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San Salvador, 23 de Agosto de 2017
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La (pos)memoria salvadoreña: una conversación intergeneracional

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Evelyn Galindo se sumerge en la Pos memoria vista a través de diferentes generaciones que, de un modo  otro, fueron alcanzados por las consecuencias históricas de la guerra.

Por Evelyn Galindo-Doucette (*)

MADISON, WISCONSIN. Como muchos salvadoreños que andan por los treinta y pico, nací en mala época.  En 1976 la guerra estaba a punto de estallar y cuando yo apenas cumplía los cuatro años, mi familia se unió a las olas de diáspora rumbo Nicaragua, México, y los Estados Unidos, entre otros países.  En gran parte las memorias que he ido formando para entender la situación en El Salvador de los 70’s y los 80’s, décadas que marcaron tan tajadamente mi vida, las he heredado de mi mamá; mis recuerdos son los que ella ha dibujado en mi imaginación con sus historias de estudiante de filosofía en la UCA, con sus fotos a caballo con amigos en la playa y con sus libros que son pequeños archivos de las ideologías de la época.  Como le tocó a ella vivir un momento tan transcendente, siento que ese pasado heredado ha desplazado, en cuanto a la formación de mi subjetividad y de mi identidad, a mis propias experiencias.   

¿Cómo recordamos la guerra los salvadoreños que eramos niños pequeños en los 80, los que nos fuimos y los que se quedaron en el país, y las generaciones que nacieron después de la firma de los acuerdos de paz?  La transmisión de una conexión con el pasado; de recuerdos, de cierto afecto por personas y eventos de una generación a otra lo define la crítica Marianne Hirsch como la «(pos)memoria.  Aquí participan siete escritores y artistas salvadoreños de varias generaciones en explorar dos aspectos de la «(pos)memoria» ; primero, la transmisión intergeneracional de memorias y, de ahí, la ética de cargar con el pasado:

1. ¿Se están transmitiendo de una generación a otra las memorias de la guerra de los años 80 y de 1932?  ¿Cómo? 

Vladimir Amaya: Sí, se hace. Sobre todo memorias de la guerra de los años 80. Las de 1932 sólo el que lea textos referidos al tema lo conocerá. Las memorias de guerra de los años 80, además de aprenderse de manera bibliográfica, hay padres, hermanos mayores, tías e incluso vecinos que comparten sus experiencias del conflicto con los menores. He podido detectar la misma dinámica entre los artistas y escritores.  Los mayores comparten, entre todo ese odio y frustración sobre la guerra, sus experiencias, y del mismo modo trasmiten a las nuevas generaciones la memoria de  artistas y escritores que cayeron en  pleno conflicto.    

David Escobar Galindo: Hay que distinguir: una cosa es la transmisión espontánea y otra cosa es la transmisión programática. La primera ocurre siempre, aunque sea muy difícil medirla y evaluarla. La segunda casi siempre se contamina con los intereses de quienes la programan. En lo que se refiere al fenómeno de los años 80 del pasado siglo, en estos días convivimos en El Salvador los que vivimos la preguerra y la guerra, los que sólo vivieron la guerra y los que sólo tienen vivencia posterior. Es un fenómeno de trasvases continuos. Nadie escapa a la historia, así como nadie puede escapar al presente y al futuro.

Jacinta Escudos: No. No se está transmitiendo nada de generación a generación, mucho menos dentro de las familias. Por lo menos es mi impresión. Creo que hay en muchos casos vergüenza personal o una actitud de secretismo asumida como una conducta, que en algún momento fue necesaria para la sobrevivencia tanto física (por las persecuciones políticas de ambos momentos) como psicológica y emocional (para no ser juzgados ni condenados por parientes, amigos y el entorno). Al día de hoy siento que hay gente que tiene algo de pudor en mencionar que estuvo en equis organización guerrillera, porque todavía, al día de hoy, te juzgan por ello y se monta un prejuicio en cuanto a quién sos. Lo digo por experiencia. Y por eso prefiero ni mencionar que estuve en una organización, ni hablar de lo que hice, etc. Esto es muy complejo, y es difícil contestar en breves líneas.

Carmen González Huguét: Hablar de «verdad histórica» en El Salvador es muy difícil. Izquierdas y derechas manipulan los hechos tratando de llevar agua a su molino. Por eso lo que yo intentaba hacer, cuando eso era posible, era ir a las fuentes primarias, a los documentos. Y cuando no era posible, a textos juzgados más «ecuánimes», como el libro de Thomas Anderson, en el caso del 32, o directamente al Informe de la Comisión de la Verdad en el caso del conflicto, aunque a la gente de derechas no les gusta el informe porque lo consideran parcial, a favor de la izquierda.

Roberto Huezo:Si, Ellacu y mi padre, fueron como puertas que se abrieron para que viese lo que pasó.  Ellacu desde su  «realidad real», mi padre como lo sufrido por él. Ellacu como la realidad re pensada por la teología de la liberación.  Mi padre desde la perspectiva política, del partido abril y mayo, del cual fue fundador. 

Miguel Huezo Mixco: Son dos eventos muy remotos entre sí. Entre 1932 y 1980 hay, al menos, dos generaciones. Sin embargo, creo que los sucesos del 32 tienen en nuestros días una transmisión, para usar tu término, más compleja que la que tuvimos, por ejemplo, en los años 70-80. Ahora es posible acceder a un número importante de investigaciones históricas, la mayoría de ellas muy consistentes. Antes se tuvo principalmente una transmisión muy mediada por la propaganda, si bien hubo investigaciones pioneras, como la de Thomas Andersen. Con respecto a la guerra interna de los años 80, la transmisión ha sido principalmente periodística y propagandística. También han tenido un peso los testimonios escritos por protagonistas del conflicto, principalmente desde el lado de la guerrilla, aunque existen publicaciones de ficción, inclusive en el cine.

Miroslava Rosales: Sí considero que hay una transmisión, aunque muchas veces esta suele responder a una lectura sumamente reduccionista o vinculada al discurso oficial de un partido. Esto crea un serio problema, pues cada organización política vendría a tener su «verdad» y sus «héroes» y, por lo tanto, los hechos incómodos se ocultan.

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2. ¿Hay una obligación ética de recordar la guerra de los 80 y la matanza de 1932?  ¿Por qué sí o por qué no?

Vladimir Amaya: La hay, pero con la idea de crecer y de no olvidar para repetir. Y no simplemente como parte de un discurso vano, aburrido y poco inteligente que se contradiga con nuestras acciones. No volver a estas fechas símbolos nada más, como un «15 de septiembre» o un «11 de noviembre» más. Sino encontrar primero la esencia y lo que significa estos hechos, digerirlos bien, profundizar, tomar fundamento para que la práctica de esta moral, nos haga avanzar más allá de las puras palabras y las poses. 

David Escobar Galindo: Más que una obligación ética es un imperativo existencial. En tanto más y mejor se conoce, y sobre todo en tanto más y mejor se reconoce y se vivencia lo que pasó, hay mayores posibilidades de completar los rompecabezas del momento actual. La vida, tanto personal como colectiva, es una cadena de causas y efectos. Y se trata de una cadena siempre abierta. Los sucesos de 1932 y los de la década de los 80 son eslabones vitales en esa cadena.

Jacinta Escudos: No me gusta la palabra «obligación» y combinado con «ética», me conflictúa mucho. No creo que esto sea realmente una «obligación», pero tampoco es sencilla esta respuesta. Como yo lo veo, el individuo no puede asumir una «obligación ética» hacia ninguna cosa, si no es como resultado de un proceso interior franco que pasa por hacer toda una elaboración emocional. Uno llega a la conclusión de que su deber es hacer la tarea del recuerdo para las generaciones posteriores. Pero no es nada más «recordar». Es compartir la experiencia personal para dejar testimonio. Por lo menos es la conclusión personal a la que yo llegué. No es hasta hace pocos años (2 quizás), en que auto-analizando muchas cosas personales y familiares, llegué a la conclusión de que viví un periodo y en unas circunstancias y lugares que pocas gentes han estado. Y ante la insistencia de gente, sobre todo más joven, en preguntar sobre ese tiempo (los 80 en C.A.) y ante los comentarios de dichas personas de que debería escribir sobre eso, fue que tomé conciencia de que mi experiencia (que siempre consideré intranscendente), debía contarse. No fui comandante ni nadie importante en la guerra, pero la vivencia desde lugares tan disímiles como Berlín Este y Oeste, Nicaragua, Chiapas (con refugiados guatemaltecos perseguidos por los Kaibiles) y El Salvador bueno... ahí hay muchas historias que contar. Pero no puede haber una «obligación ética» para que todos los que vivimos aquel tiempo en hacer memoria. Por obligación, nada funciona.

Carmen González Huguét: Creo que es una obligación para nosotros los maestros poner a los alumnos en conocimiento de los hechos y hacerlos reflexionar a la luz de las fuentes primarias. Y aun, de las secundarias. Los alumnos no saben nada. A lo más, lo que sus familias les han contado. Y muchas veces la información es sesgada. Hay chicos que me preguntan si de verdad hubo 30 mil muertos durante 1932. Otros me miran asombrados cuando les digo que conocí personalmente a Monseñor Romero. Siguiendo el razonamiento de Anderson, es imposible que los muertos fueran 30 mil. Pero es cierto que hubo varios miles de muertos. No es una cuestión de regateo. No es más grave si hubo diez o veinte mil muertos de más o de menos. Es un hecho terrible por donde se lo vea: ningún Estado puede masacrar impunemente a sus ciudadanos. Y eso sucedió en 1932 y volvió a suceder entre 1980 y 1992 en numerosas ocasiones. Y no me lo estoy inventando yo: lo dice el informe de la Comisión de la Verdad. Y creo que los salvadoreños debemos asumir esa verdad porque no podemos avanzar hacia ningún futuro si ignoramos ese pasado del que venimos. Por eso somos como somos y no de otro modo. 

Roberto Huezo: Sí creo que es una obligación ética.  Hay que re-laborar (Habermas), para volver a reconstruir lo que pasó.  Está contaminada la historia de esto.  Y debemos recorder en este tiempo, porque queremos «redimir», es decir quitarle la fuerza del mal que todavía tiene.  Hasta que no le quede el menor rasgo de maldad, con lo cual se mantiene el recuerdo, hasta hoy.

Miguel Huezo Mixco: Creo que existe una necesidad cultural, además de ética. Cultural en el sentido de que la sociedad salvadoreña necesita poner freno a la exclusión y el clasismo que han caracterizado las relaciones humanas en su interior. El país necesita avanzar en la solución de los problemas de convivencia y en la construcción de una ciudadanía responsable de sus derechos y deberes. Los cambios de valores, creencias, actitudes y comportamientos  --y no sólo en el mejoramiento de las condiciones económicas, o los cambios institucionales o legales-- son también decisivos para que la transformación del país opere con éxito. Ello no es posible si no aprendemos conjurar las guerras, las matanzas, las violaciones a los derechos humanos, no se consigue por decreto, sino internalizándolo como parte del ADN cultural.

Miroslava Rosales: En primer lugar, sí existe una obligación ética del Estado ante las víctimas y su dolor. Una institución que también está llamada a asumir esta labor es la universidad, así como las organizaciones civiles y la comunidad artística. Esta última puede elaborar relecturas más independientes y simbólicas, y puede colaborar en el desarrollo de museos, intervenciones de espacios públicos  y demás con el fin de poner en agenda estas experiencias traumáticas. 

(*) Columnista de contrACultura

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