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San Salvador, 28 de Mayo de 2017

«Síndrome de pulso» de Federico Hernández Aguilar

SindGuateFederico

Palabras de la presentación que hiciera la escritora salvadoreña Vanessa Núñez Handal en Guatemala del nuevo poemario de Federico Hernández Aguilar.

Por Vanessa Núñez Handal (*)

Guatemala.- Federico Hernández es salvadoreño y un promotor de la cultura y la literatura de El Salvador. Además es periodista y ha publicado una docena de libros que incluyen poesía, narrativa, ensayo y dramaturgia.

Algunos de sus títulos son: Con el permiso de ustedes (poesía), El segundo verbo (poesía), Inconclusiones (ensayos filosóficos), Mordiendo la manzana (poesía), Gotas (aforismos y epigramas), Brusca prosa (ideas y comentarios), Once maneras de iluminar mi sombra (poesía), Juegos de manos (cuento) y Apología del cinismo (poesía). En México fue publicado Último divorcio de Blancanieves y otros cuentos (2003), su segundo volumen de narrativa breve.

Además fue el organizador durante tres años, del Festival de la Poesía de El Salvador.

El libro que tuve el gusto de presentar junto a él en La Casa de Cervantes, Centro Histórico de Guatemala, lleva por título Síndrome de pulso, que deriva del poema que, de la autoría de Hernández, prologa el libro: Sonoridad, pues, de la vida y la muerte es este Síndrome de pulso, y que está fechado en abril del 2003.

El libro está compuesto de tres secciones: «Antropología elemental», «Síndrome de pulso» y «La sombra del musgo». Cada uno de las cuales versa sobre temáticas distintas y son un discurrir de la vida, no de un individuo, sino de la existencia humana: creación, vida y muerte.

De lenguaje cuidado, Hernández nos ofrece tres poemarios en uno.

La influencia de José Luis Borges y de Walt Whitman en su obra es notable.

Del primero heredó una especie de ternura erudita. Un deseo de saber quién es el hombre, sin comprenderlo, pues el hombre es tan sólo un sueño. Del segundo heredó la prosa que hace eco de la naturaleza, la poesía orgánica que llama a las cosas por sus nombres más sencillos.

El primer libro, «Antropología elemental», inicia con una invocación al rito primigenio de la poesía, que es el que marca también el inicio de la cultura: una alegoría del mito de la caverna de Platón.

 

Y si pretendo la luz,

¿pueden mis ojos

Fatigarse de serme necesarios?

 

¿Y por qué esta sed de inocencia

cuando los párpados se alzan?

 

Y continúa en el segundo poema:

 

Quieren ver más allá…

¡Les cuesta tanto

sostener en el ojo lejanías!

¡Y quieren sorprenderme?

 

El mito es pues, el punto de partida. Como Borges, busca respuestas imposibles. Pero como Whitman, pretende hacerlo con calma y la confianza de que todo se encuentra ya dado, sólo hay que abrir los ojos y observar con atención y sin miedo. La poesía da confianza. Es el Oráculo que mostrará la verdad, bajo la promesa de que ésta ya existe en nosotros mismos:

 

Acércate…

no temas a la luz.

¿Sabes de dónde vienes?

¿Entiendes a qué recuerdo obedce el miedo?

no, no huyas…

no te alejes…

la eternidad te aguarda

… y su obligación es impacientarse.

 

Pero, luego acota trágicamente, recordándonos que, pese a todo, los seres humanos somos limitados y, pese a todo, debemos asumir la verdad:

 

Por lo pronto

asómate,

sin ansias…

 

la eternidad no corre por tu cuenta.

 

Y aquel hombre, creado en el sueño de un hombre que a su vez es soñado, madura y va adquiriendo cada vez mayores habilidades. La poesía lo va formando de a poco. Sus avances son notables:

 

Me parece bien

que llames a las cosas por su nombre

y a los hombres por sus cosas.

 

Las imágenes nos muestran, por otro lado, los impedimentos de este hombre, cuyas angustias —según palabras del poeta—, caben en una gota de sangre que baja por la frente lúcida de Dios. Se trata de imágenes dolorosas, por el reconocimiento de lo pesado del avance:

 

Hoy un árbol

tropezó conmigo a media calle

 

y no fue suya la imprudencia

 

El título del poema, es revelador. Se titula «Esclerosis».

 

El segundo libro, «Síndrome de pulso», se encuentra prologado, entre otros, por un verso de la poeta Claribel Alegría:

 

…la vida…

un algo menos que el amor

un algo más que la jornada.

 

Esa jornada regirá el resto del poemario.

Ésta puede ir referida ya sea al número de horas laboradas por un trabajador o al nombre con el que eran designados los actos en que se dividían las comedias durante el Siglo de Oro, época clásica o apogeo de la cultura española, siglo XVI y XVII. Ambas indican, sin embargo un afán, simbolizado en este caso por la vida. Una vida que, tal cual dice el verso de Octavio Paz que también aparece en la parte preliminar del poemario, se vive entre dos paréntesis. Una zona llena de delirios, como la llama Hernández en el primer verso del libro, en el que el personaje es recibido por un aduanero que le advierte:


… Solo no diga a nadie que por aquí ingresan los delirios.

 

Para volver

como vuelvo yo

se necesitan pasos verdaderos,

 

apunta el poeta en su segundo poema.

 

Ahora yo   por cierto

que me abstengo

de ir a la guerra que he venido posponiendo

que me voy bajo otros cielos infundados

para sangrar entero

            por mis heridas ilusas

 

deserté  pues

y mi guerra

se ha quedado sin cobardes…

 

El poemario recuerda un tanto la caída de Altazor, del célebre Vicente Huidobro. Una caída en picada sobre las preguntas más básicas de todo ser humano. La condena de la razón, nos robó la felicidad. Y la luz hirió nuestros ojos:

 

Herí mis ojos

porque la luz de afuera

entró de prisa…

algo pasa en la luz

que la mirada hiere.

 

¿Por qué la sombra

mira de ti lo mismo?

 

Pronto el personaje descubrirá que la vida lleva implícita la muerte.

Tener una vida que morir… , dice.

 

Y con ellos da entrada al siguiente libro, «La sombra del musgo», al invocar a la muerte y aceptarla como parte de la vida:

 

Dicen que la muerte reina en este mundo.

pero es mentira.

la muerte siempre es forastera.

                        siempre.

 

Y un día, sigue el poeta:

 

En el espejo

me contempla una mirada

que aprenderé a desconocer

 

Que proceda el lector a dar su propia interpretación. Que busque el lector su esperanza, siempre al final del túnel. El poeta la encontró y la descubre en su último poema titulado: «Volver a la luz».

 

Afirmo que la noche se ha ido a otra parte

afirmo que la luz se ha hecho para mí.


Guatemala. Abril, 2015.


(*) Escritora salvadoreña, abogada, tallerista, editora y docente universitaria.

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