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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 24 de Marzo de 2017

Palaciegos escándalos (II). Cuento por entregas de Ricardo Lindo

Martes 30 de noviembre de 2010

Por Ricardo Lindo*

NOTA: Este cuento largo irá apareciendo por entregas, cada martes, en las páginas de Contracultura. Todos los personajes, exceptuando a Tom «the fat», Sir Francis Drake, el Dr. German Cáceres, el Dr. Pedro Escalante Arce, Su Majestad el Rey don Felipe II, don Cristóbal Colón, Almirante de la mar océana y algunos otros, son imaginarios.

Capítulo II

Frisaba a la sazón el conde los cincuenta años. Era un hidalgo algo enjuto de carnes, aunque su vientre ligeramente abultado proclamase su afición a la buena mesa, y poseía lanzas, rodelas, rocines no tan flacos y galgos corredores.
Corría el año de gracia de 1617. El distinguido literato don Luis de Góngora y Argote hubiese dicho:
Era del año la estación florida
En que el mentido robador de Europa
(Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todos los rayos de su pelo),
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiro pace estrellas.

O sea que era primavera y la constelación de Tauro estaba en alto, lo cual le permitía recordar a don Luís que Júpiter adoptó la forma de un toro para darse a una doncella llamada Europa de forma poco delicada.
Pero, como no está presente don Luís de Góngora y Argote, diremos más brevemente: era el siete de mayo cuando llegó la respuesta.
La respuesta de William fue a la vez elocuente y lacónica. Un verdadero oximoron. Se presentó bajo la forma de un paje que hizo una reverencia y dijo:
—I am your gift, sir.
O sea: Soy su regalo, señor.
Don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda lo contempló atónito. Era un joven de fina estampa, largos y espesos cabellos negros, almendrados ojos igualmente negros, ligeramente moreno. Su delgada cintura daba paso a dos piernas magníficas que una ceñida malla ponía de relieve, así como las dos nalguitas redondas y apetitosas y un considerable pene. El pene resultó ser un artilugio de la ropa, como don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda tuvo ocasión de comprobar más tarde, pero no era la parte de la anatomía del joven que más le interesaba. Tantas veces se había acercado a vigilar la cosecha de cocos, o al menos eso decía, cuando su verdadera intención era contemplar las nalguitas de los recolectores…
Pero, por de pronto al menos, don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda no sólo admiraba su belleza. Buscaba en su memoria. Sí, eso era… el joven era la versión en moreno de un rubio encantador que conoció en su lejana juventud… El muchacho supo interpretar la mirada.
Soy hijo de W.H. –aclaró.
Don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda, recordó. W.H…. hmm. Era aquel joven al que William Shakespeare había escrito sus amorosos sonetos. En uno de ellos le aconsejaba que tuviese un hijo para que su belleza se prolongase en el futuro. W.H., por lo visto, había seguido el consejo del vate inmortal.
El conde, o sea don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda (llamémoslo en adelante el conde, pues resulta más breve que decirle don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda, no sé si lo habrán advertido), bueno, como decíamos, don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda, no recordando muy bien ese preciso soneto optó por recitar el soneto XX del mismo autor, aquel que dice:
A woman´s face with nature´s own hand painted…

Pero mi inglés es mínimo, así que mejor se los pongo en español, en una versión un tanto libre. Arreglé en versos castellanos una detestable traducción en prosa. Conste que la puya antifeminista es de Mr. Shakespeare, no mía:

Pintó naturaleza tu femenino rostro,
Tú, señor y señora de mi alma.
Te dio naturaleza un tierno corazón,
No sujeto a mudanzas como los de las hembras.
Unos ojos brillantes, más aun que los suyos,
Que visten de oro cuanto miran.
Tu color de hombre bate a todos los colores
Y arrastra en pos de sí los ojos de los hombres
Y cautiva las almas de todas las mujeres.
Fuiste para mujer creado en un principio
Mas la naturaleza al darte forma
En un trance cayó, privándome de ti.
Mas, pues te ha destinado a las mujeres,
Que tu amor sea mío
Y sea para ellas tu cuerpo su tesoro.

El gran William, según explicó el joven, ya había fallecido y su padre recibía su correspondencia en calidad de albacea testamentario. Le puso Hamlet a su hijo en honor a su amante de antaño, y no sabiendo a estas alturas qué hacer con él, se lo mandaba de regalo. Le mandaba también una botella de whisky escosés y le quedaba debiendo los calcetines.

Lea la primera parte de este cuento aquí

 

*Poeta, narrador, dramaturgo, pintor, maestro y director de la revista Ars.

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