contrACultura

Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 21 de Agosto de 2017
Imprimir

La invención del «indio adentro» en Salarrué. El otro en lo mismo (el 32 en el 74)

1-SALARRU b

A la vez que la imaginación poética sustituye la ciencia antropológica, el siglo XXI eleva tal «fraude» al estatuto de identidad nacional. El compromiso del intelectual consiste en callar los errores históricos de sus ancestros.

Por Rafael Lara-Martínez (*)

Tecnológico de Nuevo México

Desde Comala siempre…

Es un procedimiento con mucho fraude, increíblemente fraudulento [que el pensamiento crítico del siglo XXI creerá a la letra, aun si yo] no pretendo defender la autenticidad de estos recuerdos [en] el relato disimulado y alterado por completo.

Salarrué

0. Pensamiento crítico, dicen…

A treintainueve años de Catleya luna (1974) de Salarrué, interrogo un eje esencial de su legado. Sólo un temor al pensamiento crítico presupone que ideas obsoletas permanecen vigentes en el siglo XXI. «Los Izalco son atlantes que guiados por deidades de “mi yo mitológico” se lanzan a la revuelta del 32».

La introspección poética sustituiría la investigación científica. La memoria personal reemplazaría los archivos nacionales. El rostro del otro se corresponde a la imagen que el «yo astral» posee de él.

El logos indígena lo «proyecta» la actividad espiritual del artista en su trascendencia creadora. De su artificio innovador se derivan etimologías erróneas como «apuyeca» para Izalco que no significa «el hoyo de los vientos» (Salarrué), sino «agua (at) caliente o salada (puyek)». Teshcalán tampoco significa «piedra de sacrificios», sino el náhuatl-mexicano Texcallan designa una «localidad tlaxcalteca (Tlaxcallan), de tlaxcalli, «roca, elevación…» y tlan, «locativo»», etc. (Rémi-Siméon, Campbell). Como inventor, el autor autoriza fabricar una mitología náhuat-pipil que, sin prueba en los archivos, el siglo XXI reconoce fiel a un legado ancestral.

Para el pensamiento crítico, cambia la tecnología; cambia la situación política y el planeta se recalienta. Empero las ideas de antaño permanecen inmutables. El pensamiento de la figura paterna difunta sigue vivo en la conciencia de sus hijos, nosotros, quienes lo interiorizamos. En nosotros, su reencarnación presente, viven los muertos y su pensar inmutable.

A continuación, se discute una vertiente de ideas perpetuas que se heredan de los muertos: el otro en lo mismo. La diferencia yace al interior mismo del sujeto que habla. A imagen de «mi compañera ideal», el otro «se halla en mí». «El indio adentro».

I. El afluente eterno

Un afluente esencial de la Catleya luna expone la reducción del otro a lo mismo. El artista revierte el proceso generativo e «inventa» a la mujer. «¡Tú eres una mujer de carne y hueso!…yo te inventé a ti poco a poco». Entretanto, el hombre blanco letrado moldea al indígena náhuat-pipil a su imagen y semejanza.

En su espiritualidad suprema, la literatura revierte la biología bruta para imaginarse útero mental masculino que engendra a la mujer y al indígena. Sólo un hombre «francamente blanco» puede ser «francamente independiente» al crear el mundo (La sed de Sling Bader, 1971). Si «se inventa una mujer a medida de su deseo», también se concibe una etnia «escondida en el fondo de sí mismo». Como el alquimista engendra un «homúnculo», el creador procrea la historia.

Se le llame lo mismo o el espíritu, la diferencia queda anulada bajo el imperio del soberano: el «yo mitológico». Quien que se sitúa sobre lo rastrero asciende en su espiritualidad astral gracias a lo que absorbe, el otro. La totalidad del yo se recrea gracias «al indio adentro», a quien el letrado moldea según su creencia teosófica.

I. El otro en lo mismo

El testimonio astral de Salarrué niega la diferencia con argumentos del siglo XIX. Hacia la segunda mitad del siglo XX, Catleya luna contradice la filiación yuto-nahua del náhuat-pipil al convertir a los indígenas en predecesores del escritor.

Si el autor se imagina que procede de la Atlántida, el indígena sería su antecesor directo por un origen común. Pese a la conciencia racial que los distingue –«sub-raza(s) de la raza atlante»– ambos provienen del mismo sitio histórico.

A la vez que la imaginación poética sustituye la ciencia antropológica, el siglo XXI eleva tal «fraude» al estatuto de identidad nacional. El compromiso del intelectual consiste en callar los errores históricos de sus ancestros. Por una «vibración de amor» hacia mi padre difunto, encubro sus equivocaciones y las enseño como dogmas de fe.

En la «región de Tlapallan (La Tierra del Arco Iris) y a raíz del destronamiento de las dinastías aztecas, allá por el siglo XI, el gran Topilzin Axil funda y gobierna el Señorío de Cuzcatlán. Topilzin Axil, gran sacerdote y gran rey a la vez, volvía desde la tercera Tulán […] a la primitiva Tulán del Güija, la semi legendaria, pues [el] origen de los Toltecas-Nahoas, existió en un Oriente que los historiadores (ignorantes de las fuentes iniciáticas) consideran mítico, cuando en verdad era el centro original Tolteca de la antigua Atlántida y los Toltecas (esparcidos por todo el mundo) sólo eran la tercera sub-raza de la cuarta raza humana, la raza atlante, de donde derivan todos los indios americanos».

No sólo se trata de inventar un «génesis» náhuat-pipil legendario sin archivos originales. Se trata de negar las fuentes históricas y el progreso de la antropología reciente en nombre de la teosofía y sus «fuentes iniciáticas».

No interesa que los náhuat-pipiles lleguen a El Salvador antes que los aztecas lo hagan al altiplano central mexicano. Tampoco interesa que los mexicas aún no lleguen a ese altiplano hacia «el siglo XI», sino dos siglos después, lo cual denota una crasa confusión entre el período clásico, Teotihuacan, y el posclásico, Tenochtitlan («en 1496 los aztecas era un grupo subyugado»; León-Portilla)).

Menos aún interesa que las migraciones yuto-nahuas ocurran de norte a sur, por lo cual Güija no sería la cuna «primitiva». Interesa falsificar las ciencias sociales para «entronar» la introspección como fuente primaria de la historia. La evidencia del pasado no la sustentan los archivos nacionales. La verifica la memoria acomodaticia del autor.

Su «yo mitológico» es el Archivo General de la Nación. «El mundo no está sólo allí afuera, [ya] que hay en el fondo de sí mismo otro mundo», cuyo «jardín de las ideas» sustituye la realidad objetiva.

II. La memoria mística contra el archivo

Salarrué elude mencionar las fuentes primarias que sustentan sus escritos. El simulacro místico finge que el caudal mítico y lingüístico «se halla adentro», impreso en el espíritu del autor, sin la necesidad material de una biblioteca mundana.

La omnisciencia del artista reemplaza toda huella corpórea de un archivo terrestre. Según su teoría del saber, conocer implica «reconocer», ya que el mundo objetivo se halla estampado en la subjetividad de sí mismo.

En Catleya luna, la única referencia explícita se intitula Monarquía indiana (1723) de Fray Juan de Torquemada. Por tal fuente mexicana colonial, Salarrué asimila la devoción a la Virgen de Jicalapa –en la cueva de Ashpunco– a la divinidad lenca de Comitzahual (A. Chapman, Los hijos del copal y la candela, 1985/2006). El oriente lenca de El Salvador se traspone al occidente náhuat-pipil del país.

Este traslado místico permite que la creencia de Cerquín, Honduras, en la Comiçagual, se identifique a la santaneca de Ijlamat o Ilama –«anciana, vieja»– y a la devoción de la mencionada Virgen en la costa del Bálsamo. Como en la provincia de Cerquín, «la Comiçagual era mágica, hacía muchos encantos, i aíi dio à entender a la gente lo quena de Religión», en Salarrué equivale al muisca Bochica y al maya Votán (A. de Herrera y Tordesillas, Historia general, 1726).

Tal asimilación clarifica las fuentes historiográficas acalladas en Salarrué. Votán es un invento del siglo XVII, popularizado por el geógrafo alemán Alexander von Humboldt y el francés Brasseur de Bourbourg en el siglo XIX. Para este último, su presencia centroamericana demuestra la procedencia fenicia de los mayas. Esta creencia en una migración del Medio Oriente antecede la de Salarrué en su imaginario de la Atlántida.

Lo interesante de esta documentación oculta es que revela las fuentes historiográficas del esoterismo salarrueriano. Lejos de provenir de una introspección –«retorno a las regiones del origen»– se trata de fuentes primarias acalladas, incluso por el pensamiento crítico del siglo XXI. Todo sea para continuar una mistificación de uno de los padres fundadores de la literatura salvadoreña, en vez de evaluar sus logros y errores historiográficos.

III. El mismo en el 32

Esta invención afecta la denuncia tardía de la «matanza» de 1932, la cual se publica cuarenta y dos años después (1974). Las presuntas divinidades pipiles que, en su cosmogonía, guían los indígenas a la revuelta, Salarrué las traspone de sus lecturas de la mitología náhuatl-mexicana.

El verdadero contexto social de este «fraude, increíblemente fraudulento» no lo enmarcan los sucesos sociales de 1932. Lo encuadra la propia biblioteca de Salarrué. La novela es una literatura auténtica, es decir, letra que transcribe otra letra original. Por una «forma arbitraria de crear», el conocimiento enciclopédico del autor se «proyecta» hacia su «yo» indígena. Hacia el otro en lo mismo.

Las lecturas de fuentes náhuatl-mexicanas y quiché-guatemaltecas testimonian de la «tragedia de los Izalco». La cosmogonía náhuat-pipil, el autor la calca del altiplano central mexicano. Por tal razón aparece la «tl» en una lengua que carece de tal sonido.

A falta de documentos pipiles, la evidencia náhuatl-mexicana llena el vacío en la memoria de Salarrué. Figuran «Tlaloc y Chalchiutlicueye» en el «Tlalocán», al igual que los «Cenzón-Huitznahuas» en el Mictlán», Quetzalcoatl, Tezcatlipoca, Camaxtli (deidad tlaxcalteca), etc. (ojo: no corrijo los errores ortográficos del autor que saltan a la vista).

Para completar el cuadro náhuatl-mexicano, los náhuat-pipiles se vuelven maya-yucatecos a veces, quiché en otras ocasiones. Para ello, el autor inventa que una figura inmortal –Topilzín– «funda a la ciudad de Mayapán […] Chichén-Itzá […] hasta llegar a Cuscatlán» (ojo: el término Topiltzin designa un cargo político-religioso más que una persona. La confusión cargo-persona equivaldría a afirmar que el Papa actual es el mismo San Pedro, en vez de ser su representante actual en la Tierra).

El «Avatar» indígena recorrería casi toda la Mesoamérica prehispánica, «hacia el año mil», diseminando sus enseñanzas herméticas tal cual el culto al yucateco «Itzama», confundido con la chichimeca «Itzpapalotl», de Cuauahtitlán. La mescolanza arbitraria de mitologías se le atribuye a los pipiles, como si su sino –referido en náhuatl-mexicano, cacaxtle, «madero, leño, armazón»– predestinara la revuelta (náhuatl-mexicano, cacaxtli, «gancho de madera para llevar bultos; clase de pájaro», Rémi-Siméon). Por tal enredo de símbolos, no extrañará que los náhuat-pipiles conozcan el Popol Vuh del altiplano guatemalteco. Adoren a «Kukulcán», a «Kabrakán», etc.

Ya se argumentará que los «nombres extraños» sólo representan «la vestidura», un disfraz»; pero «las almas con sus atributos y ejecutivas son las mismas». Por tanto, para explicar un hecho social, étnico, que sucede en El Salvador, las mejores fuentes primarias son las extranjeras. Hay que confundir las lenguas y las mitologías ajenas para entender lo propio.

Aquellos archivos que se codifican en idiomas jamás hablados en el país testimonian lo náhuat-pipil desconocido: atlante, lenca, maya-yucateco, muisca, náhuatl-mexicano (mexica, tlaxcalteca, etc.), quiché. Todo fin nacionalista justifica los medios que Salarrué llama «fraudulentos», al inventar el pasado (1932) a guisa del presente (de Selva roja (1964) a Catleya luna (1974)).

Al igual que el pasado alimenta el presente, el otro sustenta la «busca de mí mismo». El otro es lo mismo, por quien «emprendí anhelosamente el camino hacia mi propio centro». El indígena de Salarrué es él mismo desdoblado. Es «el indio adentro».

III. ¿Pensamiento crítico? Dicen…

Sólo exijo que el siglo XXI sea más riguroso al reclamarse de un pensamiento crítico. Es necesario establecer un cotejo entre las invenciones de un autor –por más grande que sea– y la documentación primaria tachada que testimoniaría del pasado.

Por el instante, el pensamiento crítico nos conduce a la amnesia histórica. Sustituye el archivo nacional por la introspección poética de un sujeto juzgado espiritualmente superior. Su actividad sublime inventa la diferencia a imagen y semejanza de su creencia teosófica. Un argumento de poder astral reemplaza la discusión científica razonada.

La hipótesis es simple. En la confusión mítica que inicia la denuncia salarrueriana del 32, la biblioteca mesoamericana del autor enmarca la tradición oral de los Izalco. Y de tal falsificación de los archivos nacionales –sin logos náhuat-pipil– se alza un pensamiento crítico que la justifica según el imperativo de la figura paterna difunta. «No» hay que «revelar lo sucedido», ya que «pronto todo fue olvidado y relegado al pasado».

(*) Colaborador de contrACultura.


Compartir

Escribir un comentario

Norma de uso obligatoria

  • Los comentarios tienen que referirse al tema publicado
  • No se publicarán comentarios fuera de la ley local (difamaciones)
  • No está permitido el lenguaje soez ni ataques personales
  • Reservamos el derecho de eliminar comentarios inapropiados
  • Comentarios breves, no más de 20 líneas
  • No publicaremos anónimos ni falsas identidades

Aclaramos que no publicamos comentarios automáticamente

La opinión de los lectores, no es la de contrACultura


Código de seguridad
Refescar