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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 19 de Agosto de 2017

«Ventana de suplicios»: Una (po)ética del exilio

Raipromo

Juana M. Ramos, profesora de español y literatura en York College, CUNY, reseña el libro del poeta salvadoreño Rainier Alfaro Bautista.

Por Juana M. Ramos (*)

Nueva York.- Abrir Ventana de suplicios de Rainier Alfaro Bautista, es vislumbrar una sucesión de caminos que se complementan, para concluir un ciclo cuyo (pre)texto es la propuesta de un sujeto poético que se somete a sí mismo a una ordalía que lo llevará por la vía del exilio y la no pertenencia, la guerra, el destiempo, la vuelta a la esencia, la caducidad y la muerte; esta última no como la desintegración inevitable de la materia, sino como la posibilidad de un retorno que propicie la búsqueda y la reanudación de la vida como aprendizaje. De esta manera, la escritura en Rainier Alfaro es la vida misma, producto de cada una de sus muertes.

No es casualidad que tan bien logrado ejercicio poético dé comienzo con el tema del exilio, recorrido insoslayable que debe emprender el sujeto poético. Es este extrañamiento donde el rostro del poeta «se rompe contra los muros» y sus «sentidos se enervan». En «Exilio», la «casa», imagen recurrente y polisémica, es por momentos espacio físico que se reduce a «humo y ceniza». Un espacio deshabitado donde la nada es la ausencia de la materialidad y a su vez la idea de un mundo interior, propio, violentado. Hay en él un sentimiento de abandono, «Mi casa se derrumba y a nadie le importa»; una necesidad de existencia, de volver a la esencia, «mi casa me espera mi madre me llama», la casa es la madre, la Pachamama, la que le da de beber el agua «azul», transformadora, origen de la vida. En «Exilio interior» el viaje emprendido acaba, porque es ahí donde el sujeto da inicio, es el viaje a la semilla, donde el «jaguar», los «chamanes» y «Nahuales» convocarán su memoria. Tras este exilio se precipita una avalancha de tiempo, sombras, distancia, vacíos. En «Agonizar» el verbo cerrar aparece con una función anafórica, reiteración del vacío y la ausencia; asimismo, cerrar aparece en construcciones verbales de diferentes campos semánticos, «cerré los ojos para no escuchar…/Cerré los labios para no ver…» Esta sinestesia, ojos que no escuchan y labios que no ven, tiene en el sujeto poético un efecto totalizador, integrador, de unificación. Es a través de los sentidos, amalgamados, que este logra la unidad y, por consiguiente, la lucidez para enfrentar la realidad que le ha tocado vivir y que lo lleva a encontrarse con sus «muertos», los que dejó una década sangrienta, los que la voz poética reclama, los que se le adelantaron, «mi tumba estará detrás del tiempo/pisándoles la cola a los muertos…» El exilio es la posibilidad de vida, pero también de una travesía que se le vuelve suplicio, una no pertenencia constante, «hay otros rumores, rumores tristemente ajenos»; que hace que este se determine a ser un «hombre común», y opte por el anonimato, por el margen.

El destierro no lleva al sujeto poético necesariamente a un desarraigo, sino a una integración con la naturaleza misma del ser humano. Y a partir de esta unificación el enunciado se difunde, se colectiviza. Así, en «Árbol de suplicios» el viaje se torna metafísico, va más allá de un exilio físico o interior-individual. Aquí, la vida es un aprendizaje en el que el ser humano está obligado a comprender su viaje en tanto serie de retornos, a entenderlo como la posibilidad de enmendar lo que sus antecesores no pudieron corregir, «nosotros tan solo resucitamos entre las arenas del viaje/entre las veredas y peripecias del camino,/camino que vuelve siempre al mismo lugar…»  En «Obituario I», la muerte no es otra cosa que el camino al aprendizaje y la perseverancia, «Muerte de la que regreso más fuerte…», y la reiteración de colectivización del enunciado. El ser humano debe, necesariamente, mudar de piel. Es en este proceso dialéctico, en el que no hay una negación del desacierto sino una integración de este como aprendizaje, en el que el ser humano tiene la oportunidad de evolucionar y ser mejor, «otros ojos se abren en los míos/también otros se pronuncian desde mí en este caminar.»

El último poema, «Ventana de suplicios», sintetiza magistralmente el poemario, insiste en el carácter transitorio del ser humano, en la posibilidad de reivindicación, en el vacío, la distancia, el abandono; pero en este hay una actitud apostrófica, una apetencia de ser escuchado, de entablar un diálogo con el objeto lírico que puede tomar diversas formas: la patria, la mujer amada, la vida o el sujeto poético mismo. Por momentos dicho diálogo descubre un lenguaje descarnado, sin rodeos, desnudo, «repito tu nombre, hasta el cansancio, hasta el olvido/repito, olvido, olvido…»; otras veces visceral, «odio con todas mis fuerzas/la noche, las estrellas…» y en ocasiones dubitativo, «Yo creo, pero no es suficiente…»

En Ventana de suplicios, Rainier Alfaro crea un espacio textual con la palabra decantada, fresca, renovada, precisa, aguda, descarnada; en cada verso, en ocasiones largos, otras veces escuetos, se contiene un lenguaje universal capaz de reconciliar en él  todas sus aristas. En Alfaro el enunciado logra ese equilibrio que da como resultado una (po)ética del exilio y de la defragmentación del ser humano que habla desde la periferia, su espacio de resistencia, propicio para mirarse, esculcarse y llegar a su esencia, de ahí el carácter ontológico del poemario. El exilio tanto físico como interior es el detonante que da paso a la reflexión en torno a la muerte, la física y la espiritual, ambas como la oportunidad de transformación del ser humano, que no es más que «potros en fuga, marchantes estelares, sombras diluyéndose hacia el abismo».

 

(*) Profesora salvadoreña de español y literatura en York College, CUNY. 

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