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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 24 de Marzo de 2017
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La noche que besé a Roberto Quezada

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El concierto de Joaquín Sabina en San Salvador ha dejado mil experiencias y anécdotas entrañables. Esta es la del músico Paulino Espinoza. 

Por Paulino Espinoza (*)

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San Salvador.- La noche fue perfecta. Asistíamos al segundo concierto del «Flaco de Úbeda». Había pasado más de una década desde que este extraordinario cantautor español se presentara en un hotel capitalino. En esta ocasión, era en un escenario más digno, más a la altura de este Artista: el Anfiteatro del CIFCO.

Joaquín Sabina en El Salvador era esperado por la fanaticada desde su último regreso a los escenarios después un largo período de ausencia, especialmente desde su trabajo a dúo con Juan Manuel Serrat. Con mi esposa habíamos decidido darnos de regalo de 21 aniversario de boda el privilegio de estar en una de las primeras filas y asistimos junto a nuestra hija e hijo para celebrar en familia.

La noche, sin embargo, hubiera sido «completamente perfecta», si no fuera por la torpeza de los administradores del recinto que, a pesar de que ahí se desarrollan los más importantes conciertos en El Salvador desde hace muchísimos años, aún no entienden cómo organizar aspectos elementales como el parqueo, la entrada y la salida del público. Esto, sin embargo, es harina de otro costal.

El grupo musical y el sonido: impecables; los instrumentistas, sobrios y virtuosos. Cada nota, cada coro, cada acento y cada giro armónico ocurrían en el lugar y momento propicios. Las voces ocupaban el lugar que merecían. Sabina, con su voz muy recuperada, dio muestras no solo de cantautor sino de Artista, Poeta y Compositor.

El escenario representaba casi todas las obsesiones del cantante: la ciudad y sus luces, la noche inmensa y oscura, una luna casi sol y la calle y sus misterios iluminada apenas por un único farol que no alumbra.

Sus otras obsesiones fueron apareciendo con las canciones, uno de los momentos más significativos fue su recuerdo de Chabela Vargas. «Cuando nos conocimos ella me dijo: usted y yo tenemos dos cosas en común, los dos hemos sido muy borrachos y muy mujeriegos». La reacción del público se confundió entre risas de complicidad, aplausos y gritos de vivas para la Diva.

Minutos antes del inicio del concierto, en medio del barullo, cuando íbamos ingresando al recinto, justo después de saludar a un buen número de amigas con besos y abrazos, me topé con Roberto Quezada quien me dijo: «¿Y a mí no me vas a besar?»

Roberto Quezada es un músico, artesano, poeta y escritor, con quien fundamos, hace ya casi cuatro décadas, el grupo Yolocamba Itá, junto a su hermano Franklin y a Manuel de Jesús Gómez Alemán, bajo la dirección del pianista Antonio Hasbún Barake.

Con Roberto recorrimos más de mil ciudades, en una treintena de países, durante 10 años. Me une a él, no solo el cariño y la amistad por esta intensa experiencia que vivimos, si no la historia y los sueños que compartimos, al haber querido transformar este país por medio de la música en el marco de la lucha de masas de los años 70, lucha que nos mantuvo en el filo de la navaja, entre la vida y la muerte en repetidas ocasiones.

En el público habían otros queridos amigos y queridas amigas: el poeta Salvador Juárez, Quique Rusconi, la gestora Beatriz Alcaine, Salvador Canjura, la poetisa Marisol Briones, Julio Herrera Rohrer del grupo Son 3/4, la cantante Claudia López, Margarita de Las Musas Batucada, Dinora Cañénguez, Santiago, Rosario y Víctor, miembros del grupo de Teatro Moby Dick, quienes apenas pudieron llegar a tiempo pues salieron corriendo después de la función de su obra Butacas trémulas, que se encuentra en su semana de estreno. Todos amigos comprometidos con el arte y la cultura de nuestro país.

Yo le dije a Roberto, «¿cómo no te voy a besar? Si vos sabés que te quiero». Lo abracé y le di un beso (en la parte baja de la oreja izquierda).

Con esa muestra de afecto abrazaba y besaba a todos mis amigos y amigas que comparten conmigo la experiencia de la música y la historia, en ese grupo que ha dejado una huella imborrable en la cultura salvadoreña: mi hermano Andrés, Herbert, Franklin, Guillermo Cuéllar, Alvar, Neftalí y Rolo y a mis amigos y compañeros Juan Carlos Berríos, Julio Burgos, Edwin Cotto, Ramón Merino, Sergio, Claudia López, Cecia, Bianca, Carlos Romero, Víctor Canizales, Mauricio López, Lorena, Nadia, Abril, Carlos Pacheco y La Cayetana, Jaimito, Roberto Herrador, Alberto Masferrer, Oscar Samayoa, Eduardo Quijano y Rodolfo O`Meany.

Jueves 22 de noviembre, día de Santa Cecilia de Roma, patrona de todos y todas quienes vivimos en la música.

(*) Promotor cultural.

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Comentarios   

 
0 #1 Carlos Hernández 02-12-2013 20:37
Te invito Paulino, a que un día puedan escribir en conjunto con Yolocamba Itá, las memorias de esos 10 años. Ojalá algún día lo logren y enriquezcan con ello la literatura sobre los años 80's. Un abrazo... ¡nada más!
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