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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 25 de Marzo de 2017
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Una actriz de y para siempre: Ana Lydia Orellana

 

Por Mercedes Seeligman

Cuando se lee sobre el desarrollo histórico de alguna rama del arte en cualquier país, es bastante común encontrar una innumerable lista de protagonistas y artífices de multiplicidad de logros. Ves que los nombres se van sucediendo uno a uno conectados por lazos de afinidad o consanguinidad, heredados de padres a hijos o de mecenas a protegidos y es común también preguntarse qué pasó con tal o cuál artista cuya huella dejó de visibilizarse en algún punto de la historia. Y cuando por fin lo o la ubicas te llena de regocijo enterarte que su espíritu sigue tan fresco y divertido como cuando inició su camino de artista, varias décadas atrás.


Precisamente eso me aconteció hace algunos meses, cuando por azares del destino me fue presentada una alegre dama, de apariencia segura y decidida. Su mirada fuerte y directa me introdujo un poco en su carácter: dice las cosas como las piensa, sin medias tintas y espera igual dosis de espontánea honestidad. En pocas palabras no se anda por las ramas y su franqueza, que a algunos podría sorprender de entrada, se va convirtiendo con el trato, en una genuina muestra de amistad.


Supe que era actriz, que participaba en algunas obras montadas por OPES, mas no imaginaba la sorpresa que me depararía el descubrir en realidad quién era esta noble dama y su participación en el desarrollo del teatro salvadoreño. De hecho está citada en el libro de Carlos Velis "Las Artes Escénicas Salvadoreñas" como parte de la Compañía de Teatro El Encanto, de don Paco García, director y actor nicaragüense que vivió en el país durante muchos años.


A mi insistencia accedió por fin a conceder una entrevista y este es el resultado.


Cuéntenos un poco de sus inicios en el mundo del arte.


Bueno, yo me inicié en clases de ballet más o menos a los cinco años de edad. A mis padres, personas de formación humilde, gustaba mucho el arte y se turnaban para que no perdiera ni una sola clase. Vivíamos en San Marcos y todos los días abordábamos el autobús que nos traía al centro, donde estaba la escuela de artes. Tiempo después tomé clases de música bajo la dirección del maestro Ion Cubicec y llegué a formar parte del coro de niños. Yo soy la mayor de seis hermanos y también ellos tuvieron alguna formación artística. De hecho uno de mis hermanos se decantó por el violín y es uno de los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional.
Luego de ello, más o menos a los 12 años, me incorporé al Taller Vocacional de Artes Plásticas, donde aprendí pintura, cerámica  y escultura, en 1957. Como era importante también sacar un cartón me gradué de Tenedor de Libros, oficinista y también de cosmetóloga. Mi abuela era masajista de profesión y me envió a Estados Unidos a perfeccionarme en una clínica que pertenecía a unos venezolanos. Aproveché también para aprender un poco de Quiropraxia.


¿Cree que todas esas habilidades la ayudaron a lograr su independencia económica?


Claro, había mucho trabajo que hacer. Cuando regresé al país atendía primero a amigos y conocidos, luego a referidos de mis amigos y fui poco a poco agrandando mi cartera de clientes. Pero ese trabajo no me alejó del arte porque ya para entonces me había incorporado a la Compañía de Teatro El Encanto de Paco García. Esta compañía se conoció como precursora del teatro lírico en nuestro país. Yo sentí que en el teatro había encontrado mi vocación y Paco García me dio esa oportunidad para profesionalizarme.
Sin embargo, a mitad de la década de los sesenta más o menos, me casé y nació mi único hijo, mi mejor obra.


Sobre su vida familiar y el ejercicio del teatro, ¿cómo Ana Lydia Orellana logra conciliar tan demandantes tareas?


(Sonríe) Pues creo que el artista se siente pleno cuando involucra a sus hijos, al menos eso me pasó a mí. Yo disfrutaba viendo a mi hijo desempeñado diferentes papeles, aunque no siempre se podía. Eso nos permitió estar más tiempo juntos y estrechar nuestros lazos afectivos; también a continuar con nuestras vidas luego de que con mi esposo tomáramos la decisión de divorciarnos. Creo que las musas del arte son bastante celosas, el teatro es un mundo maravilloso y pleno en el que cualquiera puede ser lo que quiera, sin mayor problema. Y eso a veces no es tan fácil de comprender para las personas que no tienen vocación por el arte. Por eso me divorcié, para dedicarme a mi hijo y a mi gran pasión: el teatro.


Suele afirmarse que la década de los 80 fue un tiempo muy duro tanto para el desarrollo del arte como de los artistas. ¿Cuál fue experiencia?


En realidad todo el tiempo es difícil en un país como el nuestro, donde no se cuenta con políticas culturales que respalden el hecho cultural como tal. Los artistas salvadoreños tratamos de profesionalizarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos, muchas veces costeando con nuestros propios fondos hasta el vestuario a utilizar, pero en muchas ocasiones una obra que ha costado meses y meses de preparación, se presenta una vez y debe de suspenderse toda la temporada por falta de público interesado. Pero los artistas seguimos insistiendo y ahí vamos, tratando de llevar el carro hasta donde podamos.


¿Alguna anécdota que nos quisiera compartir?


Oh, fueron muchas. Recuerdo que con la Compañía El Encanto representamos en Guatemala “Madama Butterfly”. Yo me vestía como una de las geishas y en una escena debíamos recorrer una tarima bastante elevada detrás de un telón blanco para que pareciéramos sombras que caminaban por senderos. Yo iba en medio pero cuando ví la altura sentí que me mareé y como pude me quedé atrás de todas para que no tuviera que pasar por ese suplicio. En otra ocasión (y esta es anécdota reciente) en la obra “Los Miserables” me vestí de prostituta. Como ya era bastante tarde al finalizar la obra, no quise perder tiempo y no me cambié de ropa. La mala suerte hizo que el carro se dañara a medio camino y como pude llegué al hotel donde mi hijo estaba con su grupo musical. Al darme cuenta que el teléfono celular no tenía saldo me fui derecha a una gasolinera y casi de entrada el vigilante me saludó muy confianzudo: “Veeee, cuánto tiempo tenía de no verla, me alegro de que regrese por aquí, a ver cuándo la vuelvo a ver”, y me seguía muy amable. Yo le sonreí nerviosa y más que volando me fui de nuevo al hotel a pedir auxilio a mi hijo. Creo que o me había confundido con alguien más o de verdad me había caracterizado demasiado bien.



¿Y qué planes tiene Ana Lydia Orellana para el futuro?


Para el futuro no, para ya. Todos los días quiero seguir haciendo teatro, con OPES ahora. Antes hice teatro con Carlos Velis en aquella obra “La bruja Raquel”. Hasta el momento he participado en más de cuarenta obras, gané un premio de pintura en 1971;  también fui candidata para la Alcaldía de San Marcos ya hace varios años. He hecho muchas cosas pero lo único que en realidad me satisface es el teatro. Eso, el amor de mi hijo y de mis nietos ahora.


Ella es Ana Lydia Orellana. La profesora, la maestra de la vieja escuela de Paco García, pero que junto a los jóvenes actores y actrices desborda alegría y entusiasmo. Una mujer, una madre, una actriz.

 

 

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