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San Salvador, 21 de Agosto de 2017
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La ética policial

eticapoli

La que debemos construir

Por Oscar A. Fernández.

Introducción.

Uno de los libros más célebres y estudiados que dio a luz el genio de Aristóteles es la Ética Nicomaquea (dedicada a su padre el rey Nicomaco), escrita en el siglo IV a. C., y en la cual se presenta el plan maestro de la concepción moral de este gran pensador, y que podríamos resumir señalando que la ética -para el mundo griego - constituye un vehículo formidable para conseguir la meta de la vida humana, un puente que, inexorablemente, debe ser transitado para alcanzar el Bien y la Felicidad.

La ética señala el elemento de unión entre lo que el hombre es por naturaleza, y lo que éste puede llegar a ser si cumple con la cristalización personal de los medios necesarios (valores) para realizar el fin que se establece en su comportamiento. En este sentido, la ética se sitúa en el centro mismo de la vida del hombre, y se consolida como la herramienta insustituible a través de la cual, el ser humano puede modificar su porvenir y alcanzar la actualización de su verdadera naturaleza.

No deja de sorprender - incluso a aquellos que nos dedicamos a la docencia e investigación humanística y política - la inquietante vigencia que adquiere el tratado aristotélico mencionado, ya que si – guardando las debidas proporciones - extrapolamos los conceptos vertidos precedentemente a la labor esencial del policía de hoy, podríamos decir que la ética policial se transforma en el elemento articulador a través del cual el policía, puede conjugar y amalgamar lo que esencialmente significa ser servidor público y lo que debe llegar a ser, en función de la normativa e institucionalidad imperante en una democracia realmente efectiva y popular.

Desde esta perspectiva, queremos sostener la hipótesis de que la ética policial - al ser una ética aplicada, vinculada prácticamente a todos los ámbitos problemáticos del quehacer humano - implica y encierra en sí misma los fundamentos y procedimientos que pueden otorgar sentido a una conducta moderna, esto es, un corpus normativo acorde y en sintonía con el actual escenario de la vida, en el cual se desenvuelven los habitantes del presente. Para lograr refrendar nuestra premisa, debemos transitar con cuidado y hacernos cargo - en primer término - de la distinción entre el comportamiento y la ética, para así, aproximarnos a lo que, realmente, pretendemos señalar cuando hablamos de que la ética policial constituye un fundamento de “sentido” para las costumbres del mundo de hoy.

Distinción entre moral y ética. La ética es una disciplina que está circunscrita en el contexto de la reflexión filosófica, vale decir, que pertenece al gran ámbito que es la filosofía. Por lo anterior, debe ser entendida como un saber que opera de acuerdo a los parámetros y metodologías propias del pensar filosófico. No es un conjunto de conocimientos cualquiera que pueda ser abordado desde una perspectiva de sentido común o con herramientas conceptuales poco rigurosas. Sin alcanzar el estatus de ciencia, la ética debe ser planteada en nuestra época, con objetivos y metodologías concretas que puedan ser bien fundamentadas, racionalizadas y puestas en práctica.

Sin embargo, para entender de modo más certero los elementos que configuran el actual escenario humano, es preciso establecer una distinción entre ambos términos, pues encierran conceptos diversos entre sí; distinción, no sólo de carácter metodológico, sino que también epistemológico o cognitivo (vale decir, de lo que significan conceptualmente). Esta aparente igualdad que ha establecido la cultura occidental entre ambos términos puede deberse al hecho de que en su etimología aluden a significaciones comunes, pero en ningún caso, similares.

Moral deriva del latín mores, que significa costumbre o morada. Alude a los modos de comportarse del hombre, lo que “acostumbra” hacer, y también de cómo mora o acostumbra vivir su vida. En cambio, ética deriva del adjetivo griego ethiké, del cual, a su vez, proviene el vocablo êthos que significa carácter y habitar. Sin lugar a dudas que las costumbres moldean el carácter de una persona y viceversa; puede ser esta una razón por la cual ambos términos se confunden con la evolución del pensamiento occidental.

Sin embargo, el peso conceptual del término êthos es mayor, por cuanto refiere no sólo a cómo el hombre se comporta en su morada, sino que principalmente alude al hecho esencial y radical de cómo el hombre es, o sea, la ética trata de dilucidar cómo el hombre habita sobre la tierra; en suma, cómo existe.

Ante estas consideraciones definiremos Moral como el conjunto de normas y reglas, de carácter relativo y convencional, destinadas a regular y modular la conducta del hombre en sociedad. Ética será una disciplina, de carácter teórico y reflexivo, que buscará racionalmente fundamentar la moral, vale decir, intentará explicar el por qué y para qué de las normas morales; en otras palabras, nos dirá por qué una norma moral debe ser cumplida y respetada, o sea, la fundamentará.

Coherentemente con lo anterior, podemos señalar que la moral ha acompañado siempre al hombre, desde que aparece en la vida. En un primer momento, no se cristaliza como una regla o una norma específica, pero sí como un tabú o una prohibición, ya sea de carácter esotérico, religioso, místico o ritual.

Por su parte, la ética occidental, surge en el siglo V a. C., con el filósofo Sócrates, quien es el primero que busca, por una vía racional, explicar el mundo moral en el cual vivía, a través del dialogar constante en el espacio público, específicamente, en el ágora o plaza del mercado de Atenas. Sin embargo, será Aristóteles (discípulo de Platón, quien a su vez fue discípulo de Sócrates) quien le otorgará a la ética el carácter que le conocemos hoy en día, a saber, el de una disciplina racionalmente estructurada que busca incansablemente explicarse y fundamentar el mundo moral.

Por su parte, las Éticas Aplicadas han surgido en nuestra cultura recién a comienzos de la década del setenta (1971). A diferencia de la ética tradicional, poseen una vocación procedimental. Esto quiere decir que, además de buscar fundamentar normas morales, su función primordial y objetivo particular será el definir metodologías y procedimientos específicos a través de los cuales sea posible y factible dar respuesta y resolver conflictos morales específicos. Esta especificidad hace que las Éticas Aplicadas sean muchas, dependiendo del ámbito del quehacer humano al cual se aplican. En este sentido, la ética policiales una ética aplicada, ya que en ella se generan procedimientos y fundamentos propios del que hacer investigativo que operan con un criterio de resolver problemáticas inherentes a la función policial.

Precisamente, es este último punto el que nos servirá de base para elaborar la conclusión que tangencialmente converge con el verdadero significado del título de nuestro artículo, y le otorga coherencia y fundamento.

La Ética Policial.

La disposición procedimental de la Ética policial.

En función de las consideraciones anteriores, podríamos señalar que los elementos procedimentales, propios del quehacer policial, no son sólo aplicables en dicho contexto. Existe una suerte de trascendencia epistemológica o cognoscitiva de la ética policial, como disciplina que tiene como función primordial orientar y modular la labor investigativa en la hora actual, marcada por la globalización y un apresurado “progreso” técnico-científico que, inexorablemente, obligan a que la ética policial se encuentre en sintonía con el escenario moral contemporáneo.

Para nadie es desconocido que, actualmente existe un enorme avance del pluralismo de las ideas, lo cual obliga a la consideración de una multiplicidad de factores a la hora de analizar los fenómenos y acontecimientos que se suscitan en nuestra época. La vertiginosa transformación técnica del planeta no es un hecho más a considerar en el análisis de las coordenadas que configuran el actual escenario moral en el que se desarrolla la vida de los seres humanos de nuestra época. La reflexión ética debe, sin duda, estar a la par con este nuevo escenario para no quedar relegada ni retrasada en su intento de encontrar fundamentos, para una moral que realmente pueda ser útil en la modulación y orientación de la existencia contemporánea.

En este sentido, resulta apropiado analizar dos términos muy usados actualmente en el lenguaje filosófico, sobre todo a la hora de intentar explicar la realidad actual: Modernidad, que refiere al período de la historia que comienza en el siglo XVI - XVII, del cual su mayor representante es el filósofo francés René Descartes, quien, a través de su famosa “Duda Metódica”, llegó a la conclusión de lo que lo único de lo cual no se puede dudar es de que SE DUDA, esto es, de que se piensa. El hombre, entonces, es una cosa que piensa, un ser eminentemente pensante, la única realidad indubitable en todo el Universo.

El sujeto moderno es el fundamento de todo lo existente, tribunal por el que todos los entes tienen que pasar para poder considerarse como existentes. El sujeto moderno es un sujeto racional, calculador y técnico. Es sujeto, es decir, base y fundamento de todo lo que es.

Postmodernidad, que alude al periodo de la historia posterior a la modernidad, en el cual viviríamos actualmente, y en el cual se habría superado la noción del hombre como sujeto a partir del cual se funda toda realidad. La verdad es que aquello está lejos de ocurrir. Hoy día, más que nunca, el ser humano se ha transformado en un individuo calculador, tecnócrata, que sólo da valor a lo que le reporta algún beneficio tangible. Es un individuo que se sitúa en el centro de todo, con un egocentrismo mayúsculo que lo lleva a pensar que es amo y señor de toda la realidad, poseedor de la verdad absoluta y capaz de modificar hasta el curso de la vida misma, como por ejemplo, a través de la manipulación genética.

En relación a esto mismo, quizás sea pertinente exponer objetivamente un hecho que se ha suscitado recién en nuestro acontecer socio-político nacional.

Para nada hemos trascendido el paradigma moderno de existencia. Seguimos entrampados en una forma despótica e irrespetuosa de comportarnos con nuestro entorno, la que nos puede llevar, incluso, a la autodestrucción. Estamos en un momento histórico. De nosotros depende encontrar una nueva forma de arraigo en la existencia, una nueva forma de pensar, una nueva forma de hacer, una nueva forma de vivir.

Excelencia, constante profesionalización, rigurosidad investigativa, incorruptibilidad, capacidad dialogante, veracidad, honestidad, equidad, trabajo en equipo, etc., no son conceptos vacíos, escindidos de una práctica concreta. Por el contrario, representan el verdadero alcance que tiene la ética policial y su real grado de universalidad, el cual ha sido alcanzado con esfuerzo, situando a la Institución a la vanguardia de la enseñanza de una ética aplicada que - no contenta con ser impartida entre los muros de la “Academia” y ser desarrollada sólo en el ámbito investigativo - sale hoy al mundo, ocupa el espacio público, se hace patente en la sociedad civil, como una nueva brújula destinada por la época a guiar la conducta humana en sociedad. La Policía no debe actuar a priori. Debe ser racional y científica, buscar fundamentos, alcanzar claridad sobre hechos objetivos y empíricos; no ser azarosa ni antojadiza. Buscar la excelencia y la perfección; no por fatua vanidad, sino que por verdadera vocación de servicio público, por haberse olvidado como digna heredera de una supuesta tradición ética del Estado de derecho, haciendo de la acción virtuosa, el medio eficaz a través del cual desarrollar su actividad inherente y esencial que es mantener la tranquilidad, la confianza ciudadana e investigar para que la ley haga su trabajo, pero hacerlo bajo un estricto paradigma moral, sin procedimientos viciados ni en su forma ni en su fondo.

Lo que busca la Policía, no es el caos, sino la paz; debe ser una institución vigilante, un faro en nuestra sociedad; no sólo es referente, horizonte y guía, sino que también ente protector y previsor.

Para lograrlo hay que trabajar sobre la base de los códices morales históricos dictados en la Constitución. La consecución de los fines anhelados se ha de forjar en el crisol mismo de la Academia y de la acción diaria que ejerce el verdadero liderazgo de las jefaturas, a través del desarrollo e internalización de hábitos positivos o virtuosos, cristalizando el carácter moral de todos sus estamentos, preparándolos y capacitándolos al más alto nivel para el uso de la deliberación y reflexión moral. Forjando costumbres, modos de ser, modos de concebir la vida, modos de existir, acordes con el radical giro que ha dado la existencia contemporánea y las exigencias de una concepción democrática más allá del marco liberal, es decir fundada en los derechos humanos y la participación activa del pueblo.

La ética policial, al buscar incansablemente internalizar la excelencia y la virtud en el actuar de todos aquellos que forman parte de la Alma Mater de la ANSP deberá transformarse en un envío, un destino, un mensaje pletórico de nuevos significados para la sociedad; en un camino, en una vía, en un “sentido” esencial para la moral de nuestra era.

 

Bibliografía.

Moyano, Patricia. Ética y liderazgo policial. Argentina.

Solores, Jesús. Servicio Público y ética policial.

Tura, Monserrat. Ética policial y sociedad libre. Cataluña. España.

Valdez M., Erick. Hacia una genuina ética policial. Chile.

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