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Diario Digital ContraPunto

San Salvador, 18 de nov. de 2017
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Your heroes [are] ghosts

Testimonio planeño inconcluso por Rafael Lara-Martínez

Rafael Lara-Martinez

(New Mexico Tech, Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. )

Desde Comala siempre…

And did they get you to trade your heroes for ghosts? Wish you were here,  Pink Floyd

0.  Encuentro planeño

Siempre leo con música.  Se trata de una razón rítmica, melódica.  Proviene del escrito, del habla.  Releo Los héroes tienen sueño (1998) de Rafael Menjívar Ochoa al compás del CD de Pink Floyd Wish you were here (1975).  Entono hasta la saciedad el estribillo que reza “your heroes for ghosts”; adrede sustituyo “are” a “for”.

Tus héroes son espectros, espantos”.  Imagino una consonancia casi absoluta entre los músicos británicos y el novelista salvadoreño (http://www.youtube.com/watch?v=QCQTr8ZYdhg).  Todos vivimos entre los fantasmas del pasado que nos acecha.  Del sitio del cual proviene la lengua.  De la muerte, es decir, de una vida antes de la vida.

Si el verso me señala la razón política que guía la novela, el título del CD y el de la canción principal colman mi anhelo de volver a encontrar al tocayo.  Siempre lo encuentro en Los Planes de Renderos, a trece años exactos de la publicación de la novela.  De volver a reunirme con él, ahí arriba en el cerro de Los Planes.  Sonriente, él me indicaría de nuevo el paisaje verde y florido, al final del invierno.  Me repetiría un estribillo halagüeño con insistencia para convencerme que debería regresar.  “Aquí vivo en el paraíso”, escucho perplejo sus palabras.

Mientras saborea una Coca-Cola de lata, yo bebo otra de cerveza lager, rala y pálida, la única que se consigue en estos rumbos.  Algunos arguyen que a esa bebida sin consistencia ni firmeza le debemos parte de la identidad nacional.  Yo jamás le concedería tal privilegio aun monopolio.

Recién llegado del desierto, de un altiplano árido y reseco, despoblado y solitario, veo hacia la hondonada atiborrada de casas, de casuchas a medio construir, sin mucha protección y pienso.  Y reflexiono para mis adentros, sin expresarlo, lo difícil que sería subir esa cuesta empinada bajo las lluvias torrenciales del trópico.

La correntada de agua en las calles con tragantes limitados; las goteras interminables en techos exiguos; la pobreza; el hacinamiento; etc.  Intuyo que sin mucha dificultad no añoro este paraíso.  Él exalta el arraigo; yo, el exilio y una buena cerveza ale, densa y colorida.


heroes

"Dos Fantasmas" (RMO que se escapa del Taltikpak, RLM que se

queda entre los muertos sin vida de Comala)

Augusto Crespín


Callo mi sentir porque la discusión es otra.  Ronda entre la autosuficiencia de la literatura —el desdén por la crítica— y la cuestión de la poesía náhuatl.  Ambos asuntos se resuelven en la razón de la escritura.  Este dilema discutimos inmemorialmente en la Casa de Salarrué, la Casa del Escritor, mientras los alumnos del tocayo salen, luego de un día de estudio.

Y nosotros nos enfrascamos en una conversación inagotable que perdura hasta ahora en su ausencia polvorienta.  En su presencia polvorosa sin cuerpo, en este pueblo de Comala en el cual “los héroes son espantos”.  Espectros con menos penas que las mías.  Al aplicar la enseñaza de la novela, advierto que “lo malo es estar muriéndose”; no lo es “estar muerto” (p. 41).  Ojalá estuviera muerto para catar lo que se me insinúa a diario.

I.  De la ficción

De Cuzcatlán a Aztlán, la discusión rafaelita inconclusa versa sobre el lugar de la escritura en la novela.  Para que la literatura sea autosuficiente.  Para que la literatura excluya toda crítica debe encerrarse en sí misma.  Debe ofrecerse un modelo en espejeo de su propia actividad.  Su autarquía es su encierro, su reclusión monacal.  Sólo la poesía habla de la poesía, me insiste Menjívar Ochoa desde la lejanía.  Desde la cercanía de su tumba abierta.

Ya no basta analizar la función referencial de la novela, la relación entre la palabra poética y el mundo socio-político.  Corrupción institucional, guerras policíacas, lucha por el poder, tortura, violaciones de los derechos humanos, descomposición ética y psíquica del sujeto, etc. ya no bastan.  La exigencia consiste en indagar el lugar de la escritura en la novela.

Argumentaría que —escrita hacia 1990-1991— el texto de Menjívar Ochoa exhibe un preludio a la posguerra.  Inaugura la posguerra antes de la firma de los Acuerdos de Paz (enero de 1992).  La novela es la posguerra antes de la posguerra.  La muerte.  Traslada la esperanza de una utopía revolucionaria hacia el desengaño.  La muda hacia una era en la cual si la revolución ya no Es —pero mantiene su fe doctrinal en los inicios— sólo persiste la muerte.

La muerte, no “de vez en cuando la muerte”, sino la muerte omnipresente, la primera interlocutora del cambio radical.  “¡Revolución o muerte!”.  ¡Revolución y muerte!, como subtexto de una muerte necesaria para realizar la revolución y de otra muerte necesaria si fracasa.  A cada instante la muerte, le reclamo a Menjívar Ochoa.  Desde su cercanía pálida y con olor a cieno.

“Después me morí” (p. 85), afirma contundente el personaje principal al final de la novela.  Al final de la novela, es decir, al inicio del acto de recordar.  “Soy el único que se acuerda” (p. 87).  La memoria conclusiva da principio a la escritura testimonial de la vivencia.  He ahí una doble paradoja.  La paradoja que revierte el término hacia el principio.  Y la paradoja que hace de la memoria selectiva el mejor documento de toda historia de vida.  No hay testimonio sin memoria ni visión retrospectiva de la historia.  No hay testimonio sin parcialidad abusiva.

Pero ya no basta esa constancia.  Ya no basta la constancia del giro de un héroe esperanzado en la advenimiento de una utopía socialista hacia un anti-héroe, hacia un “héroe [que] tiene sueño”.  Las historia de vida se vuelcan hacia un héroe sin sueños de cambio social.  Ya no basta una tercera paradoja.  El héroe con sueño es un héroe sin sueños.  Quizás; ya resolveré el absurdo al final del escrito.

Ya no basta el testimonio sincero de un torturador para quien no hay mártir sin asesino.  No hay muerto sin sicario, víctima sin depredador, en una casi solidaridad de los opuestos, de los enemigos complementarios.  “Los que mueren y los que matan”,  quienes acaso son uno en el acto del asesinato (p. 26).  Son una armonía indisoluble, erótica, gracias a un tercio mediador único.  A la indiferencia generalizada que los suelda.  “Uno mata, otro muere y a los demás les importa una chingada” que me muera” (p. 40).

Ya no basta referir ese pérdida de fe en un sujeto intachable, sin mácula original, transparente en su declaración testimonial, en su investidura de sujeto sin sujeción.  Ya no basta rastrear cómo la distinción testimonial nítida se enturbia al declarar fronteras porosas entre los antónimos.  El privilegio de separar “Heaven and Hell”, a decir de Pink Floyd, ahora se vuelve confuso.

So, so you think you can tell Heaven from Hell, blue skies from pain?”, tal cual un testimoniante lúcido quien nunca miente.  Ya no basta porque la intencionalidad de Menjívar Ochoa exige que la literatura sea autosuficiente.  Ya no basta; me reclama en su presencia póstuma, más insistente por su ausencia corporal.  Nada nuevo; si el padre freudiano es la figura paterna difunta, mi verdadero amigo es el desaparecido.  La literatura se basta a sí misma, me reitera.

Y esa autosuficiencia literaria sólo se logra por un acto de auto-referencialidad.  Sólo se logra en el instante en el cual la escritura deja de referir el mundo.  Se repliega sobre sí misma y se piensa como acto puro de literalidad.  De escritura y de lectura.  De letra con un arraigo interno en la novela misma.  Y de lectura que completa el escrito.  Sólo la poesía habla de la poesía, me repite.  De ultratumba…

Este es mi cometido planeño y testimonial en curso.  Indago lo indecible por un  régimen de crítica socio-política que oculta lo obvio, el pleonasmo, la literaturalidad de la literatura.  La reflexión que la letra hace de sí misma o, en términos de Menjívar Ochoa, el hecho que la literatura no necesite de la crítica literaria ni de los estudios culturales.

Que no los necesita porque una reflexión sobre su propio sentido se halla al interior de la obra.  Esta reflexión especular anticipa toda lectura crítica posterior, sea literaria, cultural, socio-política u otra.  Lo que mi escrito realiza es una repetición de los inicios.  El eterno retorno de lo mismo.

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