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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 23 de Mayo de 2017

Prólogo del libro «Semos malos»

prologosemos


Nelson Lopez Rojas tradujo al Inglés los Cuentos de barro de Salarrué

Semos malos es un libro escrito por Nelson López Rojas, quién tradujo al inglés los Cuentos de barro de Salarrué. Semos malos se presentó el 18 de diciembre en San Miguel y está a cargo de la editorial de la Universidad Don Bosco. Como lo define su autor, es una suerte de «Biomitografía» donde, a la vez que habla de algunos rasgos típicos salvadoreños, desgrana episodios de su vida.

Prólogo por  Nancy Bird-Soto (*)

¿Seremos nada más que nubes impregnadas de recuerdos, proyecciones y el material de nuestro ambiente? Si lo somos, como gotas de lluvia fluyendo desde un mismo cauce de tradiciones y «maldiciones», no podemos empezar sino desde lo colectivo, desde lo que nos hace llover y nos regresa al suelo de donde brotamos. Así comienza Nelson López Rojas el recorrido de Semos malos, obra narrativa que cataloga como «biomitografía», continuando así lo que escritoras como Audre Lorde y Dinorah Cortés-Vélez han explorado en pos de un entendimiento del ser tanto en su contexto como en el potencial de las posibilidades que se destilan de las memorias lanzadas al viento e inscritas en papel. Estamos ante un posible tratado sociológico, una sobria especie de diario extendido, una seria serie de postales que confeccionarían un bildungsroman.

En el texto de López Rojas, se manejan vidas, mitos y escritura para conjugar y conjurar vivencias. Se dibujan fugas de la imaginación y palabras como «machetes al aire» intentando rasgar el silencio de la página en blanco y narrar lo que hay más allá de la capa nubosa de una tarde en El Salvador o una mañana de invierno en Milwaukee. De tales manejos y (des)dibujos se crea el arsenal del que se vale el narrador de su propia historia, de su leyenda, de su legado. Éste, a su vez, detona dicho arsenal para traspasar la frontera construida a base de experiencias que lo marcan desde su niñez hasta preocupaciones por lo que les depara el porvenir a su país, a su hija, a él y a la humanidad. Es el (ana) cronista que intenta llegar al corazón de la pobreza, no solamente vivida en carne propia, sino desde su conciencia colectiva, pues se trata de la «pobreza de niños con estómagos grandes por las lombrices, esa pobreza de madres solteras con cinco o seis crías, esa pobreza de ancianos sin fuerzas para ir al río por agua para tomar...». Con evidente soltura, el narrador nos cuenta de la violencia física relacionada a la guerra como también de la violencia sociocultural, soslayada pero honda, de los prejuicios raciales, prejuicios que irónicamente pululan sin impunidad por tierras latinoamericanas, las tierras del mestizaje, la hibridez y la tensión. Semos malos sin sermonear ni sentenciar expone la posibilidad de ser de otra manera, de ser desde el equilibrio en que se balancea la tensión

Cual lazarillo del final de los finales del siglo XX, el narrador de Semos malos relata sus andanzas por diversas chiripitas o chambitas para conseguir dinero cuando niño y adolescente al igual que sobre los hurtos cometidos, también, de manera adolescente. Se asoman amoríos, a lo adivino y a lo muy bíblico, no sin descubrir que a pesar de lo indoctrinado, «…no todo era Biblia en el mundo.» Pero lo seductor no le quita lo vulnerable: sobrevive un intento de violación que hubiera sido además pedofilia si se hubiera consumado. El sujeto que «semos» en plural, por su parte medra, aspira, sueña y sobrevive. Sin encomendarse a nadie, en buen plan cervantino se dirige al público lector y sin falsas modestias barrocas no titubea en jactarse de su facilidad para con la palabra. Ecos rubendarianos, julicortazarinos, así como atisbos de la cultura popular a lo Chapulín Colorado se pasean por la biomitografía como les da gusto y gana. Es una propuesta colectiva, desde la colectividad del ser salvadoreño que no se quiere esencializar, pero que se quiere entender y comprender, en contexto, para consigo mismo.

Más aún, nuestro narrador puede pasearse con amplia soltura entre memorias, destilando y columpiándose a veces entre lo que podría decir y lo que quisiera decir, porque tiene la gran ventaja de no tener nada que perder. O todo está perdido o todo está por ganarse. El yo que «semos» en la biomitografía que nos ofrece López Rojas está narrando desde un más allá, porque, según él, cual personaje amortajado de María Luisa Bombal, está muerto. Si se ha cedido la vida, qué queda sino apoderarse de la palabra que ya no se puede censurar. Y si se ha vencido la frontera de la censura, qué más apropiado que enfrentar todo lo que ha marcado la identidad propia: los prejuicios de clase y fenotipo, las instancias de violencia crasa, las pasiones y los mismos miedos que se camuflajean al dar saltos de todo tipo, incluso de fe.

De que en esos saltos hay giros donjuanescos, no hay duda, y éstos tampoco pasan desapercibidos. ¿Hombre latinoamericano, hombre salvadoreño estereotípico y a propósito? El narrador nos guiña el ojo y nos deja pensando. ¿Semos así, a lo masculinizante, por los siglos de los siglos de herencia colonial?  ¿Qué media entre el ser individual y el ser del colectivo en nuestras «dolorosas repúblicas»? No hay mucho (más) que se le pueda pedir a un muerto. He ahí la astucia mayor del yo que es tanto como «semos» y que se enmarca a sí mismo dentro de su propia vulnerabilidad. Narrar desde un espacio de no-ser le hace a su vez post-partícipe del colectivo que le ha formado, lo que a su vez le permite superarlo sin despreciarlo. El post-donjuan no necesita de una amante que lo redima como en la versión romántica del susodicho mito como sucede en la versión de Zorrilla. Todo es cuestión de imaginación y de las nubes y de inyectarle la cantidad justa de «bio» y «grafía» al mito.

Todo es cuestión de una niña que no se hace inmune al azul del cielo en vuelo rumbo a algún lugar de Centroamérica cuyo nombre bien recuerda el biomitógrafo. Ese azul, al igual que el pulso del narrador quien se creía muerto, siempre habían estado presentes a pesar de los nubarrones literales, personales y políticos. Tal reconocimiento y la manera en que la narrativa nos va llevando al mismo―tropezando entre vicisitudes, travesuras , traiciones y desengaños―es uno de los mayores logros de López Rojas en esta obra. De este modo, Semos malos reluce por la gama de matices que el narrador, con mesurada dosis de sigilo y perspicacia de pícaro, va esbozando. Lo hace hasta llegar a la máxima jactancia, si no vulnerabilidad, de quien se encuentra a sí mismo, dejando que otro―en este caso, otra: niña, fémina, hija―sea quien facilite la reconexión con todo lo posible, todo lo mágico.

Comencemos malos y síganle los buenos...

(*) Autora de Sobre la tela de una araña

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Comentarios   

 
0 #3 Daniel Chavez Moran 11-03-2014 01:52
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+1 #2 Bayron Meléndez 21-12-2013 16:18
¿Dónde en San Miguel fue presentado?
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+1 #1 Nelson López 21-12-2013 07:07
Les gusta mi libro? Claro que si!
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