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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 23 de oct. de 2017

Cuento: Leal

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Cuando ya no es posible seguir leyendo, ha lledado el momento de empezar a escribir


Por Mario Chávez Jovel

SAN SALVADOR-Cuando lo vi por última vez iba por la 112. Ya a esas alturas lo noté alterado. Escuché –estábamos en un bar lleno de gente y música- su historia. Lamento decir que no le presté atención y que las pocas ideas que lograron atravesar la muralla que el jazz sostenía en mi mente, las catalogué como un efecto del alcohol en una cabeza tan llena de historias como es la de Luís Leal.

Volví a saber de él cuando en una mañana recogí de la puerta de mi casa el matutino al que estoy subscrito. Fui, como siempre lo hago, directamente a la sección de literatura. Ahí leí su nombre y el título de su cuento: “Las angustias de mis últimas lecturas”, por Luís Leal. No pude creerlo. Antes de hundirme en su historia tomé el teléfono y hablé a Efraín. Él ya lo sabía. Le pregunté si ya había localizado a Leal. Me dijo que no. Después de un rato, colgamos. Hasta ese momento, ninguno de los dos había leído el insólito cuento de Leal (lo califico de insólito, no por su contenido, sino por la realidad humana que en él creo se encierra; además, era el único cuento que había escrito hasta entonces un erudito de la literatura).

Antes de narrarles la historia que escribió Leal, déjenme contarles cómo lo conocí: fue en la universidad. Él cursaba ingeniería química y yo sociología. Al crecer, ninguno de los dos nos dedicamos a nuestra carrera, pero eso no viene al caso. La literatura nos presentó en la final de un concurso de poemas de la facultad de letras. Desde aquel evento, en el cual Leal perdió con el poema “El silencio no existe”, no volvió a escribir nada -él me lo ha jurado-, hasta que el cuento que nos ocupa aquí surgió de su pluma, pero con un propósito -creo yo- completamente diferente al de aquel viejo poema. Hicimos, junto con otros cuatro amigos, un grupo literario. No era más que seis cerebros amantes de las historias reunidos para hablar, cambiar y criticar lo que amábamos. Así nos fuimos haciendo viejos. Algunos se fueron del país. Otros nos quedamos. Pero esa unión mágica que nos proporcionaba la literatura nunca dejó que pasarán más de cinco meses sin que nos comunicáramos para intercambiar algún comentario sobre cualquier lectura. De esta manera, he estado en contacto por más de treinta años con Leal.

Pero bien, vamos al punto. Aquella mañana que he recordado en estas líneas ha cambiado mi forma de ver las cosas. Ya verán por qué: Leal escribió la historia de un tipo -sin nombre- que leía tanto como su vista y su cerebro le permitían. Sólo leía historias. Historias de todo tipo: viejas y nuevas, feas y bonitas. Muchas veces –nos dice el cuento- el tipo este no comía durante días por no despegarse de un libro (mejor diré de una historia). Pues sucede que un día, “lleno de viento y de silencio”, el afanado lector, a mitad de un libro, no pudo seguir leyendo. Prosigo a explicar: dice el cuento que el tipo se encontró en un momento en el cual “no podía leer las páginas que seguían a la mitad de la historia”. Podía leer (ver claramente, al menos) las páginas que ya había leído; pero cuando intentaba clavar su vista en las que seguían todo se le volvía borroso y confuso. Tiró el libro y tomó otro. Pero de igual manera llegó a un punto en la lectura en el cual todas las páginas que continuaban no eran más que borrosidad y letras distorsionadas. Tuvo miedo por primera vez. Comenzó a caminar en círculos y a pensar qué pasaba. Después de un rato decidió tomar nuevamente los libros que le habían dado problema y para su desgracia se encontró con la misma distorsión y borrosidad de minutos atrás. Abrió otro libro y llegó a lo mismo. Después otro y otro y así siguió hasta que su desesperación lo llevó a meterse al baño.

Bajo las gotas frías de la ducha pensó qué iba a hacer. Decidió estudiar la situación. No se imaginan lo que encontró: en el primer libro donde se había topado con la borrosidad y las letras sin sentido había podido llegar a leer 356 páginas. Ni una más, ni una menos. Luego de las 356 no había más que borrosidad y desesperación. En el segundo libro que intentó leer para resolver su problema, el número de páginas que su vista le había permitido absorber sumaban 355. En el tercero sólo eran 354 páginas. Y así, la cantidad de páginas que podía leer de corrido en una misma edición disminuía y disminuía. Cuando pudo llegar a tener certeza de lo que aquí les narro, “su vista no leía más que 276 páginas de cada libro”.

Bien, el caso es que el cuento nos narra cómo el tipo este entró en un momento de desesperación total. Sabía dos cosas: que la vida eran sus libros y que no podía –biológicamente- dejar de leer un tan solo día. Se hundió en el llanto y en el licor cuando comprendió que llegaría un momento en el que no podría leer más. Entonces “todo era negro” para este pobre personaje.

Un poco antes de terminar el cuento vemos cómo el tipo comienza a leer pequeños poemas, cuentos cortos, palabras aisladas; leía despacito y con una gran tristeza. Al final, luego de muchas noches de insomnio, cuando ya le faltaban 32 páginas, quedó dormido y soñó: “me vi –el cuento está en primera persona- en una biblioteca. Estaba solo en medio de muchos libros. Mi mano me llevó a tomar un ejemplar de pasta gris de un libro llamado “Las angustias de mis últimas lecturas”. Me identifiqué con el título inmediatamente. Cuando ya iba por la mitad del libro, el escritor de la novela interfirió en la historia desde el libro y me dijo: esta es la página 356, de aquí no pasarás y cada vez que lo intentes perderás una página, después otra y otra, hasta el final. Para librarte de este maleficio, que es a la vez tu última oportunidad, tendrás que hacer lo que nunca has hecho y de lo que tanta felicidad has sacado”. El cuento termina cuando el personaje despierta, toma un papel y un lápiz, y comienza a escribir un verso.

Leal presentará su primer libro de Poemas la próxima semana. Yo aún no le he preguntado nada sobre lo que le pasó. Me da escalofríos el solo pensar que la última vez que lo vi me dijo que iba por la 112. Y si esto que les narré es más que un cuento. Y si le pasó de verdad. Mejor no pienso más en ello.

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