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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 18 de nov. de 2017
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Los Skatalites en casa

Estampas de una noche de buena música y otros sucesos dignos de contarse  
Por Javier Kafie

SAN SALVADOR - Este sábado recién pasado una banda legendaria se presentó aquí en nuestra casa, la Gran San Salvador. Desde tempranas horas de la tarde podía verse aquella horda de jóvenes deambulando por los jardines del CIFCO, con una botella o cualquier otro instrumento musical en mano, en espera de ese grupo jamaiquino que tiene décadas de estar haciéndole la guerra a la vejez y al tiempo.

En esto de los conciertos los salvadoreños debemos tener una fama no mal ganada entre los músicos que nos visitan:

–¿Adónde es tu próximo concierto? –le pregunta un músico internacional a otro.

–Déjame ver… –saca su Iphone y le manda un mensaje a su agente, que este responde en cuestión de segundos– en San Salvador.

–Anda con cuidado, que ahí hasta avientan botellas al escenario. ¿No oíste lo que le pasó a aquel? Dicen que terminó con más de diez puntadas en la cabeza.

–¡No me digas! Fíjate que yo fui hace unos años y tuve que regresar tres veces a cantar una última canción. ¡Tanto me gritaban que siguiera cantando! Aunque, ahora que lo mencionas, me pareció extraño que ni en mi canción más lenta, en la que normalmente todo el mundo saca un encendedor y lo sostiene en alto… ¡Sí, claro, en esa misma! A pues fíjate que ni en esa canción se deshizo el mosh pit

Exacto. Ya sabrán ustedes a lo que me refiero. Y, en efecto, ya entradas las horas de la noche comenzaron a verse cientos y cientos de jóvenes encaminándose hacia el CIFCO. Algunos de ellos llevaban bien puesto su uniforme de salvatrucho-que-asiste-a-conciertos: cara de loco, lata de birria en mano, cigarrillo en boca y zapatos chispeados de vómito. Muchos otros lucían su impecable atuendo de Blues Brothers o extravagante look de rockabilly, y dada la naturaleza del concierto, no faltaba la cuadrilla de extranjeros que (con o sin dreadlocks) contribuían a mantener viva la nube de humo blanco frente al escenario.

Yo era una pequeña partícula dentro de ese hermoso caos. Le aplaudí con orgullo a los valientes que se saltaban el muro del CIFCO en un intento de ahorrarse lo de la entrada, puesto que ya se lo habían gastado en pertrechos más imprescindibles como guaro y cigarros. Me frustré cuando me botaron una cajetilla entera de cigarrillos en la entrada y canté a todo pulmón incluso las canciones que no conocía. Al final, me encaminé como tantos otros a echarme unos tacos o una carne asada – ya no lo recuerdo muy bien – y pasé el domingo medio muerto sobre alguna hamaca o sintiendo que me mecía en una hamaca cada vez que cerraba los ojos.

Sin embargo, aparte de todas las estupendas particularidades que tiene ese ritual de asistir a un concierto en San Salvador, en más de un momento se me encendió el foquito de emergencia que todos llevamos adentro.

Primero que todo – y esto lo diré a secas – la organización del evento dejó mucho que desear. El lugar era más apropiado para hacer un festival de bandas locales, uno de esos festivales para impulsar a bandas de jóvenes músicos que intentan dar el salto del amateurismo, y no para recibir a una banda que lleva años toureando por todo el mundo y que fácilmente llenaría un estadio en Londres o cualquier ciudad así.

No me detendré a explayar las carencias técnicas del concierto, sino que mejor les contaré un chisme que me parece más que ejemplar: Dicen por ahí – y es una fuente confiable – que a las bandas teloneras se les ofreció por paga una caja de cerveza y cien dólares. Por desgracia, no tuve la ocasión de corroborar este hecho, y pido disculpas de antemano si lo que escribo aquí no es cierto.

Pero lo que sí es cierto es que no es la primera vez que oigo que a las bandas de acá se les ofrezca una remuneración así. Aunque claro, cuando te contactan y te dicen que si quieres abrir para una banda de gran calibre dices que sí, sin importar la paga, pues entrevés en la ocasión una oportunidad de tocar, de ser oído por un público más grande.

O al menos así piensan muchos músicos emergentes. Y ahí está el error. Pues mientras en este país no se les ofrezca una remuneración digna a los músicos y artistas, difícilmente se desarrollará el sector como la industria que ya es en otros países no tan lejanos como Colombia, México o incluso Costa Rica. Pues una paga justa implica un compromiso, una responsabilidad de ofrecer el mejor servicio posible.

Quizás no debería contar que el chambre no se quedó ahí, que el mismo sábado por la tarde mientras las bandas teloneras realizaban el último ensayo recibieron una llamada telefónica. Se les dijo que no se habían vendido suficientes boletos. Que no se les podrían pagar los cien dólares prometidos. Tendrían que consolarse con la caja de cerveza.

Pero de nuevo, no me crean, nada de esto me consta.

Pero de nuevo, lo que sí me consta es que muy al fondo de toda la diversión que me acompañó esa noche tuve la impresión de que los Skatalites no se merecían una representación así, con una logística basada en lo que en otros rumbos llaman la búsqueda del “easy buck”.

Pero eso no es lo importante. Lo importante, lo esencial es que cada lector se pregunte:

¿Nos merecemos nosotros un espectáculo así?

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