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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Abril de 2017

NOTICIAS

Premio Gabo 2016 otorgado a medio salvadoreño

La distinción reconoce la labor del equipo periodístico enclavado en uno de los países más violentos de Iberoamérica

Como reconocimiento a la excelencia por su labor periodística el medio digital El Faro fue premiado por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano con el galardón premio Gabo 2016.

La distinción reconoce la labor del equipo periodístico enclavado en uno de los países más violentos de Iberoamérica y en un entorno político y económico hostil para el desarrollo del periodismo independiente según la fundación.

José Luis Sanz, director del periódico, expresó que el reconocimiento  es un enorme honor, porque es la primera vez que se le otorga a un colectivo periodístico y no a un o una periodista individual “el premio reconoce los 18 años de trayectoria de El Faro”.

El reconocimiento a la Excelencia es concedido cada año por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano a un periodista o equipo periodístico de reconocida independencia y compromiso.

Asimismo el galardón tiene como propósito incentivar la búsqueda de la excelencia, la innovación y la coherencia ética. Los ganadores recibirán un premio de alrededor de 7,000 dólares, un ejemplar de la escultura “Gabriel” del artista colombiano Antonio Caro y sumarán su participación en el Festival Gabo en Medellín, Colombia.

 

 

Presentación de la segunda edición del “Real diccionario de la vulgar lengua guanaca”, tomos I y II de Joaquín Meza


Por Dr. Luis Melgar Brizuela

 


A esta dimensión de la vida se suele hacer fiesta. Cuando la primera edición se agota y aparece una segunda edición, pues hay que hacer más fiesta, celebrar con más entusiasmo el triunfo de la obra que está renovándose, ampliándose  como en este caso, creciendo como texto y también como lectura para un público particular, en este caso académicos, pero también en general los estudiosos de la identidad salvadoreña.


De manera que estamos contentos los que conocemos a Joaquín, y los que valoramos su trabajo tan arduo, extenso, intenso, paciente y constante como este, de que se haya llegado, confirmando el triunfo de la obra, a una segunda edición que, si la comparamos con la primera, de por sí en su volumen, en su factura misma física, tipográfica, está mostrando un avance, un crecimiento de este diccionario tan particular.


Déjenme hablarles brevemente de Joaquín Meza, a quien conozco desde hace mucho tiempo; aproximadamente tenemos unos treinta años de ser conocidos, amigos y compañeros de rutas literarias, lingüísticas, intelectuales, humanistas y también de periodismo literario, en alguna medida.


Joaquín es un poeta, un profesor de Letras y últimamente se ha revelado como un magnífico e intenso investigador lingüístico y literario, con cierto énfasis en lo indígena, en lo autóctono, en las entrañas de la Madre Tierra manifestadas a través del arte, del lenguaje, la literatura. Con él hemos compartido varias indagaciones, allá por los años 87, 88 anduvimos en Guatemala y Honduras siguiéndole los pasos a Vicente Acosta, a Rubén Darío, a Francisco Gavidia, metiéndonos en bibliotecas, hemerotecas, en fin…, como verdaderos cazadores de información literaria y cultural; y desde esos tiempos Joaquín mostraba una agudeza, una intensidad como buscador, como investigador; y los que íbamos con él, pues admirábamos esa celeridad, esa habilidad para captar el dato que busca.


Fundamos en 1987 la revista “Amate”. Poco después fuimos fundadores principales de la Comunidad de Escritores Salvadoreños, C. E. S.; y en fin, hemos recorrido juntos varios trechos. Y cuando Joaquín me dice que comente su segunda edición de su Real diccionario de la vulgar lengua guanaca, pues lo hago con mucho gusto. Me entusiasma compartir con ustedes, con él, estas temáticas tan productivas, tan incidentes en la conciencia, en el sentido de la salvadoreñidad.


Cuando por primera vez me mostró su trabajo, antes de la primera edición, digamos los borradores ya completos para buscar la primera edición, me sorprendió pues no sabía que se había dedicado tanto, con tanto entusiasmo y con tanta minuciosidad como lo requiere esta materia de la lexicología, a elaborar un diccionario del habla popular salvadoreña.


En un primer momento, porque no conocía trabajos de él en esta temática, dudé. Dije: “¿Qué le pasa a Joaquín? Me trae una obra tan voluminosa de lexicología”. Porque por mis estudios también en el campo de las letras sabía que ser lexicólogo, elaborar calificada y profesionalmente un diccionario no es nada fácil. Al contrario, es una empresa demasiado ardua, demasiado a largo plazo y compleja de por sí que requiere no sólo la especialización lingüística de quien quiera ser autor de un diccionario de este tipo, si no que generalmente exige trabajo de equipo.


Durante mis estudios doctorales en el Colegio de México pude conocer cómo se había organizado un equipo amplio dirigido por una eminencia lingüística para emprender la hazaña enorme del diccionario español-mexicano. Joaquín ha realizado un diccionario muy amplio, muy bien llevado del español salvadoreño, sobre todo en su fase, en su nivel popular. Y repito: Cuando me llevó el borrador ya completo dudé de que pudiera ser una obra realmente calificada, sostenida como especialidad en la lexicología. Y a medida que lo fui recorriendo y conversando con él mismo, auscultando los distintos niveles y calidad llegué a la conclusión de que admirablemente sin tener Joaquín Meza una formación específicamente lingüística a los grados de maestría y doctorado, más bien autodidácticamente y con una acuciosidad y sentido u olfato de la lexicología, había logrado una obra realmente admirable.


Y dejé a un lado las dudas y comencé a celebrar con él esta verdadera hazaña de acumular, ordenar, clasificar muy ordenadamente el habla popular salvadoreña. Un espacio ilimitado, un dominio que no tiene agotamiento, que ningún investigador podría cubrirlo al ciento por ciento en su totalidad. Pero que sí, alguien tan acucioso como Joaquín Meza puede aproximarse a esa totalidad y dar cuenta, en general, del habla salvadoreña con intensidad y con voluminosidad.
De manera que me alegro, no solo de que esa primera edición haya resultado triunfante y se haya agotado en un plazo relativamente corto, sino de que ahora estemos celebrando una segunda edición más amplia, al parecer mejor depurada, y que ya caerá en un terreno abonado por la primera edición y será, digamos, un ente clásico en la lexicología salvadoreña y en los estudios lingüísticos autóctonos.


Los críticos o entendidos en esta materia lo han comentado todos de manera muy favorable. Quiero empezar citando al editor, al muy distinguido intelectual y conocedor también de esta materia, Rafael Ibarra, quien asegura que esta forma de hablar y moldear las palabras que han sido captadas por Joaquín, plasmadas en su diccionario, es parte de “nuestra identidad compartida”. Quiero subrayar estas palabras porque de hecho considero que el aporte fundamental de fondo de obras como las que ahora celebramos es ante todo reivindicar el sentido de la nacionalidad, contribuir a que ya no tengamos tan desdibujada la conciencia de nuestra nación, de nuestro ser salvadoreño, que como diría el eminente escritor Carlos Fuentes, todavía sigue siendo para la mayoría de nosotros un “espejo enterrado”, un algo que quedó soterrado por la dominación europea, por la globalización actual, por la inconsciencia a cerca de nuestras raíces, y que si bien ha estado metido profundamente bajo tierra, y por tanto dificultándonos a nosotros mismos, va siendo recuperado poco a poco por un sentido de recuperación de lo ancestral; también de lo que pudiéramos llamar una “nueva autonomía”, una “nueva independencia cultural” que se conquista lentamente, pero que progresa en la medida en que trabajadores de la cultura tan intensos, tan, si se quiere, hasta obsesivos como Joaquín Meza, siguen sin detenimiento hasta lograr un producto verdaderamente amplio que, repito, si no cubre la totalidad de ese dominio, se aproxima a ella.


Carlos Alberto Saz, que sabemos es representante principal de la Academia Salvadoreña de la Lengua Salvadoreña, asegura que “escribir un diccionario no es una tarea fácil. Es una concienzuda y paciente labor de titanes, de gigantes de la literatura”. Sí, estoy de acuerdo en que producir una obra como esta, dedicarse por largo plazo, con tanta intensidad a la lexicología popular es verdaderamente titánico. Lo voy a comparar, para que advirtamos que sí es una obra titánica, con lo que se ha producido en el Departamento de Letras de la Universidad de El Salvador, en el cual  trabajo, que tiene ya  una existencia de sesenta o más años. En el Departamento de Letras hay un área de lingüística. Vayan ustedes a preguntar cuándo se ha publicado, no digamos un diccionario de este volumen o de esta dimensión, sino siquiera un lexicón, siquiera una recopilación cualificada del habla popular salvadoreña, teniendo allí lingüistas de grado universitario o de post grado que reclama precisamente ese tipo de trabajo.
Si en el Departamento de Letras se hubiera trabajado como lo ha hecho Joaquín, ya tuviéramos varios diccionarios lingüísticos nuestros. ¿Por qué no los hay? Bueno, la comparación habla por sí misma. Porque falta esa mística, esa contundencia de investigador, ese entusiasmo y permanencia en la tarea que uno se ha propuesto hasta culminarla. Falta la mística del intelectual, del lingüista, del investigador que se reta así mismo hasta llegar al punto que se ha propuesto.


No estoy de acuerdo con el maestro Carlos Alberto Saz en que sea una labor de “gigantes de la literatura” en su pleno sentido; más bien de la lingüística, o aun más estrictamente de la lexicología, una de las ramas más especializadas, más difíciles de la lingüística. El doctor Humberto Velásquez, de grata memoria, filósofo, humanista, antropólogo y autor de diccionario, hasta del “Leperario salvadoreño”, un hombre que era talentoso y agudo, investigador y a la vez muy humorista, dice que “el diccionario de Joaquín Meza, es un valioso aporte a la identidad salvadoreña y una singular contribución a su lingüística, hecho con fina ironía desde el título”. Este rasgo hay que subrayarlo.


Yo conozco a Joaquín desde hace mucho tiempo, ya lo dije, y sé que no es nada solemne; al contrario, no se toma a sí mismo demasiado en serio y sabe ponerle humor, a veces ironía a sus trabajos, a su expresión, poética, narrativa o, en este caso, lingüística. De manera que coincido con Humberto Velásquez en que este diccionario desde su título empieza a jugar con nosotros mismos en ese campo tan particularmente identitario: el habla.


Fernando Morales Núñez, un destacado estudioso y maestro de las letras, ya fallecido, lo denomina “Verdadera enciclopedia etno lingüística”. Estoy de acuerdo también con esta calificación. El volumen de recopilación y la claridad en la estructuración, en el ordenamiento de los artículos del diccionario, es decir, de cada ítem hacen ver, por un lado lo enciclopédico, y por otro, el privilegio o el centramiento en lo etno lingüístico, porque de hecho en este diccionario quedamos reflejados del todo como mestizos, como sincréticos pero también como provenientes de las hermosas, bellas raíces nahuas, pipiles, mayas, toltecas, lencas, etc., todo lo cual acuciosamente ha sido registrado en la parte etimológica por la investigación de Joaquín Meza.


Finalmente quiero destacar la ponderación de Salvador Juárez, que es un poeta muy poco entendido, creo yo, en temas tan arduos como la lexicología o la lingüística en sus niveles académicos, pero sí de alta sensibilidad. Dice Salvador Juárez que “este diccionario proviene ante todo de la alta sensibilidad de poeta de Joaquín Meza, y de su compromiso de hacedor de cultura popular”. Que la sensibilidad poética entre en juego en una recopilación, en una investigación, en una elaboración lingüístico lexicológica, no necesariamente es así, pero en el caso de Joaquín Meza, sí su estro poético, esa sensibilidad estética frente a la vida, frente al arte, frente al lenguaje, le abona, le da vitalidad y fuerza para darnos una versión lexicográfica, no simplemente denotativa o rígida en el sentido lexicográfico, sino más allá por las connotaciones, que ya dijimos, se convierten en toques de ironía o en connotaciones que solo los salvadoreños podemos captar por la finura con que están dadas a través de los artículos del diccionario. Y agrega Salvador Juárez que “esta esta obra responde a nuestra cultura de liberación” Eso quiero también enfatizarlo porque creo que un diccionario de esta dimensión de hecho contribuye a que nosotros los salvadoreños podamos entender y tener materiales de abono para una descolonización cultural que nos urge, que estamos necesitando como parte de la recuperación del ser salvadoreños y del equilibrio de la sociedad en materia cultural, artística, intelectual y lingüística.
O sea, la cultura de liberación exige entrega científica y también un humanismo claro que nos permita entender que al recuperar el habla popular, sus raíces, sus connotaciones de convivencia social, estamos contribuyendo a no seguir siendo colonizados, a no seguir dependiendo de la Real Academia de la Lengua Española, solamente, sino también del sentido profundo de nuestras raíces, que tiene que ver también mucho con nuestra lingüística y con nuestros estudios literarios.


Si comparo esta segunda edición con la primera encuentro diferencias favorables como para afirmar que de verdad la obra ha crecido, que se está expandiendo en calidad y en cantidad posible de lectores. La primera edición era un solo tomo, y era todo léxico; no había, como sí la hay en esta segunda edición, elementos nuevos tales como los refranes, la dicharachería y la sinonimia. Estos campos que son también del habla popular y de la lexicografía no aparecían en la primera edición. Aparecen en esta segunda edición como segundo tomo, lo cual enriquece, diversifica, amplía y consolida el trabajo de Joaquín, y el diccionario de nuestra habla popular. Por tanto hay un crecimiento cualitativo al diversificar los dominios de nuestra lexicografía o lexicología.
Por otro lado, hay un aumento cualitativo en las páginas. La primera edición sumaba quinientas catorce páginas. La segunda edición, en su primer tomo suma ochocientos setenta y el segundo tomo cuatrocientos ochenta y cuatro. Es decir en total mil trescientas cincuenta y cuatro páginas; más del doble del total de páginas de la primera edición, aunque hay que tener en cuenta el detalle tipográfico porque la primera edición está en una tipografía más pequeña y esta segunda tiene una tipografía de mayor puntaje, pero aun así es evidente que ha crecido en cantidad de información de una manera ostensible.


Me pregunto si también el cambio en la portada es una mejoría porque en la primera portada teníamos a un salvadoreño muy particular exhibiendo una lengua llamativa, poco común por su tamaño, y a la vez con una especie de penacho, en una actitud como, para decirlo en buen salvadoreño, de jodarria. En cambio ahora tenemos una portada que no tiene ese toque chabacano, de juego un tanto procaz, por decirlo de algún modo, sino que muestra una actitud verdaderamente conversacional, coloquial. Aparecen unos señores ya mayores, disfrutando mucho su habla, su conversación. Y hay variantes entre la portada y la contra portada.


Me pregunto: ¿Será más guanaca esta portada que la de la primera edición? Habría que preguntarle a Joaquín o a los especialistas en “guanaquismo”, que es uno de los temas también bastante álgido. Nuestro compañero de grupos literarios y de muchas aventuras de conocimiento, Miguel Ángel Chinchilla, repudia esta denominación, no admite que seamos guanacos o que se nos quiera distinguir con el guanaquismo. Lo mismo hacía Álvaro Menéndez Leal, y se peleaba con Roque Dalton, que sí sostenía, defendía el guanaquismo. Se cruzaron entre ellos cartas combatiéndose, negándose en ese punto. “Que no hay que ser guanacos”, decía Álvaro. “Que sí hay que serlo”, decía Roque. Lo mismo quizá pasaría entre Joaquín Meza y Miguel Ángel Chinchilla, un escritor prolífico muy bueno y un excelente promotor cultural del periodismo radiofónico. Lo queremos mucho. Sigue siendo el tema del guanaquismo un punto de debate muy fraterno entre nosotros.
 
El guanaquismo, ¿Cómo queda en este diccionario? Aparte de que está en el título, sí lo vemos plasmado en varios detalles. No sólo en las connotaciones, en el hecho mismo de recuperar el habla popular y en registrar los étimos indígenas, sino también en los datos editoriales. Por ejemplo, los editores son de “Nekepú”, o “Nequepio”, que era el nombre indígena original de nuestro país. Luego, la colección es “Tamachtiani”, términos del náhuat que nos remiten a los afanes de sabiduría y de recuperación de nuestros tesoros ancestrales.


De manera que sí nos está reivindicando a los guanacos, a los salvadoreños, en la veta ancestral y en el sentido, lo repito porque creo que vale la pena considerarlo, de la descolonización, de que un autor salvadoreño muy allegado y muy capaz de abocarse a la cultura popular la está recuperando en su lexicología y nos está dando una obra que viene a sostener más y mejor el edificio de nuestra nacionalidad, en esa parte tan hermosa, tan dinámica que es la lingüística, y que es nuestra sabiduría, al mismo tiempo ancestral y actual, de cara a los retos que nos impone el sentido de la nacionalidad y de la autonomía, la globalización, que nos invade y quiere borrar lo autóctono, lo ancestral, que no privilegia este tipo de publicación.


Así que sigamos celebrando, sigamos haciendo fiesta de esta obra por su triunfo, al agotarse la primera edición, y por su crecimiento cualitativo y cuantitativo, que aquí reunidos para celebrarla y que uno entusiasma que siga creciendo, que siga abonando a un mejor sentido de la salvadoreñidad.


Presentación de la segunda edición en el Auditorio “Elba y Celina Ramos”, UCA, el 27 de abril de 2016. El Diccionario está a la venta en Librería de la UCA.