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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 24 de Mayo de 2017

Columnistas

Rescatando la Memoria Literaria del Mes de Mayo

 

Por Mario Pleitez*

 

1975 es un año de referencia historiográfica trascendente en el imaginario del país porque sucedieron acontecimientos que dejaron huella y cicatrices imborrables. Me refiero en concreto, al asesinato de Roque Dalton el 10 de mayo de ese fatídico año; a la fecha han pasado 41 años y ninguna de las administraciones del estado se ha preocupado por esclarecer los hechos; las personas involucradas de manera directa, según consta en documentos, libros e investigaciones nacionales y extranjeras, no solamente continúan impunes sino, uno formando parte de la estructura gubernamental del segundo gobierno de izquierda y el otro premiado con beca de estudios en Inglaterra y luego incorporado al servicio de gobiernos derechistas en calidad de asesor político.


La obra de Roque Dalton en su conjunto, representa el más valioso aporte al patrimonio literario en la historia del país; muy a pesar de los esfuerzos porque pasará inadvertida, ahora se hacen estudios académicos en universidades nacionales y extranjeras, imparten cátedras para estudiarla a fondo, se escriben libros al respecto, películas, canciones, etc., de tal manera que el pueblo mismo se ha posesionado del valor de su trabajo, rompiendo el paradigma ideologizado que en su momento las instituciones oscuras pretendieron justificar para no investigar, castigando con su silencio e indiferencia no solamente a su familia, sino a las nuevas generaciones.


De tal suerte que el reclamo por sus restos es ahora más fuerte y colectivo.


Este es el contexto en que se enmarca el poema con el que contribuyo en este aniversario de nuestro emblemático Roque Dalton García.

ROCOCÓ ROQUEQUÉ
 
Te llevaste las palabras en tu sonrisa,
te burlaste de la vida y de la muerte.
Poeta de mi irreverente país
que no se toma en serio la poesía.
Ni la miseria, ni los homenajes que en su nombre se le hacen.

¿Hacemos fiesta o guardamos luto?
¿reímos o lloramos en tu ausencia?

Los que dispararon la bala.
Sí,  esos villanos.
La historia los tiene como héroes impunes,
intocables, en tronos con cetros de cartón
Y su argumento es simplista:
“Errores de juventud”, declararon a los medios.
¿y su cadáver dónde está?, gritó el pueblo.
“Yo lo sé, pero lo anunciaré más tarde”, dijo el otro.

Seguimos esperando la justicia
Y vos, riéndote desde el Parnaso
Y nosotros, aquí con la incerteza:
Y el cuerpo del delito ¿dónde está?
¿Hacemos fiesta o guardamos luto?

*Coordinador de Unidad de Extensión Cultural de la Universidad Francisco Gavidia.

Ser madre y artista


Por Katya Romero


Por opción propia, decidí tener a mis primeros hijos entre los  19 y 21 años de edad. Me dediqué por completo a criar a dos seres que más que ser mis primogénitos eran mis compañeros.  Aprendía a ser madre y creía que  mis esperanzas de ser artista se habían desvanecido. Tenía esa sensación de ser adulta pero niña a la vez.  La mayoría de mis compañeros de colegio estaban en la Universidad y mis mejores amigas estaban casi en la misma situación que yo.  Mis hijos crecían y yo también.  


En una ocasión se me preguntó si quería hacer trabajos administrativos temporales; no lo dudé, una buena oportunidad para empezar a buscar nuevos rumbos.   Y así pasaron varios años entre que trabajaba y cuidaba a  mis dos pequeños.


Experiencia gratificante es recordar a los jefes. Hubo una persona que marcó mi vida.  Ella era una mujer de carácter fuerte,  temida,  pero muy generosa de espíritu.  Me escogió de  entre varias candidatas al puesto que aplicaba, a pesar de que yo no sabía mucho del oficio, le advertí que aprendería rápido.  Para ese entonces yo había cumplido 24 años.   A pesar que era un trabajo contable, se me dio bien. Después de haber organizado  el club de teatro, participado en el equipo de vóley, gastarles bromas a los compañeros, asistido a todas las reuniones  que organizaba la institución y trabajado hasta altas horas, seguía  pensando en el día que pudiera hacer lo que a mi realmente me llenara.


Casi tres años después,  mi jefa me preguntó  si había considerado la posibilidad de hacer carrera en el banco o retirarme y hacer lo que yo soñaba. Fue un despertar,  un tirón de tripas, un cosquilleo que  me recorrió por todo el cuerpo.  Tomé una decisión de la cual no me arrepentiría nunca.   Renuncié al  trabajo que amaba y me lancé a cumplir mis sueños. Decidí ser artista visual. Asistí a clases en la Universidad, lo cual tampoco fue  fácil,  mis niños iban a la escuela y el  horario era complicado. Me embaracé de mi tercer hijo. Con mi hermana mayor tuvimos nuestro primer estudio de arte el cual se convirtió en una galería de talleres. Trabajamos con artistas locales.


Salí del país con mi familia por motivos de trabajo de mi esposo y en cada país  que le llevaba el destino, tuve la oportunidad de interactuar con la comunidad artística. Me descubrieron galeristas, marchantes y  críticos de arte.   Mostré mi obra de manera individual y colectiva en Museos y galerías, en centros culturales e instituciones artísticas.  Mis hijos veían la escena artística a través de mis amigos y lo que ocurría a mí alrededor.  Mi compañero, mi mecenas y el más crítico de todos era mi esposo.


Viajábamos en familia. Cada país me regaló una experiencia fabulosa. Los artistas amigos  que conocí me proveyeron de entusiasmo y conocimiento, a cada charla, seminario o convivio que asistía, mi círculo familiar estaba atento.  Me formé como madre  y artista.

La Platicósfera

Por: Iris Monge

Me quema el sol
y con su jugo de naranja
me baña a mí,
calor tostado hacia La Pampa;
soplando voy
en un carrito con dos alas,
y remo así
como volando en una lancha.

¡Qué lejos!, ¡hoy!
los girasoles y lavandas
me bailan, sí,
brillando al horizonte salvan
cantando al sol,
le piden lluvia pa’ La Pampa
de agua, sí,
y no veneno, ¡no hagas trampa!


De lejos soy
pero he volado sobre playas
y es simple, si...
Tu mundo no coloca jaulas
¡Vayamos pues
con acuarelas a quitarlas!
La tierra al fin
tendrá lo suyo y no otra capa.


Dedicado al exterminio de un antiguo campo verde llamado Pampa Argentina y que hoy se convierte, gracias a los humanos y sus construcciones de grandes diques, en un desierto.