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San Salvador, 20 de oct. de 2017
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Salarrué ø el mundo sin sexo

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Seguramente existe más de un Salarrué. Uno con un «puritanismo tardío [que] rechaza el cuerpo humano para instaurar la utopía de un mundo sin sexo». Otro el «del erotismo juvenil que se regodea con una “hermosa negra desnuda”». Rafael Lara Martínez explora otro filón de la obra de uno de los autores clásicos salvadoreños.

Por Rafael Lara-Martínez (*)

Tecnológico de Nuevo México

Desde Comala siempre…

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[En el siglo XXI,] el hombre redimirá su naturaleza animal [para] engendrar por medio de un beso [sin] sensualidad erótica […] El hombre del futuro nacerá de un contacto superior.

Salarrué

Nuevo México.- A cuarentaidós años de La sed de Sling Bader (1971), «noveleta» de Salarrué, indago su legado. Un puritanismo tardío rechaza el cuerpo humano para instaurar la utopía de un mundo sin sexo. La negación del cuerpo redimiría al ser humano de su condición animal rastrera hacia su elevación espiritual.

En vez de proponer la unidad del cuerpo con el espíritu –como la elabora Catleya luna (1974)– el narrador invoca la existencia de una humanidad incorpórea y post-sexual. Al «espejo del misterio de la sexualidad dividida» –convocada en la «unión tangible»– se contrapone el «embarazo materno sin intervención sexual» ni tacto. El mea máxima culpa del viejo Salarrué (1971-1974) deplora su erotismo juvenil que se regodea con una «hermosa negra desnuda» (Remotando el Uluán, 1932).

Hay que desprenderse del cuerpo humano y, quizás, de la tierra que lo hospeda. A la humanidad, su amor entrañable la rebajaría a lo material y a lo animal. A esta bestia grosera que aloja el espíritu, hay que desdeñarla por sus actividades biológicas inferiores, hasta inventar una humanidad post-terrestre.

De las funciones orgánicas inferiores –respirar, comer, orinar, defecar, reproducirse por sexualidad, etc.– la más deleznable la manifiesta la reproducción humana por el deseo. Acaso se le añadiría la alimentación por incitar lo carnal y, sin duda, «la política» por ser «dañina» al organismo que la practica.

I.

La propuesta idealista de Salarrué actualiza una variante del «mito del nacimiento del héroe» (O. Rank, 1909). Pero su enfoque no lo realiza desde una perspectiva psicoanalítica, antropológica, ni de la historia de las religiones. En cambio, elige la postura de un creyente ortodoxo que profesa la mitología a exponer.

A diferencia de Rank, Salarrué no analiza la estructura interna del mito: «la madre del héroe es una virgen; el padre es un rey, pariente cercano de la madre; las circunstancias de su nacimiento son poco comunes; se dice que es hijo de un dios», etc. (véase también: V, Propp, Morfología del cuento (1928)). Tampoco le interesa su arraigo en la psique humana: el trauma del nacimiento y la sublimación de los padres. Menos aún, indaga la estructura social que sustenta el auge de un pensamiento mítico, tal cual lo emprende Alfredo López Austin en Hombre Dios (1989). De realizarlo, sujetaría la religión a lo político, la metafísica a lo mundano.

La preocupación de Salarrué se centra en revelar la realidad espiritual del mito en tanto que revelación divina y augurio del destino humano. Todo otro enfoque laico –al renegar de la verdad teosófica– se acusaría de hallarse viciado por el «materialismo» de «la ciencia moderna». El «nacimiento» del ser humano a partir de una «virgen y madre» transcribe una realidad religiosa de antaño que la historia hará efectiva en breve.

Dudar del engendramiento virginal se traduce en «idea pecaminosa», en acto «diabólico» que transforma a la mujer en «incestuosa», acaso «violada». En esta dicotomía del cuerpo femenino, la teosofía de Salarrué repite un estereotipo clásico que lo polariza de la madre inmaculada a la prostituta o mujer infecta.

En la «noveleta», un ropaje de exotismo metafísico reviste el modelo madre-virgen/madre-poluta de una aureola teosófica y orientalista. La «selección estética» consigna «los hechos».

II.

A menudo, el autor no cita las fuentes primarias, sino presupone que su propia intuición le basta para descubrir la realidad histórica y, acaso, la del universo entero. «Hay en el fondo de [mí] mismo otro mundo mucho más hermoso, interesante y variado» que el mundo objetivo (e = mc2, tabla periódica de los elementos, internet, archivo histórico, etc.). Su actividad espiritual suprema suplanta toda fuente primaria escrita. Sin embargo, en la noveleta acepta la influencia de un registro exterior a sí mismo.

Es obvio que Salarrué inventa al indígena náhuat-pipil a su arbitrio. Así lo demuestran varias etimologías falsas y una mitología náhuatl-mexicana, ajena al grupo indígena salvadoreño en Catleya luna– (véase un artículo anterior: «La invención del «indio adentro en Salarrué. El otro en lo mismo (el 32 en el 74)»). Pero implicaría un acto sacrílego fantasear con los documentos iniciáticos que inspiran su fe teosófica. Por tal razón, a la ausencia de fuentes históricas náhuat-pipiles, se contrapone la alusión directa a la teosofía del siglo XIX.

En lealtad a su creencia, cita al egiptólogo y traductor de la Biblia, Samuel Sharpe (1799-1881). Sus trabajos más connotados se intitulan The History of Egypt under the Ptolomies (1838) y Egyptian Mithology and Egyptian Christianity (1863). La obra de su colega James Bonwick, Egypt Beliefs and Modern Thought (1878), redondearía las ideas que Salarrué hereda del siglo XIX. Sólo una crasa ingenuidad –una fe ciega– supondría que la egiptología no cambia en casi siglo y medio de historia.

De esas lecturas el autor deduce una «teoría del Avatar». El ideal salarrueriano lo realiza la exclusión de la mujer de todo contacto sexual. Sin deseo ni placer, debe preservarse virgen para redimir a la humanidad de su condición material. El «Plan Divino» se efectúa por «el embarazo materno sin intervención sexual».

Hay que falsificar la «ciencia y el positivismo» del siglo XX y XXI. La bio-química, el ADN, la fertilización artificial e in-vitro, la inteligencia artificial, etc. serían ilusiones prosaicas ante la «emoción» que basta para engendrar los cuerpos humanos. Las áreas científicas que, al presente, realizan el ideal salarrueriano –el engendrar sin sexo– serían ilusiones materialistas.

La realidad superior del espíritu dictamina que «la Inmaculada Concepción» marque el futuro utópico de la humanidad. Al abolir «la sensualidad erótica» –rasgo animal– el contacto entre los cuerpos dará lugar a otro de carácter «superior». Este modelo lo prefiguran los Avatares de la antigüedad: «Dionysios, Osiris, Krishna, Buddha y Jesús mismo», al igual que «Topilzín» en Mesoamérica.

Todos los seres humanos serán hombres-dioses nacidos de una «virgen y madre». «Lo real» –la materia– es «una ilusión», lo cual el espíritu llama a trascenderlo. El hombre del futuro nacerá de una madre virgen, sin un contacto genital inferior que lo humille a lo corporal. El «mito del nacimiento del héroe» transfigura al «hombre» moderno hacia la pureza virginal de su origen divino.

III.

«Si se ofreciera a una virgen un niño que debiera nacerle sin intervención fisiológica del hombre a quien ella ama, sea amante o esposo, no aceptaría me parece; no ama el placer sensual o sexual en sí únicamente, sino, principalmente, el de darse de modo total en abandono plástico al amado, para que la creación sea posible» (Catleya luna).

De comparar las dos últimas novelas de Salarrué, se deduce una contradicción al interior mismo de la teosofía. No habría una visión teosófica única del cuerpo. Habría dos enfoques en conflicto irreconciliable. Existen múltiples perspectivas creyentes.

En el polo negativo, La sed de Sling Bader juzga una aberración el contacto humano corporal y genital entre los amantes. En el extremo positivo, Catleya luna lo percibe como una reunión platónica de dos seres desgajados al inicio de los tiempos. Por el «deseo [de] penetrarte» el hombre se reinserta en el vientre de la mujer «como si hubiera una vez salido de ti, de tu entraña». Más que placer «pecaminoso» y animal, la cópula prefigura el retorno al vientre de la madre.

Del coito como acto indeseable –producto del «materialismo tradicional»– se transita a la cópula como reconstitución de un ser andrógino originario. Aun así, no se restaura una equivalencia entre las dos facetas, ya que la una se entrega –«darse de modo total en abandono plástico»– y el otro la recibe para moldearla a imagen de su deseo erótico y «espiritual». Si la mujer procrea al hombre, el hombre la «inventa» en «carne y hueso» a su arbitrio.

Acaso al invertir el acto de dádiva pasiva –lo femenino– y de recepción formadora –lo masculino– los sexos biológicos mutarían su valor de género cultural. Al ofrendarse al macho, «la mujer natural piensa: «yo soy la parte que complementa la creación, tengo que entregarme totalmente» al hombre para completar su masculinidad suprema, casi divina.

Para complicar la teosofía, ambas novelas tardías –La sed de Sling Bader (1971) y Catleya luna (1974)– se sitúan en una distancia antagónica de Remotando el Uluán (1932). El joven Salarrué se regocija en el «fumbultaje musical» que acaricia «la abertura circular» y los «bellos senos de mármol» de una «hermosa negra desnuda», para propiciar el viaje astral de su espíritu hacia las esferas extra-mundanas.

Cuarenta años después, el anciano Salarrué se arrepiente de sus andanzas eróticas juveniles. Culpabilizado– por «abrir aguas vírgenes», entre «mimos y besos sensuales»– aconseja a sus seguidores realizar la utopía de un mundo sin sexo, ni placer mundano que los equipare a los animales.

Basta «un beso», una leve «caricia», para que nazca el hombre espiritualmente superior del futuro. En 1971-1974, el octogenario Salarrué se aleja de su experiencia en 1929-1932. Se ubica muy lejos de aquella «mercancía tan apetecida» –según Sagatara– cuyo «deleite indescriptible» hace a «nuestros cuerpos […] exhaustos [y] flácidos […] sentarse en una nube».

IV.

En una asombrosa reversión de los opuestos, la utopía salarrueriana se realiza en el 2013. Pero no la hace efectiva el espíritu sin la banalidad de la materia. En cambio, lo inorgánico y lo animal –que estudia la ciencia «ignorante» de lo espiritual– operan la fertilización de los cuerpos sin la «intervención pecaminosa» del sexo.

La bioquímica engendra embriones en el laboratorio y en la fertilización artificial. En breve, existirán clones humanos in-vitro sin el horrendo contacto de los cuerpos animales sexuados, como hoy existe la comunicación inalámbrica a distancia corporal. Tal es la utopía de Salarrué en su realización material y presente. Por un mundo sin sexo rastrero, reclaman los salarruerianos en el 2013…

(*) Colaborador y columnista de contrACultura.


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Comentarios   

 
0 #2 ricardo humano 10-08-2013 16:49
Es siempre interesante leer los comentarios sobre Salarrue de Lara Martinez aunque uno pueda o no estar de acuerdo con sus interpretacione s muy personales. Pero una coa es imprecendible para escribir sobre el mundo del espiritu. se tiene que haber experimentado y no solo leido o estar informado....el saber es otra cosa...el mundo del espiritu se palpa por el sentir y no por el pensar...es cosa del corazon y no de la mente....pero esto es otro merengue qjue espro poder dialogar en persona con el amigo Lara Martinez muy pronto.
ricardo humano presidente de la fundacion SALARRUE.
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0 #1 Maritza Carranza 09-08-2013 21:34
…. Whitman, ¡líbranos de no caer en la tentación!
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