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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Abril de 2017
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La mágica muerte y los sabios del mundo

Por: Iris Monge

Hace un tiempo conocí a un personaje salvadoreño que confesó no sentir agrado por las personas de la tercera edad.  No es que sea algo poco común el hecho de tener preferencias por ciertos tipos y sectores de la humanidad. Lo cierto es que, aunque rechacemos la condición natural de llegar a cierta edad e incluso recurramos a formas nada valientes de evadir lo inminente, o nos toque salir antes de esta realidad, todos merecemos respeto.


A inicio del siglo pasado, con las revoluciones sociales, industriales, tecnológicas y económicas, se expandió la posibilidad y exigencia de adquirir estudios, por lo que tal vez nuestros abuelos hayan visto menos apertura y se vean rechazados por ello.


¿Qué tipo de sabiduría debemos reconocerles y que una institución no la otorgue?


Algunas ciencias esotéricas y religiones sostienen que somos seres más allá de lo físico. Llámenlos cuerpos etéreos o mente y alma. Lejos de la categorización, ningún ser quedaría excluido de eso. Cuando nacemos, traemos adherido el conocimiento de todo. Venimos del hecho tan cercano de ser microscópicos y de sentir nuestra acelerada transformación. Pero a medida que crecemos  vamos dejando de razonarlo. Pueda que por el afán de aprender a comunicarnos y recibir aprobación de nuestros guiadores. Al par de aprender lo “correcto e importante”,  olvidamos lo esencial y profundo de estar vivos, llenándonos de miedos,  egoísmo y competencia. Nos explican que todo lo que deseamos tiene un costo y no es para todos, y al ver algo que no tenemos envidiamos, expropiamos  y nos convertimos en seres confundidos en el mundo del más fuerte.


Al llegar la vejez volvemos a recordar. Independientemente de recibir pensión o abandono, de reconocer cómo obramos u olvidarlo, la disminución de energía física que nos impulsaba a vivir acelerados, y el tiempo que nos queda, nos regresa la sabiduría perdida.

No hace mucho, alguien me comentaba que su abuela declarada completamente sorda vivía postrada en una silla, la cual mantenían cerca, y que repentinamente parecía escuchar, opinando sobre lo que conversaban, pero luego se volvía a quedar callada cuando le preguntaban si escuchaba. Mi abuelita, declarada completamente ciega y con Alzheimer, a quien le mostraron fotos en un celular, sin esperar que respondiera nada, opinó con certeza sobre la apariencia de los objetos. ¿Memoria emotiva?, ¿Ángel de la Guarda?, ¿poderes mágicos?  


Mi explicación es que, como en los sueños, donde tenemos “ojos” por todos lados, igual que una película, ellos tienen sus sentidos completamente despiertos, porque están despojados del patrón de aprendizaje impuesto. Estos seres responden a sus sentidos más primarios y por lo tanto lo saben todo.


Saben cómo es vivir, haber vivido, morir o haber muerto. Por lo tanto, nadie nace con dones especiales, sino que todos somos capaces, de sentir empatía; encontrar cura emocional; elegir un oficio o pareja; reconocer lo sano y lo que no. Entonces no necesitamos causar daño por placer, o venganza ni para demostrar poder sobre otro. Tampoco pensar que lo malo de dañar es que si se enteran nos culpan y castigan.


Propongo un ejercicio a partir de hoy: hacer memoria antes de dormir de todo lo hecho o mejor, escribir una reseña de cada día, y releerlo cada cierto tiempo. De ser posible, escribir algo por cada año que  hemos vivido, y quizás un día, teniendo conciencia de todo, alcancemos la sabiduría de esos seres, antes de que sea demasiado tarde, y el día de la partida nuestra y de quienes nos rodean se convierta en un hecho menos doloroso.

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