contrACultura

Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Junio de 2017

La vergüenza de Dios

Dios

CUENTO. «... A Luis se le dio la oportunidad de decidir si quería nacer o no. Como parte de su «estudio», que no era más que un pasatiempo para el creador, a Luis le confirieron, temporalmente, 35 años de edad, una inteligencia normal y un corazón».

Por Francisco Ramírez Castellanos

En uno de esos experimentos raros que hace Dios de vez en cuando: a Luis se le dio la oportunidad de decidir si quería nacer o no. Como parte de su «estudio», que no era más que un pasatiempo para el creador, a Luis le confirieron, temporalmente, 35 años de edad, una inteligencia normal y un corazón más o menos bueno, de tal manera que pudiera tomar una decisión «racional», si es que eso se puede decir de las decisiones que toman los seres humanos...

Al darle vuelta a la ruleta, como siempre se hace para decidir dónde va a nacer una persona, a Luis la suerte lo haría nacer en un pequeño país centroamericano… entonces Dios lo tomó de la mano, se subieron en una de esas grandes y hermosas alfombras voladoras y le dijo: Te llevaré a dar una vuelta por allí, para que veas qué te parece y puedas tomar una mejor decisión.

Primero, Dios lo llevó a una zona residencial de la capital del país, y a Luis le gustó mucho las grandes casas con varios carros nuevos y los buenos restaurantes, cafés, bares y algunas oficinas que había por allí. Luis se mostró muy entusiasmado y le dijo a Dios: Aquí está bien bonito, aquí sí me gustaría nacer. Pero dios le dijo: Espérate, espérate, que todavía te queda mucho que ver, entonces la enorme alfombra se elevó más alto y se dirigió a un sucio tugurio que –para sorpresa de Luis- no estaba muy lejos del hermoso lugar que acababa de admirar.

Sus ojos se entristecieron al ver las grises imágenes de los niños desnudos, con grandes barrigas llenas de parásitos, jugando en la tierra del lugar. Se sorprendió también al ver lo envejecidos que se veían los jóvenes que se subían o bajaban de los autobuses y se perdían entre los laberintos de champas de lámina, cartón y llantas viejas… ¡Pum, pum, pum!, sonaron de pronto tres balazos y al voltear hacia un lado la cabeza, Luis vio cómo varios sujetos, que no parecían humanos, más bien seres sacados de algún terrible cuento de un escritor enloquecido (flacos, pequeños, raquíticos, encorvados, con las caras y el cuerpo llenos de tatuajes, pero sobre todo con una maldad inmensurable en los ojos) se acercaban bien campantes, sin miedo, al cadáver del joven vestido con uniforme escolar al que le escupieron y le dijeron: Por pendejo te pasó esto, y se fueron tranquilos, riendo, rolando y fumando un puro de marihuana ante la mirada sumisa y aterrorizada de los testigos del crimen.

No entiendo, no entiendo por qué lo mataron, dijo Luis y Dios solo le dijo, mientras elevaba nuevamente la colorida alfombra: Porque no se quiso unir a ellos. ¿Y quiénes son ellos?, preguntó un Luis agitado, desconcertado: Ellos son la ley en ese tipo de lugares, le dijo Dios.

Luego, para animarlo un poco, dios le mostró a Luis los hermosos volcanes que se elevaban majestuosos con su verde colorido a lo largo de esa franja del planeta y pasaron también encima de playas, ríos, lagunas de una belleza sin par. Desde allá arriba, Luis no pudo darse cuenta de lo contaminados que estaban todos esos bloques de agua y lo desforestadas que estaban las montañas… dios tampoco se lo mencionó.

Entonces le preguntó, allá arriba, sentados los dos en la maravillosa alfombra voladora: Dime Luis, ¿quieres nacer o no? Luis se le quedó viendo, pasmado, y para sorpresa de Dios, le preguntó: ¿Por qué viven de manera tan diferente la gente allá abajo, unos con grandes lujos, y otros en medio de la miseria? Dios suspiró y le dijo: Es que hay mucha gente mala en este país… los que viven bien, hace mucho tiempo, le quitaron todas las tierras a los que viven mal, y desde entonces, los han venido explotando sin misericordia hasta llegar al momento actual, donde unos pocos se mueren por comer mucho, y la gran mayoría por no comer casi nada…

Pero dime, Luis, ¿quieres nacer o no? Antes de decidir, respondió Luis, muéstrame la familia en la que voy a nacer… y Dios, sin decir palabra, volvió a tomar una esquina de la alfombra y la dirigió hacia una zona no muy linda, pero tampoco muy fea, un reparto de clase media baja en las afueras de la ciudad donde un hombre, bastante cansado física y mentalmente, se bajaba de un auto viejo y entraba en una pequeña casa, que parecía caja de fósforo, en la que se encontraba su mujer, también agotada, a eso de las seis de la tarde. Los dos acababan de llegar al lugar luego de permanecer más de una hora en un tráfico horrible, al finalizar su día de trabajo, él en el taller de construcción y ella en una oficina de gobierno.

Ellos serían tus padres, le dijo Dios, y entonces Luis, haciéndole un ademán con la mano, le dijo: Más cerca, más cerca, quiero oír lo que dicen... y Dios lo complació hasta llevarlo a la misma mesa de comedor donde las dos personas se habían sentado a conversar, cada uno con un vaso de agua en la mano y una sonrisa cansada en el rostro. Luis y Dios flotaban al lado de ellos, quienes no podían verlos. La pareja hablaba:

—¿Cómo te fue hoy en el trabajo, mi amor?

—Bien. Terminé una obra pero no me la quisieron pagar al precio que habíamos acordado, pero bueno, mejor es nada. Y tu día, ¿cómo estuvo, corazón?

—Estoy muy contenta porque finalizamos la propuesta de ley que vamos a presentar ante la Asamblea para ayudar a los niños pobres del país -dijo la mujer-, fue un trabajo arduo de muchos meses -añadió y guardó silencio por un momento, tomó un trago de agua y concluyó diciendo- …lástima que aquí las leyes no se cumplen.

Vistes, hombre, le dijo Dios a Luis, tus padres serán buenos, honrados y trabajadores… Pero, lo interrumpió Luis, viven cansados, frustrados y en condiciones que no se merecen, a pesar de su arduo trabajo…

Bueno, ya esto se está alargando demasiado, dijo Dios, con un poco de fastidio (empezaba a aburrirse del asunto, ya tenía ganas de irse a acostar a su gigante cama de nubes, dormir y olvidarse de su trabajo… Arrepentido de haber iniciado aquel experimento, que en vez de entretenimiento le estaba causando todo lo contrario, le dijo a Luis: Dime de una vez, ¿quieres nacer o no?

Luis se le quedó viendo muy fijamente a los ojos, sin ningún miedo y, con un poco de compasión por Dios, le preguntó: ¿Pero por qué tú, que lo puedes todo, como dicen en el cielo, no haces nada por corregir todas estas injusticias y desigualdades que ocurren en este país? Así podrías ahorrarle mucha sangre y sufrimiento a toda esta gente…

Esa pregunta, para Dios, ya fue el colmo: le tocaba ya las fibras más intimas de su alma… pero respiró hondo varias veces, se calmó y le dijo: Te voy a contar un secreto. Yo, aunque tengo la fama de que lo puedo hacer todo, casi no puedo hacer nada para ayudar a esta gente. Es bien difícil… No lo creas, este mi trabajo no es fácil, a veces me deprimo mucho y por eso intento ver hacia abajo lo menos posible… (Y me sumerjo en la bebida, iba a decir Dios, pero se quedó callado).

Luis se le quedó viendo con pena, al mismo tiempo que Dios agarraba otra esquina de la alfombra y la dirigía hacia el cielo. No, no, ¿pero qué haces?, le dijo Luis. Dios se le quedó viendo, perplejo. ¿A dónde vas?, le preguntó Luis. Bueno, bueno, al cielo, a casa, es hora de la cena, de dormir y (de echarme un par de tragos, iba a decir Dios, pero se volvió a quedar callado)… Yo sí quiero nacer, le dijo Luis a Dios, aquí y lo más pronto posible. ¿Y eso?, le pregunto Dios, A mí me parecía que todo esto te olía mal, te sabia a rancio… No me gusta nada de lo que he visto allá abajo, le dijo Luis a Dios, coincidiendo con él. Pero, después de todo, si tú no puedes hacer nada por esa gente, al menos yo puedo hacer un poquito, como lo están haciendo mis padres… Después de todo, ¿qué es la vida?, un simple momento en un infinito de tiempo… vale la pena luchar, aunque sean ínfimas nuestras victorias, ¿no te parece a ti?

Avergonzado, porque sabía que podía hacer más por los hombres de este mundo, pero que su pereza lo detenía, Dios transportó a Luis a una oficina, donde terminó de llenar unos papeles y puso el punto final. Entonces le dijo: Felicitaciones, en este momento tus padres están haciendo el amor y acabas de ser concebido… Ya quisiera yo que nacieran más personas como tú… le dio la mano, borró de su memoria todo lo que había acontecido y lo pasó al departamento de genética, donde ingresaron su alma al nuevo embrión… A los nueve meses, Luis vio la luz por primera vez…       

Compartir

Escribir un comentario

Norma de uso obligatoria

  • Los comentarios tienen que referirse al tema publicado
  • No se publicarán comentarios fuera de la ley local (difamaciones)
  • No está permitido el lenguaje soez ni ataques personales
  • Reservamos el derecho de eliminar comentarios inapropiados
  • Comentarios breves, no más de 20 líneas
  • No publicaremos anónimos ni falsas identidades

Aclaramos que no publicamos comentarios automáticamente

La opinión de los lectores, no es la de contrACultura


Código de seguridad
Refescar