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San Salvador, 25 de Marzo de 2017
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OSCAR 2016: de la sobrevaloración, la política y la impresionante maquinaria de Hollywood

87th

«Presentada por el desagradable «comediante» Chris Rock y bastante pobre en participantes en el concurso y de materiales, excepciones hechas, la fiesta premió la fidelidad, la mediocridad y la taquilla» 

Por Héctor Ismael Sermeño (*)

San Salvador.- De nuevo el glamour, la belleza, la ostentación, la grandiosidad y la demostración de poder de la más grande industria del cine mundial. Esta vez la vieron más de cien millones de espectadores en todo el planeta: la disfrutaron, la criticaron y la envidiaron. Los imperios culturales, tal como el cine, son así, los consumidores también son como son.

Presentada por el desagradable «comediante» Chris Rock y bastante pobre en participantes en el concurso y de materiales, excepciones hechas, la fiesta premió la fidelidad, la mediocridad y la taquilla. Las protestas de las minorías afroamericanas, al no tener candidatos al premio, no fue acompañada por las latinas ya que de ellos sí había concursantes, tampoco del gay power porque ellos nunca, pero nunca han dejado de estar; antes a escondidas, ahora de manera democráticamente pública.

Pero Hollywood es grandioso en todo. Le dio vuelta a las protestas y convirtió la ceremonia en un acto de afroamericanos, sin premios claro. Pero desfilaron figuras geniales como Whoopi Goldberg, el insigne Morgan Freeman y varios más que, a parte del conductor, hicieron gala de la presencia de esa minoría y Hollywood, los medios de comunicación, los actores y técnicos callaron.

Hubo momentos excelentes como la  actuación y emotiva voz de Lady Gaga, la visita del Vicepresidente de los Estados Unidos y, pero por supuesto, la entrega de algunos premios.

Hollywood generalmente ha valorado la taquilla, la obediencia y la muestra de grandeza del país en el que existe, le da limosnas a las otras cinematografías y se lleva a los talentos provenientes de muchas partes; que cree que le sirven en taquilla y para acallar voces. La industria es tan grande como todas las demás juntas, porque muchas de ellas conllevan intereses y capitales hollywoodenses.

Así, este año premió lo que quiso y le pareció bien. Pero sobrevaloró como ya le ha pasado antes y le da 12 nominaciones a El renacido, pero únicamente tres premios, entre ellos al mejor director, de manera absurda, a un cineasta repetitivo y con muy limitadas capacidades como Alejandro González Iñárritu. Parece que los académicos olvidaron Derzú Uzalá de Akira Kurozawa a quien le dieron el premio de mejor película extranjera, ya casi finalizando la Guerra Fría, pese al capital soviético que la produjo en 1974-75 y que señala la distancia entre un verdadero genio como Kurozawa y un aprendiz como González Iñárritu, la cual suma años luz; sobre todo si tratan un tema similar.

La Academia por fin premió a Leonardo Di Caprio, por un personaje que no le aportó nada ni aportó nada al cine. Al talentoso actor se lo debieron dar por J. Edgar o por El aviador, pero al menos ya se lo otorgaron y eso que en la taquilla funciona estupendamente. La publicidad de la película, de los actores y el director, se centró en  «lo difícil», de las condiciones que se presentaron en la filmación, cuando el tercer mundo la tiene difícil todo el tiempo y sin computadoras ni pantallas verdes. No podían centrarse en el guion ni en otros valores, porque no los tenía.

La mejor película fue del tema que fascina a los Estados Unidos: la libertad de expresión y de prensa. Son pioneros en ambas cosas, tanto en el control dictatorial de los medios, como todavía se da en América Latina y la enorme libertad que ahora tienen ellos y que carece el mismo subcontinente.

Spotlight, es una más del montón y no agrega nada nuevo al género, como fue en 1976 con Todos los hombres del Presidente, de Alan J. Pakula, que trató la investigación en Watergate. Debió ganar La habitación; la única de las candidatas que resuelve de manera inteligente.

Otros sobrevalorados como Steven Spielberg y el cara de piedra Tom Hanks, tampoco ganaron nada. Por otra parte, el exceso de premios a Mad Max, aunque sean técnicos, era innecesario.

En el caso de la mejor actriz, que tenía más competencia este año, fue una falta total de criterio el no dárselo a la estupenda y fascinante Charlotte Rampling. Pero ella ya va de salida y hay que consagrar a las nuevas generaciones. Si bien la que ganó hizo un buen trabajo, llegar a tener la trayectoria de alguien como la Rampling y, sobre todo su talento y presencia cinematográfica, está muy, pero muy difícil.

En términos generales, Hollywood acaba con los jóvenes que consagra, ojalá no pase ahora. La historia de premiados por primeras películas o menores de 25 años es muy larga, pero de desaparecidos de la industria.

Por último, Quentin Tarantino le propició el Oscar a Ennio Morricone. El más ovacionado de la noche. Su música no siempre fue apropiada, pero le sabía llegar a las masas. El más reciente bodrio de Tarantino no dio para más. Le dan dinero para sus locuras, pero de allí no pasan, porque el director y guionista, tampoco pasa. Continúa con sus mismos personajes, sus mismos guiones, y las mismas masacres y asesinatos sanguinolentos de más de la mitad de sus elencos. Sin embargo, vendrán más. La crítica mundial lo destrozó más en esta ocasión.

La ceremonia de premiación a lo mejor del cine mundial, que debe leerse como el de Hollywood, vean como se atropellan por llegar todos a esa meca del cine; es la más extraordinaria en alcances y prestigios. También en desprestigios.

 

(*) Escritor, historiador y crítico artes. Es colaborador de contrACultura.


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