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San Salvador, 27 de Julio de 2017
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«Malacrianza»: la enésima primera película salvadoreña

Mala-Crianza

Crítica de Héctor Ismael Sermeño a la película salvadoreña Malacrianza, escrita y dirigida por Arturo Menéndez.

Por Héctor Ismael Sermeño (*)

San Salvador.- La definición que el diccionario de la RAE da del término «malacrianza» es «malcriadez», ya que es un americanismo no aceptado todavía por la Real Academia. Pero se admite que ambos términos significan mala educación, grosería, impertinencia. Podríamos pensar que entre otras cosas incluye la ignorancia.

Publicitada como el primer largometraje de ficción, desde 1969, es decir después de Los peces fuera del agua, clásico a cual más del cine salvadoreño, producida y dirigida por José David Calderón en ese año; Malacrianza (Arturo Menéndez, 2014-2015), no es lo que han anunciado. Realmente es un mediometraje de 70 minutos, que fuera notado y señalado por una treintena de jóvenes en la función del sábado 24 de octubre, por la tarde en Metrocentro. Es decir no se tragaron totalmente lo de largo en el metraje.

Cabe aclarar que, al menos cinco largometrajes de ficción se estrenaron después de 1969 y antes del actual «primer largo metraje»: 1) Sexo para dioses, de Otmaro Luna Figueroa, 1985; 2) Nacidos para triunfar, de Javier Durán, 1994, estrenada en nueve salas de las grandes que todavía existían y un gran éxito de taquilla; 3) Sobreviviendo Guazapa, de Roberto Dávila, 2008, presentada en al menos siete festivales internacionales, incluyendo la Berlinale. Además fue comprada por canales de cable que tienen tres años de estarla pasando continuamente y se ve en 19 países; 4) El libro supremo, de Roberto Dávila, 2013, producida por el salvadoreño estadounidense Carlos Bojórquez. Ambos filmes de Dávila estrenados en La Gran Vía con inusitado despliegue de prensa y alfombra roja.

Posteriormente en 2014, se estrenó La rebúsqueda, producida por Clark Films y dirigida por Álvaro Martínez. También funcionó bastante bien en taquilla. Por supuesto, todas han sido realizadas «con mucho sacrificio, poco presupuesto y con ganas de que representen a El Salvador». También todas han sido anunciadas como «la primera película salvadoreña».

El lamento y la victimización es parte de la baja autoestima individual y colectiva aunado al gran ego de los creadores que creen que merecen más, aquí y en todo el mundo.

Pero volvamos a Malacrianza: el filme adolece de los mismos problemas que todas las autodenominadas «primeras películas del país» en los últimos treinta años: deficiencias técnicas de todo tipo, continuidad, y otros más graves como la edición, las actuaciones de gente inexperta y la puesta en escena. La más débil es la que refiere al guion; no pudieron ni supieron estructurarlo.

Si fuera un trabajo escolar de fin de año, pudo pasar raspada, pero para tesis de graduación, como pretende ser, es reprobable.

La historia se acaba a la media hora y empieza a repetirse y repetirse, los temas fundamentales de la migración, la delincuencia y la pobreza permiten que algún sector del público crea que reflejan la realidad nacional, pero no hay tesis, propuesta ni desgarramiento trágico como en historias similares contadas en el cine latinoamericano desde sus inicios. Apenas unos tintes de drama.

La malacrianza se ve en el equipo técnico de manera constante: la secuencia del asalto al pastor que luego se vuelve asalto al protagonista debió realizarse nuevamente; que el protagonista acepte a un supuesto hijo como suyo sin ninguna prueba, es ilógicamente mal planteado. Hasta los créditos deben aprender a elaborarse; por ejemplo la falta de respeto a trayectorias como las de Leandro Sánchez y la primera actriz Mercy Flores, que debieron ser colocadas como actuaciones especiales o como estrellas invitadas, sobre todo porque son las que salvan algunos de los personajes en pantalla.

El protagonista no construye personaje, siempre parece que es él mismo, al igual que su acompañante femenina. Rodrigo Calderón es el más cinematográfico del elenco y, pese a la deficiente dirección de actores, logra la mejor actuación como villano del filme. La fotografía no resulta del todo mala, pero eso es solo un elemento dentro de tantos significantes en la semiótica del cine.

El cine es un producto extremadamente caro, lo sabemos todos, pero es una responsabilidad que se asume independiente del costo; si queremos meternos en su quehacer; por eso hacer cine en América Latina, desde los 1980, se ha vuelto muy difícil incluso en las otroras grandes industrias como la mejicana, argentina y brasileña.

Como en todas las manifestaciones de la cultura, debemos entender que valorar logros y no esfuerzos, debe ser la constante; si solo nos quejamos y valoramos esos esfuerzos aunque los logros no sean los pertinentes, dediquémonos a otra cosa. Estamos en 2015, no en 1915; el cine salvadoreño, les guste o no, lleva más de 116 años de hacerse.

 

(*) Escritor, historiador y crítico de artes. Colaborador de contrACultura.


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