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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 22 de Abril de 2017
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PANDILLAS EN CENTROAMERICA: DESDE SU INICIO HASTA SU EXCLUSIÓN

Un abordaje del fenómeno de las maras y pandillas a través del análisis narrativo.

Por Juan José Hernández*

Introducción del 2013; cinco años después:
En el 2008, de la Universidad Pontificia de Salamanca, Centro de Estudios Sociales, Guatemala, me pidieron escribir un artículo relativo al fenómeno de las maras y pandillas para la revista “Cuadernos de Sociología”. En 2006 había tenido por primera vez contacto con los jóvenes involucrados en pandillas y que no habían terminado ni en la cárcel ni en el cementerio (como se acostumbra a creer) sino que estaban arrinconados en pequeñas iglesias porque una experiencia límite les había mostrado que podían decidir rehabilitarse y luego reinsertarse a la sociedad a la que, quizá nunca, habían pertenecido.

Con diez jóvenes provenientes de cuatro pandillas, se impulsó  un reality show llamado “Desafío 10… Paz para los EX”; la idea era mostrar la vida de los jóvenes ex-pandilleros en su ayer, su hoy y su mañana; decirle a la sociedad que siempre es posible reconstruir el tejido roto; abrir nuevos caminos donde caminar. El reality show fue un éxito en Guatemala y el germen de “Desafío 100… Paz para Guatemala”.
Desafío 100 no fue un reality; fue una realidad: cuarenta nueve empresas dieron trabajo a cincuenta y tres jóvenes ex-pandilleros y abrieron el camino al encuentro entre los jóvenes y la sociedad. Uno de los chicos ahora tenía que ir a un banco a abrir una cuenta bancaria donde depositarle su salario, en pasado solo había entrado una vez a un banco y había sido para asaltarlo. Esta es la cruda realidad de la desvinculación con la sociedad y el reto de regresarlos al nosotros implica múltiples acciones diarias. Todas simples y fáciles.

Mi contacto con esos jóvenes me dio el conocimiento de la violencia juvenil en la región. El artículo que escribí en el 2008 lo titulé “Pandillas en Centroamérica: desde su inicio hasta su exclusión” con la idea de mostrar que la idea de destrucción o eliminación de las pandillas no son una ruta posible porque desde sus inicios recogen los núcleos que las hacen vivientes. En ese mismo artículo hablo del “sueño de la desmovilización” la cual, aunque pueda parecer absurda, es posible y necesaria para recuperar la convivencia comunitaria en los núcleos sociales de la región. En fin, allí, jugando con las palabras, propongo un modelo de promoción que se adelante a la prevención y se mueva a favor de los jóvenes, de todos ellos: los que tienen en su plan de vida convertirse en pandilleros, los que ahora mismo están en la pandilla con su conducta de pandilleros y, aquellos que la abandonaron para reiniciar su vida con nuevos rumbos, sueños y esperanzas.

Cuatro años después, en El Salvador hay un escenario posible de entendimiento, recuperación, reconciliación y reinserción. Ese escenario tiene en sí mismo una virtud que rompe un ciclo maldito: los padres dejarán de enterrar a sus hijos y los hijos finalmente podrán enterrar a sus padres.
Dejo con ustedes mi artículo escrito en julio de 2008:

Pandillas en Centroamérica: Desde su inicio hasta su exclusión

PROTO MARAS
Era un poco más de la media noche en los primeros años de los noventas, cuando una patrulla policial detectó a dos personas manchando una pared, en uno de los barrios periféricos de San Salvador. Al momento de la intervención los agentes policiales pudieron percatarse que se trataba de dos adolescentes que habían ahorrado un poco de dinero para comprar pintura en “spray” y así tener la “oportunidad” de imitar a los que dibujaban grafitis en las paredes del barrio.

PROTO es un prefijo griego que significa primero o prioridad, para indicar algo que está antes, que es inicial o primitivo. En el cristianismo, San Esteban es protomártir por haber sido el primero de ellos. Es una partícula que se antepone a la palabra y se origina del griego  πρωτο-, "primero".
Diacrónicamente, en la década de los ochentas, la juventud en la región estuvo tentada a ingresar a los ejércitos nacionales o a los ejércitos guerrilleros o como tercera opción emigrar hacia las ciudades o a Estados Unidos. Todas esas opciones fueron escogidas por los mismos dependiendo de las condiciones o circunstancias en las cuales se encontraban. La opción de entrar a la pandilla no era posible o porque la pandilla no existía o porque no se sabía nada de la misma. Fueron aquellos jóvenes vulnerables quienes tuvieron que decidir por alguna de las opciones. Las circunstancias mundiales de finales de los noventas, también influenciaron las realidades de Centroamérica y en los noventas, los conflictos bélicos internos, fueron resueltos por la vía de la negociación. El Salvador y Guatemala son los dos ejemplos más evidentes de esto.

Al finalizar los conflictos armados internos, era posible creer que también finalizaba la violencia y sobre este optimismo se iniciaron esfuerzos de recuperación y reconstrucción. Así, se mejoraron las redes viales, se crearon programas de reinserción para beneficiar a los combatientes ahora desmovilizados, se emprendieron nuevas inversiones y se mejoraron los mecanismos de participación política. Al finalizar los conflictos armados internos, se desmilitarizó la violencia. Sin desaparecer.
Si bien la inversión en la reconstrucción de los países destrozados por la guerra fue significativa, la inversión en lo social lo fue menos y la inversión en el capital humano, menos aún. La inversión en la juventud no fue concebida como un reto al cual darle respuestas adecuadas y oportunas. Las ofertas de agregación juvenil del pasado se habían fragmentado, en las parroquias donde se promovían los grupos juveniles, estos habían desaparecido por ser sospechosos de promover la subversión; las propuestas gubernamentales de agregación juvenil dejaron de ser prioridad para  ocuparse de los conflictos armados internos; por último la oferta de ingresar al ejército o a la guerrilla, también había desaparecido con la desmovilización de las mismas. No había oferta de agregación juvenil.

Quienes emigraron dejaron su historia para empezar otra historia. Salvadoreños, hondureños y guatemaltecos dejaron sus lugares para instalarse en California y otros Estados. Allí se encontraron un mundo diverso del que dejaron y allí volvieron a ser minoría y para sobrevivir debían los jóvenes en Los Ángeles incorporarse a los grupos latinos que se enfrentaban a los grupos afroamericanos. Luego se dieron cuenta los grupos centroamericanos que eran tantos y tan valientes como los grupos mexicanos y decidieron conformar su propio grupo.

Las condiciones estaban dadas. Este proceso inicial, primitivo, proto, fue lo que condujo a la construcción de un escenario de violencia juvenil expresado en enfrentamiento entre pandillas o maras. En la región no había pandillas ni maras y es el final de los conflictos armados internos lo que desencadena la visibilización del fenónemo, acompañado de un proceso de deportaciones desde Estados Unidos hacia la región devolviendo en forma de remesa a grupos violentos que se han formado en las calles y cuya visión del mundo y de la vida corresponde a la de las pandillas.

 

Los grupos juveniles proto-maras, son adolescentes y jóvenes cuyas definiciones sociales y sentido de pertenencia son vulnerables y en ocasiones transgresivos, buscando imitar organizaciones juveniles donde las oportunidades y recursos les permitan establecer un sistema conductual grupal.
La captación diacrónica del fenómeno podría parecer simplista, sin embargo, denota cómo una serie de accidentalidades fueron configurando los nuevos modelos de violencia juvenil en la región expresada en maras o pandillas. Grupos de jóvenes sin los referentes necesarios donde desarrollar estructuras de agregación, fueron el caldo de cultivo donde los pandilleros activos deportados hospedaron la cosmovisión de violencia juvenil en forma de guerra de pandillas. Si bien es cierto que surgieron otros modos organizativos más o menos desestructurados, son las pandillas la más notable estructura de agregación juvenil en la región. Si bien es cierto que no todos los jóvenes vulnerables de la región son pandilleros y no todos los jóvenes deportados tampoco lo son, también es cierto que la confluencia de estos dos grupos en condiciones de riesgo, fue lo que provocó la estructuración de las pandillas en la región.

En la perspectiva sincrónica de la realidad, hay también una serie de elementos que estimularon la conformación de las maras y pandillas en la región. El Sur productor y el Norte consumidor, están separados por el Centro. Centro América es una región privilegiada para transportar droga del Sur al Norte y en ese tránsito, se han ido estableciendo nuevos escenarios de participación y allí muchos jóvenes han participado: como consumidores, distribuidores, transportadores o incluso, como protectores. En el fenómeno del narcotráfico, contrario al de las maras, no son los jóvenes los actores principales pero son piezas del constructo.
Otro elemento sincrónico provocador del paso de las protomaras a las maras y pandillas, está en relación a la existencia de armas en la región. La finalización de los conflictos armados internos desmovilizaron a muchos combatientes y las armas usadas por ellos fueron destruidas; este hecho que puede parecer acertado, no dejó como resultado la desarmamentización de la región. No todas las armas fueron controladas ni destruidas lo que provocó que las mismas dejaran de estar en manos de los ejércitos para pasar a las manos de nuevos grupos entre los cuales, se encontraban las maras y pandillas.

En fin, el tejido social roto como fruto de los conflictos armados internos, fue otro escenario precursor de la conformación de grupos juveniles violentos. De los campos de combate habían salido numerosos grupos familiares hacia lugares más “seguros” convirtiéndose así las orillas de las ciudades en entornos hacinados y potencialmente volátiles. Allí, surgió la convivencia bajo formas urbanas vulnerables donde pudo introducirse el uso de la violencia como un modo de resolver las disputas e incluso conservar el territorio.
Lo diacrónico y lo sincrónico, fueron configurándose en modo tal que el tránsito de las protomaras a las maras y pandillas, se volvió natural. Así nacieron las pandillas. Con nombres diferentes pero con miembros iguales (jóvenes marginados); con orígenes diferentes pero con conductas iguales (violentos);  con autodefinición diferente pero con acciones iguales (códigos de ingreso, jerarquías internas, comunicaciones verbales y no verbales); con odios diferentes pero con resultados iguales (rechazo social, homicidios, persecución policial, encarcelamientos, morir por el barrio).

DEFINICION DE PANDILLERO.
Son personas, normalmente jóvenes, organizadas en estructuras con fuerte sentido de pertenencia y normativa vertical cuyo estilo de vida está notablemente basado en la violencia y en la “vida loca”, y donde la economía criminal es el modo de acceso a los recursos.
De acuerdo al esquema INIO de Piotr Sztompka, en el tejido social las dimensiones de conciencia social (ideas), y de instituciones sociales (normas) son las que conforman el campo sociocultural donde se expresa la cultura. Las dimensiones de la organización social (acciones) y de las jerarquías sociales (intereses), corresponden al tejido social estricto.
Los jóvenes pandilleros entran en un sistema de creencias, convicciones y definiciones (ideas) donde la pandilla suele ser el sentido de la vida a partir de los ideales y reglas (normas) que guían su conducta dentro de la organización a la que han pertenecen mediante un rito de ingreso normalmente violento. Sus relaciones (acciones) tienen por objeto afirmarse con nuevos lazos o ligaduras de grupo a través de relaciones cooperativas con los mismos y competitivas con las pandillas contrarias incluyendo la eliminación del otro. Las oportunidades (intereses) a las cuales buscan acceso son de tipo transgresivo e incluso criminal.

Este modo de estar en el tejido social, hace que la pandilla sea una de las organizaciones sociales con mayor rechazo en sesgos amplios de la sociedad. Contemporáneamente son parte del tejido social marginal en la región y allí se establecen convivencias e interacciones con los demás grupos sociales.

EL INVENTARIO EN LA REGIÓN (PERSONAS FALLECIDAS)
En el 2007, en el así llamado Triángulo del Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras) ocurrieron 12,249 homicidios, de los cuales 5,364 corresponden a Guatemala, 3,394 a Honduras y los otros 3,491 a El Salvador. Normalmente el grupo más afectado corresponde a hombres de edades entre los 25 y 29 años. Los costos económicos de esta violencia, en el caso de Guatemala, en el 2005 fueron de 2 millones 387 mil dólares, correspondiente al 7.3% del PIB. En El Salvador, en el año 2003, fue de un millón 717 mil dólares equivalente al 11.3% del PIB, según estudios del PNUD.
Más del ochenta por ciento de estas muertes suceden en las áreas urbanas. Alrededor de la mitad de los hechos delictivos relacionados a la vida, suceden en las capitales de la región incluyendo a San Pedro Sula en el caso de Honduras donde la tasa fue de 77.2 homicidios por cada cien mil habitantes en el 2007.

Más del cincuenta por ciento de los homicidios suceden en la calle (la vía pública) y cuando se trata de jóvenes, normalmente está en relación a riñas entre pandillas, ajusticiamientos y venganzas. En el 2007, de los jóvenes fallecidos en Honduras, doscientos sesenta y cuatro eran menores de edad, de los cuales cincuenta y tres eran niñas y veinte tres menores de diez años.
Desde la entrada del siglo al año 2007, veintiocho mil seiscientos seis personas han sido asesinadas en El Salvador. Estos datos son verdaderos boletines de de guerra dando un panorama de la cruda violencia en la región. Más de treinta y cinco mil guatemaltecos han sufrido la misma suerte durante el mismo periodo. Más del setenta por ciento de estas personas murieron por arma de fuego. De esos, alrededor del noventa por ciento son hombres si bien el feminicidio en la región se vuelve cruel y dramático.

En el 2008, el escenario es bastante igual. En Guatemala solo en el primer trimestre del 2008, ya sucedieron mil ciento diecinueve homicidios de los cuales el cincuenta por ciento ocurrió en la capital. En el mismo trimestre, en El Salvador hubo setecientos noventa y cinco homicidios correspondiendo a 8.8 homicidios por día, es decir, una tendencia de 55 homicidios cada cien mil habitantes, lejos de la tasa promedio  de 25.1 por cada cien mil habitantes establecida por la OMS.
Y cuando se es menor de treinta años, el riesgo de morir se incrementa. Entonces, ser joven, urbano, vivir en las áreas marginales de las ciudades más importantes de la región, tener conductas transgresivas o delictivas, vivir con pocas oportunidades y además ser masculino, es una verdadera combinación de elementos que elevan o multiplican el riesgo de morir asesinado en la región.

Una de las formas de protegerse de este escenario, es a través del entorno que brinda la pandilla. En la organización de pandilla se tiene protección aun cuando el riesgo se incrementa ya que aumentan los agresores. Este riesgo lo corren los jóvenes ya que no disponen, normalmente, de otra organización que les provea la salvaguarda a sus vidas o sus entornos. Ser joven vulnerable, significa muchas veces no disponer de oportunidades diversas a aquellas que provee la pandilla. A veces, ser pandillero es la única oportunidad de la que disponen los jóvenes urbano marginales.

DENTRO DE LA PANDILLA
LA ECONOMÍA CRIMINAL
La economía criminal es aquella que se diferencia de la economía normal operante y de la economía informal. La normal es aquella donde son recabados los impuestos y esos constituyen una base para la condición de Estado; no necesariamente implica formalidad laboral para el asalariado. La economía informal, en cambio, es aquella donde una gran mayoría de la población de la región organiza su sobrevivencia; ésta no dispone de seguridades laboral ni social y tampoco de relaciones contractuales pero en su conjunto, desarrolla relaciones de confrontación con el Estado, con los monopolios estatales y con los sistemas de seguridad estatal. Los mercados informales suelen ser no legales pero suelen ser los espacios receptores de una sociedad expulsora, es decir, suelen ser el entorno donde la población considerada marginada desarrolla su actividad.

Además de estas dos economías, la economía criminal, es aquella que se sustenta en la violencia y es ilegal. Suele estar estructurada en modo parasítico extendiéndose y penetrando el interno de la economía formal e informal. Las drogas suelen ser uno de sus principales propulsores así como la comercialización de armas y la trata de personas. En ocasiones extorsionan dinero de la economía informal. Esta es la economía donde suele hospedarse la actividad de las pandillas.
Pero hay diferenciales. Normalmente las economías criminales tienen como propósito “lavar” en las economías formales las utilidades obtenidas. En el caso de las pandillas, el circuito se cierra casi donde empieza, es decir, el recaudo no escala hacia la economía formal ni informal sino que se disipa en suplir las necesidades de sus propios miembros, los familiares de éstos o las viudas de los desaparecidos. La economía criminal desarrollada por las pandillas, no los hace ricos!

 

Las extorsiones, el sicariato y los robos, suelen ser las fuentes de recaudación de las pandillas y los montos, normalmente, son cuantiosos. En una ciudad cercana a la ciudad de Guatemala, la pandilla solía captar semanalmente alrededor de diez mil dólares como fruto de las extorsiones a los comercios y el transporte. Los aparatos estatales encargados de reprimir este extremo, a través del aprovechamiento ilegal de su estatus, se transformaron en receptores de una cuantía de lo recaudado. Las unidades pequeñas estatales, al igual que las unidades pequeñas de pandillas  entraron en una convivencia criminal generando así una sensación profunda de inseguridad. Así se forma un escenario esquizofrénico: visiblemente el estado confronta a las pandillas como enemigos peligrosos y contemporáneamente agentes del Estado se aprovechan de la economía criminal de las pandillas. En los enclaves del apartheid social, las pandillas brindan seguridad privada a sus pobladores y contemporáneamente las someten al silencio mediante las amenazas. Y allí la población joven y desocupada conforma un ejército inagotable de criminalidad.

Sin embargo, la venta de drogas, es una de las fuentes preferidas de la economía criminal en las pandillas. Normalmente venden para el consumo en cantidades pequeñas. En algunas circunstancias, el mayorista proveedor puede ser una “clica” (unidad o célula de pandilla), la cual ha logrado hacerse con una porción del mercado de consumo. Con el producto de esas ventas, se apoya a los compañeros pandilleros encarcelados, se compran armas para defender el poder acumulado, se rentan locales para vivir o asegurar producto, se compra más droga para continuar con el ciclo de economía criminal. También, lo recaudado, sirve para costear el consumo de droga por parte de los miembros.

Las utilidades fruto de la economía criminal, también tienen una dimensión solidaria. Se le ayuda a la madre del compañero fallecido, se le compra medicina al hijo del compañero encarcelado, se le apoya a la viuda de pandillero que necesita resarcirse de los daños sufridos.
En la región, los pandilleros no tienen la oportunidad de volverse ricos, ni siquiera el que comanda la pandilla. El ciclo económico circula en sí mismo, no sube a las otras formas de la economía y con frecuencia, ese ciclo suele ser corto; otros suceden a los que detentan el control.

DIOS Y PECADO
Mexican Boy era un chico que a los doce años ya era pandillero. En una ocasión comentó que dentro de la pandilla se tiene conciencia que las reglas de Dios no son las de ellos pero que las normas de la mara son tan sagradas como las mismas divinas. También expresó que cuando un miembro invoca a Dios (la conversión) como el motivo para dejar la pandilla, no hay modo de detener esa decisión porque en la pandilla “no pueden luchar contra Dios”; así mismo expresó que de no ser verdad que Dios ha mediado en el abandono de la pandilla por parte del joven, hay doble venganza: la de Dios y la de la pandilla.

En un estudio experiencial, cincuenta y tres jóvenes (diez por ciento mujeres) vinculados a pandillas, señalaron su vinculación con lo sagrado a partir de su relación con lo profano. Diecinueve de ellos habían cometido homicidios y treinta y siete de ellos habían estado a punto de morir entre una y siete veces.  Dieciséis de ellos han practicado secuestros o trata de personas y veinte y nueve de los estudiados han tenido ideas suicidas o han intentado el suicidio.
En lo relativo a la sexualidad, los datos son sumamente reveladores. Trece han practicado la prostitución, quince han sido masoquistas en sus prácticas sexuales e igual número ha tenido relaciones incestuosas; diez han participado en orgías, cinco han tenido prácticas necrófilas y otro número igual prácticas zoófilas. Veintidós han realizado violaciones y once las han sufrido.

Respecto a los problemas emocionales, treinta y tres han sufrido maltrato físico, treinta han tenido sensación de rechazo, veinticinco odian algo o alguien, treinta y uno se sienten solos, treinta y tres sienten deseos de venganza y treinta y seis NO se sienten perdonados.

Dos de ellos han practicado la brujería y cinco  han hecho pacto con el diablo o satanismo.
Dentro de la pandilla, el sentido de marginación incluye incluso la misma relación con lo sagrado. No se concibe la relación con lo sagrado como una dinámica ántropo-teológica sino como una escisión natural como consecuencia de la pertenencia estructural a la pandilla misma. De hecho, no se sienten perdonados y no conciben que Dios pueda perdonarles. Se requiere que suceda un evento de impacto para que esto pueda modificarse.

Pero una de las pandillas en la región se tatúa la virgen de Guadalupe, tiene que ver con lo simbólico de la propia vida en la pandilla. Para aspirar a llevar en la piel la virgen de Guadalupe, hay que ser “palabrero” o “ranflero”, es decir, tener la capacidad de ordenar; se puede llevar la virgen en la piel si durante el periodo de la “vida loca” algún familiar dentro de la pandilla ha muerto. Llevar la virgen de Guadalupe es un honor, sirve para resaltarse de los demás pero no sirve para tener la protección de lo sagrado. La virgen no protege.

Dios en la pandilla es alguien a quien se debe respetar, alguien a quien se le pide perdón por la vida loca pero no por los pecados. Se peca en la pandilla cuando se traiciona la propia pandilla, cuando se daña la vida de personas inocentes. No es pecado en la pandilla matar a alguien de la otra pandilla, eso es un honor y es un camino para ganar prestigio. Se peca contra Dios al hacerle daño a la gente inocente y son los mismos pandilleros quienes califican a los demás de inocentes o enemigos. Dios es la única fuerza que puede sustituir a la propia pandilla.
Una vez se está dentro de la pandilla, se entra en el círculo de la transgresión, la delictividad y la adicción. Si bien hay reglas de conducta dentro de la pandilla, la “vida loca” se vuelve un modo de vida y eso supone participar de los modos que impone la vida loca. Es en los umbrales de conducta de la vida loca, en la saturación del consumo o en las penurias de las cárceles cuando surgen en los pandilleros las reflexiones que incluyen a Dios. Allí se le ponen reclamos, se le lanzan retos o se le hacen promesas.

Los estudios experienciales han mostrado que de los que ingresan a las pandillas a conformar una clica, más de la mitad mueren en los primeros dos años, al menos un tercio de ellos termina en la cárcel y solo alrededor de un diez por ciento abandona la pandilla antes de morir o terminar en prisión. Y cuando se deja la pandilla, ha mediado Dios. Dios es esencialmente la única razón por la que puede abandonar la pandilla un pandillero.

AGREGACIÓN SOCIAL JUVENIL
Los dos padres tomaron la determinación de emigrar hacia los Estados Unidos y dejar a sus cuatro hijos al cuidado de la abuela. El mayor de ellos tenía apenas once años y los tres menores nueve, siete y cinco respectivamente; la última era mujer. Los padres llegaron a su destino soñado y la abuela empezó a recibir remesas para educar a los nietos. La realidad fue que la abuela les envió a trabajar e incluso cobraba ella lo ganado en la semana. Fue el segundo hijo quien decidió buscar un nuevo entorno y así encontró a la pandilla, cosa por demás muy fácil. A partir de allí solo fue cuestión de meses o pocos años esperar a que todos ellos entraran a su nueva familia. Así se convirtieron los cuatro hermanos en pandilleros.

Daniel vivía a cinco kilómetros del centro de la ciudad pero lejos de las oportunidades. Hasta su casa en el cerro nunca subió la casa de la cultura ni el agua ni la electricidad. La escuela la tuvo lejos y las amenazas de los otros adolescentes le movieron a tomar una decisión: ingresar a la pandilla para allí tener un sistema de protección.
Ambos casos son estremecedoramente verdaderos. En ambos casos faltaron dos factores de protección: una familia atenta a las necesidades de los hijos, una política de inversión en lo social y en lo joven que permita en lo marginal tejer sueños y tener otras oportunidades que no sean entrar a la pandilla. En la región para muchos chicos su única oportunidad fue entrar a la pandilla. Entrar a la pandilla es una opción de vida; normalmente se toma antes de los quince años y está rodeada de un proceso de calificación que permite a los mayores (palabreros o ranfleros) seleccionar a los aspirantes a partir de la valentía demostrada. Agregarse en una pandilla es consecuencia de la admiración que los jóvenes vulnerables tienen por sus integrantes y de los factores de protección a ellos que fallan o se fracturan en el proceso.

Entrar a la pandilla a veces es la única opción como consecuencia de la ausencia de otras ofertas de agregación juvenil. Esto es, en los barrios marginales, las iglesias, las organizaciones comunitarias, las tradiciones orales, los espacios de esparcimiento, no son entidades o componentes que faciliten o permitan la agregación juvenil. En cambio, el tiempo libre, la televisión, la violencia mediática, los nuevos héroes, son con frecuencia, la pista de lanzamiento para introyectar la subcultura de la pandilla y disponerse a pertenecer a ella.

Suele suceder que en las áreas vulnerables, desde los primeros años se entra en relación con la pandilla. Y las pandillas se vuelven un modelo vicario de aprendizaje. No se entra obligado a la pandilla, se entra por tener protección, se entra para ser admirado por las jóvenes del barrio, se entra para experimentar la “vida loca”, para obtener respeto de los demás, para facilitarse las necesidades que surjan. Pero se entra a la pandilla porque no hay más ofertas de agregación. La agregación juvenil en las áreas urbanas  más vulnerables de la región es muy escasa y la pandilla ha podido suplir esta necesidad.

Curiosamente, esta cuasi obligación de pertenecer a la pandilla es también breve. Las razones aquellas que volvieron emocionante entrar a la pandilla, con frecuencia suelen desencantar a los jóvenes que pertenecen a ellas pero tienen la convicción que el camino que tomaron es sin retorno y solo pueden seguir para adelante esperando que les pase lo peor a cambio de dejar un “testimonio”: morir “por el barrio”.

EL CAMINO DE RETORNO. JÓVENES EN BUSCA DE SENTIDO
De repente algunos pandilleros ni mueren ni terminan en la cárcel. Muchos de ellos han estado a punto de morir hasta diez veces. Algunos de ellos han asesinado varias veces. El breve tiempo de permanencia en la pandilla suele dejar un inventario desastroso: hay adicción a las drogas, se ha roto la relación con la familia, se tienen problemas con la justicia, en el cuerpo se ha dibujado en forma de tatuaje la historia de violencia, las posibilidades de trabajo son escasas y dentro de la pandilla se han vivido desencantos que han movido al arrepentimiento de haberse “brincado” (ingresado) a la pandilla. Hay también necesidades económicas, lesiones en el cuerpo, mal nutrición, disfuncionalidades psicológicas e incluso problemas de identidad.
Dejar la pandilla también es un rito. Hay que solicitar al de mayor rango el deseo de dejar la pandilla a cambio de un nuevo sentido de la vida; se invoca el hijo pequeño que se ha procreado, la novia con la cual se quiere establecer una relación matrimonial, la enfermedad terminal de la madre pero, en todas estas invocaciones, se incluye la irrupción de Dios como el motivo principal por el cual se quiere abandonar la pandilla. Y la persona con más mando a quien se le solicita, se le explica que se está sustituyendo a la pandilla por Dios y éste normalmente al no atreverse a luchar contra Dios, da “los pases”, “da los cuadros” y permite que el pandillero pueda empezar a dibujarse como EX pandillero.

Pero advierte que de no ser cierta esta invocación a Dios, la venganza será doble: la venganza de Dios y la venganza de la pandilla.
Cuando un pandillero empieza a dibujarse como EX, lo hace por una sensación de hastío de la violencia, por un desencanto de la “vida loca”, por un inventario doloroso de pérdidas y por un deseo de volver a encontrar una razón por la cual vivir. Allí le inicia un camino bidimensional: se agradece no haber muerto en la pandilla pero se sabe que en cualquier momento puede ser víctima de ataques; se espera el apoyo de la familia y se recibe el rechazo de esta; se aprecia a la persona que permitió la salida de la pandilla pero no se puede contar más con la misma; se espera ser admitido en la sociedad y se le percibe peligroso; se desea iniciar una vida nueva y los vicios y costumbres del pasado con frecuencia se imponen sobre los deseos.

Así, los EX pandilleros son “personas jóvenes que han cambiado su sistema de creencias y convicciones (ideas) y buscan someterse a otros ideales y normas que les guíen (reglas) a fin de afirmarse con nuevos lazos de grupos, conexiones y canales (acciones) a través de oportunidades (intereses) que les den acceso y ascenso en el tejido social al que nuevamente pertenecen”
Y en este conflicto y búsqueda de cambio, el pandillero ahora convertido en EX pandillero, fundamentalmente busca pocas cosas: dejar las adicciones, tener un lugar donde vivir, encontrar un trabajo, encontrar ayuda de los demás y encontrar ayuda espiritual en alguna iglesia.

EL SUEÑO DE LA DESMOVILIZACIÓN
“Una región libre de pandillas no es una región libre de drogas -espetó un ex pandillero-, pero hubiera menos violencia y los padres no tendrían miedo de enviar a sus hijos a la escuela”. Otro expresa que “mi vida ha sido un círculo de pandillas y mi sueño es que mi piel vuelva a estar limpia y que yo pueda caminar por la calle sin temor a ser agredido”.
“Mis hommies de la cárcel en el silencio de la noche lloran a solas. Se arrepienten y se lamentan por haber perdido todo: la familia, el hermano, el amigo y encima estar condenado a treinta años por haber causado daños por haber entrado a la pandilla”.
“Algunos policías que antes me golpeaban, ahora cuando me ven hasta me dan la mano y me felicitan y me dicen que siga adelante”. “Me deportaron. Si no hubiera pertenecido a la pandilla no hubiera consumido droga y ahora no estoy más en la pandilla pero sigo con la droga y no soy feliz”.
“Ahora soy feliz. La felicidad que no encontré en la pandilla ni en la droga ahora la tengo en Cristo. Mi deseo es servirle al Señor, conocer esposa y tener hijos. Me duele de mi vida haber perdido tiempo alejado de los que me quieren. No quiero morir, estoy dispuesto a vivir para realizar una vida nueva”.

Esta cascada de expresiones, es una señal de la necesidad de soñar de cara al problema de las pandillas. En Centroamérica en pasado, ejércitos regulares e irregulares se enfrentaron en conflictos internos que dañaron y entorpecieron el desarrollo tanto como ahora sucede con la violencia juvenil y las pandillas. Sin embargo, el impulso hacia adelante y la disposición de las partes de resolver lo que podía resolverse, permitió finalizar los conflictos y desmovilizar a los combatientes.
Desmovilizar las pandillas puede parecer absurdo. Para desmovilizar hay que creer. La creencia que es posible finalizar la violencia juvenil en forma de pandilla a través de acciones a favor de los jóvenes vulnerables, los pandilleros y los que las abandonan. Y el tiempo se agota: “antes el pleito era por pandilla, por territorio y ahora se pelea el control, se pelea la droga”, dice alguien de dentro. “Se pelea con la policía porque ellos agreden y eso genera odio, al decirles “al suave Charlie” es para que no nos golpeen tanto” dice otro que ya no es pandillero.

 

Si bien se han implementado modelos represivos y preventivos en la región con el propósito de resolver el fenómeno de las pandillas, también es cierto que las respuestas no han impactado notablemente en los destinatarios. Desde las cárceles se siguen coordinando acciones de las pandillas y desde las comunidades vulnerables se siguen alimentando las mismas con nuevos cuadros, cada vez más jóvenes, alarmantemente de solo nueve años en algunos casos.

EL MODELO DE PROMOCION
Ajustados al significado de las palabras basadas en su origen, re-presión es repetir o doblar la presión sobre una situación; pre-venir es, en cambio, anteceder a lo que viene. Pro-mover significa en su prefijo “delante de” “antes” (πρὸ), promover es iniciar o impulsar una cosa o un proceso procurando su logro, es tomar la iniciativa para la realización o el logro de algo.

Promover es ir a favor de una acción. Es adelantarse pero mejorando, es favorecer o beneficiar pero levantando o elevando a una condición superior. El modelo de promoción, entonces, sería aquel que interviene sobre los jóvenes contemplándolo como un grupo demográfico amplio, complejo y en situación de vulnerabilidad. El modelo de promoción deberá invertir en modo oneroso en los núcleos comunitarios en al menos cinco ejes:
- En la promoción de los jóvenes como recursos de la comunidad teniendo en cuenta las formas de ocio y valorando las diversas formas de participación juvenil.
- En la activación de una estrategia de redes comunitarias-institucionales que conecten intervenciones normales con intervenciones críticas.
- En la recuperación y rehabilitación del asociacionismo o agregacionismo juvenil con énfasis en la autogestión de los espacios agregativos juveniles.
- En el soporte a la creatividad juvenil a través del conocimiento de las diversas formas expresivas de las nuevas generaciones.
- En la identificación de las diferentes formas de acceso al trabajo remunerado que facilite la autosuficiencia de los jóvenes y sus posibilidades de desarrollo, formación y crecimiento.

En el caso de las maras y pandillas, estos componentes son precisamente los que mal definen su agregación. Cada marero o pandillero, hace del tiempo libre uno de los momentos privilegiados de autodestrucción; se escinde de la comunidad para “entregarse” a la mara o pandilla y se desconecta de las formas identitarias tradicionales para construirse sobre nuevos lenguajes y pautas como subgrupo en el mismo territorio. Cada marero o pandillero privilegia la transgresión y la fatalidad desconectándose de la mediación social. En fin, en lugar del trabajo hace uso de la violencia para la satisfacción de sus deseos primarios.

Un modelo de promoción es tomar la iniciativa, es preparar las condiciones y crear un escenario superior donde los jóvenes que pertenecen a las pandillas puedan re-incluirse y quienes están a punto de ingresar a las mismas puedan re-ligarse a la comunidad. Y quienes las abandonaron, puedan re-insertarse.

CONSULTA BIBLOGRAFICA
- CERVINO, Mauro. Imágenes e imaginarios de la conflictividad juvenil y las organizaciones pandilleras. FLACSO, Ecuador. s.a.
- DAHRENDORF, Ralf. Ley y orden. Editorial Civitas, S.A. Madrid, 1998.
- De la Locura a la Esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador. Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador (1992-1993). NN. UU.
- Entrevistas a jóvenes pandilleros y ex pandilleros de El Salvador
- Entrevistas a jóvenes ex pandilleros de Guatemala y Honduras
- FERNANDEZ V. Concepción. Jóvenes violentos. Icaria Editorial, Barcelona, s.a.
- FIZZOTTI, Eugenio. Editorial de la revista Ricerca di senso: Analisi esistenziale e logoterapia frankliana. Volume 2, numero 3, ottobre 2004.
- Observatorio Centroamericano sobre la Violencia. http://www.ocavi.com/
- SENNETT, Richard. Vida urbana e identidad personal. Ediciones Península, Barcelona, 2001
- SZTOMPKA, Piotr. Sociología del cambio social. Alianza Editorial, Madrid, 2003
- WILBER, Ken. Un Dios sociable. Editorial Kairos. s.a.
- WOLFGANG, Marvin y FERRACUTTI, Franco. La subcultura de la violencia: hacia una teoría criminológica. Fondo de Cultura Económica, México, 1971.

*Psicologo y experto en seguridad pública.

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Comentarios   

 
+1 #1 Saul Preza 21-05-2013 18:04
Creo que tu analisis se queda en la superficie el origen de las Maras fueron enlos estados unidos y luego exportadashacia otros paises.su nacimiento fue una necesidad para hacerse espacio en L.A. donde ya estaban los negros,mexicano s,coreanos y otras pandillas, aun la palabra misma nos fur ROBADA Mara en los 70 era sinonimo de amistad....
saludos
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