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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 19 de nov. de 2017

Todos los rumores de Alfonso Kijadurías

KijadaFoncho

Comentario de Alfonso Fajardo sobre el nuevo libro de poesía de Alfonso Kijadurías, podrán encontrar al final una pequeña selección del libro. Dice Fajardo: «Kijadurías es el mejor poeta vivo con que cuenta El Salvador. Más allá de los premios, de las apariciones en antologías rimbombantes cuyo sustrato son las relaciones públicas. Más allá de los círculos de poder […] su poesía es de alta calidad que nada le envidia a los mejores poetas contemporáneos de Hispanoamérica». 

Por Alfonso Fajardo (*)

San Salvador.- Todos los rumores del mundo se llama el nuevo libro de poesía de Alfonso Kijadurías, una antología que resume treinta años de escritura poética. Sin duda alguna Kijadurías es uno de los poetas más importantes de El Salvador, a mi manera de ver, el más importante y el mejor poeta vivo que por el momento tiene este país «con nombre de hospital», como decía Roque Dalton. Algunos de estos textos ya habían sido publicados en el libro Fragmentos del azar (Centro Cultural de España, Colección Revuelta, 2012), que fue básicamente un adelanto de esta antología que el autor de Los estados sobrenaturales presenta en esta ocasión como fruto de esos treinta años de trabajar la poesía como una religión personal, es decir, en soledad, con fe interior y, sobre todo, con humildad.

La antología abarca el período 1984-2014, un espacio temporal bastante amplio si tomamos en cuenta lo que ha sucedido en El Salvador y en el mundo en estas tres décadas, y sobre todo si tomamos en cuenta que Kijadurías ha venido publicando de manera constante su poesía en los libros o poemarios antecesores, como  Obscuro (1997), Es cara musa (1997), Confusión (2003), Certeza de la duda (2005) y el mismo Fragmentos del azar (2012), de manera tal que sorprende la fecundidad poética de Kijadurías con este material que ha estado trabajando con una «ardiente paciencia» entre otras publicaciones. 

El libro abre con «El peso de lo breve», una serie de poemas cortos que datan de los últimos dos decenios del siglo XX, algunos de los cuales ya habían sido publicados en Toda razón dispersa y en Fragmentos del azar. Son textos donde la brevedad del poema se mezcla con la profundidad de las diversas temáticas que se ventilan en esta primera parte, donde el hilo conductor es la brevedad, la brevedad de la vida y de todos los temas universales de la poesía. Es, en cierta forma, la brevedad como suerte de aprendizaje del mensaje profundo, es decir que con pocos versos el poeta logra dibujar grandes universos, es la síntesis de lo universal, la condensación de lo amplio, la madurez poética en su máxima expresión. Un ejemplo de ello es el poema «Secreto»:

 

            Que el amor es la muerte

                                   bien lo sabes

            porque a solas te lo he dicho

                                   muchas veces.

            Por eso no se lo digas a nadie,

            no sea que al decirlo

                                   se cumplan mis palabras.

 

La segunda parte, escrito entre el año 2000 y 2008, se titula «Nuevas profanaciones», y en ella circulan algunos de los temas preferidos de las últimas etapas de Alfonso: la guerra, la posmodernidad, lo fútil y lo necesario de la poesía y del poeta. La guerra, por ejemplo, está universalizada por medio de versos que se refieren a cualquier guerra en cualquier región del mundo, deslocalizándola y, por tanto, volviéndola universal; es decir, una guerra que no necesariamente es salvadoreña sino humana, pandémica y cancerosa:

 

                  La maligna belleza del desastre, el sofisticado y último

                                                                      crepúsculo pintado

            por los dioses del odio y la venganza

 

La vida diaria, la rutina, también es una suerte de cáncer que devora las entrañas de la vida, toda su parafernalia de grandes empresas y pequeñas bondades, todo su andamiaje de deidades inútiles propias del posmodernismo. Así, muy a lo Ginsberg en su inicio del «Aullido», el poeta se coloca a sí mismo en el lugar de un ciudadano cualquiera que, hastiado por el mundo y sus círculos tenebrosos, vomita su asco por la vida:

 

            Estoy harto de la marihuana y el alcohol, del éxtasis y la

            anfetamina, del ácido lisérgico

                                   y la caspa del diablo, de la telebasura:

            partera del terror y del error que borra

                                                          el esplendor del mundo

La vida igual que mi computadora está amenzada por

            los virus modernos,

                                   de todo el maleficio de los mercados negros.

            Dios, dios de los vivos, yo estoy muerto,

                                               porque no quiero nada, nada que

                       no sea como el mar, donde toda soledad

                                                          es el más caro dominio

 

Una de las temáticas más recurrentes en toda la obra poética de Kijadurías es su referencia continua a la poesía misma y al poeta. En esto se asemeja mucho a la poética de Octavio Paz, pues de todos es conocido que la poesía de Paz está plagada de referencias al hecho de la escritura. Así, Kijadurías recurre a esta temática de forma espontánea. A este tema quisiera dedicarle algunas líneas, y es que muchos poetas consideran que la temática de la poesía en la poesía misma es una circunstancia que, afincada en la temprana edad cronológica de un poeta, debe ser superada en el transcurso del tiempo para darle paso a temáticas más abiertas, pero a la vez menos metafísica y, por consiguiente, afianzadas en una realidad. En lo particular no creo que el poeta tenga necesariamente que superar esa temática en particular, pues si su psiquis le dicta textos relacionados al hecho de la escritura y su relación con el poeta, no debe por qué hacer caso omiso a esos dictados del subconsciente. Después de todo, la poesía y ser poeta es una circunstancia íntimamente ligada a la vida, y por tanto es una carga, una sombra que se debe soportar con la más sutil de las humildades. La diferencia está en el momento en que el texto nace, de manera tal que no importa que determinada temática sea recurrente (todas las temáticas son recurrentes porque ellas son universales) sino más bien interesa, desde el punto de vista de la lectura y de la crítica, las sutiles diferencias entre uno y otro mensaje. No es lo mismo que un poeta escriba un poema de amor a los veinte años que a sus sesenta. El poema escrito a los sesenta deberá ser, en teoría, mucho más profundo de lo que fue la emoción primigenia a sus veinte. Prueba de ello es el poema «Secreto», anteriormente relacionado, un poema de amor con una profundidad que quizás solo la edad cronológica del poeta y el oficio pueden dar. Así, Kijadurías regresa una y otra vez al punto de partida, a la poesía misma:

 

            Gran aficionado, gentil hombre de las letras, señor impar

            que nunca quiso hacer carrera de su vocación,

                                   sino ejercicio de versos y prosa en vacaciones.

            Rodeado de perros y gatos de fino pedigrí, losas de Italia,

            cerámicas mayas, libros de viajes,

            pinturas y grabados de pintores nacionales y extranjeros.

            Se soñaba prócer y poeta de la línea de Byron,

                                   sin presentir que el tiempo, el tirano,

            condenaba antes del tiempo su obra, por no decir su vida,

            a la polilla.

            Hubiera dado entera su fortuna a cambio de un solo canto

            de la Divina Comedia

 

Más adelante, en el poema «Ensayo», el poeta lanza una serie de pensamientos sobre la escritura:

 

            Ver a alguien escribir será siempre un misterio porque

            siempre se escribe de cosas invisibles.

            Hay un código secreto, indescifrable, incluso en para el mismo que escribe.

            Una parábola escrita en una urna funeraria

                       y en un idioma muerto que podría ser la sentencia

            de su muerte o su liberación

            Un buen escriba convierte en tinta su sangre

                                                                      y escribe las palabras

            que le urgen a que siga escribiendo si mirar hacia atrás—

            Aquí, en esta línea, entre borrones,

                                               alzó su vuelo el cuervo de la noche;

            tres líneas adelante, entre corchetes,

                                   aparece la duda convertida en la bandera de su fe.

 

Todas estas referencias a la escritura como proceso de creación están íntimamente vinculadas con aspectos de la vida que, de preferencia, le deben ser propios al poeta: la humildad, la poesía como una religión personal, el silencio y la soledad. Alfonso sabe perfectamente que se escribe no para ganarse un lugar en la literatura salvadoreña o universal, no se escribe para pertenecer al canon ni mucho menos para justificar su vida frente a todos los demás fracasos de la vida de una persona. La poesía en particular, como la literatura en general, y las artes, no deberían ser vistas como elementos justificativos del fracaso de las personas. Muchos ingresan al mundo de las letras, sobre todo en poesía, porque quieren ser ese alguien que no pudieron ser en sus vidas cotidianas, porque quieren que se hable de ellos, y he ahí que caminan con poses de poetas: con poses de poetas malditos, con poses de poetas revolucionarios, etc. Alfonso sabe perfectamente, y esta es una característica que a mi juicio las nuevas generaciones deben retomar de él, que la poesía es soledad y que se escribe no para lograr un lugar en la historiografía literaria sino por una necesidad concreta de escribir y escupir los demonios interiores que carcomen la vida del poeta. En el poema «No ser no hacer», se define esta filosofía, esta manera de ver la escritura:


                  No escribí la novela, tampoco pinté el cuadro, ni esculpí

            la escultura con el fin de burlar la erudición

                                   y malicia de los jueces


Así define sus no motivaciones al momento de escribir, estableciendo que no se escribe para agradar a la crítica (y yo le agregaría para agradar al lector) sino para sí mismo y por sí mismo:

 

                  No escribí el poema que eclipsaría toda la poesía

            en nuestros días y dejaría sin aliento a la crítica exigente.

            No metí el gol olímpico que embriagaría,

                                   por toda la eternidad, a los fieles creyentes.

            No hice nada de todo lo que ayer,

                       bajo los efectos enervantes del elogio y los aplausos,

                                               prometí o me hicieron prometer.

            Genial, sí fue, entre todos, mi fracaso.

            A él le debo la certeza de saber que nunca alcanzaré la eternidad


Pero las «Nuevas profanaciones» no solamente hablan de la poesía sino también, como ya hacíamos referencia, a temáticas que muchas veces hartan al ser humano, como la eterna relación entre el ser y Dios, su existencia invisible y su inexistencia palpable, su compañía inadvertida y todas las interrogaciones, diálogos y monólogos entre un ser y otro. Oh Dios!, clama el poeta, di algo, rompe el silencio. Concédeme, por fin, ese milagro, ahora que camino hacia el silencio. Hacia la eternidad que es la ausencia de tiempo, entre el silencio del origen y el silencio del fin, la primera palabra, despojada de su falso oropel («El turno del taciturno»). Esta relación entre el hombre y Dios, reflejada en la poesía, me recuerda, en Latinoamérica, al poeta que quizá mejor manejó esta relación amor-odio, César Vallejo. Kijadurías vuelve a colocoar como trasfondo esta relación en varios poemas de esta sección:

 

Decir que Dios ha muerto es reafirmar su existencia

En su tumba no queda nada que no sean los lobos que aúllan a la muerte…

No es inaudito que el más santo de los hombres

ya no crea en Dios?

Hay que vencer el miedo y conquistarlo,

            contemplar el abismo en el abismo.

El espíritu se inflama, crece el vigor a través de la herida.

Deja aquí, por eso y para siempre, una página en blanco,

un espacio sin límites, donde puedas hundirte,

                                   de una vez y para siempre, en el sueño,

la evasión suprema de tu fe en la poesía («Evasión»)


La posmodernidad es otro de los temas recurrentes en este libro. Poemas como «Nocturno» y «Todas las voces» son un resumen del pensamiento del poeta sobre los efectos de la posmodernidad para el ser humano y para el poeta mismo. Al igual que en la relación Dios-ser humano, la relación entre la vida contemporánea y el ser es una relación de amor-odio donde la rutina es vista como ese conjunto de días plagados de tecnología, de mercado, de marcas, de poderes fácticos y de todas esas cosas que conforman todos esos rumores que rodean al mundo y al hombre, rumor enemigo que es música de lluvia de cada día. Anoche un grillo se metió en mi cabeza y me trajeron a este hospital de Main Street. Necesito una laptop, una laptop para sacarme este ruido del seso, nos dice el poeta que con lenguaje claro hace referencia a esa rutina. Más adelante, con más lirismo, apunta: Perdí primero mi sombra, el nombre después. Ha terminado en nada, silencio, vacío. Sólo es real la neblina, la blanca córnea de la mirada esquiva. En los poemas «Todas las voces» e «Inco-herencias» es donde quizás más se reflejen todos esos rumores del mundo que rodea al poeta: El metro, el tráfico, su remoto, constante rumor rodeando nuestras noches, como las almas muertas/susurrando a la orilla del sueño («Todas las voces»). Cuando Kijadurías dialoga con el mundo lo hace desde la reflexión, desde la contemplación nirvánica, desde la profundidad de las contradicciones, y es por eso que su poesía constituye un equilibrio entre el lenguaje claro, la imagen y la depuración del oficio, por un lado; y la emoción y la vida, que es la materia prima de la poesía, por el otro. El surrealismo del subconsciente, con un lenguaje que no es oscuro, pero que tampoco es fácil, hace que sus poemas sean verdaderas reflexiones que retan al lector en sus más arraigadas creencias, en sus más íntimas y subjetivas verdades.

La tercer parte del libro se titula «La última estación» y en ella vuelven esos temas recurrentes como la finalidad de la poesía, la gran anomalía que significa ser poeta, esa inmensa minoría como suele decir el mismo Alfonso. También aparecen temas como el retorno de Ulises, que no es más que una metáfora del eterno retorno del poeta a su patria, y la otra gran patria que es la noche, donde aparecen, parafraseando a Lezama Lima: ilustres restos, cien cabezas, cornetas, mil funciones, es decir, un espacio donde la vida transcurre con todas sus bestias. Yo soy la anomalía sin remedio, nos dice el poeta que se asume como tal en una edad donde los poetas han sido expulsados de todo y de todos. Yo soy la anomalía, la anomalía de pensar y repensar lo que nunca se acaba…el número infinito que remite a la poesía. Una y otra vez la poesía como tema aparece en este libro de grandes resonancias.

El retorno también es un eje en todo el libro, ya en «El peso de lo breve» se define lo que para el poeta significa el retorno y su calidad de extranjero en todo lugar:

 

            Aquí no puedo vivir

            Y allá no puedo amar

            Sólo la contradicción es pura («Obscuro»)

 

En «La última estación» el tema del retorno también aparece. Jugando con la historia de Rimbaud, usa al poeta francés para dibujar una realidad para todo poeta:

 

            Ha regresado. Por fin ha regresado, dicen aquellos

                       que un día lo imaginaron bronceado por el sol

            de las playas y los climas de otro tiempo.

            Ha regresado dicen, con la irónica sonrisa dedicada

                                   a los eternos fracasados. Ha regresado.

            Ha regresado dicen. Qué decepción, enfermo y viejo,

                                               sin teléfono móvil ni tarjeta de crédito

            ¿Qué duda cabe que estuvo en el infierno?

 

Luego, en el poema «El extranjero», Kijadurías confiesa lo que significa retornar a casa, ¿cuál casa? Si de la casa ya no es necesario escapar porque nadie te persigue, pero tampoco ya no es necesario retornar porque nadie te espera, entonces, ¿cuál casa? Revelador el texto de un poeta que, desde lejos, ve su casa como un lugar gris, neblinoso a pesar de su sol:

 

            Y en tanto he regresado

                       no he tardado en darme cuenta

            De que el lugar donde nací

                                   se ha convertido en un lugar extraño

            del que no es necesario escapar

                       ni regresar a casa

 

«El reino incalculable» es la cuarta parte del libro, textos escritos entre 2012 y 2014, y contiene poemas que vuelven a las mismas temáticas, pero como siempre, vistas desde un enfoque reflexivo donde el pensamiento crítico puede más que la urgencia. Poemas como «Acto de fe», una clara posición frente a las injusticias del siglo pasado; «Otra vez Pessoa», una nueva confesión de ars poética; o «Dios es la bola», una gran interrogante sobre los dogmas, recogen los mismos temas que se repiten con distintos enfoques. Sobresale el poema largo «Todo el rumor de los rumores», de donde el autor extrae el título de su libro, un verdadero prisma que es una oda desde donde se bifurcan todas las perturbaciones del poeta: la muerte, el tiempo, la locura, Dios, la poesía, la inmortalidad, la posmodernidad. Sólo lo exagerado es verdadero, nos dice el poeta sombrado de una realidad otra. Cada vuelta es un retorno. Un nuevo principio/ Toda revolución es circular/ Rumores, rumores desde la mañana al amanecer, mar humano desbordado, sin límites.

La poesía de Kijadurías quizá sea eso: un resumen de todas las perturbaciones del ser humano. La poesía es eso, y por lo mismo, cuando a ella se le quieren colocar corsés o camisas de fuerza, se libera más temprano que tarde para convertirse en una avalancha de grandes delirios. Así debe ser la poesía que se reputa como auténtica: un verdadero oleaje de espejos que reflejan las grietas de quien la escribe. «Fuera de este mundo, fuera de la feria de las vanidades, del mercado y la propaganda, la palabra es redimida», nos enfatiza alguien que toma esa palabra no para ser partícipe de un canon literario, sino para sentir menos pesada la existencia, la existencia que no es más que ese libro abandonado en cuyas páginas nos encontramos desnudos.

La última parte de libro se titula «Nada» y lo constituye un solo poema dividido cinco partes, un poema épico por ambicioso, un punto de llegada y de partida al mismo tiempo, una serpiente que muerde su cola en señal de inmortalidad. Un poema que, desde el punto de vista literario, me recuerda a «Piedra de sol» de Octavio Paz. Es uno de los mejores poemas que le he leído a Alfonso, lo cual es decir mucho si tomamos en cuenta que todos sus libros son de una innegable calidad literaria, no solamente en cuanto a técnica literaria se refiere sino también en cuanto a pensamiento y resquebrajamiento interior:

 

            Ahora estoy cansado. El peso de los años me confunde.

            Caminas. Nada ha cambiado.

            Siempre la misma noche que el insomnio prolonga

                                   hasta un amanecer de lento vuelo

 

Kijadurías ha buscado incesante e incansablemente la «sustancia». Pero, ¿qué es la sustancia, entonces? Es la poesía sin mayores disfraces, alejada de los abalorios, de las fiestas, de las relaciones públicas que configuran el canon:

 

            Solitario entre viejos enigmas, no te cansas

            de buscar la inescrutable sustancia del lenguaje

                                   cuyo eco se escucha en otro mundo

            el mundo donde se reconcilian la palabra y el fuego

 

El mundo parece un ruido espantoso. Es, como también lo diría Lezama Lima, un «enemigo rumor» que está ahí, explotando diariamente frente la ventana del poeta. Si la realidad no fuera el agujereado paraguas de los demagogos, diría que lo único real es la poesía, nos dice Alfonso, recordándonos esa conclusión a la cual también ya había llegado Luis Cardoza y Aragón.

La poesía de Kijadurías está llena de referencias y de diálogos con otros autores, de los cuales obtiene sus mejores premisas para mantener una conversación eterna. Así, en «Nada» se puede encontrar algunos conatos de diálogo, por ejemplo, con T.S. Elliot:

 

Todo el terror del mundo en los ojos del cordero.

            La inteligencia expresa su desesperación.

Frente al rumor antiguo y primitivo.

El rumor del terror.

El retorno de los hombres huecos, el mal sin pies ni cabeza

 

Si muero, cosa segura, abrazaré a la muerte, y si en ella encuentro a la Nada, será grandioso llenarla con todas las palabras de la mente. Lo más dulce es dormir. Convertirse en piedra. Piedra rodante. Así va terminando Kijadurías su recorrdio por los rumores del mundo, esos enemigos rumores que hacen soltar esos últimos «cuac» que están dentro del poeta y que salen como río de lava sobre la mente anquilosada de los lectores.  

Alfonso Kijadurías nos deja esta antología como un bello testamento de todos sus fantasmas, y ahí está el país, la poesía, la muerte, la nada, Dios, la posmodernidad, el tiempo. Este libro es una muestra que, hoy por hoy, Kijadurías es el mejor poeta vivo con que cuenta El Salvador. Más allá de los premios, de las apariciones en antologías rimbombantes cuyo sustrato son las relaciones públicas. Más allá de los círculos de poder, del marketing literario y de la presencia mediática de muchos autores, Kijadurías demuestra, libro a libro, que su poesía es de alta calidad que nada le envidia a los mejores poetas contemporáneos de Hispanoamérica. Por cierto, si hay un libro en la poesía contemporánea de El Salvador que haya servido como parte aguas es Los estados sobrenaturales y otros poemas. No existe otro libro de poesía, en los últimos 45 años (dejando fuera Taberna y otros lugares de Roque Dalton) que aglutine de forma prácticamente unánime reconocimiento, influencia y respeto. Reconocimiento no solamente por ser un libro de alta calidad literaria, sino sobre todo por ser un libro diferente al común denominador. Influencia porque no son pocos los poetas, y por qué no decirlo, grupos de poetas o promociones de poetas, que han tratado de recoger esa voz diferente para estructurar sus propios mundos lingüísticos, sus propias soledades y sus propios delirios. Y respeto porque a pesar de constituir una voz diferente, existe un común denominador cuando se habla de la poesía de Kijadurías, el respeto hacia su obra y su voz. No veo otro libro, ni me interesa discutirlo, que haya sido capaz de obtener el respeto y la admiración de las generaciones subsiguientes, que Los estados sobrenaturales y otros poemas, un libro que, contradiciendo plenamente a Roque Dalton, definitivamente siempre estuvo más cerca del aullido de Allen Ginsberg que de las gestas del Che. Podrán existir otros libros que ciertamente fueron importantes para pequeños grupos de poetas, pero el libro que impone respeto de forma unánime es este.

Todos los rumores del mundo es uno de los mejores libros de poesía que se han publicado en los últimos años en El Salvador. Su poesía introspectiva y reflexiva que habla sobre el mundo exterior, es un claro ejemplo de que la poesía, si bien es cierto no está hecha sólo de palabras, está construida en base a ellas. Pasión y silencio, mundo exterior y religión personal, he ahí el equilibrio al cual llega Kijadurías, la sustancia misma de la poesía.

 

SELECCIÓN DE POEMAS DE TODOS LOS RUMORES DEL MUNDO

 

Secreto

 

Que el amor es la muerte

bien lo sabes,

porque a solas te lo he dicho

muchas veces.

Por eso no lo digas a nadie,

no sea que al decirlo

se cumplan mis palabras.

 

 

Obscuro

 

Odio este cielo: su sol negro, su lluvia de siempre.

Odio este frío: su miseria humana.

¿Pero a dónde ir cuando el camino ha terminado?

Aquí no puedo vivir.

Y allá no puedo amar.

Sólo la contradicción es pura.

Aquí la indiferencia, allá la mezquindad.

Oigo la eternidad rodando. Inmensa bola de nieve.

No dejo por ello de reír.

Que digan que estoy muerto.

Si: muerto de risa.

El odio es mentira, no mata. Enaltece.

He aprendido a levantar la cabeza

Y a llevar con dignidad mi indignidad.

Sólo la contradicción es pura.

Me espanta la ciudad. Me espanto.

Soy esa mujer que pasa orgullosa de ser mujer y esfinge,

El marica y el chulo,

El capitán y el borrachito que pide el vino que se bebe con los ojos:

El vino de la luna. ¿verdad amigo Schoenberg?

Aló: soy yo. Larga distancia. Es Dios quien habla.  

Sólo la contradicción es pura.

Y yo no quiero nada. Para mí solo el tiempo. Todo el tiempo.

Aquí no lo tengo. Allá tampoco. Aquí por todo, allá por nada.

Y pensar que eso soy yo. ¿En qué cabeza cabe?

Tanta pasión. Tanta furia. Tantas personas en una.

Odio este cielo y sus estrellas y su noche infinita,

como odiarme a mí mismo por no ser lo que soy y nunca seré.

Porque nunca será el tiempo para mí. El tiempo: todo el tiempo.

 

 

El mendigo

 

Mendigo, entre los mendigos, eso fui a mis

(treinta años de edad.

Y entre mi tribu fui despreciado y humillado.

¿No te avergüenza pedir tanto?

Me gritaban golpeándome furiosos.

Yo no pedía nada, solamente unas gotas del vino de la inmortalidad.

 

 

Himno

 

No amo a mi patria. Nunca la he amado.

Lo que he amado ha sido mi propio desengaño

que evidencia el engaño de aquellos que la aman.

Si yo amara a mi patria (y es un decir que es mía),

ya la hubiera vendido,

violado,

corrompido.

Por eso no la amo. Porque es mejor no amarla,

como la aman aquellos que la aman

mientras ajustan la soga en su cuello.

 

 

Ensayo

 

Ver a alguien escribir será siempre un misterio porque siempre se escribe de cosas invisibles.

Hay un código secreto, indescifrable,

incluso para el mismo que escribe.

Una parábola escrita en una urna funeraria

y en un idioma muerto que podría ser la sentencia

de su muerte o su liberación.

Una mancha de tinta puede ser la expansión

de un imperio más sanguinario y brutal que el presente.

Nunca leemos lo escrito sino aquello que la mente extiende sobre

páginas ajenas, una sombra esquiva y fugitiva.

Un buen escriba convierte en tinta su sangre

y escribe las palabras

que le urgen a que siga escribiendo sin mirar hacia atrás.

Aquí, en esta línea, entre borrones,

alzó su vuelo el cuervo de la noche;

tres líneas adelante, entre corchetes,

aparece la duda convertida en la bandera de tu fe.

Sin la consideración del error, la pluma sigue su curso inevitable de palabras oscuras

que en vano intentas aclarar en la vigilia que precede

al sueño.

La atención es otra forma de orar y alabar un misterio

que no es más que el asombro de la curiosidad,  

el enigma que depara lo desconocido, o la apariencia de aquello que creemos conocer,

la neblina o el humo que empaña al alma humana,

el mamarracho trazado con un dedo, la rueda de la vida,

y el asombro ante el asombro mismo:

sombra del sombrío destino que acaba con la muerte.

Palabras que se dicen con los labios cerrados,

a fin de guardar su enigma, o alejarlas del tráfico

y el comercio de este siglo.

Lo que llamamos fin no existe. ¿Será el infinito?

¿Ese lugar donde tiempo

y espacio se aniquilan o expanden?

La serena sabiduría de la enfermedad que de golpe nos devuelve la pasión,

la misma en que sentimos la existencia del alma y la pequeñez de la razón.

 

 

No ser no hacer

 

No escribí la novela, tampoco pinté el cuadro, ni esculpí la escultura con el fin de burlar la erudición

y malicia de los jueces.

No compuse el concierto que revolucionaría la música moderna, tampoco la película que pondría en entredicho

a todas las tendencias consumidas por la fama y el dinero.

No escribí el poema que eclipsaría toda la poesía escrita en nuestros días y dejaría sin aliento a la crítica exigente.

No metí el gol olímpico que embriagaría,

por toda la eternidad, a los fieles creyentes.

Tampoco descubrí la pirámide más alta en medio

del desierto más desierto, ni conquisté el espacio

que sólo alcanza el que venciendo lo imposible,

arriba a lo más alto.

No descubrí la droga que sería la panacea de todos

los dolores, la píldora del placer que no termina

y lleva al paraíso prometido.

No inventé la bomba que traería la paz a todos

los rincones del planeta.

No hice nada de todo lo que ayer,

bajo los efectos enervantes del elogio y los aplausos, prometí o me hicieron prometer.

Genial, si fue, entre todos, mi fracaso.

A él le debo la certeza de saber que nunca alcanzaré la eternidad.

 

(*) Abogado y poeta. Columnista y colaborador de contrACultura.

NOTA: fotografía original de Erick Chávez Salguero.

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