicolor: lechugas que nadan entre maderas, morrones que se enredan con plantas flotantes y racimos de uvas negras entre húmedas hojas violeta.
También las manzanas verdes son arrastradas por la corriente junto con ramas secas, bolsas y pieles amarronadas de cebolla.

Y los pedazos de pera, de manzana deliciosa, se van hundiendo de a poco, como si no les quedara más remedio que despedirse. A pocos metros, un remolino mezcla aún más  trozos prácticamente irreconocibles.

Algunas manzanas verdes se estacionan en la orilla, junto a varias cebollas y uno que otro morrón.

Mientras me alejo, sacudo cuidadosamente los billetes mojados, los cuento. Después me dedico a paladear las uvas, escupiendo una a una las semillas sobre el asfalto. Fruta de buena calidad, José, realmente muy buena.

Pienso con satisfacción en todos los de La Corinda, que durante semanas no se cansarán de hablar de mí.

Cierro un instante los ojos y siento que la escalera caracol se desmorona.

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