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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 23 de Mayo de 2017

Ser madre y artista


Por Katya Romero


Por opción propia, decidí tener a mis primeros hijos entre los  19 y 21 años de edad. Me dediqué por completo a criar a dos seres que más que ser mis primogénitos eran mis compañeros.  Aprendía a ser madre y creía que  mis esperanzas de ser artista se habían desvanecido. Tenía esa sensación de ser adulta pero niña a la vez.  La mayoría de mis compañeros de colegio estaban en la Universidad y mis mejores amigas estaban casi en la misma situación que yo.  Mis hijos crecían y yo también.  


En una ocasión se me preguntó si quería hacer trabajos administrativos temporales; no lo dudé, una buena oportunidad para empezar a buscar nuevos rumbos.   Y así pasaron varios años entre que trabajaba y cuidaba a  mis dos pequeños.


Experiencia gratificante es recordar a los jefes. Hubo una persona que marcó mi vida.  Ella era una mujer de carácter fuerte,  temida,  pero muy generosa de espíritu.  Me escogió de  entre varias candidatas al puesto que aplicaba, a pesar de que yo no sabía mucho del oficio, le advertí que aprendería rápido.  Para ese entonces yo había cumplido 24 años.   A pesar que era un trabajo contable, se me dio bien. Después de haber organizado  el club de teatro, participado en el equipo de vóley, gastarles bromas a los compañeros, asistido a todas las reuniones  que organizaba la institución y trabajado hasta altas horas, seguía  pensando en el día que pudiera hacer lo que a mi realmente me llenara.


Casi tres años después,  mi jefa me preguntó  si había considerado la posibilidad de hacer carrera en el banco o retirarme y hacer lo que yo soñaba. Fue un despertar,  un tirón de tripas, un cosquilleo que  me recorrió por todo el cuerpo.  Tomé una decisión de la cual no me arrepentiría nunca.   Renuncié al  trabajo que amaba y me lancé a cumplir mis sueños. Decidí ser artista visual. Asistí a clases en la Universidad, lo cual tampoco fue  fácil,  mis niños iban a la escuela y el  horario era complicado. Me embaracé de mi tercer hijo. Con mi hermana mayor tuvimos nuestro primer estudio de arte el cual se convirtió en una galería de talleres. Trabajamos con artistas locales.


Salí del país con mi familia por motivos de trabajo de mi esposo y en cada país  que le llevaba el destino, tuve la oportunidad de interactuar con la comunidad artística. Me descubrieron galeristas, marchantes y  críticos de arte.   Mostré mi obra de manera individual y colectiva en Museos y galerías, en centros culturales e instituciones artísticas.  Mis hijos veían la escena artística a través de mis amigos y lo que ocurría a mí alrededor.  Mi compañero, mi mecenas y el más crítico de todos era mi esposo.


Viajábamos en familia. Cada país me regaló una experiencia fabulosa. Los artistas amigos  que conocí me proveyeron de entusiasmo y conocimiento, a cada charla, seminario o convivio que asistía, mi círculo familiar estaba atento.  Me formé como madre  y artista.

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