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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 21 de oct. de 2017

Palaciegos escándalos (V a VIII). Cuento por entregas de Ricardo Lindo

Martes 21 de diciembre de 2010

Por Ricardo Lindo*

NOTA: Este cuento largo irá apareciendo por entregas, cada martes, en las páginas de contrACultura. Todos los personajes, exceptuando a Tom «the fat», Sir Francis Drake, el Dr. German Cáceres, el Dr. Pedro Escalante Arce, Su Majestad el Rey don Felipe II, don Cristóbal Colón, Almirante de la mar océana y algunos otros, son imaginarios.

En esta ocasión, los capítulos del V al VIII. Disfrútenlos.

 

Capítulo V

 

El conde de la encrucijada de Zaparrastrosa, ex-proveedor de jamones de su majestad el rey don Carlos V, se sorprendió al oír al cardenal de Panamá cantando:

Pon las manos

En el suelo, etc. etc.,

canción inocente, bien vistas las cosas, si bien es curioso oírla en labios de un anciano prelado venerable.

 

Capítulo VI

 

El maldito rapaz llegó ya entrada la mañana. Había salido con sus amigos a “fisiquear para apantallar a las bichas” (léase “poner de relieve su atractivo físico con la intención de atraer la mirada de las damiselas”) como explicó entre lloriqueos.

El conde, entretanto, había reflexionado sobre la cancioncilla en labios de su ilustre huésped. Si él la tarareaba, es que no había culpabilidad en ello.

Estaba asimismo preocupado por la desaparición de Hamlet y verlo le causó gran alegría, una alegría que reprimió frunciendo el ceño para regañarlo con severidad. Ignorando los antecedentes y viéndolo tan irritado, lo reconvino el cardenal recitando la fórmula de Horacio:

—La ira es una locura breve.

Y a ambos sorprendió el muchacho al repetirla en latín:

—Ira furor brevis est.

Apaciguado al atardecer, el conde ofreció al chico un café.

—¡No hay nada como un cafecito caliente! –exclamó el bicho.

—¡Mi cafecito caliente! –exclamó el conde de la encrucijada de Zaparrastrosa, sin poder contenerse más, oprimiéndolo contra su pecho.

Hamlet lo besó en los labios.

Poco más tarde, haciéndose el dormido, el joven hacía entrega a don Nabucodonosor Pérez y Rodríguez y de la Albarda de las tan apetecidas nalguitas.

Añadamos que el café venía desde Arabia, aun no se cultivaba en nuestras tierras, de modo que el bicho tenía sobradas razones para sentirse halagado.

 

Capítulo VII

 

La señora Hermelinda de Pérez, distinguida dama de la sociedad de la Santísima Trinidad de Sonsonate, ofrece un cocktail en honor del joven y agraciado hijo del conde.

 

Capítulo VIII

 

Ha sido avizorado un barco pirata a proximidad de la costa de Sonsonate. El conde ha decretado estado de emergencia y mandado llamar tropas de refuerzo a Guatemala y San Salvador.

Dadas las circunstancias, doña Hermelinda de Pérez ha debido postergar el mentado cocktail, por lo cual no podemos situar en este capítulo los acontecimientos que ahí tuvieron lugar.

El autor de estas líneas se ve aquí en la obligación de hacer un paréntesis. El distinguido historiador y benemérito maestro de literatura Mr. Arnold Brown, ciudadano inglés, leyó en www.majonchos.com los capítulos precedentes y le envió un indignado e-mail.

Ruego a Mr. Brown disculparme, sólo quería dar un poco de salsita literaria a mi escrito, como aclaré en el capítulo primero, pero reconozco que no tiene cara de zapato, sino un elegante perfil griego, ni arrogancia de florero, sino cierta flemática y glacial distinción londinense que podría interpretarse así erróneamente.

Me hace ver Mr. Brown por otra parte que, al hablar de un lugar remoto (y para todo el mundo, menos para los sonsonatecos, Sonsonate es un lugar remoto, señala), lo correcto es comenzar con una descripción topográfica, algo del orden de “situábase la ciudad de que hablamos a orillas de la mar… etc.”, en vez de referirme a su fisonomía.

Cierto es además, como él oportunamente indica, que puesto que se trataba de un soneto, al reproducir el de Shakespeare debí versificar en catorce versos y no en quince, y que el primero debió ser:

Un rostro de mujer te pintó con su propia mano la naturaleza…

Esta vez es Shakespeare quien debiera disculparme, pero eso, en español, no tiene ni el menor asomo de una métrica poética aceptable.

Aprovecho asimismo para agradecer a Mr. Arnold la fotocopia de mala calidad del documento que generosamente me obsequió en aquella ocasión.

 

Lea los capítulos anteriores:

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

 

*Poeta, narrador, dramaturgo, pintor, maestro y director de la revista Ars.

 

 

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