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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Abril de 2017

Palaciegos escándalos (IV). Cuento por entregas de Ricardo Lindo

Martes 14 de diciembre de 2010

Ricardo Lindo. Fotografía de Sandro Stivella.

 

Por Ricardo Lindo*

NOTA: Este cuento largo irá apareciendo por entregas, cada martes, en las páginas de contrACultura. Todos los personajes, exceptuando a Tom «the fat», Sir Francis Drake, el Dr. German Cáceres, el Dr. Pedro Escalante Arce, Su Majestad el Rey don Felipe II, don Cristóbal Colón, Almirante de la mar océana y algunos otros, son imaginarios.

En esta ocasión, la parte IV. Disfrútenla.

 

Capítulo IV

Ha desaparecido tiempo ha el palacio de la alcaldía mayor, una vieja casona de dos pisos que nunca mereciera tal nombre.

Era.

Han desaparecido sus gruesas paredes de adobe caleado, su patio rodeado de arquerías, y ya no está el gran conacaste que lo sombreaba, cuyas raíces levantaban las baldosas. Se fueron con los monstruos de hierro de forja que ornaban las manijas de las puertas de maderas crujientes. Ha desaparecido el gran silencio que sus habitaciones encerraban.

Pero aquí estuvo otrora, en este erial de plantas secas y cocoteros lucientes.

Ocupaban las oficinas del alcalde mayor la mayor parte de la planta baja, mientras el resto estaba destinado a las caballerizas, los perros y la servidumbre según el orden de consideraciones de don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda, conde de la encrucijada de Zaparrastrosa, solitario viejo cascarrabias e indolente, mientras la planta superior se componía de numerosas habitaciones vacías, que las sirvientas debían sin embargo mantener impecables.

El conde don Nabucodonosor tuvo durante años el silencio por compañía.

La llegada de su huésped el cardenal turbó de susurros teologales las habitaciones de la noche.

Ya no se iba el cardenal. Cada vez que se acercaban a buscarlo los achaques le impedían partir.

Don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda se alegra de esos achaques, pero también los teme. Si parte el cardenal a Panamá se quedará solo. Si parte al más allá se quedará más solo y nada turbará la película de silencio que cubre las enormes habitaciones.

Mas cuando Hamlet llegó, las cosas habían cambiado. Las habitaciones hacían de cajas de resonancia de ruidos venidos de lo hondo de la tierra. Llegaban como raíces de un monte que iba creciendo a algunos kilómetros de distancia. Desde los balcones de uno de los costados era dable contemplar un singular y siempre repetido espectáculo: el monte se estremecía y escupía fuego. Todas las aldeas aledañas habían debido retirarse. Los lugareños se reunían en grupos para contemplarlo cada noche, porque el fuego fascina. Pero en Sonsonate siempre habían sido corrientes los temblores y el común de las gentes los aceptaba con indiferencia.

Hamlet se asombró al principio, pero rápidamente encontró una mejor ocupación. Se compró una batería para hacerle la competencia a los truenos del naciente volcán de Izalco y encontró compinches que lo secundaran en tan abominable tarea. Uno se cortaba el pelo como el Pájaro Loco. Otro andaba los pantalones a media nalga mostrando calzoncillos con elefantitos. La bicha que tocaba la guitarra eléctrica llegaba fumando marihuana sin que le importara un pito lo que nadie pensara… A esto hemos de añadir aun el inconveniente lenguaje que utilizaban, que turbaba la idea condal de la corrección y el decoro. Era corriente, por ejemplo, escuchar entre los chicos expresiones como: «Hey maje, pasame ese volado» y otras que se resiste la pluma a poner sobre el papel y los dedos a digitar en la computadora, mas es necesaria aquí una pequeña aclaración de orden antropológico. No deben los términos que anteceden ser considerados ofensivos. En salvadoreño significan: «Amigo, pásame ese objeto».

En efecto, se requiere de cierto grado de afinidad para denominar a alguien maje sin ofender. Creo que es apócope de majadero. En cuanto al término volado, es sinónimo de  chunche, y ambos son a su vez sinónimos de todo cuanto existe. Lo curioso del caso es que, aunque haya un cachimbo de majes y un cachimboe volados (ver notas a pie de página) el sujeto en cuestión sabe que es a él a quien se refieren, y aunque haya un tornillo, una candela, un lápiz de labios y un cenicero, sabe exactamente a qué objeto alude el otro maje, así como en aquellas historietas ilustradas belgas de enanitos azules llamados los schtrumpf, conocidos como pitufos en las traducciones al español, la palabra schtrumpf sirve para todo. Jamás se equivocarán los enanitos en la acepción que le es otorgada.

Hamlet, hijo de una joven caribeña, lo cual explica su tinte oliváceo, lo cual explica que pasara con tanta facilidad del inglés shakesperiano al “oye chico”, abandonó ambos para asumir este código lingüístico, más quizás no fuese del todo culpable, sino que lo hacía movido por la necesidad. Pero esto, como veremos, tuvo cierta resonancia en el cocktail de doña Hermelinda de Pérez. Cómo fuese, ¡ay!, la venerable calma del piso segundo había desaparecido para siempre.

Suspiraba el viejo, mas le era tan difícil negarle algo al muchacho… Pero entró en crisis cuando advirtió que en  la sala mayor del palacio, entre los cortinajes de terciopelo escarlata que enmarcaban el retrato al óleo de su majestad don Carlos V, copia fiel del retrato del Ticiano que podemos actualmente contemplar en el museo del Prado, se encontraba otro, un afiche con la efigie del conocido músico reguetonero Daddy Yankee. Para colmo, el conde encontró rayado e inservible su disco conteniendo la novena sinfonía de Beethoven, que no llamaba él novena sino divina.

Fue el conde en pos de su cincho de cuero con hebilla de plata con intenciones de darle al bicho desgraciado una penqueada que recordaría mientras viviera, que recordarían los siglos de los siglos, pero no encontró al muchacho ni al cinturón.

Don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda, habiendo heredado la computadora de don Cristóbal Colón y habiéndola, tras innúmeros esfuerzos, conectado a Internet antes mismo de su existencia, escribió a WH:

—¡Me habéis enviado un papanatas!

A lo cual respondió el aristócrata:

—Es lo que se merece vuestra señoría.

 

NOTAS:

Cachimbo: adverbio de cantidad salvadoreño. Indica abundancia.

Cachimboe: cachimbo de.

 

Lea los capítulos anteriores:

Palaciegos escándalos (III). Cuento por entregas de Ricardo Lindo

Palaciegos escándalos (II). Cuento por entregas de Ricardo Lindo

Palaciegos escándalos

 

 

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