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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 21 de oct. de 2017

Palaciegos escándalos (IX a XI). Cuento por entregas de Ricardo Lindo

Martes 28 de diciembre de 2010

Ricardo Lindo. Fotografía de Sandro Stivella.

 

Por Ricardo Lindo*

NOTA: Este cuento largo irá apareciendo por entregas, cada martes, en las páginas de contrACultura. Todos los personajes, exceptuando a Tom «the fat», Sir Francis Drake, el Dr. German Cáceres, el Dr. Pedro Escalante Arce, Su Majestad el Rey don Felipe II, don Cristóbal Colón, Almirante de la mar océana y algunos otros, son imaginarios.

En esta ocasión, los capítulos del  IX al XI. Disfrútenlos.

Capítulo IX

La ciudad está en vilo. Se teme que ataquen los piratas antes del arribo de los refuerzos. Las damas esconden sus joyas, los caballeros sus monedas. Indios armados con machetes vigilan la costa. Un negro uniformado, con charreteras doradas y el escudo armas de los Austrias en el pecho dormita sobre el único cañón.

Pasan los días.

Pasan otros días.

Arriban refuerzos y vuelven a pasar los días.

Calma chicha y calor sofocante. La gente termina por aburrirse y vuelve a ver los fuegos del volcán.

Doña Hermelinda se decide a dar el mentado cocktail.

Las muchachas de sociedad preparan sus ajuares, aunque no pueden llevar joyas por prohibición de sus padres que temen aun el desembarco de los piratas, los muchachos hacen cola ante el único peluquero de Sonsonate, que ha subido el precio para la ocasión.

Al atardecer del viernes del cocktail, llega la noticia de Guatemala: los piratas están asolando sus costas que se encuentran desprotegidas. Otro era pues el derrotero de la terrible nave. Los sonsonatecos celebran con feliz inconsciencia.

Doña Hermelinda de Pérez, forrada en sedas, recibe a los primeros invitados cubierta de joyas. Pero ya se sabe en todo Sonsonate que Hamlet, considerado de todos modos un gran partido, es algo tarambana, de modo que no habrá vino, sólo horchata y fresco de chan para acompañar los tamalitos.

 

Capítulo X

No sitúase la ciudad de que hablamos exactamente a orillas de la mar, sino un tanto retirada, y a 225 metros sobre el nivel de la dicha mar. Derivase su nombre de Sonsonate del río Sensunapán, que quiere decir en nahuatl “Cuatrocientos ojos de agua”.

Como después de la conquista tuvo lugar un verdadero chapandongo entre indígenas, hacendados y negociantes, cada quien jalando por su lado y todos contra todos, se fundó la ciudad en alto para apartarla del puerto de Acajutla. Así se diferenciaban la actividad portuaria de los cultivos y los negocios. Y los negociantes habitaron la villa de la Santísima Trinidad, piadosa y cálida como una papa caliente, donde era mejor andar con mucha ropa de día, como los beduinos en el desierto, y con poca de noche, para aprovechar la fresca brisa que venía de la costa y de los innumerables cacaotales que la rodeaban y constituían su riqueza, y con un puro en la boca, a fin de que la humareda alejase las hordas de mosquitos. Y como la noche era de todos modos cálida y la ropa escasa, a veces peligraba la virtud.

Si bien no tan grandes como el palacio, eran la casas de grueso adobe, altos muros y balcones cuya mayor o menor complejidad daba cuenta de la riqueza de su propietario.

Como en todas las tierras de la América española, era mejor haber nacido en la península que haber nacido aquí, mejor ser hijo de blancos que indio, mejor ser medio blanco y medio indio que indio, mejor todo que negro, hasta que surgió otra variante que todos consideraron peor, mezcla de sangre india con negra. Mas, como suele suceder en los puertos, las mezclas que ahí se daban volverían locos a los investigadores de ADN y de repente salía de una choza un pequeño sonsonateco con todo el aspecto de un niño ruso, o una niña cuyos hermanitos legales debían estar en Tokio o Hiroshima. Ah, la carne es débil y a veces el espíritu no vela lo suficiente.

En fin. Quienes deseen otras precisiones pueden consultar con provecho el Códice Sonsonate del ilustre historiador Dr. Pedro Escalante Arce, publicado en 1992 en dos tomos por la Dirección General de Publicaciones  e Impresos de CONCULTURA, conocida como DPI  por sus siglas, como parte de las actividades conmemorativas del quinto centenario del arribo de tres carabelas a las islas antillanas. El doctor comete, eso sí, el imperdonable error de no citar a don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda, conde de la encrucijada de Zaparrastrosa, ex-proveedor de jamones de su majestad el rey don Carlos V, alcalde mayor de la Santísima Trinidad de Sonsonate para el momento que nos ocupa. Mas quizás pudiéramos perdonárselo si consideramos que posiblemente lo omitió por tratarse de una invención literaria, sin ningún asidero en la realidad (cualquier parecido es pura coincidencia) y si vemos que la mentada invención es posterior a su magna obra. Y dado que le hemos copiado a Shakespeare, a Cervantes y a Góngora, entremos también descaradamente a saco en los valiosos volúmenes del doctor, sin tomarnos la molestia de citarlo en delante.

Esperamos con este breve capítulo haber dado satisfacción a Mr. Arnold Brown, con quien cometimos tan palpable injusticia.

 

Capítulo XI

Mientras escribíamos las líneas anteriores, en casa de doña Hermelinda de Pérez sonaba la marimba interpretando danzas cortesanas. Bailaban dos o tres parejas, unas muchachas bostezaban, algunos mozalbetes jugaban a los naipes con desgano.

Tal era el orden de los acontecimientos hasta la llegada del carretón de cocos que a todos alborozó.

—Dame otro coco, plis (léase “please”).

—Qué rica está el agua de coco.

—Hey maje, pasame ese volado.

Pidió doña Hermelinda un coco y sus sospechas se vieron confirmadas. No era razonable que los cocos olieran a alcohol. Y luego comenzó aquella barahúnda. Hamlet y sus amigos desplazaron a la marimba. Habían ido a buscar los instrumentos al palacio, a tres cuadras de distancia,  y estaban tocando rock, a lo cual siguieron canciones con letras por demás indecorosas. Doña Hermelinda dio órdenes a un mesero de llamar discretamente a Hamlet, quien un tanto confuso se presentó ante la dama con las canillas temblonas, a medias por el guaro y a medias por el miedo. El resto es de todos conocido, pues fue comidilla de todas las comadres en Sonsonate, y llegó incluso a oídos de las alegres comadres de Windsor: tiesa y roja, doña Hermelinda hizo pasar a Hamlet a un cuarto aparte, del cual no salieron hasta la mañana siguiente, y Hamlet se tornó asiduo visitante de la dama.

Tieso y rojo, don Nabucodonosor, alcalde mayor de la villa, hizo llamar a su despacho al joven Hamlet.

 

Lea los capítulos anteriores:

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V a VIII

 

*Poeta, narrador, dramaturgo, pintor, maestro y director de la revista Ars.

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